sábado, 24 de junio de 2017

EXTRAVÍO DEL PAÍS

Imagen cogida de la red





EXTRAVÍO DEL PAÍS




Después de todo están aquí los amarillos de los huesos en una lágrima y esos arlequines en los que cualquiera se apoya: en el somnífero nunca hacen falta los mordiscos ni las cucharas del zarandeo morir ya es parte de la disolución de las asperezas y de la obviedad de los adioses a la edad de mis ojos todavía la desafían las tormentas entre el pétalo quebradizo del aliento los asedios de ceniza de los sueños y esta rotunda desnudez de hijo pródigo nunca es fácil sobrevivir al tropezón abrasado de los rincones ni a la mueca del vendedor de bisutería ni al perenne mercado de las pesadillas nunca es fácil entender ese extraño juego de carnaval y disfraces tampoco el mortecino sexo del cansancio cada quien se arrima con ahínco a esa palabra destartalada que se llama democracia a mi desamor al país le agrego los ojos que me faltan para argumentarlo la paciencia no es una cobija azul de bandera nacional sino torpeza de querer abrigar con ropa vieja la memoria que tropieza con la almohada

En la región de la escarcha  solo perviven atavismos de terror y fuegos de infatigable desvelo por mero extravío el país nunca se escribe con ternura nunca de ciudad en ciudad la noche que pensamos es sinónimo de luto no obstante es bella esta fealdad donde zumban las moscas de la otredad es bella la muerte cuando se adueña del mundo es bello el país en pedacitos es bello bello bello…
Barataria, 2017

jueves, 22 de junio de 2017

EPIFANÍA PREMONITORIA

Pintura de Joan Miró





EPIFANÍA PREMONITORIA




Entonces, ¿en dónde está la razón, el desbordamiento infinito
de los poros rotos, todo lo que antecede a la vestidura de las distancias?
En el párpado he advertido la espina y la intensidad sesgada del lenguaje.
Frente al ojo el ventisquero de polvo y las amargas monedas del vacío,
y la garganta colgando de horcones,
y la mano de mamá rota en su extraño sarcófago de mariposa,
y las axilas casi rurales de nuestro mundo.

A ratos aturden las esquinas de lava de los sueños: el telón oscuro de la caverna
y sus poderes de intemperie;
el cortejo de la ignominia de pronto se torna una deidad de negocio
sin límites, —el odio estalla como un granero imposible de respirar.

Nos avasalla el servilismo como producto interno bruto.

Suplicio y agonía resultan irrevocables como gotas de sal retorcida.

Todo comienza a no ser.

Alguien desafía toda la cinematografía instalada, incluyendo las alambradas
de púas y las palabras al servicio de la sumisión.

Se avecinan estatuas ardiendo de confeti y rumores repletos de tempestad.

He recibido los telegramas del abismo: he visto a sus remitentes
a través del espejo, en medio de los secretos adulterios de la razón.

Usted conoce el polvorín que vaciará nuestros ojos.
Usted que se desploma de asfixia frente a la muerte y sus hierros movedizos.

Ahora sé que nadie estará a salvo, ni podrá alabar las mutilaciones,
ni sabrá sobrevivir a los relojes fragmentados de la ansiedad.

En la concavidad rota del ala, las pugnas y sus aguas oscuras.

En el umbral de los nombres, no vale la separación de las aguas ni el bautismo,
los círculos de la ceniza multiplicada,
los acrósticos de la materia y su eje perverso, el exilio vertical de la tristeza
o el descenso hacia todo lo consumado: la súbita luz inexistente,
el vientre sumergido de las semillas proclives a un territorio desleído.

La realidad última es la desnudez y su territorio con candados.

Todo se nos muestra como una sombra en la garganta, como un retrete
reiterativo, objeto de salutaciones inusuales.

Ha llegado hasta socavar los ijares ese juego perverso de la explotación
de la discordia, sin que en realidad se avizore tierra firme.

Deshecha la conciencia, ya no hay espacio sino para las catástrofes.

Pese a ello, nadie desea ser sobreviviente de sombras fermentadas.

Nadie en este laberinto inmóvil.
Nadie en el abanico absoluto de las sombras.
Nadie sin boca ni palabras, telaraña de poluciones quemadas, desasido pájaro
del aire u oscuro vitral de fríos en el hueco de un quinqué que escruta tizne.

Resulta patético y feroz el héroe erigido tras el bostezo de la memoria.

En el ciempiés de la muerte y la Torre de Babel, la tragedia del invierno
lanza sus calles de acuarios y sus benignas plegarias de polvo.

Nos alarma la mosca amotinada del desenfreno, pero la epopeya fortalece
antes de que caigan sus edificios y la boca se acostumbre a la ebriedad.

Ellos sólo buscan la noche sin dar la extremaunción.
Ellos sin que los niños sonrojen sin ataduras.
Ellos que saben mentir y llenan de confeti los ojos y de sexo las manos.

Uno despierta con los ojos como pájaros muertos.

Siempre hay algo en el disfraz; y lo dicen las ojeras y el yo nauseabundo.

Como una cobija de gotitas cálidas, navego en este infierno
de pornografía e invoco, por si acaso, la ternura de los políticos…
Barataria, 2017

martes, 20 de junio de 2017

PARAÍSO TERRENAL

Behind All The Questions by Jeane Myers
 (Cogida de Pinterest)





PARAÍSO TERRENAL




Un sol negro acaba con la avidez de los pájaros, mientras los coágulos
se vuelven ruinas inexplicables, aguas de eterna herrumbre.

Ahora el horizonte confabula con sus propias fogatas y caídas.

La mugre acaba por convertirse en incandescencia, en fotografía absoluta.

Después del fuego uno debe lavarse los dientes, reírse de los bolsillos
rotos de la nada, negarse a la comparsa y a los infiernos.

Titubea la fluorescencia de los automatismos y el calendario apócrifo
de los armisticios: en este paraíso terrenal se desmoronan y ahogan
todos los sueños aparatosos del humo;
por algo los peñascos juegan a largas carcajadas, a heridas encendidas,
y hasta quizás al luto de la claridad.

Veo el oleaje de las aglomeraciones derramadas y abrasadores vasallajes.
En el convento del monólogo, el yo carcomido de pupilas.

(Hay palabras extrañas que recorren las vísceras; hay noche, ahí, donde
nadie anda; hay ruinas empozadas como un largo sollozo;
hay falsas corduras en el umbral ciego.)

Sólo veo una larga bruma colgando de las paredes, decapitados en la risa
de la deriva, bisagras e infatigables asesinos, jamás duermen
porque la furia les aviva los párpados, su falsa historia de sumarios.

Algunos combaten sobre el pétalo fúnebre del destiempo.

La perversidad tiene sus propias herramientas, alardea de sus hangares
y de su trasnochada supervivencia; desde la noche, se nutre de alambradas;
la carcoma es su alimento preferido,
siempre camina en lo subterráneo,
camina entre fusiles fulminantes, su aliento respirado en rincones,
donde el tiempo genéticamente expulsa sus excrementos.

En su boca resulta dudoso el Ave María, no así las uñas detrás de los ojos.
No así la furia desdoblada de las mordidas, ni la espina que impone
contratiempos de perversas aguas. Ahí, hay disfraces solitarios.

Después se fabrican elefantes de fidelidad.

Y razones para encubrir la piedra lanzada.

En lo general son maniquíes que cuelgan de alguna ventana amortajada.
Persiguen a su víctima hasta el suicidio y luego le niegan el sepelio.

Y desfilan con su palabra rota de aluminio, entre reptiles y tropeles.
Y desfilan cargando su odio y su soledad. Y desfilan con su úlcera revelada.

A veces se recubren de escarcha, cipreses o alelíes o crisantemos.
A veces juegan al diccionario de sus sueños cortejando platos y mesas.

Siento su olor de innumerable sombra.

Duele el desierto que arrebata la memoria y condena de vista y oído.

Nadie sabe hacia qué abismo la boca se vuelve irreparable.
Existen tantos mendrugos como el odio avieso de los bisturís.
Siempre es triste ver la entraña rota en el lugar que ocupan los retretes.
Nunca hay inocencia en la telaraña que se enreda en el aliento.

Al final es Job quien habla desde sus certezas, aunque resulte implacable
para el alma, la compraventa patética de las palabras.

Siempre camino desprotegido frente a la lluvia, siempre al borde del rastrojo
de quien vive dueño de sí,
sin más aperos que el pájaro vivo de mis tropiezos y la luz del vuelo.

Sin más agua que la propia agua de mis ojos.

Escribo más allá de lo que me dicta la noche y el día.

Sólo escribo mientras beso mi silencio…
Barataria, 2017

lunes, 19 de junio de 2017

SENDEROS CARCOMIDOS

 Pintura,  cogida de Pinterest





SENDEROS CARCOMIDOS




Se queman los caminos en el suburbio de la piedra olvidada, mientras
galopa desesperadamente la sangre aturdida del viento,
el fósil del pulso de los miedos, este caballo de luto del sollozo.

Desandamos la luz en cada tropezón. En cada grito o suspiro se rompe
la noche, la almohada aguijoneada y las sábanas,
el oficio de la linterna en el paisaje del búho, las palabras que contrastan
con los candelabros y el empedrado del aliento.

En el sueño se rompen las venas con puñales siniestros.

El horizonte carece de vilanos, salvo los ecos que manchan el ansia.

El polvo sigue invulnerable como un granero donde se acumulan
todos los odios, el mismo que abraza la entraña feroz de nuestro mundo.

Ya han crecido todas las aguas del tiempo.

Uno piensa, de pronto al amanecer, que no existe el relevo para estas
fatigas que suben al tejado de los lamentos con inexplicable tenacidad.
A quienquiera le pueden susurran los peces y todas las semanas inflables
de sexo, todas las facciones pintarrajeadas de la desnudez.

La historia no acaba en las alcantarillas sepultadas, ni en la tortuosa paz
del balbuceo, ni en el aparta aguas de las fronteras.

He empezado a entender la lujuria de las pancartas y su deshora doctrinaria.
El aire es víctima de las antípodas atrincheradas en el cieno.

Hoy debo meditar la perversidad penitente.

De vez en cuando es necesario profanar la aldea de los catecismos
y las muletas de los manuales que usan las marionetas para sus aullidos.
Debo bajar a la súbita púa de las alambradas.

Siempre en las afueras no hay tregua en los ojos, ni infancias inocentes.

Me vienen a la memoria todas las secreciones de las masturbaciones
diversas, el mal de ojo en el nudo de los altares, el amor descabezado,
las palabras amuralladas en las aceras,
y esos trenes con sus habitaciones heridas por el hierro de los días de tristeza.
No hay follaje sino el filo del azar. El horizonte ahogado de túneles,
la luna de niebla apostada en el entrecejo como un peñasco ácido.

De un lado a otro las puertas descoloridas, tapizadas de días inenarrables.

Por doquier hacen ruido los peldaños de las escaleras y el ronquido
de los rincones simulados como si se tratase de avivar el absurdo.

En la exasperación se aglomera el tráfico y los empedrados seminales
del reloj y la carnosidad impregnada de condimentos.

Ensordece la resonancia del bisturí junto a túneles pútridos: muerde
la inmensidad de tropiezos con su avidez en clave de úlcera.

¿Hasta dónde son progresivos los senderos carcomidos de esta sorda lava
de la historia? ¿Hasta cuándo los candelabros serán nuestra casa?

Después de todo, es la noche la que siempre avanza.

La noche y sus engendros de descompuesto barro,
la noche y su anacrónica sastrería de lenguas y golpes de pecho,
la noche y sus gigantescos utensilios de granito,
la noche y su ciclónica oscuridad.

Enloquece el enjambre de empalagos mientras los ahogos tumban la asfixia;
en la media luna del mimbre, las bocas traslúcidas del tabaco,
y la orfandad que hace sangrar como una garrapata.

Siempre es terrible petrificarse en los agujeros orbitales de los esqueletos.

Algo camina, sin embargo, en el telar de los ojos: las torpes bocanadas
del éramos, el sexo que nos deja de amaestrar y nos salva del hastío.

Ahora, solo debo escribir los pormenores de cada uno de los olvidos:
(reírme como un escarabajo en medio de la sombra, si fuese el caso.)
Barataria, 2017


jueves, 15 de junio de 2017

POLVO EN LOS OJOS

Pintura cogida de Printerest





POLVO EN LOS OJOS




“Su paso es una llaga sobre el rostro del tiempo.” Repica después emborracha los días: tenía todos los extravíos de la tarde en las paredes de lámina de los callejones se fueron acumulando las distancias los pernos mohosos de las aldabas las deplorables manos de la fatiga: era menester golpear una y otra vez las heridas en lo inmundo plantaba fuegos hasta el hartazgo era diluvio este lado del espejo el hondo cuerpo descubierto de los días sospecho que era la patria desplomada de espaldas con la necesidad de alinear los poros de las palabras lo bastante para el esplendor o el estrépito a no ser por el tiempo éramos equilibristas bárbaros para forcejear en todos los rincones del ardor hoy sólo podemos delatar las paradojas y los tributos exaltados de la primera gracia ¿Quién puede arrancarle los ojos al manicomio, asomarse al tejido destruido dar un amén de hostia en medio de tantos transeúntes?  Nunca me resistí a la saliva acribillada de tu boca ni al alboroto del musgo endulzado por el tacto nunca aborrecí tu lengua blanqueada de hombre ni ese siempre lento suspiro del escote pero tu nombre no se estira con el tiempo ni retorna al cuerpo que tuvimos si acaso un sabor a lejanía ronda  en la memoria si acaso  siempre te dije dime y vos nunca cambiaste de personaje y yo de debilidad supongo que nunca estuve ahí cuando ya la guerra había descosido mis emociones sólo sé que ardían dos nombres en su propia sepultura al final descubrimos dos cuerpos: la úlcera y el desvelo el frío y la acritud entre la sospecha y la muchedumbre asumimos los viejos estertores de las insinuaciones la luz invertida de las ventanas la mutación extrema de los personajes en el sueño…
Barataria, 2017