viernes, 31 de diciembre de 2010

ALIENTO SOBRE PIEDRA


Piedra este andar sobre la piedra. Piedras, el tintineo en las cloacas.
Piedra el bozal y el cabestro, la convulsión del desgano,
los universos pálidos en los labios, este nuevo tiempo de pesadumbres,
la preñez rutilante del beso desoído, cansadas aguas del confín.
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ALIENTO SOBRE PIEDRA





Now I don't care what people say
And I don't care what they do…
LED ZEPPELIN





Piedra este andar sobre la piedra. Piedras, el tintineo en las cloacas.
Piedra el bozal y el cabestro, la convulsión del desgano,
los universos pálidos en los labios, este nuevo tiempo de pesadumbres,
la preñez rutilante del beso desoído, cansadas aguas del confín.
Siempre los ojos en la oscura manteca de los semovivientes;
el mouse sobre la mesa como un candil,
el pensamiento soportando las multiplicadas carnicerías
del mercado de pulgas, la claridad virtual de los murciélagos,
en medio de botones atascados de alambradas, puertas como cofres
sellados, ventanas de mimbre donde gotea
el vaso ciego del poema.
Nos morimos desahuciados en los osarios: la desnudez en triciclos
resulta para los ojos una experiencia clandestina;
de hecho el espejo copia los muslos azules en los pedales:
mientras los verdugos sueñan con cuchillos, escopetas hechizas,
armas de uso militar y alas cercenadas.
(—Sin duda nosotros hacemos la diferencia: aunque la piedra
nos rompa los cartílagos,
y la mutilación jurídica sea también apabullante,
nos es posible la transparencia de la saliva en la lengua, sin más
olores que la levadura y la harina húmeda de las panaderías;
el reloj nos quita las llaves: la silla de nuestra hora es profética,
nos aprisiona la luna del fuego,
el brazo del litoral del azúcar, la sal dulce en los encajes,
el hermoso jadeo de los ojos cuando caen la hojarasca: bosque,
tierra, posesa en las manos; aguas despeñadas en los cuerpos.
Nosotros sobrevivimos a tanta boca derramada en los predios baldíos;
y aunque nos rehusamos a las zonas donde habita el suicida,
debemos seguir caminando entre tanta vena rota.
Nunca nos fue fácil sentarnos para descansar: siempre la puerta
cerrada o el ojo descuajado frente a nosotros, junto a los zapatos.
Esta zozobra nos ha hecho sudar espinas,
morder la soledad de los caídos, nuestra propia soledad de pasos,
el polvo pedestre de la ironías,
la boca invocando palabras bienhechoras: por eso llevamos
vilanos marchitos como púas en la garganta, graneros vacíos
de asombro, oscuros dientes de herrumbre.
Con todo lo que duele la esperanza, te pienso salpicada de esperma,
tendida sobre la sábana del deseo;
con todo te oigo en las ventanas y en la hora doméstica de la comida.
Así de simple como dos seres terrestres.)

Barataria, 30.XII.2010

jueves, 30 de diciembre de 2010

LA NOCHE RODANDO EN LAS MANOS

La noche toda rodando en las manos y las palabras. La luz, avara,
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
Imagen tomada de Fotografías en blanco y negro




LA NOCHE RODANDO EN LAS MANOS





Sentí una mordida fatal
En mi cuello en la yugular
Mi sangre corre ya
Por todo el piso.
CAFÉ TACUBA





La noche toda rodando en las manos y las palabras. La luz, avara,
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
La calle nos vence con sus mesas apagadas: respiramos arrastrando
sílabas, rompiendo el tímpano de los invernaderos,
envolviendo las ventanas con el búho,
arreciando el paredón de las palabras hacia el racimo de polvo
de la corriente, —nos muerde el muérdago en su oscuro azogue,
despunta en pequeño el pozo de la lejanía, el horizonte nublado
de los buitres, la corteza de la vista, la imagen de la ausencia con todo
su arcoíris de pócima urgente.
¿Qué noche asume los límites del ansia,
el bregar del sueño en los pilares de la memoria o el olvido,
en la ventana solar de las enredaderas,
en esta negación que nos ofrece la ruina, y la carne descuajada
de la espuma, y la pústula en trance sobre los poros?
¿De qué noche hablo y de que siervo, del ir muriendo en el arado
de lo impuro, de la sombra cristalizada en la olla,
de los gastados anteojos del deletreo?
(—Asumimos este caos con cierta vehemencia, con cierta resignación
de cuchillos, hurgando, quizá en el costado;
a menudo no hay salida para este estaño entre las manos:
nos muerde su tránsito, —el aleteo a donde el ojo apunta la silla
desnuda del pétalo;
trocamos los dedos mordiendo nuestra propia muerte, el viento
largo del volumen, los himnos devastados de los acordeones,
el cogollo de la lluvia, la harina de los paraguas,
la mochila de los hombros en su urna de sombras desplegadas.)
al final, terminamos siendo esa terrible paradoja de la metamorfosis;
el tiempo contrario a la brisa,
la falacia de la miel en las parábolas, el breve labio en la bruma;
o sólo la clave sin oreo del calendario.
—Nuestra historia es el espejo desvivido en monedas gastadas de sal:
vos y yo, desollados en el vértigo de la vigilia,
en esta claridad incierta del hollín o el tizne o la escoria.
Hemos roto las escaleras de la sed y avanzamos hacia el pocillo
del olvido, con todos sus apuntes desplegados.
No sé si habremos de sobrevivir en este trance de fechas inauditas;
pues sólo astillas tenemos en los pañuelos,
alforjas de pesado miedo, maderas de yema corroída,
disparos de una arboleda entumecida, sábanas con la demora
de la lumbre. Al final, la ladera nos dictara su propio aliento…

Barataria, 29.XII.2010

miércoles, 29 de diciembre de 2010

MANÍA DE JUGAR CON LAS PALABRAS

De nuevo en estas aguas del fuego como la luz del pálpito.
Médium creciendo en la duda: —esta manía de embestir la esperanza
jugando a las palabras, tocando el suelo hondo de los besos,
mordiendo los trompos de la noche, denudando los ojos
en el cuaderno del ombligo: punto de ebullición de mis ideas,
y de la flama que delira en los dientes.





MANÍA DE JUGAR CON LAS PALABRAS




Yo soy el médium de estos arrebatos
y está mi sueño de anillos colmados.
JOSEP PALAU I FABRE





De nuevo en estas aguas del fuego como la luz del pálpito.
Médium creciendo en la duda: —esta manía de embestir la esperanza
jugando a las palabras, tocando el suelo hondo de los besos,
mordiendo los trompos de la noche, denudando los ojos
en el cuaderno del ombligo: punto de ebullición de mis ideas,
y de la flama que delira en los dientes.
La barba ha crecido en la tibieza del abecedario, conozco la lluvia
que humedece a mis ojos,
la mata de aire que muerde mi pecho,
los trompos de las vocales con el cordel de la saliva.
El poro no envejece cuando los ojos transpiran la rama crecida
de la luz, cuando de cierto, es casa la piscucha.
Viajo con ellas como el escapulario colgando del pecho:
—cada una es la prolongación de mis zapatos o de la herida;
sucede que a veces enmudecen como las nueces;
muerden como los amantes lacerados por el vértigo;
queman como la desnudez primera en las pupilas, arden en todas
partes: en el bolsillo son monedas inauditas,
libélulas acorraladas donde la lluvia las despierta.
En la claridad arrebatan cada sombra de la noche:
la noche las mastica hasta ahogarlas en el pecho. Almohadas misteriosas
al pie de las sábanas; nunca duermen en el universo de la saliva,
en el poyetón de la cocina, en los muros apretados de grafiti,
queman como la brea, el kerosen las alimenta,
las montañas, los caballos, los zapatos, los trenes, los barcos:
en cada lugar escapan del espejo: son ese espejo vívido del polen,
la luciérnaga colgada de la puerta,
la calle con moscas y muertos, los pozos macabros, los féretros
y cementerios: —en cada sitio bulle su alambique.
En cada mesa gritan en la tortilla, en cada ojal muerden la camisa;
ladran a veces, abrazadas al crimen, arrasan los vastos ojos
de la intemperie; tiemblan ceñidas a la boca: benditas palabras
de todos los días, tan necesarias como beso o un abrazo.
Permanecen pulcras mientras el deseo no las arquea: reivindican
mis sueños, afinan la armónica de mi nostalgia.
(Y sin embargo, vos las inmolas como unas monedas de a centavo,
las vertés en el polvo de la indiferencia,
las tirás a la injuria de las piedras, las hacés sordos guacales
de salmuera: las volvés ciegas como la hojarasca sobre las baldosas.)
Yo, entretanto, las sigo recogiendo en el bolsón de la memoria.

Barataria, 28.XII.2010

lunes, 27 de diciembre de 2010

HORÓSCOPO DE LOS ESPEJOS


A menudo en el alfabeto sólo veo espejos trasnochados, y lagartijas
mordiendo el pus postrado de la ceniza en la cabeza.
En la joroba del mentón vuelan gaviotas frenéticas y bocas
masticando cielos de carne de murciélago.
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HORÓSCOPO DE LOS ESPEJOS

Usted perdonará si me entretengo
y acaricio mis libros con ternura.
LUZMARÍA JIMÉNEZ FARO


A menudo en el alfabeto sólo veo espejos trasnochados, y lagartijas
mordiendo el pus postrado de la ceniza en la cabeza.
En la joroba del mentón vuelan gaviotas frenéticas y bocas
masticando cielos de carne de murciélago.
Un sombrero huele bien si está adornado con pájaros azules;
de otro modo podría parecer una taza de café con cuervos decrépitos.
Para el propio sosiego hay que acariciar la ternura en el espejo,
las cartas tiradas a las olas y con remos,
beber granitos de anís en el púlpito de la noche,
poner en subasta los vapores orgásmicos, limpiar el parabrisas,
amar los puntos cardinales sin las deudas del presente.
Fabulo la asfixia de las palabras en los libros: destapo el surco
de la hoja hasta sembrar el rostro; luego viene la lluvia con sus espigas
incomparables, ¿acaso aquí están todos los aromas,
y todas las manos y todas las bocas?
—Sucede que ahora conmigo, el lanzallamas de la tinta volando
sobre mis párpados: sin vos, convierto el desvelo en un rincón apacible,
atardece sin pagar facturas,
las cosas tienen las plasticidad de los suspiros,
el frío se extingue cuando acerco la solapa de mis libros a los poros,
aunque allá, en la hamaca del viento, empieces a amanecer desnuda,
con tu aire de imposible fatiga.
—De pronto, ocurre que debo ordenar el crepúsculo de mis tiliches,
Los fósiles de la mansedumbre, la gastada cabalgadura de mi nuca,
el parpadeo amontado en un punto de las antípodas,
limpiar los sueños colgados en la pared,
trasladar mi propia sombra al tacto.
(Vos y yo, ahora, nos asustamos del horizonte, de los puentes colgantes
de las bocas, de la ramazón de la saliva, de las palabras que esconden
las escamas, de la añoranza de las ventanas;
todo ha cambiado como un aluvión de espuma
en los cuencos de la sal, —nada tiene sentido, después de todo,
cuando el escombro se enraíza en los litorales, cuando el combate
se torna abisal relieve de alfileres o suelo de obstinada herida.
Vos sabrás leer los armarios vacíos, los tatuajes húmedos
en las sábanas, la bestia en su crujido de calle estrecha, la porcelana
rota en las vitrinas, la lluvia lejana en los patios empedrados.
Vos y yo, siempre tuvimos la obsesión de la oscuridad:
el silencio ahoga los peces de la fosforescencia: leo con fascinación
líquida, hasta borrar la presunción de la herrumbre en mis costillas.)
Lo demás queda en los libros como un embarcadero…

Barataria, 25.XII.2010

domingo, 26 de diciembre de 2010

ALEGORÍA PERSONAL

Hoy descanso tras poner en orden mis latidos: el parabién es,
una alianza sumaria de fuegos y sobrevivencia. —A menudo le ganamos
a la vida porciones de rascacielos, trotes de aromas,
y hasta días dispuestos para la alacena de la memoria. Mi prójimo
que es el bosque me llena de trementina;
mi prójimo que son los ríos, me bañan con su espejo unitivo.
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ALEGORÍA PERSONAL




Soy el hombre de la danza oscura
y el ataúd de canciones degolladas;
PABLO DE ROKHA




Hoy descanso tras poner en orden mis latidos: el parabién es,
una alianza sumaria de fuegos y sobrevivencia. —A menudo le ganamos
a la vida porciones de rascacielos, trotes de aromas,
y hasta días dispuestos para la alacena de la memoria. Mi prójimo
que es el bosque me llena de trementina;
mi prójimo que son los ríos, me bañan con su espejo unitivo.
Puedo darle gracias a la vida por todos sus desvelos elegidos.
Puedo mear en las cuatro esquinas del Universo y ser feliz
en el torbellino de un antro, revivirme en los ojos recurrentes
de la espesura, lamer los callos de las piedras, o trasegar los relojes
clandestinos de mis poros en u n guacal de barro.
Ciertos son los anteojos que aprietan mis arrugas, como ciertos,
son también, los días en la niebla de los campanarios.
Sobre la diadema de las piedras, el harapo y la polilla de los ríos.
Nos ha tocado vivir sin cobija “en los rincones de la historia”,
—vos lo sabés con tantos remordimientos que niegan el aliento;
sentimos los dedos enormes de los acantilados,
y la respiración agotada en palabras.
Ya pasaron los días donde esperábamos “un golpe de suerte”;
ya desbordamos el sudor en la piel y la mordida pedregosa
de las vertebras y el estornudo sobre el pubis del silbo. Ya es congoja
el panal envejecido del silencio y todas sus antípodas.
Ya es ataúd el pretexto de las acequias, el gris degollado del filo,
los caballos del cielo en monedas de sal,
la colilla espesa en la estrechez de los aleluyas,
los andamios de las crayolas en el cuaderno de la lengua,
el minuto desbocado en las ramas de la sed, la fábula, la alegoría,
en un cementerio donde solo cabe la hojarasca
de las bocas y del sueño.
Me pregunto si hay palabras para ya no respirar la nostalgia:
Si en las acequias se pueden encender candiles; si la lluvia lava
las ventanas y las uñas y las serpientes;
si después de todo, los relojes dejarán de ser ese péndulo obseso
de tus muslos; y tus manos, una puerta al día y no a la breña.
En fin, duele el amarillo en los ojos de las mariposas:
las hormigas como un aguacero lento en la lengua, los muros
momificados de los pómulos, este azote del vejamen, la llaga al aire,
el corduroy doliente de las venas,
el humo del Sistema pronunciado en las cocinas de leña,
los pensamientos en muletas acuosas, esta manera de sentirte,
casi apocalíptica, como un metálico suicidio echado a las aguas
de los vértederos…

Barataria, 25.XII.2010

sábado, 25 de diciembre de 2010

LA CLARIDAD ES UN ASOMBRO

La claridad en cualquier sitio es un traje de exordios.
A menudo me rehúso a masticar los atajos: —aprieto las interrogantes
como el quejido de las monedas en el bolsillo; me gusta quitar
la modorra de los parabrisas y echarle ungüento al paisaje:
nunca es fácil el azogue en la alacena del poeta, ni las homilías
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LA CLARIDAD ES UN ASOMBRO



Incluso la duración del día
Es causa de lágrimas.
KOBAYASHI ISSA




La claridad en cualquier sitio es un traje de exordios.
A menudo me rehúso a masticar los atajos: —aprieto las interrogantes
como el quejido de las monedas en el bolsillo; me gusta quitar
la modorra de los parabrisas y echarle ungüento al paisaje:
nunca es fácil el azogue en la alacena del poeta, ni las homilías
en el desamor que nos da el silencio con todas sus noches
de alcoholes y fantasmas, —nunca una boca sacia la escalera
de los poros, ni es posible un labio sin ventanas, ni un reloj
a mitad de la desmesura,
ni vivir en la esquina de las palabras sin paraguas,
ni saborear la ráfaga en el santo fuego del bocado.
(De día puedo ver el rascacielos de las araucarias: tus senos de alabanza,
el tránsito de tu perplejidad recóndita, el rocío del desatino,
los vilanos de tus poros, ay, tu rosa que me muerde el aliento.
En la luz puedo ascender al fuego: atravesar el río de los violines,
derrumbarme en el musgo sin alfileres,
volar en la extraña turbulencia de la irreverencia,
enfebrecer con severidad tus pezones y el brebaje del filo.
La oscuridad es un ultraje a la mesa del diluvio: la claridad nos ayuda
A cruzar el bosque o el puente y aferrarnos al patio sin baldosas.
La sed de la canela nos desvela, los girasoles del vahído
en el trasiego, el resfrío de la ropa, los pájaros en la cuchara del ahogo.)
Debo suponer que racionalizar la fragancia resulta un dolor de cabeza;
nada más incierto que el olfato subiendo escaleras,
que acontecer en la penumbra de las palabras:
—no me acostumbro, sin embargo, a esta perversidad del mundo,
Hay extraños agujeros en los calcetines, malolientes perros
Alrededor de los pañuelos, y sueños que no caben en un sombrero.
Por cierto que ahora, la inmoralidad, es un billete de curso legal,
por más que hayan voces en las plazas y pancartas;
hay aspirinas que no quitan el dolor de los goznes, ni universos
con suficientes monedas para el gasto consuetudinario.
(Algo nos pasa después de todo cuando perdemos la lucidez del cielo
y nos inclinamos al arbitrio de la noche: —algo nos muerde
y convierte todo lo que tocamos en cuchitriles. Nunca ha sido fácil
la claridad, cuando nos pasan la factura de lo inverosímil,
cuando, —vos y yo sabemos—, que el jarro de la vida se quiebra
en tanta negación. —Vos y yo hemos vivido, la truculencia del sollozo,
las palabras inquisidoras, la mudez más adusta,
el entumecido carbón de la lumbre.
Nunca ha habido sosiego en esta verdad, a menudo intocable
en los estuches del viento. Siempre la lava en los juicios: siempre
el adiós anticipado de los suicidios, el hilo de la zozobra,
la herida que nos empuja al pico del buitre.
Siempre la ternura en el filo del puñal: la arcada inclemente
de tantos alfileres…)

Barataria, 24.XII.2010

viernes, 24 de diciembre de 2010

SAINT GEORGE: ÚLTIMA ESCALA

Lejos del centro ya de Salt Lake City, al sur, entre los desfiladeros.
La carretera 15 como un viejo dromedario, las aldeas disfrazadas
de postales, la respiración henchida y los ojos en su esplendor
desbordante: la aurora se disfraza de hierbabuena inefable, tiembla
el rostro sobre los pergaminos tendidos de las estribaciones.
Fotografía: André Cruchaga





SAINT GEORGE: ÚLTIMA ESCALA




Lejos del centro ya de Salt Lake City, al sur, entre los desfiladeros.
La carretera 15 como un viejo dromedario, las aldeas disfrazadas
de postales, la respiración henchida y los ojos en su esplendor
desbordante: la aurora se disfraza de hierbabuena inefable, tiembla
el rostro sobre los pergaminos tendidos de las estribaciones.
Casas de madera y techos de fantasía, escorpiones pétreos
atravesando el desierto: el frío entumece mi aliento, aunque parezca
paradoja esta gota de universo en mi pecho.
Aletea un leve viento de tormenta: en las áreas de descanso fumo
un cigarrillo, mientras otros caminantes pasan con el insomnio
en el volante. La alacena del albor no cabe en mis manos,
ni yo puedo contener mi regocijo.
Hambrientos, la noche nos devora con oceánico azoro. Sí, es espesa
la noche y ese tragaluz que apenas divisamos en las fronteras.
El frío no cesa aún en el desierto. Es como ir descalzos y en sigilo
atravesando las montañas Rocosas y parte de los Apalaches.
Nada esquiva la sed de la hoguera, ni la hoguera apaga el vuelo:
—Beatriz, Alfonso, Rosario y yo, escribimos en el cuaderno del paisaje;
Abrigamos el parpadeo del tiempo con las horas familiares;
Subimos a la tarjeta postal de la fantasía, mientras aprendemos
De los pájaros, mientras el sendero nos cuide como en casa.
Pasamos ciudades y ciudades en desvelo con un tráfico despejado
Hasta el alba: —no vimos a nadie saliendo a hurtadillas del bosque,
Ni desconocidos con un puñal en las manos.
Las Vegas en la noche, es una fiesta irreal imaginada o resucitada:
Ahí nadie duerme con su verdor de luces, —nadie permanece, tampoco,
Al pie de las ventanas, nadie despierta de su íntima noche
De juegos y apuestas.
Al final, pusimos el mantel sobre la mesa y comimos: afuera otro
Paisaje ya: verde y frío y otros roquedales amarillos,
como los de Pasadena y Pamdale en California

(Escrito en el camino a California desde (West Valley,Salt Lake City, en vehículo, 11 de diciembre de 2010.)

jueves, 23 de diciembre de 2010

EAST CANYON CREEK

A nadie debe preocuparle mi respiración de piel raída: por Whitman
camino este cielo con serpientes, viejo de voluptuosas palabras,
riente olfato de los arroyos.





EAST CANYON CREEK




Cielo sin pájaros, crepúsculo marino, una estrella solitaria
Horada el Occidente,
Como tú, corazón mío, recuerdas, tan vago, tan distante
El tiempo…
JAMES JOYCE




A nadie debe preocuparle mi respiración de piel raída: por Whitman
camino este cielo con serpientes, viejo de voluptuosas palabras,
riente olfato de los arroyos.
(“No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.”)
No habrá eternidad sin
nombrar todas estas cosas: el consuelo
de nombrar las aguas del olvido, el blanco juego de la saliva,
las fuentes filosas del frío, la nieve con una sensación de quietud
y soledad, las aguas razonables de los días oscuros que vivimos;
me detengo en el camino a masticar las nubes que pasan al galope:
(“¿Qué soy, después de todo, más que un
niño complacido con el sonido
de mi propio nombre? Lo repito una y otra vez,
Me aparto para oírlo -y jamás me canso de
escucharlo.”)
Soy sólo sombra en East canyon creek. Somos sed
en esta locura que nos rehace la cordura: —el cielo en las manos
Y esta terquedad a la simple madera del viento.
Sobre la cena restañada, respirable, te pienso atravesando los poros
de mi pobreza, la sal en mis ojos y la ternura que me hace falta
para atravesar la alambrada de las escaleras;
(para volver a mis ojos, tienes que restañar aquella cena
de redondos fuegos: el paraíso del ombligo en mi lengua, el azogue
de las persianas, la voz con las puertas abiertas de la avidez.
Estos lugares están bien para incinerar mis huesos y luego esparcirlos
por todo el atajo interminable del granito.
Aquí la neblina es leche amanecida: la acumulo como un terrón
de humilde cónclave, —a la conciencia sube la fosforescencia
de los sueños: lo hóspito en bocanadas, la rotación de los rescoldos,
la yema del seno que mi ojo advierte.
(En los días postreros, habremos de recoger todo el azúcar
de los papiros; habremos de andar el caballo de los párpados,
Sin la brida o el aparejo que lo aten a las páginas inciertas del olfato.)
—Un día, —vos y yo, de nuevo —: sin el aire parapléjico de la espera,
Con el amanecer gozoso de la epifanía,
Sin los desperdicios tirados en los parques. —Un día: el pizarrón
De la eternidad sin envejecer la piel del alba.

East canyon creek, UTAH, 26.XI.2010

miércoles, 22 de diciembre de 2010

EL OFICIO DE LAS PALABRAS

Ninguna palabra deja de ser tal en el círculo de los siglos;
todas son vísceras, cabalgaduras, batallas de cuerpo y lecho.
A veces son esa noche habitada por el búho y los murciélagos,
a veces oscuras como el horizonte que se pierde en la maleza:
—sin duda tienen demasiadas alas para mi sed desnuda:
lunas y universos comestibles.
Fotografía de André Cruchaga





EL OFICIO DE LAS PALABRAS




Ahora decido recrear el cuerpo de la vida
sin que dejen de oírse en el tedio de las tardes
las extrañas palabras de este siglo.
LOURDES GONZÁLEZ




Ninguna palabra deja de ser tal en el círculo de los siglos;
todas son vísceras, cabalgaduras, batallas de cuerpo y lecho.
A veces son esa noche habitada por el búho y los murciélagos,
a veces oscuras como el horizonte que se pierde en la maleza:
—sin duda tienen demasiadas alas para mi sed desnuda:
lunas y universos comestibles.
No hay caminos que prescindan de su aroma,
ni semanas sin escupitajos, ni paredes sin olvidos.
Si bien son innecesarias en la cama, abundan en el mercado,
asomando su boca de orquesta.
Para este mundo de pólvora y sollozos, vale su húmeda cobija,
los pájaros descalzos sobre la hierba,
el mapa azul de la sonrisa con su volcán de azúcar.
Existo y luego las perpetúo en cada página que se derrite
en mis pupilas; descienden a mis manos con su camisa redonda;
hilan los tranvías del humo hasta socavar la tristeza.
—¿cuánto pesaban en la valija de Vallejo,
en el Ciudadano del olvido de Huidobro, en La espada encendida,
de Neruda, en los Mal de amores de Óscar Hahn?
¿Cuánto pesaban en los Diálogos de Platón, o en Sócrates, Heráclito,
En descartes, Goethe, Góngora, Quevedo,
el abismo con rostro de árbol, los discursos ciegos de los objetos,
el hombre arrastrando las palabras imprescindibles,
—las de siempre, sin titubeos, soportando la luz del agua?
Hay palabras comestibles: primero se balbucea la escritura;
Hay palabras que es preciso tirarlas en paracaídas;
Otras habrá que ingerirlas como el aceite de bacalao,
Y otras, no menos importantes, se hornean en el tintero del infinito.
Hay palabras para todos los gustos:
depende un poco de las fragancias que estén en la balanza;
sin duda hay palabras cursi: inodoras e incoloras,
y hay intermedios para evitar los tropezones en ayunas
y la mala digestión.
con mi miopía, me propuse usar las de los pájaros. A ellos les debo
el monólogo con las estrellas, los días de madrugada,
el aire fresco que se amontona en mis grietas.
Descarto las palabras suspicaces por aquello de una indigestión:
a veces sólo son sombra o espejo de mi rostro;
hay momentos que se convierten en exilio de los sueños…

Barataria, 21.XII.2010

martes, 21 de diciembre de 2010

FOTOGRAFÍA SIN PÁJAROS

En la proa de mi lengua corren las aguas todas sus soledades.
Gasto los días corriendo sobre las pestañas de la espuma
y las soledades que derriban las raíces de las puertas.
Soy transeúnte con vejados paraguas de olvido, —con embriaguez
de calles estrechas y desvarío, dientes sin pan desvistiendo las piernas
de los pesados guantes de la tos,...
Fotografía.André Cruchaga





FOTOGRAFÍA SIN PÁJAROS




Silence, here I am. I am, silence.
Bright and clear, it's what I am. Silence, I am.
Mother, father. Father, mother.
Death and violence. Exicitement, I am.
NIRVANA




En la proa de mi lengua corren las aguas todas sus soledades.
Gasto los días corriendo sobre las pestañas de la espuma
y las soledades que derriban las raíces de las puertas.
Soy transeúnte con vejados paraguas de olvido, —con embriaguez
de calles estrechas y desvarío, dientes sin pan desvistiendo las piernas
de los pesados guantes de la tos,
de los durmientes apretados en los rieles,
del nido intruso en mi miedo de sombra pervertida,
de rostros tocados por nomenclatura del deseo,
del pájaro que golpea las fotografías sin descifrarlas.
Mientras las sombras se amontonan en mis manos, palpita el cielo
con su muro invisible.
(Mamá y papá en las fotografías: desembocan en mi silencio;
sacuden mis alas; mudan mis ojos de vagones dolientes.
De pronto el tren de las horas del eco,
Sus gestos de bosque, la alacena del sollozo, la muerte agazapada.)
Atravieso jabalíes de destinos absurdos, umbrales donde el rostro
advierte los peligros, sobrevivientes de un siglo de insinuaciones,
agujas en el testamento de las palabras,
cavidades pendulares como signos del zodíaco,
llamados a la conciencia huyendo del espejo del cuerpo.
Muero en la cama de la violencia sin motivos aparentes:
—ella ronda nombres diversos; prolonga las celdas como un desierto;
grita en la espalda como un bufón de circo.
(Vos no sabés cuan vulnerables somos ahora en la casa,
ni en qué País sitiado estamos, ni cuándo culminará la batalla,
y si un día se abrirá la puerta de la noche hacia el día, —hacia la luz
del libro blanco de las victorias.)
Mientras, me sumo a la ebriedad de mi propio silencio, es decir,
a la respiración de mis torpes palabras,
a la puerta reconstruida de mi fantasía que anda gargantas ilesas.
Lo demás es fatiga y sepultura, sembradíos de enlutado pan,
desvaríos que no lava el agua, ni aquietan a los murciélagos,
gritos que el viento quiebra en la hojarasca.
Los fósforos del gemido nos arrastran hacia caballos de áspera
Sangre, hacia graneros de alevosa mordida.
Un día más, se pierden las fotografías sin ganancia de años.
Un día más, lo saben: sálvese el que pueda…

Barataria, 20.XII.2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

SAL AL ÓLEO

Ya hay suficiente sal en la garganta y semanas de cavidades
desgranadas en la mesa; hay lunas con dientes de serrucho
y pulmones de gastadas hostias.
No quiero vivir sin los cinco sentidos de mis dedos.
Fotografía André Cruchaga





SAL AL ÓLEO




si me separo de ti, me rompo todo:
pero lo mejor de mí (o lo peor)
se te queda adherido, pegajoso como una miel, una cola, un óleo denso:
vuelvo a mí, cuando vuelvo a ti: (y ahí encuentro mis pulgares y mis pulmones):…
EDOARDO SANGUINETI




Ya hay suficiente sal en la garganta y semanas de cavidades
desgranadas en la mesa; hay lunas con dientes de serrucho
y pulmones de gastadas hostias.
No quiero vivir sin los cinco sentidos de mis dedos.
No quiero caminar sin los sombreros de los pájaros,
no quiero la claridad si me falta la oscuridad de tus ijares,
los siglos de pan de la perversidad;
ahora me estorba la ropa impecable, los zapatos cuerdos,
las fotografías donde las moscas acumulan canas.
No quiero saber de piscuchas ni de historias del más allá,
no quiero saber de los camellos de las parábolas,
ni de los burros desteñidos de los establos.
No quiero saber de las calles respiradas en la orina, ni de las esquinas
con centenares de colillas, ni de ayer, ni de hoy, ni de mañana,
ni de la piel carcomida por las estaciones,
ni del susurro de la lengua en la oscuridad del petate,
ni en los abrigos, ni en el decoro,
ni en los escapularios de aparente follaje,
ni en el entusiasmo que trastabilla en su desmesura.
No quiero recetas para dejar de fumar, mucho menos los cigarros
eléctricos, inteligentes en mi boca.
No necesito bomberos para apagar el fuego de mi esqueleto,
ni sirenas con sabor a catástrofe, ni números que hablen de la buena
suerte, ni cornisas con incertidumbre de pájaros.
No quiero fastidiosos protocolos, ni pasos de subterráneo calendario,
prefiero, a estas alturas, la fragancia del cierzo,
los limones que desembocan en el agua, la boca que olvidé
con dolor a espinas, la lluvia que perdí en la furia de mis poros,
el pétalo de la sangre que se precipitó en la noche,
los ojos ciegos frente a la delicia de un cuerpo desvanecido,
las ventanas con la madera antigua del sonido.
Prefiero la puerta entreabierta de los féretros, los retratos
descarrilados de los trenes, el subsuelo del musgo,
la música de una armónica olvidada en los bolsillos, el olvido
hecho una basílica, el lúpulo como una estatua de aullidos,
las latitudes abisales de los espectros
y una isla de pequeñas sílabas en mi alacena.
No quiero volver mañana y escuchar el sonido sordo de las ventanas.

Barataria, 20.XII.2010

domingo, 19 de diciembre de 2010

THE BLACK FRIDAY

Algunas veces la gente duerme en la intemperie, pegada su espalda
a las paredes; la nieve vigila el desvelo y las ansiedades:
—nosotros en cambio (Beatriz, Rosario, Alfonso y yo), vemos saltar
Las multiétnicas con sus variadas expresiones, pero la luz
es la misma en la conciencia, los cuerpos, el césped, el paisaje
borrado por la flor blanca del cielo.
Fotografia André Cruchaga





THE BLACK FRIDAY




Sometimes, you say, I wear
an abstracted look that drives you
up the wall, as though it signified
distress or disaffection.
STANLEY KUNITZ




Algunas veces la gente duerme en la intemperie, pegada su espalda
a las paredes; la nieve vigila el desvelo y las ansiedades:
—nosotros en cambio (Beatriz, Rosario, Alfonso y yo), vemos saltar
Las multiétnicas con sus variadas expresiones, pero la luz
es la misma en la conciencia, los cuerpos, el césped, el paisaje
borrado por la flor blanca del cielo.
—Millas y millas de un lado a otro, mirando con ojos curiosos
El mercado, los grandes centros comerciales, la transpiración
escasa, los colores diversos en medio de un sol blanqueado.
Todo lo inunda, —el Black Friday—, hasta olvidar que aquí, la aurora
en una bofetada de hielo en las mejillas.
Hemos pasado duros escalofríos. En torno a esto, es más fuerte
la sed, el sueño blanco, el pañuelo extendido, grave del paisaje.
Pasa el tren aquí, entre pinares inefables y transeúntes desvanecidos
por el aire de la bruma.
La noche viene y va, inmensa, como un guacal de sombras,
en medio de tanta luz, —luz que no es verde, sino rosa blanca
del invierno, dura boca sobre las piedras frías.
(Me resulta curioso este jardín de lejanías y dibujar en mi cuaderno
la ventana de las gotas, haciéndose carámbanos, —hilos imaginarios
colgando de las nubes. También resulta interesante caminar
por los alrededores de Salt Lake Valle
y muchos de sus suburbios: West Valley City, Murray, Sandy,
y por supuesto, West Jordan;)
en Sandy, a la mesa, las linternas
transpiradas de los seafoods,
la neblina astral de Dios, los suspiros pendulares del sigilo.
Ha habido tiempo de comprar hasta bisutería
A la luz de la curiosidad.
(En esta limpidez absoluta, veo una parte del valle del Lago Salado con
Oquirrh montañas en el fondo hacia el suroeste de la ciudad
de Creek Canyon.)
Las palabras se acumulan con peregrina transfusión de parábolas.
Y no es para menos este vitral de escarcha sobre mis zapatos.
Este jardín que respiro desde mis propias ansiedades.
Sería mentir si niego este reencuentro con las montañas, —estos días
Blancos abrigados con mi cuaderno,
Ríos transparentes en sabia alianza con mis pupilas.
Toda la emoción se escapa por mi boca: el vuelo es alto para esperar
El siguiente día, aunque ya no sea el black Friday…

Kerans, UTAH, diciembre de 2010

sábado, 18 de diciembre de 2010

WEST VALLEY CITY

Aprieto tu cuerpo como la luz del firmamento. Una y otra vez en la esfera de lo abisal, de norte a sur en la boca del sol, hasta que ladre el último lucero o estrella lejana en el reloj del bosque.
Fotografía André Cruchaga





WEST VALLEY CITY




¡En mi hambrienta fatiga, y para comprar imágenes,
entré en el supermercado de frutas, soñando con tus enumeraciones!
¡Qué duraznos y qué penumbras!
ALLEN GINSBERG




Aprieto tu cuerpo como la luz del firmamento. Una y otra vez en la esfera de lo abisal, de norte a sur en la boca del sol, hasta que ladre el último lucero o estrella lejana en el reloj del bosque. Caen las hojas muertas de frío sobre las aceras de condominios y centros comerciales. De pronto me gustaría tener un libro para ver los colores en el instante en que el viento abre mis párpados. Deletreo la bóveda blanca donde se esconden las ardillas: deslío la claridad con la metafísica del café, así desafío la escalera del frío que sube hasta las sienes. La nieve no deja de ser un cuadro obsceno frente al tráfico y pese al placer que me causa, no dejo de pensar en quienes la aborrecen. No dejo de ser un ciervo asustado, el The dark stag de Isabella Crawford; el cielo es oscuro entre los pinos, opero también las espigas de plata que cuelgan de los techos. O, aquel otro de la misma poeta: The Camp of Souls, donde dice que “Llegan las plumas sombrías de las Hojas que Cantan” , hasta perderse en el aliento.

West Valley City, UTAH, diciembre de 2010

viernes, 17 de diciembre de 2010

WEST JORDAN

Todo parece armonía en South Valley, Best Buy, Kohl's,
Lowe's, Ross, Sam's Club, Sears Grand y Target, —cada día ha sido
Un periódico inétido para escribir los sueños.
(Alguien podrá decir que son sonambulismos del consumo,
Demonios del capitalismo),

Salt Lake Valley






WEST JORDAN




Huésped es el que ha de partir, al alba.
FINA GARCÍA MARRUZ




Todo parece armonía en South Valley, Best Buy, Kohl's,
Lowe's, Ross, Sam's Club, Sears Grand y Target, —cada día ha sido
Un periódico inétido para escribir los sueños.
(Alguien podrá decir que son sonambulismos del consumo,
Demonios del capitalismo),
Pero sucede que soy viajero de búfalos sin fatiga: irremediable
Ráfaga de pergaminos y poeta de extrañezas.
Así que mi sosiego está en la piel erizada de las palabras,
En el granizo y en el iceberg; en la ebullición de las aceras.
De pronto me recuesto en la almohada de la aurora. La linterna
Del susurro reconstruye la memoria,
En la rueda inconclusa del sol, en el día nocturno del cielo.
Al cruzar la calle, debo hundir mis zapatos en los promontorios
De nieve, en ese blanco espeso de gaviotas.
Aquí dejaría crecer mi barba hasta las rodillas para soportar
El frío sin derramar de escribir en mi cuaderno de notas.
El agua forma paredes donde no se bañan los patos ni las colillas
Quedan a merced en las aceras. Esta parte de la ciudad, parece
Un musgo blanco en mis ojos.
He visto animales gélidos caminando por las calles
Y ancianos tomando café negro quemados por sábanas mudas.
Pongo mis ojos sobre los cuervos: merodean los establos y hormigas,
Devoran la orina de la luna,
Punzan con el abanico de sus alas negras, en contraste con los árboles
Dentados de blanco. De pronto en la distancia un ciervo,
Late en los armarios blancos de los cañones.
De pronto tiritan los dientes frente a tanta iglesia elevándose
Hasta el cielo de los mormones, con mestizaje y sincretismo.
Allá el día roto por las fábulas. El día sin anatomías ciertas.
El día sin hojas y los perros lamiendo los guantes de la nieve.
Sólo en las chimeneas se quedan los pañuelos. Vacila la sonrisa
Frente a los párpados helados, —frente a la saliva patinando
En la lengua. Quedan intactos los predios baldíos de la yerba,
Y la danza de las cucharas dentro del vaso hirviente de café.
Mientras las ardillas huyen a través del filo de las ramas sin hojas,
Los semáforos llenan de luces la fila de carros.
A nadie le es extraña esta penumbra cotidiana. A nadie le importa
Que las muchachas empañen sus senos con este enharinado
Paisaje. A nadie le importa la luna subterránea colgada de la ventana.
A nadie le importa entrar y salir de los inodoros,
Y masticar el insomnio sin quitarse los guantes y el alfabeto
En gotas de frío. A nadie le importa ya, cruzar el sueño en góndolas
Y comer abrigados de pies a cabeza.

West Jordan, Utah, diciembre de 2010

jueves, 16 de diciembre de 2010

INVIERNO EN SNOWBIRD

La tierra blanca junto al aire parece indefensa; desde el gris
Busco la blancura, —el día con sus mediodías resplandecientes,
La aurora revelada en mi propio imaginario.
El tacto es tan antiguo en esta humedad de los deseos.
El agua ofrece un desvelo de soledades profundas,
Delirios, hojarasca, destellos de turbulenta carne.
Snowbird, UTA





INVIERNO EN SNOWBIRD




(Sobre una llave de agua, canta un gallo
blanco a punto de enrojecer.)
FRANCISCO HERNANDEZ




La tierra blanca junto al aire parece indefensa; desde el gris
Busco la blancura, —el día con sus mediodías resplandecientes,
La aurora revelada en mi propio imaginario.
El tacto es tan antiguo en esta humedad de los deseos.
El agua ofrece un desvelo de soledades profundas,
Delirios, hojarasca, destellos de turbulenta carne.
El frío sacude los párpados embriagando las palabras.
—En el conjuro de la noche es necesario el fuego de la chimenea:
Un país mujer que tapice mis poros,
Quemar la planta de los pies sin guantes, las manos a punto
De congelarse, el arco de la llovizna como una muchacha
Ardiendo en las estrellas invisibles.
Las piedras me sirven de escalera para subir a las góndolas:
Aquellos pezones donde resuella el viajero que soy.
Cada ski sonríe sobre la harina volante del viento, —blancos
Pétalos, como esquirlas dulces en los abetos de la fantasía.
Nadie duerme aquí encendiendo el aliento hasta las cejas.
Nadie deja de tiritar con el bigote entre los dedos,
Nadie pierde sus pantalones en este castillo de hielo galopante.
Los cientos de esquiadores parecen cisnes alumbrando
Los colores del cielo,
Esparciendo el tropel de la nieve,
La lengua del frío que madura en los poros como la hojarasca del otoño.
Estoy seguro que las manos no descansan en medio de estos días;
En estos días interminables, los pañuelos envuelven la luna
Ausente, crepitan insensibles las semillas del invierno.
Frente a las vidrieras, gesticulan, apiñadas las flores de la tempestad.
Y no es para menos: simplemente respiro cubierto de nieve.
Simplemente observo las manzanas, que en la intemperie,
Se vuelven simples doncellas blancas a punto de fantasear en mi saliva.
(Nos paseamos entre los pasillos. Queremos hacer trópico
Esta alacena de los brazos. Convertimos las sábanas en eléctricos
Tabernáculos. Siempre blanco este ventisquero de libélulas.
El invierno adivina la campana del frío, este pulso del sueño,
—cofre, acaso, de nuestro habitual cuaderno.
Regresamos al mismo punto de las venas: la chimenea es intensa
En su propia flama, nos trasiega, nos restituye, nos deshiela.
Creo que aquí podría aullar entre fantasmas.
A dos voces perdido en este frío. Dos ráfagas orgásmicas.
A dos espejos dispuestos a soportarse después de fructificar
Sobre la mancha blanca de este lenguaje en las pupilas.)

Snowbird, Utah, diciembre de 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

CARCOMA INNAVEGABLE

La carcoma de la noche tiene cuartos oscuros. Dientes hostiles
Para morir lentamente en la panadería de las palabras.
Todavía no se ha cansado la envidia de su desventura: Muerde
Trenes en su amargo aprendizaje. Resulta que al trabajo
Se le llama suerte,
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CARCOMA INNAVEGABLE





Cuando en el río de soledad que, a veces, nos recorre,
un álveo seco, piedras
con huella de lavados imposibles,…
ALFONSO CANALES





La carcoma de la noche tiene cuartos oscuros. Dientes hostiles
Para morir lentamente en la panadería de las palabras.
Todavía no se ha cansado la envidia de su desventura: Muerde
Trenes en su amargo aprendizaje. Resulta que al trabajo
Se le llama suerte,
Y a la carcoma pan divino. Al ocio, desventura; a las puertas, falsos
Muros. Cuesta entender a los seres derrotados por la mediocridad.
Viven en el rectángulo del sufrimiento.
Desangran sus vértebras y sus encías. El tiempo no les alcanza
Para dolerse y culpar a otros de sus males.
(Vos y yo sabemos de estas noches de ceniza que merodean
Las sienes sobre la polvareda de las olas, de un mar glacial
De sentimientos recorrido por escorpiones innecesarios. Sé que nos
Golpean el sueño, pero a cambio, nosotros sí sabemos el rumbo
De nuestros zapatos, las escuelas de estatuas que nos rodean,
La anilina de perro que lame los tobillos, los fatigados ojos que caen
Sobre nosotros sin transparencia.
Sabemos que cantamos y volamos. Sabemos el lugar preciso
Destinado a los tuertos, el escarabajo de espuma engañosa sobre
La mesa, la puntuación inexacta de los incestos.
Hemos tenido que aprender a caminar con el bolsillo lleno de espinas,
Nadar en la piscina de la envidia, comer entre el aluminio
De las bocas falsas, descubrir los lingotes de ponzoña
En el calendario. Hemos sido pacientes ante el aserrín del odio;
Bajo el humo hemos sido abatidos.
Ya quisieran tener la felicidad nuestra, tener también nuestro odio.
Pero ni eso les damos. Les dejamos las calles para que ardan en ellas
Como seres sonámbulos, las aceras, los alimentos.
Ojalá aprendan a masticar lo necesario. Ojalá un día los alcance
La felicidad. Ojalá un día, al menos mueran con elegancia,
Y no dediquen sus dientes a la ignominia.
Vos y yo, que lo sabemos, démosles sílabas de azúcar para que sus vidas
Sean menos hoscas, menos virulentas, menos inexactas.
Démosles tazas de relámpagos cristalinos, rocío con miel
Y hasta una purga para que laven sus intestinos. Démosles tanques
De oxígeno; no pueden respirar por sí solos, necesitan de nuestra
Sombra. Les duele nuestra felicidad. Les duele nuestra fosforescencia.
Dejémoslos que fluyan perturbados por sus sueños maniqueos.
Tal vez un día encuentren su propia felicidad y mastiquen hormigas
De otro planeta, de otros matorrales con luciérnagas.)
Nosotros, gocémonos con el amor que nos tenemos. Gocémonos
Cada día en los kilómetros de luz que tenemos. Nosotros mordamos
La boca azul de los poros, la boca del rocío: —Déjame cantar
Sobre la palmera del pubis y enharinar el terciopelo de la luna.
Dejemos que nuestros enemigos ardan en su propio fuego; nosotros
Al fin y al cabo, tenemos nuestro propio cielo con raíces profundas.

Barataria, 23.XI.2010

lunes, 22 de noviembre de 2010

PRETEXTOS PARA LA MEMORIA

Aunque sea en el día, una de las tantas realidades lleva en los hombros
Calabozos apremiantes, puños de ceniza calcinada en las pupilas
Como pájaros de grave dolencia.
A menudo me toca integrar y desintegrar la aurora, --esas dos voces que
Llamas; sólo mi voz no puede, entonces emerge la otra mitad
De mis molinos: los bolsillos con otros centavos de sombras.
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PRETEXTOS PARA LA MEMORIA




Cuánto rumor innecesario para una vida tan pequeña, dicen
como quien deja demasiados rastros tras de sí.
JENARO TALENS




Aunque sea en el día, una de las tantas realidades lleva en los hombros
Calabozos apremiantes, puños de ceniza calcinada en las pupilas
Como pájaros de grave dolencia.
A menudo me toca integrar y desintegrar la aurora, --esas dos voces que Llamas; sólo mi voz no puede, entonces emerge la otra mitad
De mis molinos: los bolsillos con otros centavos de sombras.
Está claro que dentro del humo
Denso de mi dramatismo, hago que la montura del papel,
Se ría en la tinta no sin silencios y galopes. No sin otra piel que llueva
En mi semen. No sin otros muertos a la orilla de mis uñas de ocelote.
No sin las manos de la sal encuadernada. No sin tantos
Granitos de moscas en mi lengua. De algo estoy seguro:
Cada diente de oscuridad se vuelve túnel en mi garganta.
Mi herida juega con los ataúdes como los niños con las piscuchas.
Estamos cerca de masticar la edad del disimulo, las zanjas de la llaga,
El escondrijo póstumo de las arañas, los anteojos abandonados
En el vacío. (Aún tenemos tiempo de incendiar los recuerdos.
—Vos lo sabés desde la cintura de los remordimientos. Otras gentes
Pululan desesperadas, a oscuras en los burdeles,
En las tabernas malolientes de la ternura, en la dentadura sádica
De la arena; pestañea el candil roto del infierno.
—Yo también sé morir bajo las sábanas; trepar a los peces
Del campanario y administrar con garantía de austeridad el cielo
Para evitar el despilfarro de los ángeles traumatizados por el extravío.
Lo cierto es que hay bastantes pretextos para la memoria:
La saliva verbal del jadeo, las aguas debajo de las sábanas,
La perversidad intrínseca de lo obsceno, la noche que se arrastra
Como una serpiente, las ramas salobres del sudor tosiendo el sueño.)

Vos y yo, a menudo exageramos tantas cosas:
Juntos condecoramos la deshora de la noche con pepitorias.
Juntos mordemos la nata del rocío,
Juntos abrimos la ventana del movimiento pendular del trapecio,
El aletazo equidistante de la transigencia, el papel del vestigio,
Juntos subimos la escalare del relámpago bebiendo los fogonazos,
Juntos contamos hasta diez, de diez en diez hasta llegar al infinito,
Juntos en el caballo del delirio hasta subir al obelisco de los paltos,
Juntos, —redondos, desangrados, bebibles en terrones de saliva.
Juntos cuando el arado camina sobre el polvo.
Juntos en la caminata del reloj, hasta llegar al olvido de la semana.
Juntos, juntamos la vocación de los espejos, las chicharras
Del subsuelo, la propulsión de las botellas: el poema en los dedos
De las ferreterías, el rojo de la espina en el polen. —Así es de loco
El alfabeto en las astillas de las cloacas…

Barataria, 22.XI.2010

domingo, 21 de noviembre de 2010

MÁS QUE SILENCIO, LAS VENTANAS OSCURECEN

Y sin embargo, entre el bullicio de todo, las ventanas oscurecen
La poca luz vertical de los paréntesis.
En ciertos jardines, el aire no contiene su propia orina, las llagas
Retenidas en las manos, el río roto del aire en los balcones.
Como oscuros lirios, la respiración transida del día,
Los tibios pasadizos de la sombra en la memoria. En todo el paraguas
Del ojo sujeto a imágenes violentas.
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MÁS QUE SILENCIO, LAS VENTANAS OSCURECEN




He traído de la desesperación un cestillo tan pequeño,
que ha sido posible trenzarlo con mimbre.
RENÉ CHAR




Y sin embargo, entre el bullicio de todo, las ventanas oscurecen
La poca luz vertical de los paréntesis.
En ciertos jardines, el aire no contiene su propia orina, las llagas
Retenidas en las manos, el río roto del aire en los balcones.
Como oscuros lirios, la respiración transida del día,
Los tibios pasadizos de la sombra en la memoria. En todo el paraguas
Del ojo sujeto a imágenes violentas.
En la sonrisa suelta de la hojarasca, los puertos cambian
Las libélulas por pequeñas gotas de sal crepuscular.
Cada paisaje muerde la ranura de las persianas, —el aire efímero
De las begonias en la carne.
(Supongo que aquí, la risa ha perdido su esperanza de inmortalidad;
Cava la noche como un sepulturero, en el paisaje de la tierra,
En el lomo del agua con sus gestos.
Las manos recogen lo que después es rostro en el alma.
De pronto habitamos la nebulosa de los cascos en el légamo.
Hay días porfiados que siguen pululando como la prehistoria:
—Días sin orgasmos compartidos. Días de eterna orina.
Ventanas que no andan, sino que huyen del insomnio en silencio.
Hemos acumulado sótanos en cada encaje de los poros;
Alguien todavía descongrega la ceremonia de los bolsillos llenos,
Quiebra los enseres domésticos de la mesa,
Erige estatuas para coronar la blasfemia y los abismos.
Sabemos ya, que la única piedad que hemos conocido está en los dientes,
En la poca luz de las ventanas que nos quedan,
En el paraguas oscuro de la tarde que se ahoga.
Toda la claridad ha perdido su respiración. Todo lo plano es esférico.
En el cordel del humo cuelga el insomnio. La gotera de la crepitación.)
El moho nos vuelve un bosque fatuo, oscuro puñal en cacería.
Los espacios vacíos, estanques para el mal agüero.
Los jardines encendidos de grises, muerden la comisura
De los labios, o la jauría que se disfraza de libro predilecto.
Siempre vivimos muriendo como pájaros en diapositivas.
Siempre así como parachoques, de una infernal cacería. Siempre.
Siempre cansados de las uñas del invierno metafísico.
Siempre patinando sobre la rodaja ácida de los limones.
Siempre haciendo el strip tease de ciertos algoritmos matemáticos.
Siempre dispersos en los taburetes amarillos del crepúsculo.
Siempre mordidos por la sombra de los girasoles.
Siempre en la respiración oscura de las cornisas. Siempre. Sin más
Habitación que el asedio de las tormentas…

Barataria, 21.XI.2010

sábado, 20 de noviembre de 2010

PAISAJES INEVITABLES

¿Qué puedo decir de la alforja como paisaje en la espalda.
Los límites de las puertas, aceptar lo inevitable, lo que muere
En fragmentos, el papel del humo sin un diálogo perenne,
Las tardes del otoño que corroen las entrañas?
—He visto siglos de agua precipitada en los ojos; destinos de odio
Indagando en la conciencia,
Nostalgias no jubiladas, deseos de volver a la infancia.





PAISAJES INEVITABLES




Me conmovió tanta escalera,
tanto peldaño.
Y sus tacones.
CONCHA GARCÍA




¿Qué puedo decir de la alforja como paisaje en la espalda.
Los límites de las puertas, aceptar lo inevitable, lo que muere
En fragmentos, el papel del humo sin un diálogo perenne,
Las tardes del otoño que corroen las entrañas?
—He visto siglos de agua precipitada en los ojos; destinos de odio
Indagando en la conciencia,
Nostalgias no jubiladas, deseos de volver a la infancia. Siento
Las sílabas del mar en mi deseo de ahogar las tarjetas postales
Y las escaleras, estas montañas de horas consumidas en la ceniza.
En el ápice del cansancio los sueños se apagan.
Bosques líquidos arden en los poros como ríos inciertos.
Los alias de las plumas roban al cielo las banderas.
Tantos abismos, para tan pocos pies en el purgatorio: —tantas
Vidas en la humedad incierta de la boca,
Efímeras teas abatidas por el amarillo del desmayo.
Hay quien reparte el sufrimiento para pasar a la posteridad,
Y hundir sus dedos como generoso granero.
Masticamos, ahora, días difíciles de sangre, —días de gargantas
Putrefactas, laderas de aliento sin boca, oscuras lunas de granito.
Son adustos los días sin promesas:
Los días sin piel, la postal de la escama en las pupilas,
El polvo doliente en las encías. Cuesta asir los menguantes
En las manos, en los brazos, en el embudo de la ola siniestra.
Hay lugares: calles, aceras, parques, ciudades, mesones,
Tabancos, prostíbulos, escuelas, donde las axilas transpiran
Roncos metales de complicados pájaros. —Las bestias cubren
El horror con una sonrisa; el luto, con gallardetes.
La belleza se vende en frasquitos de veneno oscuro: No sé si es
El cansancio o lo agreste, lo hosco, lo rústico. Los celajes humanos
Siempre suelen inciertos; el amor suele ser incierto;
La ceniza y la herrumbre suelen ser las únicas substancias
Derramadas, el brillo letal sobre el césped.
—¿Habrá algún paisaje para purificar las almas, el mar
Sin aldabas, por ejemplo? La conciencia, a menudo, cuelga
Del ala del cuervo, del hacha sideral del hierro, de los féretros
Insepultos de la noche, del dulce caos de la polilla.
(Hay paisajes que nos roban los ojos: vos, que te volviste fantasma
Y merodeas cada centímetro de mi eternidad.
Vos, que me cocés a fuego lento los sueños: los paisajes íntimos
Rehusándote a la carne, a los rieles compartidos de la avidez.)

Barataria, 20.XI.2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

SINTAXIS DE LA SAL HASTA EN EL HASTÍO

Cada reloj tiene días de sal hasta el hastío. Liturgias con ojeras.
Me atrevo a decir que en el cuerpo es un juego desordenado de poros.
Un poco el falsete de la hojarasca
Que pervierte las formas normales de la palpitación.
La sintaxis no cuenta en la convulsión incierta del oleaje, —es necesario
Desordenar el alfabeto, la arqueología seminal de los adverbios,
Los determinantes de las aceras, el calostro de los adjetivos.
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SINTAXIS DE LA SAL HASTA EN EL HASTÍO




Y como el nadador, dichosamente cansado,
deja escurrir los dedos del agua por su cuerpo desnudo
volviendo su mirada hacia la playa,…
PABLO GARCÍA BAENA




Cada reloj tiene días de sal hasta el hastío. Liturgias con ojeras.
Me atrevo a decir que en el cuerpo es un juego desordenado de poros.
Un poco el falsete de la hojarasca
Que pervierte las formas normales de la palpitación.
La sintaxis no cuenta en la convulsión incierta del oleaje, —es necesario
Desordenar el alfabeto, la arqueología seminal de los adverbios,
Los determinantes de las aceras, el calostro de los adjetivos.
Por cierto que es mejor romperse los tobillos que el tartamudeo
Crónico de las mudanzas que distraen el horizonte.
Por cierto, digo, que son mejores las sombras a que una boca insana
Muerda la conciencia con sus dardos de veneno.
Eso de nacer de nuevo no es más que una figura retórica; y sólo
La creen los que no se pueden sostener en las raíces,
Sino en la espuma de tantas falacias.
De pronto hay demasiada corrosión para purificar la inmortalidad.
Cada amanecer espléndido, recibe los arrullos de la sal
En su estado caótico, —disfrazado llega al hastío, el olfato de este
Funeral de vestiduras sin sintaxis.
A veces sólo es abismo este hastío. —Ladra el centelleo moribundo
De la gramática en su rascacielos de heridas alucinantes.
Tose el surco de la sal en los labios: me harto de todo. De la diafanidad
Y la oscuridad; de los poemas maltrechos que todavía sangran,
De las visiones que postraron mis rodillas,
Del ocio de la ceguera,
De mis zapatos fugaces en la eternidad del Paraíso.
Muerdo los calcetines condenados al pavimento: a tantas heridas
Que tienen mis vértebras, a los besos que dejé colgados en los aleros,
Al litoral que mordió las uñas de mi sonrisa,
A los adioses que nunca dije por temor a la blancura de la desnudez.
(—No tengo otra manera para describirte el filo de las mareas,
Ni siquiera la anfibología del cielo;
De pronto también le tengo miedo a las cacofonías del aliento,
Al lápiz de la lengua que escribe sobre la piel,
A los barcos de los ojos que navegan en las estrellas,
A la tempestad de las ventanas frente a las sábanas.
Vos me pintas de anáforas,
Mientras cada centímetro pestañea,
Mientras el navío lascivo bracea en la esperma de cada melódica.
La página trasluce la danza sonámbula del vientre:
La tormenta besa la carne como un cigarrillo en la boca.
Entonces, a torrentes, los espejos caen el césped…)


Barataria, 19.XI.2010

jueves, 18 de noviembre de 2010

SILLA DE LA AMBIGÜEDAD

Entre la rendija del ventanal, el anhelo de pronto arrebata los manteles.
Ahora el olfato desciende hasta las aldabas. Las escaleras bajan
A la profundidad del viento, al olfato del sigilo.
Aquella silla pegada a la puerta, ahora es sólo humo y memoria:
—Dentro de su abigarrada austeridad, la tumba de la entraña, el reloj
De puño colgado del sombrero, del abanico que deshace sus aristas.
Imágenes gratis





SILLA DE LA AMBIGÜEDAD




Está la mente quieta como inmóvil palmípedo
las horas se derriten los minutos se agotan
no existe nada más que agonía y placer
CARLOS EDMUNDO DE ORY




Entre la rendija del ventanal, el anhelo de pronto arrebata los manteles.
Ahora el olfato desciende hasta las aldabas. Las escaleras bajan
A la profundidad del viento, al olfato del sigilo.
Aquella silla pegada a la puerta, ahora es sólo humo y memoria:
—Dentro de su abigarrada austeridad, la tumba de la entraña, el reloj
De puño colgado del sombrero, del abanico que deshace sus aristas.
Nunca sabemos qué hacer con los trapos del desastre, ni con la movilidad
Del tránsito, ni con esta locura de ojos repentinos.
Cierto es que el barro tiene sus propias fisuras. La madera. El poyetón.
Las sandalias que están ahí lamiendo el suelo,
Las certezas y las indefiniciones. Todo nos corroe. Nos punza. Arde.
Estamos desnudos y cubiertos de aguas abrasadoras.
De espumas y lanzas y hervores y salpicados dolores y alegrías.
Sé bien de estos caminos del día y la noche:
He permanecido anegado de caminos en el mismo sitio.
La realidad tiene juguetes blandamente oscuros, leves, pesados,
Como un corazón madurado en el granito.
Como los sueños limpios en un día oscuro, desdibujado.
Como el paraguas dormido sobre el vómito de una azotea.
Como la astilla ya inoíble en el costado de la carne.
Como el cancel borroso del orgasmo transcurrido en líquidos insomnes.
Como toda la luz cómplice de los establos.
Como las aguas termales del frío cruzando el alma.
Como los perros repasando la lección de las pulgas.
Como el pecho tendido en la hamaca del horizonte: —plano, cóncavo,
Enraizado en la sombra famélica de los dientes.
Como la noche, sorda, estrangulada de los pañuelos, cielo hondo
Del párpado, abierto a la vivida complicidad del ocote o al kerosene.
Como la mirada abierta de la muerte, la noche bracea en la luz
Del espejo, alfabeto gastado de la materia. Próxima lejanía de la hoguera.
Como el pilón de azúcar, amargo en el residuo de la noche.
Como lo simple y lo múltiple suspendido en cubitos de hielo.
Como la porosidad del pie en los huesos, espuma viva del planeta.
Como mendrugo para miles de personas, sin pensar en los dedos
De todas las hambres, estómagos fermentados con leche agria.
Como todos los mangos del sol, rostros de perenne fugacidad.
Como la mirada insomne del cielo, todos mueren en la puerta del desvelo,
Como la sal genesíaca de la esperma sobre el velamen de las aguas
Subterráneas de los encajes, mares vivientes —vos y yo—,
Encallados en esta silla desteñida de la fosa…

Barataria, 18.XI.2010

martes, 16 de noviembre de 2010

DÍAS ÁVIDOS EN EL LATIDO DEL TIEMPO

Somos todo y nada, —días, semanas, meses, rostros avezados
En la mística de la obstinación, en la purificación absurda del tiempo,
Aunque éste con peligrosa muerte nos aviente al vacío, sabios de cuartos oscuros y pitonisas diestras en deshacer la inocencia.
No siempre es posible llegar hasta la lejanía del cierzo, por más próximo
Que esté a nuestras manos.
Christopher Blossom





DÍAS ÁVIDOS EN EL LATIDO DEL TIEMPO




Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.
JORGE LUIS BORGES




Somos todo y nada, —días, semanas, meses, rostros avezados
En la mística de la obstinación, en la purificación absurda del tiempo,
Aunque éste con peligrosa muerte nos aviente al vacío, sabios de cuartos oscuros y pitonisas diestras en deshacer la inocencia.
No siempre es posible llegar hasta la lejanía del cierzo, por más próximo
Que esté a nuestras manos.
Hoy necesitamos de otras cobijas para enfrentar el frío de la intemperie.
O, sencillamente quedarnos desnudos pensando en los espacios soñados,
Anocheciendo en un guacal errático,
Mordiendo sin clemencia la arritmia del reloj sobre el pavimento.
Habrá quien huya siempre del vértigo, de la ira próxima al sueño.
Necesitamos quitar el réquiem a los peces de cada día.
Sobre el agua hay que deslizar el tobogán premonitorio del País.
El destino es aquí el comienzo de la lluvia, la ceniza del reloj
En el testamento de la conciencia, el rito extraño de las negaciones.
Nunca llegamos a ser, sino la heredad de las agujas, la frontera
Del dictado, el pasadizo de las asimetrías del isósceles.
Por suerte, el camino se prolonga más allá del sueño del filósofo.
(Vos y Yo, tocando las puertas cerradas de la noche. Las cartas del 7
De bastos o el de espadas o el de oros, invocando signos de recurrente
Delirio, respirando los cambios de estación de los portales.
Masticamos la diáspora de las postales y el folclor de las palabras.)
Hay días, sin duda, de irreparables abismos:
Hay otros donde al amanecer se masturba el rocío sobre el tejado.
Y otros fallidos vestidos del disfraz. Y otros, tan efímeros como la felicidad.
Lo que nos queda, a menudo, es el equívoco y la perversión:
—El lenguaje de lo imprevisible, el entrecejo agrio, la malicia vestida
De magnanimidad, el yermo oscuro de la ladera.
Al final, sin duda, el tiempo se encarga de derribar los setos de la sombra.
Cada quien juega, pues, a riesgo propio su propio juego:
—En el momento de la muerte, el silencio y la tierra son lo mismo
Para todos, sin importar la espesura de la madera.
Cuesta, a menudo, diferenciar la sonrisa del sarcasmo; la paz decantada
Entre un minuto de calma; el equilibrio del pétalo y el murmullo
De la hojarasca; el silencio de las ventanas y la inamovible soledad
De un aliento en conflicto con la luz;
El mar, único con su andadura y las aguas estancadas del albañal;
La velocidad de la luz en las pupilas y el huracán que avanza sobre
Un desfiladero; la sed de ser olvido, y el olvido que nos hiela el alma.
Así nos volvemos interminables o efímeros, necesarios o prescindibles
En cada cuartilla que escribimos en el cuaderno del tiempo.

Barataria, 16.XI.2010

lunes, 15 de noviembre de 2010

TRASMUNDO DEL TRASMALLO

Desde esta región cruzamos lunas y bosques, espinas y albedríos.
En cada reducto, la profundidad del agua en la garganta.
Los peces clandestinos del orgasmo, la lujuria en las fauces
Del estallido, el esplendor de la saliva en el círculo de los poros.
El calendario se hace pequeño en este trasmundo de aguas profanas.
La flor de la espuma sacude su ternura. Los sueños trituran
Las palabras hasta degollar el molde de la lengua.
Fotografía André Cruchaga





TRASMUNDO DEL TRASMALLO




Las hojas... no suspiran lo más mínimo
Cuando el año las arrebata en Otoño.
JAMES JOYCE




Desde esta región cruzamos lunas y bosques, espinas y albedríos.
En cada reducto, la profundidad del agua en la garganta.
Los peces clandestinos del orgasmo, la lujuria en las fauces
Del estallido, el esplendor de la saliva en el círculo de los poros.
El calendario se hace pequeño en este trasmundo de aguas profanas.
La flor de la espuma sacude su ternura. Los sueños trituran
Las palabras hasta degollar el molde de la lengua.
Pero también hay otro mundo con aldabas oxidadas: —la pobreza
De los dientes y los promontorios de arena sin esplendor de mariposas,
Tumbas consumiendo la escritura.
La cáscara de los muros aprieta los espejos. El único fósforo
Es la escritura, ahí también donde el páramo es trasmundo, y la sal
La cubren cántaros de espesa neblina.
Hay toda una red de brasas en la garganta. Un ardor de piedras
Crecientes en cada brújula. En cada nylon del ojo desvivido.
Suspira la inminencia en el zodíaco. La inminediatez del pan abatido
En los poros, en la luz oculta de los corales.
—¿Desde qué arca encendemos los pañuelos, los brazos sin aldabas,
Ese jardín sin aire que nos asfixia?
Amarramos nuestras manos con el trasmallo oscuro de ultramar.
Aquí donde no alcanzamos a ver el rocío, ni a lavarnos los pies.
Aquí donde nos desvanecemos en las fojas del jadeo, en la densidad
De la ausencia, en la labranza de las conjeturas.
Mordemos los cangrejos sucesivos de la corteza de la noche.
Pulsamos las escamas y derretimos nuestra propia historia: la risa pese
A todo. Los ataúdes, pese a todo.
Los cuatro vientos de las raíces, sobre todo,
El alma en el escombro, pese a todo.
El pecho tañido de cartas, pese a todo.
¿Dónde podemos encender las lámparas y tener muchos siglos de luz?
La hondura de la almohada, a menudo, nos amedrenta, —nos mete
En los papeles arrugados del cieno, en esa alacena invisible
Del oscuro manuscrito de los trasmallos.
De pronto no hay salida, ni un zaguán, ni un muro para saltarlo.
De pronto nos toca vivir en la demencia del miedo: en ese trasmundo
De placentas sofocadas, en ese otro mundo de la iracundia.
De este sentido de urbanidad no salimos ilesos.
Son manojos de sal, o ceniza, o noche, o breña, la que nos desangra.
Debo, entonces, repensar la conciencia en su justa simetría.
(Vos y yo al filo de lo sombrío, encerrados en el desafío del orgasmo;
Agazapados, cuidando nuestros deudos y una hoguera audible
Que nos quite los cielos putrefactos del zumo.)

Barataria, 14.XI.2010

sábado, 13 de noviembre de 2010

ESPEJOS DISFRAZADOS EN EL PÁLPITO

En nuestra movilidad, masticamos calles, bocas y miopías, candores
De domingo y semáforos de ciegas luces. Todo es pálpito en la almohada,
—La luz de los armarios pestañea en su ámbito callado.
En el disfraz del pálpito, los nombres del jade, el terrón de azúcar
En las manos, ese juego de luces del orgasmo.
Fotografía André Cruchaga





ESPEJOS DISFRAZADOS EN EL PÁLPITO




De algún modo no vivo en el país.
…cierro y abro la puerta del espejo
esperar así…
deconstruyendo el árbol y la casa…
LOURDES GONZÁLEZ




En nuestra movilidad, masticamos calles, bocas y miopías, candores
De domingo y semáforos de ciegas luces. Todo es pálpito en la almohada,
—La luz de los armarios pestañea en su ámbito callado.
En el disfraz del pálpito, los nombres del jade, el terrón de azúcar
En las manos, ese juego de luces del orgasmo.
Caminamos en la palabra monosílaba del escarabajo, —imagen hermana
De los sueños, cuando las semanas se vuelven extrañas ventanas.
Somos caballos de agrias transpiraciones. Y no obstante reímos
A otras bestias gemelas del aire.
Da igual el escombro de los cojines desvelados, a la luciérnaga
Que muerde las sienes, a la costumbre de ver tragaluces en el techo.
Los murciélagos se cuelgan, agónicos de los ojos. En el pulso, las manos
Sin estrellas, sólo con el viejo sombrero del polvo.
Nos envolvemos con ciertas palabras que no caben en el bolsillo,
—El alfabeto no cabe aquí, en el ornamento de las aguas, en la enjuta
Armadura de las telarañas.
Pese a ello, sé que la aurora amanece en la campana de los gallos,
Y que sus picos calientan el rocío en el comal de las hojas; chorrea
Su alma inefable, —juegan al brebaje de su propia luz sin mutilaciones,
Ni bicicletas, ni otros artificios convencionales.
Estamos inmersos en las mutilaciones reales del caos; la sordidez
Proclama su resplandor; los cuadernos, apenas sirven para dibujar
Calles, espejos, audiencias nefastas,
Conciertos de cine mudo en sumidas ventas.
Nunca sé cuándo debo fiarme de las respiraciones que brillan como
Un hacha. En la balanza oscura no se pueden medir los gramos
Del pálpito, ni los instrumentos para cirugía estética: —Vivimos, cierto,
Soportando los dedales del disfraz,
La inocencia en balde con agua fría, la almohada con su efímero guacal
De sueños, los esmaltes con intención de lápiz.
Cada quien construye barcos a su antojo, ahora que arde el pálpito.
Mi pesadez no tiene nada que ver con el insomnio, ni con Vallejo.
Si con las máscaras que pululan como insectos y simulan el vuelo
Y la historia, si con la sequedad de la neblina, y el rascacielos de la
Vanidad, si con el laberinto visceral de los fósforos,
Con la piedra de la inclemencia,
Con los ojos paralíticos que anteceden a la hojarasca. Con los calendarios
De teatro, con la saliva de la lengua, con la fantasía oscura de los cuervos,
Con el taburete remendado,
Con el atril, protagonista de incestos, con los espejos de animosas
Gargantas, con toda el agua que nos remeda a los peces…

Barataria, 12.XI.2010

viernes, 12 de noviembre de 2010

SAL ANUNCIADA DEL VÉRTIGO EN LA NIEBLA

Amanece en mis bolsillos la ventana de la niebla. Crece la garganta
Entre el filo de las persianas, pájaros delgados en la sonrisa de las manos.
Dobla el campanario en la taberna del alma. Voces pululantes
En el vértigo sobre la nube oscura del pájaro. Pasa el afiche del viento
En medio de las pupilas como una barricada de esquinas grises.
La sal se eterniza en los hombros; la flor del beso en los poros
Camina descalza hasta convertirse en césped.
Fotografía: André Cruchaga





SAL ANUNCIADA DEL VÉRTIGO EN LA NIEBLA




Mi memoria ya es carne, ya un placer
-soñado- resucita,
ya la verdad de mi vivir da cita.
¿Alma, cuerpo ? Mi ser.
JORGE GUILLÉN




Amanece en mis bolsillos la ventana de la niebla. Crece la garganta
Entre el filo de las persianas, pájaros delgados en la sonrisa de las manos.
Dobla el campanario en la taberna del alma. Voces pululantes
En el vértigo sobre la nube oscura del pájaro. Pasa el afiche del viento
En medio de las pupilas como una barricada de esquinas grises.
La sal se eterniza en los hombros; la flor del beso en los poros
Camina descalza hasta convertirse en césped.
—Cada mañana trae mojados alelíes. Mapas pintados de confecciones
Absurdas, y péndulos sin desplazamiento de hipotenusas.
Ya no hay apariencias, sino el reposo de la materia, los pies sobre
La tierra, el rumbo entero de lo que fueron los desasosiegos.
Ahora es una sola unidad el cuerpo y la mente.
¿En qué calles tristes tiene brillo la boca, el cuerpo rasgado, desnudo
De los días nacidos en la oquedad de los ojos?
—La sal es un confuso martirio de sábanas: nos corroe y preserva;
Nos vacía el cuenco de los ojos,
Se harta en la cara como un sol blanco, como apretado paraguas.
De ahí esta perennidad presentida: aquí se nutren las ramas de la vida,
El sentido de la vida, el litoral del destino con sus uñas.
Es un morir diario esta acumulación de equipajes;
Nos desvivimos cada vez que los minutos, redondos, giran sin atino
Sobre la cárcava del delirio.
La sal anunciada, presentida, nos avienta hacia el grito donde se alza
El cuerpo y entra en seguida, a la boca amarga de la niebla.
De pronto se pierde la certeza de la transparencia, el mundo objetivo
De los zapatos, el tráfico mudo de las aceras.
Nunca ha sido fácil entender las aguas inefables que corren suerte
Extraña en los brazos amarillos de la hojarasca. Siempre es así para subir
Las escaleras del musgo, el piso de arena de los litorales.
Un día u otro, el sombrero oscuro del vértigo: el azogue de la sal
En vasijas extrañas, el ahogo masticado como residuo de grietas,
—demencia repetida en la sombra del cascajo.
Después de todo, la sal nos muerde los dientes y rompe el filo de las uñas;
Y humea en su disonancia de badajo,
Y quema en la inclemencia su propia paradoja: el rictus de anunciar
La gota de sangre que fluye de la nada a la niebla.
Un día tendré sólo memoria: ahí la pepitoria en el paladar,
Batalla ganada por el silencio, por el ala ardida de la pira…

Barataria, 11.XI.2010