lunes, 26 de mayo de 2008

La noche_Poema de André Cruchaga

Ilustración: JEAN BAPTISTE SIMEON CHARDIN





La noche




“La noche tiene ojos sin pupilasy largas manos”…
Philippe Soupault


Entre los dientes de la noche los pájaros duermen
Largos recuerdos de los gritos del viento. Largos sueños
Encima de las ramas de los árboles, brazos de un reloj
Que agota su savia, espacio donde la muerte parece ya una estrella.
Los suspiros impalpables lamen la noche de pe a pá.
El calor de hoy, ardorosamente cruel, se enfada de la ropa.
La vida está expuesta a los puñales de los relojes, al mármol
De la vida entumecida, a la tos de la mesa y al buen tiempo
De los hermanos que ilustran las ventanas como perros.
Las manos cálidas de la noche hacen sudar los ojos.
Toda realidad siempre empieza como un inocente nido,
Luego es un manantial donde todo el firmamento se refleja
Como las palabras agitadas de la sal sobre las olas de los surfeadores.

Cada noche la plaza se queda sin noticias. El crédito,
Las vendedoras, se van con el pueblo en sus bolsillos, se van
Con las pupilas puestas en sus delantales, con las palabras
En los canastos, con la mísera ganancia que no alcanza para comprar
Un poema o algo de mayor valor que la propia melancolía.
Hoy he olvidado por completo el calendario, he olvidado
Las homilías, los sermones que pasan de noche orinando los platos,
Las risas que los teléfonos transpiran con obscenos jadeos,
Los años míos que ya no sirven para interpretar valses,
Ni recitar poemas con públicos de dos, tres, cuatro aletargados
Oyentes cuyo oficio es aplaudir para devolverle al día
Su propia sonoridad. La sonoridad que hace falta a la vida.

En el cráter de las emociones, hecho por el viento, el espejismo
Afeita a los espejos a golpe de ceniza. Cuando me empeño
En los sueños, me vuelvo oso frente a los tiburones: el miedo
Avanza como la sangre azul del horizonte manchando
Los barquitos de papel de mi propio crepitar funerario.
Entrando al desvestidero de todos los grises, los cirios del azogue
Inundan de golpe hasta en las estaciones ambulantes de los autobuses.
A mis tantos años de poner los pies sobre las cartas de la bruma,
Es difícil ya que el arco iris cante sobre los vitrales como un pájaro.
Es difícil que los ojos vean ríos de otros mundos. Lo que veo
Son signos irreales de un pedazo de tiempo, en lo opaco del Universo.
Los relojes son perros carniceros junto a la noche. Junto a la nada.
Ahora me toca humedecer el pensamiento con sordomudos;
Suspirar en el poema todos los fantasmas de la calle,
Refugiarme, si es posible, en el inocente ataúd de la alegría,
O sobrevivir, en este espacio de planos superpuestos.

La noche se harta todos los lugares visibles a la vista.
Este paisaje de insecticidas, hunde lentamente el jardín de las luciérnagas,
Y el cielo jadeante de las tormentas…
Barataria, 17.V.2008.
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domingo, 11 de mayo de 2008

Acto de fe_André Cruchaga

Ilustración: Fernand Léger.





Acto de fe





Una somnolencia de polvo abre las persianas de las pupilas;
El sopor del contrainvierno sigue mordiendo el horóscopo.
En unas gotas de neblina intento salvarme de los últimos días
Y echar a la suerte este calor cuyo fondo hace sangrar el alma.
Desde tiempos remotos habito fantasmas lunares para que la verdad
Siempre sea una falda larga y el vacío se torne en barca viviente.
Crepúsculos encendidos lamen la atmósfera con antiguos
Relámpagos de poderosos océanos. Cualquiera puede ver
Las luciérnagas de la Vía Láctea a través de los mapas de google,
Y los millones de rostros invisibles ampliando la conciencia del tiempo.
También se ven los grandes hangares donde los niños lloran,
Cuando la orfandad les quema las pupilas y el dolor se yergue
Como única riqueza, extraña riqueza robándose el aire y las almohadas.
Hasta cuándo serán las manos invisibles del universo,
O, por el contrario, la alacena para refrescar la historia del presente
O de ese futuro incierto al cual invocamos con todos los ángeles
Encarnados a kilómetros luz del fuego vital des nuestro forcejeo.

Ya la lluvia ha caído en raciones diarias de agonía. Ya el confeti
De la hojarasca ha lamido nuestros rostros con su profundo libro
En sepia, ya los fósiles crecieron en su liturgia de siglos utópicos.
Ahora es necesario explorar en la frente de los pájaros: nacer
En la simplicidad del hálito, en los meses de las raíces, en la rama
De los espejos hasta poner en su perennidad el agua de los ríos.
Nada es más cruel que una casa habitada sin mañanas, sin saber
Que la luz —en su jardín milagroso—nos puede sacar de las osamentas,
Y elevar nuestros días a escenas de vivientes sábanas.
Nada es más gratificante que recrearse en los ojos de los niños
Y ver la hamaca de luciérnagas de sus brazos, su boca de relámpagos,
Su pequeña sucesión de umbrales, despertar sin el despojo
Umbilical del caos y el vejamen, sin la intensa salmuera de la basura…

Ya tenemos tiempo de jugar a la noche y a sus trenzas de ceniza.
El viento ha hecho cuevas en la osamenta de la conciencia.
Nos toca descorrer la nada, las esquinas del veneno, el titubeo
De las colillas, las puertas cerradas del espíritu, los rostros cruzando
Persianas para contabilizar desde cero, los nuevos embarazos.
Y desde allí, imaginar los relojes con agujas limpias…
Y desde allí, ni féretros, ni tumbas, ni puñales con salmuera.
Y desde allí, el día, el principio del fuego, el principio del agua
Con bañeras de fortificada razón, sin nadie que sangre páginas heridas.
La boca sin espinas es posible. Es posible el sendero sin estiércol.
Es posible el aire jugando a pájaro, a mesa, a alimento…
El amor es posible con sus peces de curiosa premura.
El amor es posible aún entre las playas oscuras de walt street,
En los túneles donde las sombras se vuelven espadas…
Aún en esta noche donde la lluvia arrecia y los antiguos dioses
Todavía supuran manuales de aviesas pasiones,
Es posible ser uno derribando el odio…
Barataria, 11.V.2008.
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jueves, 8 de mayo de 2008

Confesión del desvelo_André Cruchaga

Ilustración: Fernand Léger.






Confesión del desvelo




Por todos los ángeles de la potestad mi voz se alza:
—odre, vasija, buscando despegarme de la hipotenusa
De los fantasmas, de las habitaciones obstinadas, del esqueleto
De la voz, de las uñas vencidas en la resistencia de la oscuridad,
Aquí los labios derramados en la almohadilla de la tinta,
Territorio golpeado por un granizo de cementerios —mar
De escalofríos sobre el pañuelo en pedazos de los grillos.
La vida está a este lado donde cuelgan las cruces y la basura,
Los brazos empobrecidos como flacos tapiales de huesos,
La soledad ganando huesos y clavos y madera ciega.
El amor que baja al litoral de mi cruz, colgando cavidades
De párpados, luciérnagas olvidadas por alguien, fósforos
Sin retorno, arrepentida llovizna del arroz para mi cuerpo.

Desde siempre olvidé los cántaros del aguacero, el cielo
Del invierno caminando sobre mi carne. Invierno terrestre
Establecido en el cuenco de mis poros, descalzas huellas
Vegetales, terriblemente fotográficas en mi barba de errante
Estatua. Caballos en el bosque de mis propias colillas, tapiales
De musgo con las garras de un gato montés, escaleras dolidas
Sobre el agua, sal de la Patria en medio de una turba de naipes,
Papeles besando mi tinta, el pétalo de las líneas, el harapo
De los pétalos en mi propio vaho, en mi propia espuma de ataúdes.
A la luz del agua hay un umbral de barcas, goterones de túnicas,
Días más cortos implorando trenes o anchas ventanas
Por donde desnudar el aliento y caminar desprovisto de ropas.
A mi edad el hambre carece de zapatos: se vuelve cama,
Horizonte o simplemente una herida, húmeda campana
De mariposas, ronco desdén a la matemática…

He vivido en esa vieja costumbre de madrugarle a las paredes,
A la ciudad, al vecindario de mi Patria, a cada pieza de ajedrez
De sus alas, a su hamaca de cucharas esperando meses, a su áspera
Piel de miedo por donde gotean los deseos y las caderas
Más enhiestas y la moneda que nos deja sin nombre y vestido.
La cama le madruga al cuerpo olvidando sus cobijas;
La noche, a las cerraduras y a la voz de las ventanas, al ojo
Conyugal de la ceniza, compartida libélula de las pestañas.
Para andar en este cuerpo de meses y años, y vivir el fuego
Helado de la tierra y el cielo, junto a siglos de espinas y lenguas
De audaz parpadeo, me levanto desatando de sus nudos
Esta vida que copula en la sintaxis del cierzo y en el bajorrelieve
Del alfabeto con su ola de cóncava liturgia.
Cuando los sustantivos tienen pereza de mi cuerpo y el paisaje
Suda miedo, soplo el polvo del mal, los secos ataúdes, las velas,
La publicidad de Coca-cola, la ciudad con el pavor pornográfico;
Pero claro, no siempre se puede con tantos restos de cerveza:
Uno camina y camina de acá para allá: y resulta desconcertante:
Los electrodomésticos anulan la lucidez; el amor conyugal
Se vuelve un peligro como los pájaros salvajes en las pestañas.
Por todos los demonios que nos cambian el tiempo y el menú,
Caminamos borrando letras del alfabeto, quitando moralejas
A los espejos, haciendo de los centímetros lúgubres medidas…

De repente, demandamos más funerarias y menos palabras.
Barataria, 06.V.2008.
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