viernes, 31 de diciembre de 2010

ALIENTO SOBRE PIEDRA


Piedra este andar sobre la piedra. Piedras, el tintineo en las cloacas.
Piedra el bozal y el cabestro, la convulsión del desgano,
los universos pálidos en los labios, este nuevo tiempo de pesadumbres,
la preñez rutilante del beso desoído, cansadas aguas del confín.
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ALIENTO SOBRE PIEDRA





Now I don't care what people say
And I don't care what they do…
LED ZEPPELIN





Piedra este andar sobre la piedra. Piedras, el tintineo en las cloacas.
Piedra el bozal y el cabestro, la convulsión del desgano,
los universos pálidos en los labios, este nuevo tiempo de pesadumbres,
la preñez rutilante del beso desoído, cansadas aguas del confín.
Siempre los ojos en la oscura manteca de los semovivientes;
el mouse sobre la mesa como un candil,
el pensamiento soportando las multiplicadas carnicerías
del mercado de pulgas, la claridad virtual de los murciélagos,
en medio de botones atascados de alambradas, puertas como cofres
sellados, ventanas de mimbre donde gotea
el vaso ciego del poema.
Nos morimos desahuciados en los osarios: la desnudez en triciclos
resulta para los ojos una experiencia clandestina;
de hecho el espejo copia los muslos azules en los pedales:
mientras los verdugos sueñan con cuchillos, escopetas hechizas,
armas de uso militar y alas cercenadas.
(—Sin duda nosotros hacemos la diferencia: aunque la piedra
nos rompa los cartílagos,
y la mutilación jurídica sea también apabullante,
nos es posible la transparencia de la saliva en la lengua, sin más
olores que la levadura y la harina húmeda de las panaderías;
el reloj nos quita las llaves: la silla de nuestra hora es profética,
nos aprisiona la luna del fuego,
el brazo del litoral del azúcar, la sal dulce en los encajes,
el hermoso jadeo de los ojos cuando caen la hojarasca: bosque,
tierra, posesa en las manos; aguas despeñadas en los cuerpos.
Nosotros sobrevivimos a tanta boca derramada en los predios baldíos;
y aunque nos rehusamos a las zonas donde habita el suicida,
debemos seguir caminando entre tanta vena rota.
Nunca nos fue fácil sentarnos para descansar: siempre la puerta
cerrada o el ojo descuajado frente a nosotros, junto a los zapatos.
Esta zozobra nos ha hecho sudar espinas,
morder la soledad de los caídos, nuestra propia soledad de pasos,
el polvo pedestre de la ironías,
la boca invocando palabras bienhechoras: por eso llevamos
vilanos marchitos como púas en la garganta, graneros vacíos
de asombro, oscuros dientes de herrumbre.
Con todo lo que duele la esperanza, te pienso salpicada de esperma,
tendida sobre la sábana del deseo;
con todo te oigo en las ventanas y en la hora doméstica de la comida.
Así de simple como dos seres terrestres.)

Barataria, 30.XII.2010

jueves, 30 de diciembre de 2010

LA NOCHE RODANDO EN LAS MANOS

La noche toda rodando en las manos y las palabras. La luz, avara,
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
Imagen tomada de Fotografías en blanco y negro




LA NOCHE RODANDO EN LAS MANOS





Sentí una mordida fatal
En mi cuello en la yugular
Mi sangre corre ya
Por todo el piso.
CAFÉ TACUBA





La noche toda rodando en las manos y las palabras. La luz, avara,
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
La calle nos vence con sus mesas apagadas: respiramos arrastrando
sílabas, rompiendo el tímpano de los invernaderos,
envolviendo las ventanas con el búho,
arreciando el paredón de las palabras hacia el racimo de polvo
de la corriente, —nos muerde el muérdago en su oscuro azogue,
despunta en pequeño el pozo de la lejanía, el horizonte nublado
de los buitres, la corteza de la vista, la imagen de la ausencia con todo
su arcoíris de pócima urgente.
¿Qué noche asume los límites del ansia,
el bregar del sueño en los pilares de la memoria o el olvido,
en la ventana solar de las enredaderas,
en esta negación que nos ofrece la ruina, y la carne descuajada
de la espuma, y la pústula en trance sobre los poros?
¿De qué noche hablo y de que siervo, del ir muriendo en el arado
de lo impuro, de la sombra cristalizada en la olla,
de los gastados anteojos del deletreo?
(—Asumimos este caos con cierta vehemencia, con cierta resignación
de cuchillos, hurgando, quizá en el costado;
a menudo no hay salida para este estaño entre las manos:
nos muerde su tránsito, —el aleteo a donde el ojo apunta la silla
desnuda del pétalo;
trocamos los dedos mordiendo nuestra propia muerte, el viento
largo del volumen, los himnos devastados de los acordeones,
el cogollo de la lluvia, la harina de los paraguas,
la mochila de los hombros en su urna de sombras desplegadas.)
al final, terminamos siendo esa terrible paradoja de la metamorfosis;
el tiempo contrario a la brisa,
la falacia de la miel en las parábolas, el breve labio en la bruma;
o sólo la clave sin oreo del calendario.
—Nuestra historia es el espejo desvivido en monedas gastadas de sal:
vos y yo, desollados en el vértigo de la vigilia,
en esta claridad incierta del hollín o el tizne o la escoria.
Hemos roto las escaleras de la sed y avanzamos hacia el pocillo
del olvido, con todos sus apuntes desplegados.
No sé si habremos de sobrevivir en este trance de fechas inauditas;
pues sólo astillas tenemos en los pañuelos,
alforjas de pesado miedo, maderas de yema corroída,
disparos de una arboleda entumecida, sábanas con la demora
de la lumbre. Al final, la ladera nos dictara su propio aliento…

Barataria, 29.XII.2010

miércoles, 29 de diciembre de 2010

MANÍA DE JUGAR CON LAS PALABRAS

De nuevo en estas aguas del fuego como la luz del pálpito.
Médium creciendo en la duda: —esta manía de embestir la esperanza
jugando a las palabras, tocando el suelo hondo de los besos,
mordiendo los trompos de la noche, denudando los ojos
en el cuaderno del ombligo: punto de ebullición de mis ideas,
y de la flama que delira en los dientes.





MANÍA DE JUGAR CON LAS PALABRAS




Yo soy el médium de estos arrebatos
y está mi sueño de anillos colmados.
JOSEP PALAU I FABRE





De nuevo en estas aguas del fuego como la luz del pálpito.
Médium creciendo en la duda: —esta manía de embestir la esperanza
jugando a las palabras, tocando el suelo hondo de los besos,
mordiendo los trompos de la noche, denudando los ojos
en el cuaderno del ombligo: punto de ebullición de mis ideas,
y de la flama que delira en los dientes.
La barba ha crecido en la tibieza del abecedario, conozco la lluvia
que humedece a mis ojos,
la mata de aire que muerde mi pecho,
los trompos de las vocales con el cordel de la saliva.
El poro no envejece cuando los ojos transpiran la rama crecida
de la luz, cuando de cierto, es casa la piscucha.
Viajo con ellas como el escapulario colgando del pecho:
—cada una es la prolongación de mis zapatos o de la herida;
sucede que a veces enmudecen como las nueces;
muerden como los amantes lacerados por el vértigo;
queman como la desnudez primera en las pupilas, arden en todas
partes: en el bolsillo son monedas inauditas,
libélulas acorraladas donde la lluvia las despierta.
En la claridad arrebatan cada sombra de la noche:
la noche las mastica hasta ahogarlas en el pecho. Almohadas misteriosas
al pie de las sábanas; nunca duermen en el universo de la saliva,
en el poyetón de la cocina, en los muros apretados de grafiti,
queman como la brea, el kerosen las alimenta,
las montañas, los caballos, los zapatos, los trenes, los barcos:
en cada lugar escapan del espejo: son ese espejo vívido del polen,
la luciérnaga colgada de la puerta,
la calle con moscas y muertos, los pozos macabros, los féretros
y cementerios: —en cada sitio bulle su alambique.
En cada mesa gritan en la tortilla, en cada ojal muerden la camisa;
ladran a veces, abrazadas al crimen, arrasan los vastos ojos
de la intemperie; tiemblan ceñidas a la boca: benditas palabras
de todos los días, tan necesarias como beso o un abrazo.
Permanecen pulcras mientras el deseo no las arquea: reivindican
mis sueños, afinan la armónica de mi nostalgia.
(Y sin embargo, vos las inmolas como unas monedas de a centavo,
las vertés en el polvo de la indiferencia,
las tirás a la injuria de las piedras, las hacés sordos guacales
de salmuera: las volvés ciegas como la hojarasca sobre las baldosas.)
Yo, entretanto, las sigo recogiendo en el bolsón de la memoria.

Barataria, 28.XII.2010

lunes, 27 de diciembre de 2010

HORÓSCOPO DE LOS ESPEJOS


A menudo en el alfabeto sólo veo espejos trasnochados, y lagartijas
mordiendo el pus postrado de la ceniza en la cabeza.
En la joroba del mentón vuelan gaviotas frenéticas y bocas
masticando cielos de carne de murciélago.
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HORÓSCOPO DE LOS ESPEJOS

Usted perdonará si me entretengo
y acaricio mis libros con ternura.
LUZMARÍA JIMÉNEZ FARO


A menudo en el alfabeto sólo veo espejos trasnochados, y lagartijas
mordiendo el pus postrado de la ceniza en la cabeza.
En la joroba del mentón vuelan gaviotas frenéticas y bocas
masticando cielos de carne de murciélago.
Un sombrero huele bien si está adornado con pájaros azules;
de otro modo podría parecer una taza de café con cuervos decrépitos.
Para el propio sosiego hay que acariciar la ternura en el espejo,
las cartas tiradas a las olas y con remos,
beber granitos de anís en el púlpito de la noche,
poner en subasta los vapores orgásmicos, limpiar el parabrisas,
amar los puntos cardinales sin las deudas del presente.
Fabulo la asfixia de las palabras en los libros: destapo el surco
de la hoja hasta sembrar el rostro; luego viene la lluvia con sus espigas
incomparables, ¿acaso aquí están todos los aromas,
y todas las manos y todas las bocas?
—Sucede que ahora conmigo, el lanzallamas de la tinta volando
sobre mis párpados: sin vos, convierto el desvelo en un rincón apacible,
atardece sin pagar facturas,
las cosas tienen las plasticidad de los suspiros,
el frío se extingue cuando acerco la solapa de mis libros a los poros,
aunque allá, en la hamaca del viento, empieces a amanecer desnuda,
con tu aire de imposible fatiga.
—De pronto, ocurre que debo ordenar el crepúsculo de mis tiliches,
Los fósiles de la mansedumbre, la gastada cabalgadura de mi nuca,
el parpadeo amontado en un punto de las antípodas,
limpiar los sueños colgados en la pared,
trasladar mi propia sombra al tacto.
(Vos y yo, ahora, nos asustamos del horizonte, de los puentes colgantes
de las bocas, de la ramazón de la saliva, de las palabras que esconden
las escamas, de la añoranza de las ventanas;
todo ha cambiado como un aluvión de espuma
en los cuencos de la sal, —nada tiene sentido, después de todo,
cuando el escombro se enraíza en los litorales, cuando el combate
se torna abisal relieve de alfileres o suelo de obstinada herida.
Vos sabrás leer los armarios vacíos, los tatuajes húmedos
en las sábanas, la bestia en su crujido de calle estrecha, la porcelana
rota en las vitrinas, la lluvia lejana en los patios empedrados.
Vos y yo, siempre tuvimos la obsesión de la oscuridad:
el silencio ahoga los peces de la fosforescencia: leo con fascinación
líquida, hasta borrar la presunción de la herrumbre en mis costillas.)
Lo demás queda en los libros como un embarcadero…

Barataria, 25.XII.2010

domingo, 26 de diciembre de 2010

ALEGORÍA PERSONAL

Hoy descanso tras poner en orden mis latidos: el parabién es,
una alianza sumaria de fuegos y sobrevivencia. —A menudo le ganamos
a la vida porciones de rascacielos, trotes de aromas,
y hasta días dispuestos para la alacena de la memoria. Mi prójimo
que es el bosque me llena de trementina;
mi prójimo que son los ríos, me bañan con su espejo unitivo.
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ALEGORÍA PERSONAL




Soy el hombre de la danza oscura
y el ataúd de canciones degolladas;
PABLO DE ROKHA




Hoy descanso tras poner en orden mis latidos: el parabién es,
una alianza sumaria de fuegos y sobrevivencia. —A menudo le ganamos
a la vida porciones de rascacielos, trotes de aromas,
y hasta días dispuestos para la alacena de la memoria. Mi prójimo
que es el bosque me llena de trementina;
mi prójimo que son los ríos, me bañan con su espejo unitivo.
Puedo darle gracias a la vida por todos sus desvelos elegidos.
Puedo mear en las cuatro esquinas del Universo y ser feliz
en el torbellino de un antro, revivirme en los ojos recurrentes
de la espesura, lamer los callos de las piedras, o trasegar los relojes
clandestinos de mis poros en u n guacal de barro.
Ciertos son los anteojos que aprietan mis arrugas, como ciertos,
son también, los días en la niebla de los campanarios.
Sobre la diadema de las piedras, el harapo y la polilla de los ríos.
Nos ha tocado vivir sin cobija “en los rincones de la historia”,
—vos lo sabés con tantos remordimientos que niegan el aliento;
sentimos los dedos enormes de los acantilados,
y la respiración agotada en palabras.
Ya pasaron los días donde esperábamos “un golpe de suerte”;
ya desbordamos el sudor en la piel y la mordida pedregosa
de las vertebras y el estornudo sobre el pubis del silbo. Ya es congoja
el panal envejecido del silencio y todas sus antípodas.
Ya es ataúd el pretexto de las acequias, el gris degollado del filo,
los caballos del cielo en monedas de sal,
la colilla espesa en la estrechez de los aleluyas,
los andamios de las crayolas en el cuaderno de la lengua,
el minuto desbocado en las ramas de la sed, la fábula, la alegoría,
en un cementerio donde solo cabe la hojarasca
de las bocas y del sueño.
Me pregunto si hay palabras para ya no respirar la nostalgia:
Si en las acequias se pueden encender candiles; si la lluvia lava
las ventanas y las uñas y las serpientes;
si después de todo, los relojes dejarán de ser ese péndulo obseso
de tus muslos; y tus manos, una puerta al día y no a la breña.
En fin, duele el amarillo en los ojos de las mariposas:
las hormigas como un aguacero lento en la lengua, los muros
momificados de los pómulos, este azote del vejamen, la llaga al aire,
el corduroy doliente de las venas,
el humo del Sistema pronunciado en las cocinas de leña,
los pensamientos en muletas acuosas, esta manera de sentirte,
casi apocalíptica, como un metálico suicidio echado a las aguas
de los vértederos…

Barataria, 25.XII.2010

sábado, 25 de diciembre de 2010

LA CLARIDAD ES UN ASOMBRO

La claridad en cualquier sitio es un traje de exordios.
A menudo me rehúso a masticar los atajos: —aprieto las interrogantes
como el quejido de las monedas en el bolsillo; me gusta quitar
la modorra de los parabrisas y echarle ungüento al paisaje:
nunca es fácil el azogue en la alacena del poeta, ni las homilías
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LA CLARIDAD ES UN ASOMBRO



Incluso la duración del día
Es causa de lágrimas.
KOBAYASHI ISSA




La claridad en cualquier sitio es un traje de exordios.
A menudo me rehúso a masticar los atajos: —aprieto las interrogantes
como el quejido de las monedas en el bolsillo; me gusta quitar
la modorra de los parabrisas y echarle ungüento al paisaje:
nunca es fácil el azogue en la alacena del poeta, ni las homilías
en el desamor que nos da el silencio con todas sus noches
de alcoholes y fantasmas, —nunca una boca sacia la escalera
de los poros, ni es posible un labio sin ventanas, ni un reloj
a mitad de la desmesura,
ni vivir en la esquina de las palabras sin paraguas,
ni saborear la ráfaga en el santo fuego del bocado.
(De día puedo ver el rascacielos de las araucarias: tus senos de alabanza,
el tránsito de tu perplejidad recóndita, el rocío del desatino,
los vilanos de tus poros, ay, tu rosa que me muerde el aliento.
En la luz puedo ascender al fuego: atravesar el río de los violines,
derrumbarme en el musgo sin alfileres,
volar en la extraña turbulencia de la irreverencia,
enfebrecer con severidad tus pezones y el brebaje del filo.
La oscuridad es un ultraje a la mesa del diluvio: la claridad nos ayuda
A cruzar el bosque o el puente y aferrarnos al patio sin baldosas.
La sed de la canela nos desvela, los girasoles del vahído
en el trasiego, el resfrío de la ropa, los pájaros en la cuchara del ahogo.)
Debo suponer que racionalizar la fragancia resulta un dolor de cabeza;
nada más incierto que el olfato subiendo escaleras,
que acontecer en la penumbra de las palabras:
—no me acostumbro, sin embargo, a esta perversidad del mundo,
Hay extraños agujeros en los calcetines, malolientes perros
Alrededor de los pañuelos, y sueños que no caben en un sombrero.
Por cierto que ahora, la inmoralidad, es un billete de curso legal,
por más que hayan voces en las plazas y pancartas;
hay aspirinas que no quitan el dolor de los goznes, ni universos
con suficientes monedas para el gasto consuetudinario.
(Algo nos pasa después de todo cuando perdemos la lucidez del cielo
y nos inclinamos al arbitrio de la noche: —algo nos muerde
y convierte todo lo que tocamos en cuchitriles. Nunca ha sido fácil
la claridad, cuando nos pasan la factura de lo inverosímil,
cuando, —vos y yo sabemos—, que el jarro de la vida se quiebra
en tanta negación. —Vos y yo hemos vivido, la truculencia del sollozo,
las palabras inquisidoras, la mudez más adusta,
el entumecido carbón de la lumbre.
Nunca ha habido sosiego en esta verdad, a menudo intocable
en los estuches del viento. Siempre la lava en los juicios: siempre
el adiós anticipado de los suicidios, el hilo de la zozobra,
la herida que nos empuja al pico del buitre.
Siempre la ternura en el filo del puñal: la arcada inclemente
de tantos alfileres…)

Barataria, 24.XII.2010

viernes, 24 de diciembre de 2010

SAINT GEORGE: ÚLTIMA ESCALA

Lejos del centro ya de Salt Lake City, al sur, entre los desfiladeros.
La carretera 15 como un viejo dromedario, las aldeas disfrazadas
de postales, la respiración henchida y los ojos en su esplendor
desbordante: la aurora se disfraza de hierbabuena inefable, tiembla
el rostro sobre los pergaminos tendidos de las estribaciones.
Fotografía: André Cruchaga





SAINT GEORGE: ÚLTIMA ESCALA




Lejos del centro ya de Salt Lake City, al sur, entre los desfiladeros.
La carretera 15 como un viejo dromedario, las aldeas disfrazadas
de postales, la respiración henchida y los ojos en su esplendor
desbordante: la aurora se disfraza de hierbabuena inefable, tiembla
el rostro sobre los pergaminos tendidos de las estribaciones.
Casas de madera y techos de fantasía, escorpiones pétreos
atravesando el desierto: el frío entumece mi aliento, aunque parezca
paradoja esta gota de universo en mi pecho.
Aletea un leve viento de tormenta: en las áreas de descanso fumo
un cigarrillo, mientras otros caminantes pasan con el insomnio
en el volante. La alacena del albor no cabe en mis manos,
ni yo puedo contener mi regocijo.
Hambrientos, la noche nos devora con oceánico azoro. Sí, es espesa
la noche y ese tragaluz que apenas divisamos en las fronteras.
El frío no cesa aún en el desierto. Es como ir descalzos y en sigilo
atravesando las montañas Rocosas y parte de los Apalaches.
Nada esquiva la sed de la hoguera, ni la hoguera apaga el vuelo:
—Beatriz, Alfonso, Rosario y yo, escribimos en el cuaderno del paisaje;
Abrigamos el parpadeo del tiempo con las horas familiares;
Subimos a la tarjeta postal de la fantasía, mientras aprendemos
De los pájaros, mientras el sendero nos cuide como en casa.
Pasamos ciudades y ciudades en desvelo con un tráfico despejado
Hasta el alba: —no vimos a nadie saliendo a hurtadillas del bosque,
Ni desconocidos con un puñal en las manos.
Las Vegas en la noche, es una fiesta irreal imaginada o resucitada:
Ahí nadie duerme con su verdor de luces, —nadie permanece, tampoco,
Al pie de las ventanas, nadie despierta de su íntima noche
De juegos y apuestas.
Al final, pusimos el mantel sobre la mesa y comimos: afuera otro
Paisaje ya: verde y frío y otros roquedales amarillos,
como los de Pasadena y Pamdale en California

(Escrito en el camino a California desde (West Valley,Salt Lake City, en vehículo, 11 de diciembre de 2010.)

jueves, 23 de diciembre de 2010

EAST CANYON CREEK

A nadie debe preocuparle mi respiración de piel raída: por Whitman
camino este cielo con serpientes, viejo de voluptuosas palabras,
riente olfato de los arroyos.





EAST CANYON CREEK




Cielo sin pájaros, crepúsculo marino, una estrella solitaria
Horada el Occidente,
Como tú, corazón mío, recuerdas, tan vago, tan distante
El tiempo…
JAMES JOYCE




A nadie debe preocuparle mi respiración de piel raída: por Whitman
camino este cielo con serpientes, viejo de voluptuosas palabras,
riente olfato de los arroyos.
(“No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.”)
No habrá eternidad sin
nombrar todas estas cosas: el consuelo
de nombrar las aguas del olvido, el blanco juego de la saliva,
las fuentes filosas del frío, la nieve con una sensación de quietud
y soledad, las aguas razonables de los días oscuros que vivimos;
me detengo en el camino a masticar las nubes que pasan al galope:
(“¿Qué soy, después de todo, más que un
niño complacido con el sonido
de mi propio nombre? Lo repito una y otra vez,
Me aparto para oírlo -y jamás me canso de
escucharlo.”)
Soy sólo sombra en East canyon creek. Somos sed
en esta locura que nos rehace la cordura: —el cielo en las manos
Y esta terquedad a la simple madera del viento.
Sobre la cena restañada, respirable, te pienso atravesando los poros
de mi pobreza, la sal en mis ojos y la ternura que me hace falta
para atravesar la alambrada de las escaleras;
(para volver a mis ojos, tienes que restañar aquella cena
de redondos fuegos: el paraíso del ombligo en mi lengua, el azogue
de las persianas, la voz con las puertas abiertas de la avidez.
Estos lugares están bien para incinerar mis huesos y luego esparcirlos
por todo el atajo interminable del granito.
Aquí la neblina es leche amanecida: la acumulo como un terrón
de humilde cónclave, —a la conciencia sube la fosforescencia
de los sueños: lo hóspito en bocanadas, la rotación de los rescoldos,
la yema del seno que mi ojo advierte.
(En los días postreros, habremos de recoger todo el azúcar
de los papiros; habremos de andar el caballo de los párpados,
Sin la brida o el aparejo que lo aten a las páginas inciertas del olfato.)
—Un día, —vos y yo, de nuevo —: sin el aire parapléjico de la espera,
Con el amanecer gozoso de la epifanía,
Sin los desperdicios tirados en los parques. —Un día: el pizarrón
De la eternidad sin envejecer la piel del alba.

East canyon creek, UTAH, 26.XI.2010

miércoles, 22 de diciembre de 2010

EL OFICIO DE LAS PALABRAS

Ninguna palabra deja de ser tal en el círculo de los siglos;
todas son vísceras, cabalgaduras, batallas de cuerpo y lecho.
A veces son esa noche habitada por el búho y los murciélagos,
a veces oscuras como el horizonte que se pierde en la maleza:
—sin duda tienen demasiadas alas para mi sed desnuda:
lunas y universos comestibles.
Fotografía de André Cruchaga





EL OFICIO DE LAS PALABRAS




Ahora decido recrear el cuerpo de la vida
sin que dejen de oírse en el tedio de las tardes
las extrañas palabras de este siglo.
LOURDES GONZÁLEZ




Ninguna palabra deja de ser tal en el círculo de los siglos;
todas son vísceras, cabalgaduras, batallas de cuerpo y lecho.
A veces son esa noche habitada por el búho y los murciélagos,
a veces oscuras como el horizonte que se pierde en la maleza:
—sin duda tienen demasiadas alas para mi sed desnuda:
lunas y universos comestibles.
No hay caminos que prescindan de su aroma,
ni semanas sin escupitajos, ni paredes sin olvidos.
Si bien son innecesarias en la cama, abundan en el mercado,
asomando su boca de orquesta.
Para este mundo de pólvora y sollozos, vale su húmeda cobija,
los pájaros descalzos sobre la hierba,
el mapa azul de la sonrisa con su volcán de azúcar.
Existo y luego las perpetúo en cada página que se derrite
en mis pupilas; descienden a mis manos con su camisa redonda;
hilan los tranvías del humo hasta socavar la tristeza.
—¿cuánto pesaban en la valija de Vallejo,
en el Ciudadano del olvido de Huidobro, en La espada encendida,
de Neruda, en los Mal de amores de Óscar Hahn?
¿Cuánto pesaban en los Diálogos de Platón, o en Sócrates, Heráclito,
En descartes, Goethe, Góngora, Quevedo,
el abismo con rostro de árbol, los discursos ciegos de los objetos,
el hombre arrastrando las palabras imprescindibles,
—las de siempre, sin titubeos, soportando la luz del agua?
Hay palabras comestibles: primero se balbucea la escritura;
Hay palabras que es preciso tirarlas en paracaídas;
Otras habrá que ingerirlas como el aceite de bacalao,
Y otras, no menos importantes, se hornean en el tintero del infinito.
Hay palabras para todos los gustos:
depende un poco de las fragancias que estén en la balanza;
sin duda hay palabras cursi: inodoras e incoloras,
y hay intermedios para evitar los tropezones en ayunas
y la mala digestión.
con mi miopía, me propuse usar las de los pájaros. A ellos les debo
el monólogo con las estrellas, los días de madrugada,
el aire fresco que se amontona en mis grietas.
Descarto las palabras suspicaces por aquello de una indigestión:
a veces sólo son sombra o espejo de mi rostro;
hay momentos que se convierten en exilio de los sueños…

Barataria, 21.XII.2010

martes, 21 de diciembre de 2010

FOTOGRAFÍA SIN PÁJAROS

En la proa de mi lengua corren las aguas todas sus soledades.
Gasto los días corriendo sobre las pestañas de la espuma
y las soledades que derriban las raíces de las puertas.
Soy transeúnte con vejados paraguas de olvido, —con embriaguez
de calles estrechas y desvarío, dientes sin pan desvistiendo las piernas
de los pesados guantes de la tos,...
Fotografía.André Cruchaga





FOTOGRAFÍA SIN PÁJAROS




Silence, here I am. I am, silence.
Bright and clear, it's what I am. Silence, I am.
Mother, father. Father, mother.
Death and violence. Exicitement, I am.
NIRVANA




En la proa de mi lengua corren las aguas todas sus soledades.
Gasto los días corriendo sobre las pestañas de la espuma
y las soledades que derriban las raíces de las puertas.
Soy transeúnte con vejados paraguas de olvido, —con embriaguez
de calles estrechas y desvarío, dientes sin pan desvistiendo las piernas
de los pesados guantes de la tos,
de los durmientes apretados en los rieles,
del nido intruso en mi miedo de sombra pervertida,
de rostros tocados por nomenclatura del deseo,
del pájaro que golpea las fotografías sin descifrarlas.
Mientras las sombras se amontonan en mis manos, palpita el cielo
con su muro invisible.
(Mamá y papá en las fotografías: desembocan en mi silencio;
sacuden mis alas; mudan mis ojos de vagones dolientes.
De pronto el tren de las horas del eco,
Sus gestos de bosque, la alacena del sollozo, la muerte agazapada.)
Atravieso jabalíes de destinos absurdos, umbrales donde el rostro
advierte los peligros, sobrevivientes de un siglo de insinuaciones,
agujas en el testamento de las palabras,
cavidades pendulares como signos del zodíaco,
llamados a la conciencia huyendo del espejo del cuerpo.
Muero en la cama de la violencia sin motivos aparentes:
—ella ronda nombres diversos; prolonga las celdas como un desierto;
grita en la espalda como un bufón de circo.
(Vos no sabés cuan vulnerables somos ahora en la casa,
ni en qué País sitiado estamos, ni cuándo culminará la batalla,
y si un día se abrirá la puerta de la noche hacia el día, —hacia la luz
del libro blanco de las victorias.)
Mientras, me sumo a la ebriedad de mi propio silencio, es decir,
a la respiración de mis torpes palabras,
a la puerta reconstruida de mi fantasía que anda gargantas ilesas.
Lo demás es fatiga y sepultura, sembradíos de enlutado pan,
desvaríos que no lava el agua, ni aquietan a los murciélagos,
gritos que el viento quiebra en la hojarasca.
Los fósforos del gemido nos arrastran hacia caballos de áspera
Sangre, hacia graneros de alevosa mordida.
Un día más, se pierden las fotografías sin ganancia de años.
Un día más, lo saben: sálvese el que pueda…

Barataria, 20.XII.2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

SAL AL ÓLEO

Ya hay suficiente sal en la garganta y semanas de cavidades
desgranadas en la mesa; hay lunas con dientes de serrucho
y pulmones de gastadas hostias.
No quiero vivir sin los cinco sentidos de mis dedos.
Fotografía André Cruchaga





SAL AL ÓLEO




si me separo de ti, me rompo todo:
pero lo mejor de mí (o lo peor)
se te queda adherido, pegajoso como una miel, una cola, un óleo denso:
vuelvo a mí, cuando vuelvo a ti: (y ahí encuentro mis pulgares y mis pulmones):…
EDOARDO SANGUINETI




Ya hay suficiente sal en la garganta y semanas de cavidades
desgranadas en la mesa; hay lunas con dientes de serrucho
y pulmones de gastadas hostias.
No quiero vivir sin los cinco sentidos de mis dedos.
No quiero caminar sin los sombreros de los pájaros,
no quiero la claridad si me falta la oscuridad de tus ijares,
los siglos de pan de la perversidad;
ahora me estorba la ropa impecable, los zapatos cuerdos,
las fotografías donde las moscas acumulan canas.
No quiero saber de piscuchas ni de historias del más allá,
no quiero saber de los camellos de las parábolas,
ni de los burros desteñidos de los establos.
No quiero saber de las calles respiradas en la orina, ni de las esquinas
con centenares de colillas, ni de ayer, ni de hoy, ni de mañana,
ni de la piel carcomida por las estaciones,
ni del susurro de la lengua en la oscuridad del petate,
ni en los abrigos, ni en el decoro,
ni en los escapularios de aparente follaje,
ni en el entusiasmo que trastabilla en su desmesura.
No quiero recetas para dejar de fumar, mucho menos los cigarros
eléctricos, inteligentes en mi boca.
No necesito bomberos para apagar el fuego de mi esqueleto,
ni sirenas con sabor a catástrofe, ni números que hablen de la buena
suerte, ni cornisas con incertidumbre de pájaros.
No quiero fastidiosos protocolos, ni pasos de subterráneo calendario,
prefiero, a estas alturas, la fragancia del cierzo,
los limones que desembocan en el agua, la boca que olvidé
con dolor a espinas, la lluvia que perdí en la furia de mis poros,
el pétalo de la sangre que se precipitó en la noche,
los ojos ciegos frente a la delicia de un cuerpo desvanecido,
las ventanas con la madera antigua del sonido.
Prefiero la puerta entreabierta de los féretros, los retratos
descarrilados de los trenes, el subsuelo del musgo,
la música de una armónica olvidada en los bolsillos, el olvido
hecho una basílica, el lúpulo como una estatua de aullidos,
las latitudes abisales de los espectros
y una isla de pequeñas sílabas en mi alacena.
No quiero volver mañana y escuchar el sonido sordo de las ventanas.

Barataria, 20.XII.2010

domingo, 19 de diciembre de 2010

THE BLACK FRIDAY

Algunas veces la gente duerme en la intemperie, pegada su espalda
a las paredes; la nieve vigila el desvelo y las ansiedades:
—nosotros en cambio (Beatriz, Rosario, Alfonso y yo), vemos saltar
Las multiétnicas con sus variadas expresiones, pero la luz
es la misma en la conciencia, los cuerpos, el césped, el paisaje
borrado por la flor blanca del cielo.
Fotografia André Cruchaga





THE BLACK FRIDAY




Sometimes, you say, I wear
an abstracted look that drives you
up the wall, as though it signified
distress or disaffection.
STANLEY KUNITZ




Algunas veces la gente duerme en la intemperie, pegada su espalda
a las paredes; la nieve vigila el desvelo y las ansiedades:
—nosotros en cambio (Beatriz, Rosario, Alfonso y yo), vemos saltar
Las multiétnicas con sus variadas expresiones, pero la luz
es la misma en la conciencia, los cuerpos, el césped, el paisaje
borrado por la flor blanca del cielo.
—Millas y millas de un lado a otro, mirando con ojos curiosos
El mercado, los grandes centros comerciales, la transpiración
escasa, los colores diversos en medio de un sol blanqueado.
Todo lo inunda, —el Black Friday—, hasta olvidar que aquí, la aurora
en una bofetada de hielo en las mejillas.
Hemos pasado duros escalofríos. En torno a esto, es más fuerte
la sed, el sueño blanco, el pañuelo extendido, grave del paisaje.
Pasa el tren aquí, entre pinares inefables y transeúntes desvanecidos
por el aire de la bruma.
La noche viene y va, inmensa, como un guacal de sombras,
en medio de tanta luz, —luz que no es verde, sino rosa blanca
del invierno, dura boca sobre las piedras frías.
(Me resulta curioso este jardín de lejanías y dibujar en mi cuaderno
la ventana de las gotas, haciéndose carámbanos, —hilos imaginarios
colgando de las nubes. También resulta interesante caminar
por los alrededores de Salt Lake Valle
y muchos de sus suburbios: West Valley City, Murray, Sandy,
y por supuesto, West Jordan;)
en Sandy, a la mesa, las linternas
transpiradas de los seafoods,
la neblina astral de Dios, los suspiros pendulares del sigilo.
Ha habido tiempo de comprar hasta bisutería
A la luz de la curiosidad.
(En esta limpidez absoluta, veo una parte del valle del Lago Salado con
Oquirrh montañas en el fondo hacia el suroeste de la ciudad
de Creek Canyon.)
Las palabras se acumulan con peregrina transfusión de parábolas.
Y no es para menos este vitral de escarcha sobre mis zapatos.
Este jardín que respiro desde mis propias ansiedades.
Sería mentir si niego este reencuentro con las montañas, —estos días
Blancos abrigados con mi cuaderno,
Ríos transparentes en sabia alianza con mis pupilas.
Toda la emoción se escapa por mi boca: el vuelo es alto para esperar
El siguiente día, aunque ya no sea el black Friday…

Kerans, UTAH, diciembre de 2010

sábado, 18 de diciembre de 2010

WEST VALLEY CITY

Aprieto tu cuerpo como la luz del firmamento. Una y otra vez en la esfera de lo abisal, de norte a sur en la boca del sol, hasta que ladre el último lucero o estrella lejana en el reloj del bosque.
Fotografía André Cruchaga





WEST VALLEY CITY




¡En mi hambrienta fatiga, y para comprar imágenes,
entré en el supermercado de frutas, soñando con tus enumeraciones!
¡Qué duraznos y qué penumbras!
ALLEN GINSBERG




Aprieto tu cuerpo como la luz del firmamento. Una y otra vez en la esfera de lo abisal, de norte a sur en la boca del sol, hasta que ladre el último lucero o estrella lejana en el reloj del bosque. Caen las hojas muertas de frío sobre las aceras de condominios y centros comerciales. De pronto me gustaría tener un libro para ver los colores en el instante en que el viento abre mis párpados. Deletreo la bóveda blanca donde se esconden las ardillas: deslío la claridad con la metafísica del café, así desafío la escalera del frío que sube hasta las sienes. La nieve no deja de ser un cuadro obsceno frente al tráfico y pese al placer que me causa, no dejo de pensar en quienes la aborrecen. No dejo de ser un ciervo asustado, el The dark stag de Isabella Crawford; el cielo es oscuro entre los pinos, opero también las espigas de plata que cuelgan de los techos. O, aquel otro de la misma poeta: The Camp of Souls, donde dice que “Llegan las plumas sombrías de las Hojas que Cantan” , hasta perderse en el aliento.

West Valley City, UTAH, diciembre de 2010

viernes, 17 de diciembre de 2010

WEST JORDAN

Todo parece armonía en South Valley, Best Buy, Kohl's,
Lowe's, Ross, Sam's Club, Sears Grand y Target, —cada día ha sido
Un periódico inétido para escribir los sueños.
(Alguien podrá decir que son sonambulismos del consumo,
Demonios del capitalismo),

Salt Lake Valley






WEST JORDAN




Huésped es el que ha de partir, al alba.
FINA GARCÍA MARRUZ




Todo parece armonía en South Valley, Best Buy, Kohl's,
Lowe's, Ross, Sam's Club, Sears Grand y Target, —cada día ha sido
Un periódico inétido para escribir los sueños.
(Alguien podrá decir que son sonambulismos del consumo,
Demonios del capitalismo),
Pero sucede que soy viajero de búfalos sin fatiga: irremediable
Ráfaga de pergaminos y poeta de extrañezas.
Así que mi sosiego está en la piel erizada de las palabras,
En el granizo y en el iceberg; en la ebullición de las aceras.
De pronto me recuesto en la almohada de la aurora. La linterna
Del susurro reconstruye la memoria,
En la rueda inconclusa del sol, en el día nocturno del cielo.
Al cruzar la calle, debo hundir mis zapatos en los promontorios
De nieve, en ese blanco espeso de gaviotas.
Aquí dejaría crecer mi barba hasta las rodillas para soportar
El frío sin derramar de escribir en mi cuaderno de notas.
El agua forma paredes donde no se bañan los patos ni las colillas
Quedan a merced en las aceras. Esta parte de la ciudad, parece
Un musgo blanco en mis ojos.
He visto animales gélidos caminando por las calles
Y ancianos tomando café negro quemados por sábanas mudas.
Pongo mis ojos sobre los cuervos: merodean los establos y hormigas,
Devoran la orina de la luna,
Punzan con el abanico de sus alas negras, en contraste con los árboles
Dentados de blanco. De pronto en la distancia un ciervo,
Late en los armarios blancos de los cañones.
De pronto tiritan los dientes frente a tanta iglesia elevándose
Hasta el cielo de los mormones, con mestizaje y sincretismo.
Allá el día roto por las fábulas. El día sin anatomías ciertas.
El día sin hojas y los perros lamiendo los guantes de la nieve.
Sólo en las chimeneas se quedan los pañuelos. Vacila la sonrisa
Frente a los párpados helados, —frente a la saliva patinando
En la lengua. Quedan intactos los predios baldíos de la yerba,
Y la danza de las cucharas dentro del vaso hirviente de café.
Mientras las ardillas huyen a través del filo de las ramas sin hojas,
Los semáforos llenan de luces la fila de carros.
A nadie le es extraña esta penumbra cotidiana. A nadie le importa
Que las muchachas empañen sus senos con este enharinado
Paisaje. A nadie le importa la luna subterránea colgada de la ventana.
A nadie le importa entrar y salir de los inodoros,
Y masticar el insomnio sin quitarse los guantes y el alfabeto
En gotas de frío. A nadie le importa ya, cruzar el sueño en góndolas
Y comer abrigados de pies a cabeza.

West Jordan, Utah, diciembre de 2010

jueves, 16 de diciembre de 2010

INVIERNO EN SNOWBIRD

La tierra blanca junto al aire parece indefensa; desde el gris
Busco la blancura, —el día con sus mediodías resplandecientes,
La aurora revelada en mi propio imaginario.
El tacto es tan antiguo en esta humedad de los deseos.
El agua ofrece un desvelo de soledades profundas,
Delirios, hojarasca, destellos de turbulenta carne.
Snowbird, UTA





INVIERNO EN SNOWBIRD




(Sobre una llave de agua, canta un gallo
blanco a punto de enrojecer.)
FRANCISCO HERNANDEZ




La tierra blanca junto al aire parece indefensa; desde el gris
Busco la blancura, —el día con sus mediodías resplandecientes,
La aurora revelada en mi propio imaginario.
El tacto es tan antiguo en esta humedad de los deseos.
El agua ofrece un desvelo de soledades profundas,
Delirios, hojarasca, destellos de turbulenta carne.
El frío sacude los párpados embriagando las palabras.
—En el conjuro de la noche es necesario el fuego de la chimenea:
Un país mujer que tapice mis poros,
Quemar la planta de los pies sin guantes, las manos a punto
De congelarse, el arco de la llovizna como una muchacha
Ardiendo en las estrellas invisibles.
Las piedras me sirven de escalera para subir a las góndolas:
Aquellos pezones donde resuella el viajero que soy.
Cada ski sonríe sobre la harina volante del viento, —blancos
Pétalos, como esquirlas dulces en los abetos de la fantasía.
Nadie duerme aquí encendiendo el aliento hasta las cejas.
Nadie deja de tiritar con el bigote entre los dedos,
Nadie pierde sus pantalones en este castillo de hielo galopante.
Los cientos de esquiadores parecen cisnes alumbrando
Los colores del cielo,
Esparciendo el tropel de la nieve,
La lengua del frío que madura en los poros como la hojarasca del otoño.
Estoy seguro que las manos no descansan en medio de estos días;
En estos días interminables, los pañuelos envuelven la luna
Ausente, crepitan insensibles las semillas del invierno.
Frente a las vidrieras, gesticulan, apiñadas las flores de la tempestad.
Y no es para menos: simplemente respiro cubierto de nieve.
Simplemente observo las manzanas, que en la intemperie,
Se vuelven simples doncellas blancas a punto de fantasear en mi saliva.
(Nos paseamos entre los pasillos. Queremos hacer trópico
Esta alacena de los brazos. Convertimos las sábanas en eléctricos
Tabernáculos. Siempre blanco este ventisquero de libélulas.
El invierno adivina la campana del frío, este pulso del sueño,
—cofre, acaso, de nuestro habitual cuaderno.
Regresamos al mismo punto de las venas: la chimenea es intensa
En su propia flama, nos trasiega, nos restituye, nos deshiela.
Creo que aquí podría aullar entre fantasmas.
A dos voces perdido en este frío. Dos ráfagas orgásmicas.
A dos espejos dispuestos a soportarse después de fructificar
Sobre la mancha blanca de este lenguaje en las pupilas.)

Snowbird, Utah, diciembre de 2010