jueves, 24 de abril de 2008

Imágenes urgidas_André Cruchaga

Imágenes urgidas



Han pasado los años, Se siente el estiaje
De los mares sobre la espuma, de esas aguas idas:
Sombras en las páginas de la piel
Imágenes urgidas
Varadas en el muelle de los labios
Sin decirse, sin pronunciarse,
Siempre de regreso como pedazos de papel
En el invierno de la medianoche

Pasan también los días abriendo viejas heridas
Y oyendo caer el esqueleto de múltiples relojes

Gritan los fantasmas agarrados del sombrero
De las estrellas; orina la luna de reojo,
En las calles donde habita lo póstumo
Y los domingos muerden el bolsillo
Como los ojos que cuelgan del cielo,
Como los relámpagos del más allá…

Pasan las horas con su ataúd de humo.
Pasan jaulas con las mandíbulas
Tiesas de los cuerpos:
Ácidas pupilas. Mejillas ya sin gritos,
Vértebras soportando las agujas de la patria,
De la historia…
Siglo de noche con jinetes agrietados
Y armaduras que sangran en cada galope
Donde el mal incuba y castra ilusiones

Bailan en la sangre los espíritus.
Ahogan sus gestos en los ciervos.
Los ríos chorrean pájaros muertos.
Días sin orgullo donde el luto
Siembra cometas y las sombras resplandecen
Como un “bosque azul” desteñido.

Los minutos entretanto cantan a capella
El do re mi contra un follaje de moscas.
El Salvador, Septiembre 7 de 2003.
Leer mças en:
www.artepoetica.net
www.palabravirtual.com
http://elcieloacaballo.blogspot.com

lunes, 21 de abril de 2008

28 de mayo_André Cruchaga

Ilustración:Fotografía de mi madre.






28 de mayo





Se ha ido hoy con ese pálido frío de lo inasible;
Sus párpados cerrados y el ojo oculto.
Su corazón ha callado. Lejos están las campanadas
De su voz tímida y su ser resuelto a la recia
Tormenta de la vida.
Sólo queda en el ámbito de su cuarto, la sábana,
La almohada y el hálito agónico de los cirios;
También el vacío ensimismado de su cuerpo materno.
Hoy me sobran razones para ver al pájaro
Agónico, la tarde gris de tormentas y el cielo
Cerrado sin estrellas tutelares.
Cerrada ha sido tu presencia en esta casa,
Cerrado el pétalo fresco de la rosa en la fosa
Inerte,
Cerrado el reloj, mientras se entreabre la memoria
Y empieza el carrusel de los espejos y ventanas
A filtrar el suspiro del crepúsculo en las pupilas.

Hoy te me has ido como se va el campanario
Del alba…

Jamás supe medir lo desquiciante de una partida;
Seguramente porque ellas no agostaban el alma
Y siempre volvían al amanecer al punto de su origen;
Pero ahora no. Es irse sin mirada y dejar sangrando
Otra cruz y otros cuerpos adoloridos…

Es partir sin gozo y avivar la sed con cicatrices;
Desgarrar la entraña en el dintel de la esperanza
Y abrir el silencio de una luz muda sin guitarras…
Barataria, 28 de mayo de 2006.
Leer más en:

lunes, 7 de abril de 2008

El poeta habla con la muerte_André Cruchaga

Ilustración: Joan Miró.





El poeta habla con la muerte




Y no es recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos.
César Vallejo




Luciérnaga de sangre coagulada. Viento helado
Bajo el suplicio de una luz sin caracoles.
Bosque de cipreses apagados. Bosque negro.
Negro silencio del polen multiforme.
Hoguera marchándose con un ruido de madera:
Vida hundida en el cuenco de moscardones,
Muerte punzando los rincones de la niebla.
El filo del tiempo corta el suspiro.
La paz íntima se pierde en un instante.
Desnuda queda la tela del barro y el labio reseco;
Sin ceño la frente del viento;
Sin música la rendija de los ojos;
Espeso el zumo de la memoria, intenso y pulsante.
Asombro negro. Negra gaviota del crepúsculo.
Te llevas la flor y el polen. Te llevas el seno y el rezo,
Gavilán negro de trenes herrumbrosos.
Te ocultas en la lluvia y en la campánula,
Peregrina oscura, cubierta de palpitantes nubes.
Nadie sabe cuando vienes; y sin embargo, corroes,
Gusano de trenes trazados por el precipicio.
Nadie ve tus dedos ásperos, tirana del desprecio.
Nadie te ve venir con el ojo del bramido.
De repente estás ahí, pálida mortaja,
Coronando de borrasca el risco de la llama.
De repente estás ahí, en la paja y el alboroto
Con los trapos rígidos del ornamento
Como un reloj desvencijado después de la jornada.
Tu voz se hace patente en el llanto.
Te hartas en el minuto y la hora de las llenas:
Haces callar con la lengua muda de los candelabros
Esa voz ardiente de las alas…
Barataria, 09 de marzo de 2006
Del libro inédito: Viajar de la ceniza, prólogo de María Eugenia Caseiro.
Leer más en:

sábado, 5 de abril de 2008

Vencimiento de la muerte_André Cruchaga

Ilustración: Wassily Kandinsky.







Vencimiento de la muerte



A mi madre

I

La tumba vacía es sólo un pájaro sobre la piedra;
Trance del galope, sueño tan antiguo
Como el afán de los ecos
En heladas superficies.
Qué será de esta mágica atmósfera de bálsamo,
Donde la muerte tornó su jerarquía
En vértigo inasible de secreta luz,
En voz lúcida del asombro,
En hilo unitivo del vuelo.
Ya no es el dolor delirante en la memoria,
Ni siquiera el vaso extremo de la visión,
Ni la hora hundida de la oscuridad,
Ni la respiración caída en la ciénaga de los pasos:
La voz ya no es destrucción, ni voraz hoguera.
Hoy, del yermo brotan sus dos manos transparentes;
Su ráfaga palpitante trasciende los huesos
Y el nicho;
El rostro hace visible el hilo de agua de la vida;
Y las campanas, la certidumbre de un rostro
Que regresa a su almohada,
Con la evidencia de saberse revelado.



II

Allí ante el asombro abierto del camino,
Y perdido el ataúd del llanto,
Salidos del naufragio y vueltos al horizonte,
Mi madre mira desde arriba,
La propia emancipación del calendario.
El dolor ya no tiene forma de lágrima,
Ni siquiera es dolor la luz de sus pupilas,
Ni la realidad corrompe su entraña…
Dios está con ella en gracia plena,
Hilando los telares de su alma eterna.
Del Libro inédito: Viajar de la ceniza, prólogo María Eugenia Caseiro
Barataria, 16 de abril de 2006.
Leer más en:

viernes, 4 de abril de 2008

Elegía última_André Cruchaga

Ilustración: Joan Miró.





Elegía última




Parte de ti se queda en las vigas de esta casa;
En la faz del dintel;
Tu voz viva en la memoria, aunque estés muerta.
Aquí dejas tu alma que nos mira
Como la llave íntima de la conciencia.
Tu adiós tiene la dulzura de la espera;
Pero también la angustia del ijar rendido.
Para siempre estará la casa vacía. Cerradas
Las bóvedas de los ojos, sólo el silencio
Soplando los cabellos,
Y haciendo eterna la luz de tu lejanía.
Ya no estarás aquí, pero sí en la fosa viva de la tumba,
Entrelazando carne, tierra y ríos de frías corrientes.

Ya no estarás aquí, pero existes en el sendero de la mente.


El tiempo sigue latiendo en el espejo:
Tuyo y mío. ¡Anda, me dices! Desde tu sombra infinita.
Este vivir en la muerte es un fuego perenne.
Desde la cuna, el gemido y el suplicio;
Del día a la noche la abierta herida convertida en aliento.
Aquí, en el patio, los pájaros sobre las buganvillas,
Con los ojos puestos en la luz de las ventanas:
¡Increíble misterio de la vida!
Vida en el trajín de la ceniza, hecha musgo en el pecho.
Para mí hablas muda; otros envejecen;
Tu memoria perpetua es mi compañía.
Sangre y luz aquí. Trementina toda en el asta
De mis sienes.
Del libro inédito: Viajar de la ceniza, prólogo de María Eugenia Caseiro.
Barataria, 13 de abril de 2006.
Leer más en: