lunes, 8 de septiembre de 2008

Ethos- André Cruchaga

Río Sumpul, Chalatenango, El Salvador.






Ethos





Venid a la luz del día,
non traigáis gran compañía
MARQUÉS DE SANTILLANA



Aquí la luz imprescindible de los sueños ardiendo en su laberinto.
Luz donde el ángel de lo blanco escribe en papel su liviana curva
Misteriosa —Sombra de la luz reservada al cortejo; brilla
/en su típica sombra
Sobre la sima incesante de la voz. Los vientos mojan las raíces
Ahí donde las estrellas del sino anuncian constelaciones apretadas.
Los labios pronuncian toda esta luz de mi universo —del universo
Entero que gravita en el cuerpo y en el alma. De otro modo sería
Un túnel de seres a la deriva, quizá un mar de silencios fijos,
Enmohecidos páramos donde sólo tiene cabida la nada,
Bocas arrebatadas de la hoguera.
En cada piedra hay una diadema suprema de cierzo, en cada carne
Sueños mordidos —sueños a punto de ser sueños: seminales días
/de siembra.


A la noche la bañan caracoles secretos de un río profundo de anhelos.
De sur a norte lanza olas de saliva sobre su cordaje.
Hilo a hilo los peces abrazan los luceros; el torrente toca
Los corales bañados por el galope, las arenas movedizas de las alas.
El mar de colores desatado en la cornisa de las olas sólo posible
En la noche de mil espadas, sólo posible en las sienes de la tormenta,
O en las celestiales mortajas de los ojos, descalzas, caminando
/sobre el firmamento.
Nunca faltó en los escapularios la transparencia del jade o el jade
Mordiendo los ecos ancestrales de las sombras, el rumbo del viento,
Los pájaros perdidos en la memoria del rayo, —desvelado hervor
Bullendo hacia el oleaje blanco de la espuma, sombra haciéndose aurora
Como manda la sal en los antiguos verdores del regazo.

Olvido y noches habitan mis sábanas. —Pero es que así fue siempre:
Y no hubo lecho ni rocío en la piedra que ocultó mi presencia.
El bosque sólo fue la rama desnuda del sueño: —insomnio, desvelo,
Me internaron en su luna de libros, en sus cabellos de estertor
/agonizante.
Fue como descender al sueño lúcido de la llaga, al mediodía quemante,
A la raíz de la cueva donde toda salida tenía desfiladeros profundos.
Ahí el latido abrazó las piedras consumiendo la furia del tiempo;
Su filo apartó las sombras de las aguas hasta avanzar hacia la trinchera
De los colores: el arco iris negado al viento, el sigilo arrebatado a las horas,
La piel impecable de la luz en las manos…

Largo tiempo estuvo el corazón bañado en ceniza. Fue el viento
Quien desveló la humedad de mi boca, fue el miedo la trementina
Que abrió la entraña y el cielo y dio paso a las escaleras de las ventanas
Para salvar palabra y sueño y amanecer empinado frente al destello.
Aquel reino mojó mis pies. Lavó con campanas mis sienes. Ahí cavé
En cada hoja de mi pecho y la ceniza se espació como los mares…
Barataria, 31.VIII.2008
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