sábado, 27 de mayo de 2017

CONTRAPESOS DE LA POSTERIDAD

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CONTRAPESOS DE LA POSTERIDAD




Hablar de frío solamente cuando la concavidad hiere de súbito las sienes.
¿Quién en su maleta de viaje traza su camino, para despertar
en otro sueño, sin temor al sigilo o la sospecha?
Mientras otros pactan en lo subterráneo, nosotros escapamos de esos
dominios donde cada desmayo nos recuerda los cuerpos idos.
Despierto cada día del foso de las profanaciones sin olvidar lo inminente.
Siempre estoy regresando a los brazos de las esquinas.
Muerdo la sed de ceniza de las verjas y su posteridad ataviada de hojarasca,
del otro lado los contrapesos del apetito,
los alambiques apurados de encajes, los ídolos y sus trapos de ojeras.
A media risa del dolor, las víctimas y sus victimarios, el pezón roto
de la aurora,  la tierra de mi rostro sólo en la memoria.
Son tales los desastres que se han vuelto sofisticadas las semanas.
Cualquier ajetreo, por ejemplo, nos lleva a la inminente sospecha y al colapso.
Bajo el granito de la pesadumbre, levantan su techo las ojeras.
Uno se ríe, después de todo, ante los abismos disfrazados de estupidez:
cansa sumar féretros, y la ducha atascada de soledad.
En la flagelación de la caverna, la sed quiebra los huesos de la noche.
Nadie sale ileso del perro de oscuridad que se pudre en el polvo,
ni de la marchita confusión de las raíces.
El hilo del ansia, por si acaso, amarra todas las pesadillas del sudor.
Barataria, 2017


jueves, 25 de mayo de 2017

SUEÑOS DE VENTRÍLOCUO

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SUEÑOS DE VENTRÍLOCUO




En las extremidades del camino, nos toca hacerle cosquillas a la humedad.
Es indispensable morder las raíces del crepúsculo y quitarle de un tajo
los aburrimientos a los espasmos y las vendas a los acordeones.
(Confieso todos mis miedos ante las simulaciones febriles del alma.)
Siempre es necesario el olvido para evadir las certidumbres,
la propia existencia que a menudo cuelga de los hilos de la desesperación.
En el abandono de los poros, las nieblas de las evocaciones y su guacal
de monólogos, y sus gritos de quedada desnudez.
Me resisto a matar las noches sangrientas de mi materia.
Me resisto a jugar con los peces en las esquinas de las estrellas.
Me resisto a ser presa en este gran río de aguas maniatadas y turbias.
Me queman los pájaros dibujados en el fuego de las sombras:
duelen las falsas manos y los destellos pálidos de las sábanas;
en un instante podemos hundirnos en el hueco de una cuchara.
Siempre el tránsito de la ilusión viene acompañada de lágrimas y ruegos.
Sólo las infancias saben del encantamiento de lo innombrable:
y de aquella autenticidad que no requiere de explicaciones.
Desde la redención del arco iris, nacen otros atajos, la duración del tiempo,
la chispa del poema, los otros pulsos del aire.
Abro el cerrojo de las migajas y el chorro de búhos de las palabras.
En los zumbidos del matorral, el usufructo de los sueños de ventrílocuo.
A veces, los maniquíes, sólo tienen sentido cuando los refleja el espejo.
A veces, en una lágrima se desborda toda la memoria y se rompe la noche.
Barataria, 2017

martes, 23 de mayo de 2017

DEMASÍAS

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DEMASÍAS




Sobre las ventanas descarnadas de la asfixia, el humo de la desnudez.

Ciertas temperaturas nos obligan a ratos a pensar en la eternidad,
a morder la voluptuosidad de los esqueletos, o sospechar en demasía
de la escritura anacrónica disfrazada de modernidad.

Uno sueña con la escritura cuando escribe el poema: siempre resulta dramática
la última palabra, cualquier aproximación a ella puede resultar en desastre.

Uno no se puede fiar ni por un instante de las sombras: imagina la música
de la hoja cuando cae, imagina el dique que se rompe en los poros,
imagina la rosa incendiada con el aliento.

Los ojos siempre guardan lo que es el eco del fuego, la justa dentadura
de la luz, ese altar de brasa que uno besa en la humedad.

Ya izado el mástil se enceguece el ombligo.

Cada vez, los imaginarios se encargan de licuar los espejos del infinito.
En los resumideros del arrebato, bracean apresurados los peces.
Sólo hay un afrodisíaco para el sueño: el olor a madera de lo telúrico.

Huyo mientras no me alcanza lo inevitable: nunca me hace gracia la cara
de las moscas, ni la cuadrada desfachatez de los relojes.

Me gustan las ondulaciones del hilo de agua de los sueños arrojados al vacío.

Cuando se empina el olor crecen desmedidamente mis apetitos.
Me pica el filo del fuego, que no se deshaga a última hora lo poseído.

(Tu sombra es la gota de veneno que luego ocupa la saliva hasta el tallo
del ciprés. Ahora sólo susurra la levadura y su temblor)…
Barataria, 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

HISTORIA DE CREPÚSCULOS

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HISTORIA DE CREPÚSCULOS




¡Por qué tanta ceniza en la sotana amarilla de las ventanas? Allí, encallada
la saliva del tiempo y desabrochado el aliento como un repique
de sopores siniestros. Una fosa arde en la garganta.

Alguien empuña un péndulo para idolatrarlo, un sordo instrumento
como persianas desvencijadas, una viscosidad de acuario.

En ciertos días de empacho resultan necesarios los supositorios y lavativas.

En ningún poema hay lágrimas innecesarias y mordiscos obsoletos.

Cada quien lleva jeroglíficos en sus encajes e historias de crepúsculos
y pedazos de palidez dormida, mordiéndole la boca almidonada.

A ratos los ojos se amontonan en el doblez de los mareos.

Uno enmudece ante las flagelaciones, salvo el incienso y su cántaro gris.

A riesgo de tanta sensiblería, prefiero el paisaje mimético de los lupanares.

Siempre admiro los estantes fríos del desequilibrio, la alucinación kafkiana
de las reminiscencias, o “El pájaro yerto” de don Juan Ramón Jiménez.
Siempre el sueño es breve, aunque dure siglos.

Hay una manera sutil de entretener los recuerdos: pensar los imposibles.
Ante la adustez de las trincheras, es necesario un arsenal de artificios.
Como un niño en los baldíos del viento, desnudo el ojo de las horas.
Mientras más me duele el país, pienso en el horizonte de rodillas.

A cada quien, presumo, le duele el plato sin comida y así asume la noche.
De vos, toda mi inocencia de pájaro entre tus muslos…
Barataria, 2017

viernes, 19 de mayo de 2017

EL PAÍS

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EL PAÍS




Es tan real el país que a menudo parece sueño. Es tan cierto como la saliva
clavada en los féretros, es tan colosal como la indigestión y sus retortijones.
En las pupilas cuelgan las extremidades de su sombra.

Cualquier argumento es irreconocible en su cuerpo: nos alimenta la muerte
total de la historia, el falo en la resequedad de lo errático.

Apenas sus ojos vislumbran los ronquidos de la noche y sus pederastas.
De día o de noche uno se da el lujo de abrasar las ausencias y hacerle guiños
a la insinuación y cortejo a la comedia.

La hartura saca sus entrañas hasta el punto de mugir en la voracidad
que propician ciertas clientelas: todo es cortejo de pájaros siniestros.
Sangran las rodillas hasta el punto de horadar el suelo.

El país de catecismo de miedos, diafanidad hierática, lección ilegible y sorda
de la boca, espasmo de axilas, o tartamudeo de caminos vacíos.

Uno camina huyendo del moho, huye de la pezuña de ceniza,
huye de morir en medio del filo de humo de cuchillos,
huye de la absoluta lucidez de los ofrecimientos, del dedo trasnochado
de la angustia, o de la abstinencia de los cementerios.

—Vos vivís sin rostro igual que yo, igual que yo, los otros rostros fríos,
en huida o náufragos, anacrónicos como el granito, o las arrugas, o las ojeras.

Mientras en los alrededores campea la cigüeña de la muerte,
en otros sitios menos visibles, se disfrazan tumbas y estadísticas…
Barataria, 2017