martes, 23 de noviembre de 2010

CARCOMA INNAVEGABLE

La carcoma de la noche tiene cuartos oscuros. Dientes hostiles
Para morir lentamente en la panadería de las palabras.
Todavía no se ha cansado la envidia de su desventura: Muerde
Trenes en su amargo aprendizaje. Resulta que al trabajo
Se le llama suerte,
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CARCOMA INNAVEGABLE





Cuando en el río de soledad que, a veces, nos recorre,
un álveo seco, piedras
con huella de lavados imposibles,…
ALFONSO CANALES





La carcoma de la noche tiene cuartos oscuros. Dientes hostiles
Para morir lentamente en la panadería de las palabras.
Todavía no se ha cansado la envidia de su desventura: Muerde
Trenes en su amargo aprendizaje. Resulta que al trabajo
Se le llama suerte,
Y a la carcoma pan divino. Al ocio, desventura; a las puertas, falsos
Muros. Cuesta entender a los seres derrotados por la mediocridad.
Viven en el rectángulo del sufrimiento.
Desangran sus vértebras y sus encías. El tiempo no les alcanza
Para dolerse y culpar a otros de sus males.
(Vos y yo sabemos de estas noches de ceniza que merodean
Las sienes sobre la polvareda de las olas, de un mar glacial
De sentimientos recorrido por escorpiones innecesarios. Sé que nos
Golpean el sueño, pero a cambio, nosotros sí sabemos el rumbo
De nuestros zapatos, las escuelas de estatuas que nos rodean,
La anilina de perro que lame los tobillos, los fatigados ojos que caen
Sobre nosotros sin transparencia.
Sabemos que cantamos y volamos. Sabemos el lugar preciso
Destinado a los tuertos, el escarabajo de espuma engañosa sobre
La mesa, la puntuación inexacta de los incestos.
Hemos tenido que aprender a caminar con el bolsillo lleno de espinas,
Nadar en la piscina de la envidia, comer entre el aluminio
De las bocas falsas, descubrir los lingotes de ponzoña
En el calendario. Hemos sido pacientes ante el aserrín del odio;
Bajo el humo hemos sido abatidos.
Ya quisieran tener la felicidad nuestra, tener también nuestro odio.
Pero ni eso les damos. Les dejamos las calles para que ardan en ellas
Como seres sonámbulos, las aceras, los alimentos.
Ojalá aprendan a masticar lo necesario. Ojalá un día los alcance
La felicidad. Ojalá un día, al menos mueran con elegancia,
Y no dediquen sus dientes a la ignominia.
Vos y yo, que lo sabemos, démosles sílabas de azúcar para que sus vidas
Sean menos hoscas, menos virulentas, menos inexactas.
Démosles tazas de relámpagos cristalinos, rocío con miel
Y hasta una purga para que laven sus intestinos. Démosles tanques
De oxígeno; no pueden respirar por sí solos, necesitan de nuestra
Sombra. Les duele nuestra felicidad. Les duele nuestra fosforescencia.
Dejémoslos que fluyan perturbados por sus sueños maniqueos.
Tal vez un día encuentren su propia felicidad y mastiquen hormigas
De otro planeta, de otros matorrales con luciérnagas.)
Nosotros, gocémonos con el amor que nos tenemos. Gocémonos
Cada día en los kilómetros de luz que tenemos. Nosotros mordamos
La boca azul de los poros, la boca del rocío: —Déjame cantar
Sobre la palmera del pubis y enharinar el terciopelo de la luna.
Dejemos que nuestros enemigos ardan en su propio fuego; nosotros
Al fin y al cabo, tenemos nuestro propio cielo con raíces profundas.

Barataria, 23.XI.2010

lunes, 22 de noviembre de 2010

PRETEXTOS PARA LA MEMORIA

Aunque sea en el día, una de las tantas realidades lleva en los hombros
Calabozos apremiantes, puños de ceniza calcinada en las pupilas
Como pájaros de grave dolencia.
A menudo me toca integrar y desintegrar la aurora, --esas dos voces que
Llamas; sólo mi voz no puede, entonces emerge la otra mitad
De mis molinos: los bolsillos con otros centavos de sombras.
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PRETEXTOS PARA LA MEMORIA




Cuánto rumor innecesario para una vida tan pequeña, dicen
como quien deja demasiados rastros tras de sí.
JENARO TALENS




Aunque sea en el día, una de las tantas realidades lleva en los hombros
Calabozos apremiantes, puños de ceniza calcinada en las pupilas
Como pájaros de grave dolencia.
A menudo me toca integrar y desintegrar la aurora, --esas dos voces que Llamas; sólo mi voz no puede, entonces emerge la otra mitad
De mis molinos: los bolsillos con otros centavos de sombras.
Está claro que dentro del humo
Denso de mi dramatismo, hago que la montura del papel,
Se ría en la tinta no sin silencios y galopes. No sin otra piel que llueva
En mi semen. No sin otros muertos a la orilla de mis uñas de ocelote.
No sin las manos de la sal encuadernada. No sin tantos
Granitos de moscas en mi lengua. De algo estoy seguro:
Cada diente de oscuridad se vuelve túnel en mi garganta.
Mi herida juega con los ataúdes como los niños con las piscuchas.
Estamos cerca de masticar la edad del disimulo, las zanjas de la llaga,
El escondrijo póstumo de las arañas, los anteojos abandonados
En el vacío. (Aún tenemos tiempo de incendiar los recuerdos.
—Vos lo sabés desde la cintura de los remordimientos. Otras gentes
Pululan desesperadas, a oscuras en los burdeles,
En las tabernas malolientes de la ternura, en la dentadura sádica
De la arena; pestañea el candil roto del infierno.
—Yo también sé morir bajo las sábanas; trepar a los peces
Del campanario y administrar con garantía de austeridad el cielo
Para evitar el despilfarro de los ángeles traumatizados por el extravío.
Lo cierto es que hay bastantes pretextos para la memoria:
La saliva verbal del jadeo, las aguas debajo de las sábanas,
La perversidad intrínseca de lo obsceno, la noche que se arrastra
Como una serpiente, las ramas salobres del sudor tosiendo el sueño.)

Vos y yo, a menudo exageramos tantas cosas:
Juntos condecoramos la deshora de la noche con pepitorias.
Juntos mordemos la nata del rocío,
Juntos abrimos la ventana del movimiento pendular del trapecio,
El aletazo equidistante de la transigencia, el papel del vestigio,
Juntos subimos la escalare del relámpago bebiendo los fogonazos,
Juntos contamos hasta diez, de diez en diez hasta llegar al infinito,
Juntos en el caballo del delirio hasta subir al obelisco de los paltos,
Juntos, —redondos, desangrados, bebibles en terrones de saliva.
Juntos cuando el arado camina sobre el polvo.
Juntos en la caminata del reloj, hasta llegar al olvido de la semana.
Juntos, juntamos la vocación de los espejos, las chicharras
Del subsuelo, la propulsión de las botellas: el poema en los dedos
De las ferreterías, el rojo de la espina en el polen. —Así es de loco
El alfabeto en las astillas de las cloacas…

Barataria, 22.XI.2010

domingo, 21 de noviembre de 2010

MÁS QUE SILENCIO, LAS VENTANAS OSCURECEN

Y sin embargo, entre el bullicio de todo, las ventanas oscurecen
La poca luz vertical de los paréntesis.
En ciertos jardines, el aire no contiene su propia orina, las llagas
Retenidas en las manos, el río roto del aire en los balcones.
Como oscuros lirios, la respiración transida del día,
Los tibios pasadizos de la sombra en la memoria. En todo el paraguas
Del ojo sujeto a imágenes violentas.
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MÁS QUE SILENCIO, LAS VENTANAS OSCURECEN




He traído de la desesperación un cestillo tan pequeño,
que ha sido posible trenzarlo con mimbre.
RENÉ CHAR




Y sin embargo, entre el bullicio de todo, las ventanas oscurecen
La poca luz vertical de los paréntesis.
En ciertos jardines, el aire no contiene su propia orina, las llagas
Retenidas en las manos, el río roto del aire en los balcones.
Como oscuros lirios, la respiración transida del día,
Los tibios pasadizos de la sombra en la memoria. En todo el paraguas
Del ojo sujeto a imágenes violentas.
En la sonrisa suelta de la hojarasca, los puertos cambian
Las libélulas por pequeñas gotas de sal crepuscular.
Cada paisaje muerde la ranura de las persianas, —el aire efímero
De las begonias en la carne.
(Supongo que aquí, la risa ha perdido su esperanza de inmortalidad;
Cava la noche como un sepulturero, en el paisaje de la tierra,
En el lomo del agua con sus gestos.
Las manos recogen lo que después es rostro en el alma.
De pronto habitamos la nebulosa de los cascos en el légamo.
Hay días porfiados que siguen pululando como la prehistoria:
—Días sin orgasmos compartidos. Días de eterna orina.
Ventanas que no andan, sino que huyen del insomnio en silencio.
Hemos acumulado sótanos en cada encaje de los poros;
Alguien todavía descongrega la ceremonia de los bolsillos llenos,
Quiebra los enseres domésticos de la mesa,
Erige estatuas para coronar la blasfemia y los abismos.
Sabemos ya, que la única piedad que hemos conocido está en los dientes,
En la poca luz de las ventanas que nos quedan,
En el paraguas oscuro de la tarde que se ahoga.
Toda la claridad ha perdido su respiración. Todo lo plano es esférico.
En el cordel del humo cuelga el insomnio. La gotera de la crepitación.)
El moho nos vuelve un bosque fatuo, oscuro puñal en cacería.
Los espacios vacíos, estanques para el mal agüero.
Los jardines encendidos de grises, muerden la comisura
De los labios, o la jauría que se disfraza de libro predilecto.
Siempre vivimos muriendo como pájaros en diapositivas.
Siempre así como parachoques, de una infernal cacería. Siempre.
Siempre cansados de las uñas del invierno metafísico.
Siempre patinando sobre la rodaja ácida de los limones.
Siempre haciendo el strip tease de ciertos algoritmos matemáticos.
Siempre dispersos en los taburetes amarillos del crepúsculo.
Siempre mordidos por la sombra de los girasoles.
Siempre en la respiración oscura de las cornisas. Siempre. Sin más
Habitación que el asedio de las tormentas…

Barataria, 21.XI.2010

sábado, 20 de noviembre de 2010

PAISAJES INEVITABLES

¿Qué puedo decir de la alforja como paisaje en la espalda.
Los límites de las puertas, aceptar lo inevitable, lo que muere
En fragmentos, el papel del humo sin un diálogo perenne,
Las tardes del otoño que corroen las entrañas?
—He visto siglos de agua precipitada en los ojos; destinos de odio
Indagando en la conciencia,
Nostalgias no jubiladas, deseos de volver a la infancia.





PAISAJES INEVITABLES




Me conmovió tanta escalera,
tanto peldaño.
Y sus tacones.
CONCHA GARCÍA




¿Qué puedo decir de la alforja como paisaje en la espalda.
Los límites de las puertas, aceptar lo inevitable, lo que muere
En fragmentos, el papel del humo sin un diálogo perenne,
Las tardes del otoño que corroen las entrañas?
—He visto siglos de agua precipitada en los ojos; destinos de odio
Indagando en la conciencia,
Nostalgias no jubiladas, deseos de volver a la infancia. Siento
Las sílabas del mar en mi deseo de ahogar las tarjetas postales
Y las escaleras, estas montañas de horas consumidas en la ceniza.
En el ápice del cansancio los sueños se apagan.
Bosques líquidos arden en los poros como ríos inciertos.
Los alias de las plumas roban al cielo las banderas.
Tantos abismos, para tan pocos pies en el purgatorio: —tantas
Vidas en la humedad incierta de la boca,
Efímeras teas abatidas por el amarillo del desmayo.
Hay quien reparte el sufrimiento para pasar a la posteridad,
Y hundir sus dedos como generoso granero.
Masticamos, ahora, días difíciles de sangre, —días de gargantas
Putrefactas, laderas de aliento sin boca, oscuras lunas de granito.
Son adustos los días sin promesas:
Los días sin piel, la postal de la escama en las pupilas,
El polvo doliente en las encías. Cuesta asir los menguantes
En las manos, en los brazos, en el embudo de la ola siniestra.
Hay lugares: calles, aceras, parques, ciudades, mesones,
Tabancos, prostíbulos, escuelas, donde las axilas transpiran
Roncos metales de complicados pájaros. —Las bestias cubren
El horror con una sonrisa; el luto, con gallardetes.
La belleza se vende en frasquitos de veneno oscuro: No sé si es
El cansancio o lo agreste, lo hosco, lo rústico. Los celajes humanos
Siempre suelen inciertos; el amor suele ser incierto;
La ceniza y la herrumbre suelen ser las únicas substancias
Derramadas, el brillo letal sobre el césped.
—¿Habrá algún paisaje para purificar las almas, el mar
Sin aldabas, por ejemplo? La conciencia, a menudo, cuelga
Del ala del cuervo, del hacha sideral del hierro, de los féretros
Insepultos de la noche, del dulce caos de la polilla.
(Hay paisajes que nos roban los ojos: vos, que te volviste fantasma
Y merodeas cada centímetro de mi eternidad.
Vos, que me cocés a fuego lento los sueños: los paisajes íntimos
Rehusándote a la carne, a los rieles compartidos de la avidez.)

Barataria, 20.XI.2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

SINTAXIS DE LA SAL HASTA EN EL HASTÍO

Cada reloj tiene días de sal hasta el hastío. Liturgias con ojeras.
Me atrevo a decir que en el cuerpo es un juego desordenado de poros.
Un poco el falsete de la hojarasca
Que pervierte las formas normales de la palpitación.
La sintaxis no cuenta en la convulsión incierta del oleaje, —es necesario
Desordenar el alfabeto, la arqueología seminal de los adverbios,
Los determinantes de las aceras, el calostro de los adjetivos.
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SINTAXIS DE LA SAL HASTA EN EL HASTÍO




Y como el nadador, dichosamente cansado,
deja escurrir los dedos del agua por su cuerpo desnudo
volviendo su mirada hacia la playa,…
PABLO GARCÍA BAENA




Cada reloj tiene días de sal hasta el hastío. Liturgias con ojeras.
Me atrevo a decir que en el cuerpo es un juego desordenado de poros.
Un poco el falsete de la hojarasca
Que pervierte las formas normales de la palpitación.
La sintaxis no cuenta en la convulsión incierta del oleaje, —es necesario
Desordenar el alfabeto, la arqueología seminal de los adverbios,
Los determinantes de las aceras, el calostro de los adjetivos.
Por cierto que es mejor romperse los tobillos que el tartamudeo
Crónico de las mudanzas que distraen el horizonte.
Por cierto, digo, que son mejores las sombras a que una boca insana
Muerda la conciencia con sus dardos de veneno.
Eso de nacer de nuevo no es más que una figura retórica; y sólo
La creen los que no se pueden sostener en las raíces,
Sino en la espuma de tantas falacias.
De pronto hay demasiada corrosión para purificar la inmortalidad.
Cada amanecer espléndido, recibe los arrullos de la sal
En su estado caótico, —disfrazado llega al hastío, el olfato de este
Funeral de vestiduras sin sintaxis.
A veces sólo es abismo este hastío. —Ladra el centelleo moribundo
De la gramática en su rascacielos de heridas alucinantes.
Tose el surco de la sal en los labios: me harto de todo. De la diafanidad
Y la oscuridad; de los poemas maltrechos que todavía sangran,
De las visiones que postraron mis rodillas,
Del ocio de la ceguera,
De mis zapatos fugaces en la eternidad del Paraíso.
Muerdo los calcetines condenados al pavimento: a tantas heridas
Que tienen mis vértebras, a los besos que dejé colgados en los aleros,
Al litoral que mordió las uñas de mi sonrisa,
A los adioses que nunca dije por temor a la blancura de la desnudez.
(—No tengo otra manera para describirte el filo de las mareas,
Ni siquiera la anfibología del cielo;
De pronto también le tengo miedo a las cacofonías del aliento,
Al lápiz de la lengua que escribe sobre la piel,
A los barcos de los ojos que navegan en las estrellas,
A la tempestad de las ventanas frente a las sábanas.
Vos me pintas de anáforas,
Mientras cada centímetro pestañea,
Mientras el navío lascivo bracea en la esperma de cada melódica.
La página trasluce la danza sonámbula del vientre:
La tormenta besa la carne como un cigarrillo en la boca.
Entonces, a torrentes, los espejos caen el césped…)


Barataria, 19.XI.2010

jueves, 18 de noviembre de 2010

SILLA DE LA AMBIGÜEDAD

Entre la rendija del ventanal, el anhelo de pronto arrebata los manteles.
Ahora el olfato desciende hasta las aldabas. Las escaleras bajan
A la profundidad del viento, al olfato del sigilo.
Aquella silla pegada a la puerta, ahora es sólo humo y memoria:
—Dentro de su abigarrada austeridad, la tumba de la entraña, el reloj
De puño colgado del sombrero, del abanico que deshace sus aristas.
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SILLA DE LA AMBIGÜEDAD




Está la mente quieta como inmóvil palmípedo
las horas se derriten los minutos se agotan
no existe nada más que agonía y placer
CARLOS EDMUNDO DE ORY




Entre la rendija del ventanal, el anhelo de pronto arrebata los manteles.
Ahora el olfato desciende hasta las aldabas. Las escaleras bajan
A la profundidad del viento, al olfato del sigilo.
Aquella silla pegada a la puerta, ahora es sólo humo y memoria:
—Dentro de su abigarrada austeridad, la tumba de la entraña, el reloj
De puño colgado del sombrero, del abanico que deshace sus aristas.
Nunca sabemos qué hacer con los trapos del desastre, ni con la movilidad
Del tránsito, ni con esta locura de ojos repentinos.
Cierto es que el barro tiene sus propias fisuras. La madera. El poyetón.
Las sandalias que están ahí lamiendo el suelo,
Las certezas y las indefiniciones. Todo nos corroe. Nos punza. Arde.
Estamos desnudos y cubiertos de aguas abrasadoras.
De espumas y lanzas y hervores y salpicados dolores y alegrías.
Sé bien de estos caminos del día y la noche:
He permanecido anegado de caminos en el mismo sitio.
La realidad tiene juguetes blandamente oscuros, leves, pesados,
Como un corazón madurado en el granito.
Como los sueños limpios en un día oscuro, desdibujado.
Como el paraguas dormido sobre el vómito de una azotea.
Como la astilla ya inoíble en el costado de la carne.
Como el cancel borroso del orgasmo transcurrido en líquidos insomnes.
Como toda la luz cómplice de los establos.
Como las aguas termales del frío cruzando el alma.
Como los perros repasando la lección de las pulgas.
Como el pecho tendido en la hamaca del horizonte: —plano, cóncavo,
Enraizado en la sombra famélica de los dientes.
Como la noche, sorda, estrangulada de los pañuelos, cielo hondo
Del párpado, abierto a la vivida complicidad del ocote o al kerosene.
Como la mirada abierta de la muerte, la noche bracea en la luz
Del espejo, alfabeto gastado de la materia. Próxima lejanía de la hoguera.
Como el pilón de azúcar, amargo en el residuo de la noche.
Como lo simple y lo múltiple suspendido en cubitos de hielo.
Como la porosidad del pie en los huesos, espuma viva del planeta.
Como mendrugo para miles de personas, sin pensar en los dedos
De todas las hambres, estómagos fermentados con leche agria.
Como todos los mangos del sol, rostros de perenne fugacidad.
Como la mirada insomne del cielo, todos mueren en la puerta del desvelo,
Como la sal genesíaca de la esperma sobre el velamen de las aguas
Subterráneas de los encajes, mares vivientes —vos y yo—,
Encallados en esta silla desteñida de la fosa…

Barataria, 18.XI.2010

martes, 16 de noviembre de 2010

DÍAS ÁVIDOS EN EL LATIDO DEL TIEMPO

Somos todo y nada, —días, semanas, meses, rostros avezados
En la mística de la obstinación, en la purificación absurda del tiempo,
Aunque éste con peligrosa muerte nos aviente al vacío, sabios de cuartos oscuros y pitonisas diestras en deshacer la inocencia.
No siempre es posible llegar hasta la lejanía del cierzo, por más próximo
Que esté a nuestras manos.
Christopher Blossom





DÍAS ÁVIDOS EN EL LATIDO DEL TIEMPO




Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.
JORGE LUIS BORGES




Somos todo y nada, —días, semanas, meses, rostros avezados
En la mística de la obstinación, en la purificación absurda del tiempo,
Aunque éste con peligrosa muerte nos aviente al vacío, sabios de cuartos oscuros y pitonisas diestras en deshacer la inocencia.
No siempre es posible llegar hasta la lejanía del cierzo, por más próximo
Que esté a nuestras manos.
Hoy necesitamos de otras cobijas para enfrentar el frío de la intemperie.
O, sencillamente quedarnos desnudos pensando en los espacios soñados,
Anocheciendo en un guacal errático,
Mordiendo sin clemencia la arritmia del reloj sobre el pavimento.
Habrá quien huya siempre del vértigo, de la ira próxima al sueño.
Necesitamos quitar el réquiem a los peces de cada día.
Sobre el agua hay que deslizar el tobogán premonitorio del País.
El destino es aquí el comienzo de la lluvia, la ceniza del reloj
En el testamento de la conciencia, el rito extraño de las negaciones.
Nunca llegamos a ser, sino la heredad de las agujas, la frontera
Del dictado, el pasadizo de las asimetrías del isósceles.
Por suerte, el camino se prolonga más allá del sueño del filósofo.
(Vos y Yo, tocando las puertas cerradas de la noche. Las cartas del 7
De bastos o el de espadas o el de oros, invocando signos de recurrente
Delirio, respirando los cambios de estación de los portales.
Masticamos la diáspora de las postales y el folclor de las palabras.)
Hay días, sin duda, de irreparables abismos:
Hay otros donde al amanecer se masturba el rocío sobre el tejado.
Y otros fallidos vestidos del disfraz. Y otros, tan efímeros como la felicidad.
Lo que nos queda, a menudo, es el equívoco y la perversión:
—El lenguaje de lo imprevisible, el entrecejo agrio, la malicia vestida
De magnanimidad, el yermo oscuro de la ladera.
Al final, sin duda, el tiempo se encarga de derribar los setos de la sombra.
Cada quien juega, pues, a riesgo propio su propio juego:
—En el momento de la muerte, el silencio y la tierra son lo mismo
Para todos, sin importar la espesura de la madera.
Cuesta, a menudo, diferenciar la sonrisa del sarcasmo; la paz decantada
Entre un minuto de calma; el equilibrio del pétalo y el murmullo
De la hojarasca; el silencio de las ventanas y la inamovible soledad
De un aliento en conflicto con la luz;
El mar, único con su andadura y las aguas estancadas del albañal;
La velocidad de la luz en las pupilas y el huracán que avanza sobre
Un desfiladero; la sed de ser olvido, y el olvido que nos hiela el alma.
Así nos volvemos interminables o efímeros, necesarios o prescindibles
En cada cuartilla que escribimos en el cuaderno del tiempo.

Barataria, 16.XI.2010

lunes, 15 de noviembre de 2010

TRASMUNDO DEL TRASMALLO

Desde esta región cruzamos lunas y bosques, espinas y albedríos.
En cada reducto, la profundidad del agua en la garganta.
Los peces clandestinos del orgasmo, la lujuria en las fauces
Del estallido, el esplendor de la saliva en el círculo de los poros.
El calendario se hace pequeño en este trasmundo de aguas profanas.
La flor de la espuma sacude su ternura. Los sueños trituran
Las palabras hasta degollar el molde de la lengua.
Fotografía André Cruchaga





TRASMUNDO DEL TRASMALLO




Las hojas... no suspiran lo más mínimo
Cuando el año las arrebata en Otoño.
JAMES JOYCE




Desde esta región cruzamos lunas y bosques, espinas y albedríos.
En cada reducto, la profundidad del agua en la garganta.
Los peces clandestinos del orgasmo, la lujuria en las fauces
Del estallido, el esplendor de la saliva en el círculo de los poros.
El calendario se hace pequeño en este trasmundo de aguas profanas.
La flor de la espuma sacude su ternura. Los sueños trituran
Las palabras hasta degollar el molde de la lengua.
Pero también hay otro mundo con aldabas oxidadas: —la pobreza
De los dientes y los promontorios de arena sin esplendor de mariposas,
Tumbas consumiendo la escritura.
La cáscara de los muros aprieta los espejos. El único fósforo
Es la escritura, ahí también donde el páramo es trasmundo, y la sal
La cubren cántaros de espesa neblina.
Hay toda una red de brasas en la garganta. Un ardor de piedras
Crecientes en cada brújula. En cada nylon del ojo desvivido.
Suspira la inminencia en el zodíaco. La inminediatez del pan abatido
En los poros, en la luz oculta de los corales.
—¿Desde qué arca encendemos los pañuelos, los brazos sin aldabas,
Ese jardín sin aire que nos asfixia?
Amarramos nuestras manos con el trasmallo oscuro de ultramar.
Aquí donde no alcanzamos a ver el rocío, ni a lavarnos los pies.
Aquí donde nos desvanecemos en las fojas del jadeo, en la densidad
De la ausencia, en la labranza de las conjeturas.
Mordemos los cangrejos sucesivos de la corteza de la noche.
Pulsamos las escamas y derretimos nuestra propia historia: la risa pese
A todo. Los ataúdes, pese a todo.
Los cuatro vientos de las raíces, sobre todo,
El alma en el escombro, pese a todo.
El pecho tañido de cartas, pese a todo.
¿Dónde podemos encender las lámparas y tener muchos siglos de luz?
La hondura de la almohada, a menudo, nos amedrenta, —nos mete
En los papeles arrugados del cieno, en esa alacena invisible
Del oscuro manuscrito de los trasmallos.
De pronto no hay salida, ni un zaguán, ni un muro para saltarlo.
De pronto nos toca vivir en la demencia del miedo: en ese trasmundo
De placentas sofocadas, en ese otro mundo de la iracundia.
De este sentido de urbanidad no salimos ilesos.
Son manojos de sal, o ceniza, o noche, o breña, la que nos desangra.
Debo, entonces, repensar la conciencia en su justa simetría.
(Vos y yo al filo de lo sombrío, encerrados en el desafío del orgasmo;
Agazapados, cuidando nuestros deudos y una hoguera audible
Que nos quite los cielos putrefactos del zumo.)

Barataria, 14.XI.2010

sábado, 13 de noviembre de 2010

ESPEJOS DISFRAZADOS EN EL PÁLPITO

En nuestra movilidad, masticamos calles, bocas y miopías, candores
De domingo y semáforos de ciegas luces. Todo es pálpito en la almohada,
—La luz de los armarios pestañea en su ámbito callado.
En el disfraz del pálpito, los nombres del jade, el terrón de azúcar
En las manos, ese juego de luces del orgasmo.
Fotografía André Cruchaga





ESPEJOS DISFRAZADOS EN EL PÁLPITO




De algún modo no vivo en el país.
…cierro y abro la puerta del espejo
esperar así…
deconstruyendo el árbol y la casa…
LOURDES GONZÁLEZ




En nuestra movilidad, masticamos calles, bocas y miopías, candores
De domingo y semáforos de ciegas luces. Todo es pálpito en la almohada,
—La luz de los armarios pestañea en su ámbito callado.
En el disfraz del pálpito, los nombres del jade, el terrón de azúcar
En las manos, ese juego de luces del orgasmo.
Caminamos en la palabra monosílaba del escarabajo, —imagen hermana
De los sueños, cuando las semanas se vuelven extrañas ventanas.
Somos caballos de agrias transpiraciones. Y no obstante reímos
A otras bestias gemelas del aire.
Da igual el escombro de los cojines desvelados, a la luciérnaga
Que muerde las sienes, a la costumbre de ver tragaluces en el techo.
Los murciélagos se cuelgan, agónicos de los ojos. En el pulso, las manos
Sin estrellas, sólo con el viejo sombrero del polvo.
Nos envolvemos con ciertas palabras que no caben en el bolsillo,
—El alfabeto no cabe aquí, en el ornamento de las aguas, en la enjuta
Armadura de las telarañas.
Pese a ello, sé que la aurora amanece en la campana de los gallos,
Y que sus picos calientan el rocío en el comal de las hojas; chorrea
Su alma inefable, —juegan al brebaje de su propia luz sin mutilaciones,
Ni bicicletas, ni otros artificios convencionales.
Estamos inmersos en las mutilaciones reales del caos; la sordidez
Proclama su resplandor; los cuadernos, apenas sirven para dibujar
Calles, espejos, audiencias nefastas,
Conciertos de cine mudo en sumidas ventas.
Nunca sé cuándo debo fiarme de las respiraciones que brillan como
Un hacha. En la balanza oscura no se pueden medir los gramos
Del pálpito, ni los instrumentos para cirugía estética: —Vivimos, cierto,
Soportando los dedales del disfraz,
La inocencia en balde con agua fría, la almohada con su efímero guacal
De sueños, los esmaltes con intención de lápiz.
Cada quien construye barcos a su antojo, ahora que arde el pálpito.
Mi pesadez no tiene nada que ver con el insomnio, ni con Vallejo.
Si con las máscaras que pululan como insectos y simulan el vuelo
Y la historia, si con la sequedad de la neblina, y el rascacielos de la
Vanidad, si con el laberinto visceral de los fósforos,
Con la piedra de la inclemencia,
Con los ojos paralíticos que anteceden a la hojarasca. Con los calendarios
De teatro, con la saliva de la lengua, con la fantasía oscura de los cuervos,
Con el taburete remendado,
Con el atril, protagonista de incestos, con los espejos de animosas
Gargantas, con toda el agua que nos remeda a los peces…

Barataria, 12.XI.2010

viernes, 12 de noviembre de 2010

SAL ANUNCIADA DEL VÉRTIGO EN LA NIEBLA

Amanece en mis bolsillos la ventana de la niebla. Crece la garganta
Entre el filo de las persianas, pájaros delgados en la sonrisa de las manos.
Dobla el campanario en la taberna del alma. Voces pululantes
En el vértigo sobre la nube oscura del pájaro. Pasa el afiche del viento
En medio de las pupilas como una barricada de esquinas grises.
La sal se eterniza en los hombros; la flor del beso en los poros
Camina descalza hasta convertirse en césped.
Fotografía: André Cruchaga





SAL ANUNCIADA DEL VÉRTIGO EN LA NIEBLA




Mi memoria ya es carne, ya un placer
-soñado- resucita,
ya la verdad de mi vivir da cita.
¿Alma, cuerpo ? Mi ser.
JORGE GUILLÉN




Amanece en mis bolsillos la ventana de la niebla. Crece la garganta
Entre el filo de las persianas, pájaros delgados en la sonrisa de las manos.
Dobla el campanario en la taberna del alma. Voces pululantes
En el vértigo sobre la nube oscura del pájaro. Pasa el afiche del viento
En medio de las pupilas como una barricada de esquinas grises.
La sal se eterniza en los hombros; la flor del beso en los poros
Camina descalza hasta convertirse en césped.
—Cada mañana trae mojados alelíes. Mapas pintados de confecciones
Absurdas, y péndulos sin desplazamiento de hipotenusas.
Ya no hay apariencias, sino el reposo de la materia, los pies sobre
La tierra, el rumbo entero de lo que fueron los desasosiegos.
Ahora es una sola unidad el cuerpo y la mente.
¿En qué calles tristes tiene brillo la boca, el cuerpo rasgado, desnudo
De los días nacidos en la oquedad de los ojos?
—La sal es un confuso martirio de sábanas: nos corroe y preserva;
Nos vacía el cuenco de los ojos,
Se harta en la cara como un sol blanco, como apretado paraguas.
De ahí esta perennidad presentida: aquí se nutren las ramas de la vida,
El sentido de la vida, el litoral del destino con sus uñas.
Es un morir diario esta acumulación de equipajes;
Nos desvivimos cada vez que los minutos, redondos, giran sin atino
Sobre la cárcava del delirio.
La sal anunciada, presentida, nos avienta hacia el grito donde se alza
El cuerpo y entra en seguida, a la boca amarga de la niebla.
De pronto se pierde la certeza de la transparencia, el mundo objetivo
De los zapatos, el tráfico mudo de las aceras.
Nunca ha sido fácil entender las aguas inefables que corren suerte
Extraña en los brazos amarillos de la hojarasca. Siempre es así para subir
Las escaleras del musgo, el piso de arena de los litorales.
Un día u otro, el sombrero oscuro del vértigo: el azogue de la sal
En vasijas extrañas, el ahogo masticado como residuo de grietas,
—demencia repetida en la sombra del cascajo.
Después de todo, la sal nos muerde los dientes y rompe el filo de las uñas;
Y humea en su disonancia de badajo,
Y quema en la inclemencia su propia paradoja: el rictus de anunciar
La gota de sangre que fluye de la nada a la niebla.
Un día tendré sólo memoria: ahí la pepitoria en el paladar,
Batalla ganada por el silencio, por el ala ardida de la pira…

Barataria, 11.XI.2010

jueves, 11 de noviembre de 2010

CIERTOS DÍAS NO AYUDAN A VIVIR

Ciertos días no ayudan a vivir como uno quisiera: los pies cuelgan
De los recuerdos; nadie explica los escaparates domésticos
De los pañuelos, el ahínco por los recuerdos sin sentido. De hecho,
A veces apoyamos la cabeza en un balde con agua fría.
Trastocamos la limpieza de los poros, las cortinas de la tarde e inclusive
La luz de las ventanas.
Fotografía André Cruchaga





CIERTOS DÍAS NO AYUDAN A VIVIR




anda ponle una tapita a tanta rabia entre la voz
y cuídala que ese huracán te rompe a poco
los andamios
y no hay oreja que resista el vendaval
ALEX PAUSIDES




Ciertos días no ayudan a vivir como uno quisiera: los pies cuelgan
De los recuerdos; nadie explica los escaparates domésticos
De los pañuelos, el ahínco por los recuerdos sin sentido. De hecho,
A veces apoyamos la cabeza en un balde con agua fría.
Trastocamos la limpieza de los poros, las cortinas de la tarde e inclusive
La luz de las ventanas.
Hay días colgados de la estantería del grafiti, —el humo es denso
Si queremos limpiar las ventanas; el cielo es umbilical para nuestras
Faenas terrenales. Sólo así se puede entender el aire.
Es difícil pormenorizar tanto sueño agraviado hoy en día.
A menudo empezamos a hacer cuentas de los labios; luego trepamos
Al talpetate de de la desnudez hasta desvanecernos en el olvido.
No siempre uno encuentra los minutos de aire necesarios para subir
El cielorraso de la intemperie.
Caminar sin premura es también un oficio de libertad. Hay pronósticos
De vida que no requieren de jubilaciones,
Ni de ternuras fingidas, ni de miedos ancestrales.
El resuello es capaz de adivinar las pesadumbres. La lengua, muda,
Se ahoga en los caballos de la espuma, en la madera ciega del velamen.
Nuestra pobreza se llena de deudos y patios con verjas oxidadas.
No veo dónde está la levedad del polvo y las espinas;
Por más sueños, éstos pierden su realismo en la esquina de la memoria.
Pienso que las horas nacen en la ciudad del pecho, luego emergen
Las calles y la historia,
La lluvia manual de los semáforos, los huracanes de odios y amores,
La leche pasteurizada de los escombros,
La belleza de las cunetas, los años perdidos de las sonrisas.
Ciertas hambres no ayudan a conspirar contra el hambre: (Te miro
En la arena movediza del marketing, con una soledad de días difíciles;
Y es que nunca dejó de devorarnos el riesgo,
Y esa herida del río en el costado. Y ese vivir la incandescencia en el ojo.)

Ciertos días cavan su absurdo en las paredes.
Por cierto que hasta el pan con cansancio duele. El café negro del eco,
El toro de una armónica rompiendo la nostalgia; aparte, anochece
En el insomnio con su zarza ramificada.
Ciertos días son tan malditos como la historia. Tan absurdos como
El mal de ojo o, el ojo de pescado hurgando los calcañales.
Uno de pronto quisiera convertirse en equilibrista, en prestidigitador,
En ese vigía del sueño, —o el tacto del vilano para desvanecer el ceño
De la ceniza en nuestra frente.
Hay días, simplemente, sin rostro: formas colmadas de la vigilia.
Hay días así. Nos muerde el tragaluz de la garganta.

Barataria, 09.XI.2010

lunes, 8 de noviembre de 2010

LUZ RESTITUIDA

Cada pupila limpia, al amanecer, las telarañas de la noche.
En la unidad del equilibrio sólo existen las palabras blancas.
El sol de los trenes cuelga de las sienes, el universo de los nombres
Con sus ardientes vagones líquidos.
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LUZ RESTITUIDA




…i la volta del cel era una foradada
sense llums als vagons:
i he fet un foc d'estelles dins la gola del llop.
JOAN SALVAT-PAPASSEIT




Cada pupila limpia, al amanecer, las telarañas de la noche.
En la unidad del equilibrio sólo existen las palabras blancas.
El sol de los trenes cuelga de las sienes, el universo de los nombres
Con sus ardientes vagones líquidos.
Cada día se ilumina con la campana del gallo que aletea en el traspatio
Del calendario, en el agua reflejada del aire,
El crisantemo que la memoria guarda para incorporarlo a las vocales.
Sobre la piedra el cuerpo en dirección del horizonte.
Entre las sombras, me acompaña la luz restituida: —la rama del sueño
Que amanece en el alba, el nombre cierto de las sábanas,
El lugar de las certezas que existe sin fronteras, la puerta naciente,
Honda, que asiste a la lluvia transparente del camino, —calles andadas
Que pueden ser olvido, mientras fluya la tregua con las sombras.
—Hemos caminado en medio de la multiplicación del tedio.
Hemos estado suspendidos en el vagón rectangular de la oscuridad;
Pero también, hoy, sumergimos la madera:
Inscribimos los ojos a otro umbral de candiles. Salimos ilesos del filo.
El barco de los sentidos con nosotros.
El olvido con nosotros.
El cuerpo sin llagas con nosotros.
El niño del arcoíris con nosotros.
El mundo pulso a pulso con nosotros.
—La vida está abierta a la aurora de sí misma. Y, aunque sigamos
Siendo peregrinos, amanece la piedra con nuevo cierzo: algo despierta
En cada cuerpo sucedido, en los poros despejados del agua.
Algo nos reinventa lo sentidos, —el hambre del tacto, acaso puerta
De la luz, ojos ascendidos de la noche, verde cuaderno del horóscopo.
Sacamos de cada golpe, el azúcar circular de los pájaros.
La luz reunida es posible. Subimos en clave la órbita de las pupilas,
Y desamarramos las gotas de nostalgia, la multitud de féretros,
La batalla inversa de la sangre,
Los números ciegos del afán.
Ahora entramos transparentes al polen. A ese otro poniente sin alfileres;
De frente madura la transparencia del fuego, aquí,
Donde llegados, —nosotros— los grises se desploman.
Los brazos tienen presencia de ferrocarriles: cada cuerpo tangible
En el sonido; los puntos cardinales nos encarnan: cada luz es la quietud
De sí misma, —la llama aspirada por el subconsciente.
Cada quien cosecha según lo pensado: esto es más que un designio
De renovadas aguas. Es el tiempo restituido del día.

Barataria, 08.XI.2010

domingo, 7 de noviembre de 2010

OSCURIDAD DEL MENDRUGO EN LA VENTANA

Ciego, gastado como un letrero de pulpería, pared de vértigo la mesa
Negada, el mantel masticado de la lluvia, las aceras acostumbradas
A los crímenes, la inmolación del mendrugo en un País tierno
Como el purgatorio. En un País mordido por la oscuridad.
Ciego de bolsillo en el azogue de la ventana, ungido de epitafios:
Manos, pies, boca, —mendrugos de agónica somnolencia en la ventana.
Extrañas impaciencias en el aliento recorren alfileres.
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OSCURIDAD DEL MENDRUGO EN LA VENTANA




En la semipenumbra no distingues,
te confunde el terror de los objetos.
LUIS LORENTE




Ciego, gastado como un letrero de pulpería, pared de vértigo la mesa
Negada, el mantel masticado de la lluvia, las aceras acostumbradas
A los crímenes, la inmolación del mendrugo en un País tierno
Como el purgatorio. En un País mordido por la oscuridad.
Ciego de bolsillo en el azogue de la ventana, ungido de epitafios:
Manos, pies, boca, —mendrugos de agónica somnolencia en la ventana.
Extrañas impaciencias en el aliento recorren alfileres.
Espejos de dudosa procedencia encienden el vuelo.
El viento cruza la calle con sus aspas invisibles; la ventana se pierde
En los adoquines, en el vahído del resfrío.
Juego, ahora, a la boca abierta de la piel, —a la boca de la sal oxidada
Del reloj, al huevo estrellado en el aceite altisonante,
Al brebaje misterioso de espejos en medio de menguantes girasoles.
Levanto la mesa arrancándome las uñas, la fiebre orgásmica que padezco
Tras las puertas, las trampas de la fatalidad del perro que ladra
Al cruzar el ahogo de las calles.
Las sombras se desploman en el pabilo de las palabras, —esas palabras
Que esperan el kerosene, las astillas a cuentagotas del ocote,
El hollín entumecido en el atril de la ternura. El suicidio que desabotona
Las pasiones al susurrar el búho sobre las estatuas.
El frío desmesura la jarra de los poros: clamo por un mendrugo
En el carnaval de las pupilas, sobre el agua de las vértebras, País
De pronto, lluvia del estornudo; País de pronto cercano a la oscuridad;
País de la bocacalle del poema:
En la oscuridad el respiro consumado, los panes rotos en la memoria,
El patio de la lluvia, las puertas vedadas de las manos,
El cigarro entre los dedos como un pozo de humo, como trasiego del caos.
De pronto no puedo con la lucidez de las palabras:
No puedo con los brazaletes del ahogo, con el cuervo de la joroba,
Con la tristeza que envejece junto a los dioses.
Hay días donde las mejillas también se vuelven olvido.
Hay días donde sólo se escucha el ronquido de los féretros en la vía
Pública. Días de extravagante Universo. Moscas como hachas:
Opacas carnes con vocación de muerte. Rutilantes mendrugos del amor
Suicida. Oscuridades de drástico sobresalto.
Luego me pregunto: ¿En dónde estás, vos, con tu otra mejilla descubierta,
En la niebla presurosa de las esquinas, en el desamparo insaciable
De la balanza, fenecido pie en la boca de la noche?
—Estamos, Vos y Yo, urgidos en medio de la incertidumbre.
El índigo en una constante en los vestigios de nuestra memoria.

Barataria, 07.XI.2010

sábado, 6 de noviembre de 2010

MEDIODÍA HUNDIDO EN LOS OJOS

Ahora es el mediodía apresurado en los ojos, el vagabundo que tiembla
Frente al vaho, sobre la mandíbula salida del perro callejero,
O la inmundicia del pedestal de las estatuas en los lugares públicos.
En este lapsus de párpados el légamo burbujea como otro astro
De insolente humedad. Exclama el aliento sus manías;
Gira el insecto del calor como un grillo en la noche merodeando
Su propio calor: el día es otro harapo enredado en los zapatos.
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MEDIODÍA HUNDIDO EN LOS OJOS




Y rondarás los ríos
y las sombras de los árboles,
pero naufragarás en la tierra, en la tierra, en la tierra.
ADAM ZAGAJEWSKI




Ahora es el mediodía apresurado en los ojos, el vagabundo que tiembla
Frente al vaho, sobre la mandíbula salida del perro callejero,
O la inmundicia del pedestal de las estatuas en los lugares públicos.
En este lapsus de párpados el légamo burbujea como otro astro
De insolente humedad. Exclama el aliento sus manías;
Gira el insecto del calor como un grillo en la noche merodeando
Su propio calor: el día es otro harapo enredado en los zapatos. Otra camisa
Sin botones, otra casa hundida en las sombras de la piel.
Por cierto que la luz descuaja los ojos. El golpe quiebra las ventanas.
Asciende al párpado hasta desgastarlo. Llega al lecho hasta desangrarlo.
Pero hay también días opacos, hundidos en la ceniza,
Días como arenas martirizadas en la piel, bocas revestidas de pánico,
Emasculadas por el fondo del barro.
No todo lo captan los ojos ni el olfato: el mar, por ejemplo; un barco,
Un tren, la hoja de papel que de pronto se convierte en sábana.
No todo le es dado a la piel, por más que se pasteurice el sudor
Y se mantenga a otro juego de lápices y manos.
En el hundimiento de los ojos, las cuencas guardan colmenas sin edad
Ni itinerarios; —extravíos que sólo los puertos entienden en su bitácora
De destinos. Lo demás es siempre lo mismo:
Caminar sin que escape el aliento de la boca. Desnudarse en las aguas
De la lengua hasta ver el broquel de la vía pública.
De pronto, estos días hundidos en los ojos, convierten los pañuelos
En salmuera, en líquenes de tempestad incierta.
En el cuerpo las espueleas del mediodía, su filo en manos de la sombrilla
Que el día avienta a la cara como un arma mortal.
Después de caminar o correr por este mundo, uno advierte el lenguaje
En los intestinos, los días de siniestros porcinos, los pronósticos
De los botones, el chirivisco hundido en las campánulas silvestres.
Por días, ciega la piel que se abre a los ojos.
Por meses, el granero áspero de las calles.
Por años, el reloj abriendo el caos y regando su bien amado don.
Días que hunde el sol en las huellas digitales, —días de ojos exprimidos,
Como un trapo herido en las arrugas de los relojes.
Meses de prosaicos cuchillos, cortando las palabras de la garganta,
Hundiendo las argollas de óxido en las muñecas de las manos,
Suprimiendo los platos de la mesa, quitando silla y brújula de las manos.
—Años de tijeras en el silencio. Años de difícil sonrisa.
Años de retretes en la luna…

Barataria, 06.XI.2010

viernes, 5 de noviembre de 2010

DÍAS ENTRE MANOS

A través de las llaves del pecho, las manos cuelgan los días agotados.
Con esta muerte diaria, inexplicable, el día es una sustancia irreal.
Mientras los pañuelos cruzan el horizonte, a través del galope seco
De la hojarasca, las manos se quedan en la gangrena de la habitación.
Al pecho sin aire lo visitan días amargos, —días que no fueron hechos
Para el barbecho, sino para el miedo sin excusas.
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DÍAS ENTRE MANOS




con qué esperanza hoy veo el contorno vivísimo
del día, la realidad de un momento,
con qué avidez, con qué fervor distingo
la voz, la mano, el pecho.
ALFONSO COSTAFREDA




A través de las llaves del pecho, las manos cuelgan los días agotados.
Con esta muerte diaria, inexplicable, el día es una sustancia irreal.
Mientras los pañuelos cruzan el horizonte, a través del galope seco
De la hojarasca, las manos se quedan en la gangrena de la habitación.
Al pecho sin aire lo visitan días amargos, —días que no fueron hechos
Para el barbecho, sino para el miedo sin excusas.
Hay tanto que decir de la ficción humana, que resulta difícil quedarse
En una apostilla, en una laja que zumba sin cobija:
Sé que a menudo los propios sueños pueden ser mazmorra;
El desvelo puede ser estado ciego,
Los témpanos que tienen esa audacia de oquedad aparente,
Los papiros que de pronto asumen el tiempo como sudario, el andamiaje
Donde el cardo parece agua mansa y daña la garganta, la frente y la cruz
De este ir junto al ala buscando la ráfaga.
Y para colmo: al ver la luz, no hay voz, manos, pecho, sino paredes,
—Corredores de largo invierno, fantasmas de interminable credo,
Crueldades más fieras que los espejos, piedras tan densas como la lluvia,
Lejanías próximas a un laberinto de enterradas tumbas.
Nadie tiene franquicias para asegurar la gratuidad del calendario;
Un cuerpo calcinado, está en mejores condiciones de preservación.
Derramada sea la escritura sobre la brasa; los días ciegos son la mejor
Sábana para tapar las obsesiones,
Y desafiar la repugnancia del martirio.
Cuando el frío crece, hasta ser una enredadera, se necesita la flama
Para darle seguridad al pensamiento y al cuerpo. De otro modo uno
Se queda como espejo en peligro de extinción,
Como quien cae a un precipicio de inmóvil ceniza. En una cadena
De espuma, es fácil tocar palabras ahuecadas, crepúsculos con clavos,
Formas perversas de las leyes humanas.
Hay días en los que llueven piedras, —piedras oscuras de la conciencia,
Piedras cortadas por el fuego,
Risas de evidentes piedras, laberintos de agónicas piedras,
Paraísos de escondidas piedras, muertes entre serpientes de piedra,
Demonios de piedra, recuerdos de piedra, anzuelos de geométricas
Piedras y bodegas de inútiles piedras.
Entre las manos gime el desvelo. En su concavidad, también el riesgo
De tirar los sueños al vacío. —También el viento con su tea.

Barataria, 05.XI.2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

SOBRE EL MUSGO, LA PIEDRA, EL ALIENTO

Sobre el musgo, también, el aire descalzo de la aurora: todos los imaginarios
Aunque sean breves pasajeros en la experiencia
Cotidiana de las manos.
En la hoja anónima de la espuma, el pincel de la sal y los velámenes.
El horizonte entibia las pupilas, cada vez que el fogón de los poros,
Escapa de los pájaros, —cada vez que, la ilusión sube al techo
Sin los espectros del minuto.
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SOBRE EL MUSGO, LA PIEDRA, EL ALIENTO




He inventado mundos nuevos. He soñado
noches construidas con sustancias inefables.
He fabricado astros radiantes, estrellas sutiles
en la proximidad de unos ojos entrecerrados
PABLO ANTONIO CUADRA




Sobre el musgo, también, el aire descalzo de la aurora: todos los imaginarios
Aunque sean breves pasajeros en la experiencia
Cotidiana de las manos.
En la hoja anónima de la espuma, el pincel de la sal y los velámenes.
El horizonte entibia las pupilas, cada vez que el fogón de los poros,
Escapa de los pájaros, —cada vez que, la ilusión sube al techo
Sin los espectros del minuto.
De pronto sé que el día es un mantel con peces fantásticos. Y que,
Con ellos, se puede respirar el ayuno
Y todas las faenas juntas del sueño.
Mientras uno camina por veredas, el tiempo duplica los sonidos:
—Crepita la memoria en su caja de música, trasciende la respiración,
Hay certezas en cada balcón de las gotas detenidas en la hoja.
Vuelvo a la presencia del fuego, después de abrillantar los recuerdos.
La luz tiene significados distintos a los meses que he vivido,
Mientras en anhelo centellea su fluir incesante: —me enjuago
En la sencillez de los chubascos, en la hoja que trepa a los dedos.
Pasa el tiempo y se queda: en los ojos no importa si es día o noche,
Cuando las ventanas son signos permanentes.
Los pedazos de nostalgia, —son sólo eso—, el polvo se encarga
En dispersarlos. Siempre ha sido así cuando queremos ahorrarnos
El olvido, cuando en la conciencia no tiene un mojón perpetuo.
(He recordado el vértigo de las hormigas en el pecho, el alhelí desnutrido
De la escarcha, el mercado harto de pócimas,
Las tres dimensiones alquimistas del sueño, los postulados
De Anaximandro, el agua abierta en el brocal del pozo. También,
La playa del amanecer en el espejismo del amanecer.)
Cada carne se queda en uno con los propios ahogos. Un pozo es
Una vasija azul, donde se guarda, después, la harina del sollozo.
Cabalga la lengua en su garganta compartida. Sobre la piedra, el cuerpo,
El sonido del musgo ardiendo en los párpados.
Cada aliento es un cielo de extraños trenes. —Las ojeras del futuro
No me dicen nada cuando no tengo la certeza del desvelo.
(A menudo quisiera encontrar el amor en las calles; temblar de ternura
En la ciudad; poner la Esperanza en el pecho de la balanza:
El instinto obra, aquí, como un Manuel de Seguridad Ciudadana.)
De todas maneras, la mirada del prójimo, no está libre de hojarasca;
Cada quien delata los colores reales de su cara;
Cada quien, de seguro, vive su propia desventura resplandeciente,
Por eso la existencia de la sal en las arterias.
Sobre el musgo, también, estos jardines hundidos de la sangre:
—las maniobras de la niebla y los desengaños, los golpes bajos de los años
Que se pierden sin sentido…

Barataria, 04.XI.2010

miércoles, 3 de noviembre de 2010

CENA FRUGAL

Hemos comido con la sencillez de nuestras manos las curvas del azúcar.
La soledad sonámbula de los relámpagos; bajamos intactos a la tarde,
Hasta que la noche mordió alas y garganta.
Tal vez nos costó soñar una historia diferente: un tiempo diferente
Para nuestros zapatos, derroteros sin desmayos, palabras junto al aire.
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CENA FRUGAL




¿por qué me dejaste encender tus cabellos? Entonces era
El tiempo de temer, el país de temer,
El amor de temer entre todas las cosas.
FAYAD JAMÍS




Hemos comido con la sencillez de nuestras manos las curvas del azúcar.
La soledad sonámbula de los relámpagos; bajamos intactos a la tarde,
Hasta que la noche mordió alas y garganta.
Tal vez nos costó soñar una historia diferente: un tiempo diferente
Para nuestros zapatos, derroteros sin desmayos, palabras junto al aire.
No fue suficiente el espejo de la carne cuando agonizaban peces
En el logaritmo engañoso del presente.
Fue así de sencillo cuando nuestra piel la hicieron volar los albatros.
Piel de paisajes amargos con rodajitas de miedo.
Puede que el tiempo no nos haya dado su receta de imagen tierna,
Ni el suspiro haya derribado paredes de adobe.
Dejamos a la providencia las rodajas de luna, y las aguas lamidas
De la saliva, —siempre es así aunque después abrumen los desaciertos.
Las sombras que no saciaron los portales,
El cuerpo apenas degustado bajo el sacramento del fuego.
En el País no tuvimos tiempo de testamentar la Esperanza,
Mucho menos quitar el humo de la asfixia que tanto amaneció asonante
En las lámparas de las pupilas.
De sencilla tu presencia, pasó a ser adusta lucidez. —Cosas de la vida,
Supongo, después de atravesar la mesa del mediodía,
Y el invierno sin los zapatos de la noche.
Ya hace años, de esa ternura que exprimió la garganta. Ahora sólo es
Palpar los huesos de aquella sed, de aquel olor a ropa íntima,
De aquellos espejos transpirados en el estampido del subconsciente.
Sus recuerdos afilan mi memoria, ciñen la boca en el trasluz del fuego.
—Su sola tierra de sombras, me hace volver a pasos desmedidos.
Pareciera que el tiempo es indecible. Pareciera que ciertas palabras
Son indecibles: el País todo me absorbe con su desnudez;
La noche con su garlopa oxidada,
Las extrañas consignas de la muerte,
La sal diurna en la profundidad de los bolsillos. El derecho a colmar
La boca, alargar la mano para sacudir el miedo. (Antes fue otra luz
En el cuerpo; otra historia, no menos cierta que la memoria aturdida.)
—Siempre crecimos restando los pronósticos; velamos piedras por altares,
Y comimos lo poco que cabía en nuestras manos.
Por cierto que en esta inminencia de precariedades, resistimos ciertas
Perplejidades, ciertos frentes de batalla; y jamás nos fue dado el mundo
Y sí muchas preguntas sin monedas.
Y sí, muchos caminos por andar: dibujos imposibles en las manos.

Barataria, 03.XI.2010

martes, 2 de noviembre de 2010

PAISAJE CAÓTICO

Habito en la oscuridad de los trapos sucios. En los turbios pájaros
De la urgencia, sin más días que los cactus tartamudos, adhiriéndose
A la piel, a los anchos círculos de los espejos rotos.
Nos comen las vísceras prendidas de las paredes, los niños que ríen
Desafiantes al fuego; aquí el circo con sus ojos en desorden y el aire
En vasos flagrantes de ceniza, colgando de úlceras oscuras de moho.
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PAISAJE CAÓTICO




Cuando te desentierras en el sueño todo está siendo lo que es,
y al despertar todo se hace impreciso,
pues ya sabes
que el recuerdo es un tacto,
y el tacto tiene a veces una forma adivinatoria
que permite palpar la oscuridad…
LUIS ROSALES




Habito en la oscuridad de los trapos sucios. En los turbios pájaros
De la urgencia, sin más días que los cactus tartamudos, adhiriéndose
A la piel, a los anchos círculos de los espejos rotos.
Nos comen las vísceras prendidas de las paredes, los niños que ríen
Desafiantes al fuego; aquí el circo con sus ojos en desorden y el aire
En vasos flagrantes de ceniza, colgando de úlceras oscuras de moho.
Palpamos las palabras apiñadas en la cebadera de la parálisis.
Los olores terminan siendo una tormenta de sal en el horizonte,
Esa botija de sahumerios, congojas, gritos, dolamas, náuseas, vómitos.
Un sabe que de pronto se vive a merced de las moscas
Y que un cigarrillo encendido, o un habano no hacen la diferencia
Para espantarlas del tacto,
De los comejenes del hollín, de las bartolinas del sollozo. —Uno lo sabe
Cuando la vena es rota con alevosía,
Cuando el espejo retrata los ojos descuajados en el paredón de estos
Días inciertos, peores a los días del nacimiento,
Peores al falo grotesco del granito en la tribu del desatino.
Cada vez nos arrecia el caos como un pergamino indescifrable.
Cada vez se vuelve adivinatorio el enjambre del estrépito en medio
De santos y vírgenes y rezos de dudosos sombreros.
Pero en realidad es de todos los días este signo de fuga, la intimidación
Que circula como un canasto de verduras sobre las aceras,
Las caras como piedras sacadas de sarcófagos, el respiro agolpado
Del aire entre intensas rancheras.
—Nos mordemos, y no precisamente, como cuando descubrimos
El éxtasis del orgasmo; nos incendiamos de noche y hollín; ardemos
Sobre el colchón de la zozobra, con la conciencia quemada del calendario,
Con los músculos olvidados de la conciencia,
Con este País de rígidas calles, primitivo mercado de pulgas
En la garganta, hijo de una escritura en desorden.
—Desde luego, Vos y Yo, palpamos la oscuridad. El candil de kerosene
En nuestros ojos, el pulso sin el hospedaje de la cama y la sábana;
Nos espera el chirivisco, la oscura hojarasca del paisaje, el recuerdo
Impreciso de las ventanas.
La calle nos despierta con los periódicos rotos de las piscuchas;
Y así nos sumamos al manicomio de los espejos y la memoria.

Barataria, 02.XI.2010

lunes, 1 de noviembre de 2010

SAL OSCURA

Mientras el caballo despierta en mis ojos, el aire asoma sus banderas.
La sal del día va abriendo su lengua como un paisaje de conjuros.
Esquirlas de cuervos sobre paraguas, espigas de hierática intemperie.
En los barcos arde la sal sobre la madera; carámbanos oscuros
Cuelgan de los ojos como escapularios de otro planeta.
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SAL OSCURA




Un mar de sombra eres, y entre tu sal oscura
hay un mundo de luz amanecido.
ALÍ CHUMACERO




Mientras el caballo despierta en mis ojos, el aire asoma sus banderas.
La sal del día va abriendo su lengua como un paisaje de conjuros.
Esquirlas de cuervos sobre paraguas, espigas de hierática intemperie.
En los barcos arde la sal sobre la madera; carámbanos oscuros
Cuelgan de los ojos como escapularios de otro planeta.
Juega la sal en cada destello de olas, en cada hervor de conjuros.
¿La sal de qué Providencia nos habla cuando aletea en lo oscuro?
¿En qué celofán se escriben las parábolas?
¿En qué candil se ve el trinar de los pinos, el mantel con una jarra
De júbilo, la luz viviente en la harina del pan?
En la sal sólo hay neblina donde se pierden los reflejos.
Las puertas del mar rompen las narices del País.
Y es que su aliento perdió toda la vitalidad de la fantasía. Se perdió
En la jalea del vinagre, en la melcocha agria del tamarindo, en el limón
De la intemperie.
¿Qué estatuas de sal quedan con sus rostros fijos, viendo pasar
Los barcos y la sartén oscura del vaivén, sueño quemándose
En la cobija de su propia avidez?
De hecho, no hay siquiera un tragaluz para escapar del miedo.
No hay leña para derretir tanto cautiverio alrededor de los ojos.
Ha habido kilómetros de noche en la habitación de los zapatos: duros
Pasos habitados por la oscuridad;
No ha funcionado el ojo por ojo de la oscuridad de los litorales,
Ni es posible caminar con fluidez cada instante.
Del rincón más espeso de los pájaros, esta sensación de forcejeo,
—Cada vez las paredes del sueño, quiérase o no, fósiles anémicos
En la garganta. O simples ternuras sin relevo.
Alguien, seguramente, verá la carcoma desafiante en los muertos.
Las piedras del mar encendidas de sombras,
La pantalla ciega de los corales,
Las fotografías con hongos, los saleros alrededor de las estrellas,
El miedo a la sonrisa en plena oscuridad.
Alguien dictará, a propósito, charlas motivacionales, leerá los periódicos
Con equipo submarino, honrará la carne conservada en galeones
De dudosa procedencia, masticará huesos con redoble de tambor,
O simplemente morderá su propia entraña.
—Desde siempre estás aquí, mordiéndome los pies. Desde siempre,
La ventana de los imposibles arremete contra la temperatura
De los naipes; en el caos, se vuelven ácidos los girasoles de la playa,
La arena que a voluntad ciega las semanas de azogue.

Barataria, 01.XI.2010