lunes, 4 de enero de 2010

Vahído

En los jardines colgantes de los relojes, las agujas danzan
Como las costinas de la lengua con ciertos vahídos.
Autor de la fotografía: Daniel Cruz








Vahído








No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento
convencer. Sin embargo, hay un recuerdo
de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y
tristes, un recuerdo que no puedo marginar;
una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante…
EDGAR ALLAN POE







En los jardines colgantes de los relojes, las agujas danzan
Como las costinas de la lengua con ciertos vahídos.
De seguro los pájaros sienten lo mismo con su propia sombra.
En la orilla de cada verso, pequeñas memorias de lo vivido:
—Claro que, el pulso es una balanza inestable; la lanza
Del grito parece brazos amarrados en el litoral de la piel que se toca.
La fantasía del barro inventa cosas indecibles.
Siento la sábana del cierzo tocando la dulzaina del follaje.
De todos los follajes: ese donde duerme el aljibe del venero.
Cada ventana, cada poro, cada porción del calendario ha sido
Tallada con el cincel de las campanas, —con esa antigua llama
De las aguas, con esos instantes ágiles del azúcar en los ojos.
Siempre camino sobre el pecho de calles irrepetibles.
Las sienes mojan el camino de cada palabra.
Cada nido en los pinos es un hospedaje. Un balcón, de pronto,
En los labios, por no decir en la conciencia.
En el tragaluz de la garganta se adelgaza el tiempo. También
Vértigo, el mareo del séptimo círculo de la Esperanza y el miedo.
Andar despierto sin detenerse en ninguna parte resulta una osadía,
En este tiempo donde las sombras del desamparo nos miran,
Nos saludan, nos increpan, nos asaltan
Como un gorjeo de hervores.
[“La plaza, sola. Un hombre, solo, en medio.
Del señor que llamaba, apenas queda
una huella levísima en el suelo.
Se detuvo en la arena como si algo
le faltara. Miró a su espalda. Luego
llamó otra vez. Y otra. Y todavía
otra. Pero ya nadie oía; pero
nadie abrió los balcones, las ventanas,
las torpes barricadas de su encierro.”]
Después de tanto tiempo he aprendido a lidiar con la luz apagada
De los cántaros, con el arado del reloj sin cuentos de hadas.
Uno tropieza con los contrarios —según las categorías dialécticas—
Sin la anuencia de Dios, en muchos casos. O ahí está él probando
La certeza de las fronteras con llaves inasibles.
[Nunca he respondido a la penumbra por más que rompa mis tímpanos;
Nunca he roto los fines de semana pese a la penumbra;
Nunca he dejado de ser, siendo moneda del viento,
Niebla apresurada sobre tu boca. Destino en los hilos de la miel].

La noche de los murciélagos es profunda en el terraplén
De las catacumbas. El alma en las últimas líneas del tacto.
[A veces da pavor esta plegaria de velarte. —Esta ausencia sobrada
Del júbilo: los nombres conseguidos en mis manos].
En cada esquina trasnochada de las palabras, el ombligo
Del vértigo, la brisa despeinada del vuelo, las hojas como lagartijas
En las hojas, como esos silencios de hielo implacable
En el torso oficiante de las campanas…
Barataria, 02.I.2009


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