jueves, 24 de febrero de 2011

HISTORIA DE LA OSCURIDAD


Es la misma historia que nos descubre los días de la semana: ojos,
manos, trazados al esbozo de los grises, oscuros pájaros
en las rodillas, estribaciones de polvo en los dientes, dientes
del humo, desgastados en la hoja desprendida de la respiración.


HISTORIA DE LA OSCURIDAD




Para que el mundo duerma cantan Dios y los ángeles,
Ahora que la luna sale al calor…
WALLACE STEVENS




Es la misma historia que nos descubre los días de la semana: ojos,
manos, trazados al esbozo de los grises, oscuros pájaros
en las rodillas, estribaciones de polvo en los dientes, dientes
del humo, desgastados en la hoja desprendida de la respiración.
De la oscuridad somos, veneno en los costados, pasmos que sustentan
la escalera del tiempo con sus monedas gastadas;
bajo el martillo disfrazado de hisopo, las estatuas calladas
de las armónicas, la nada al filo del ahogo,
dios en el frío de la danza del césped, largo cielo de horizontes
falsos, moho sobre la sal de los abrojos.
Siempre le pregunto a mi sombra por la oscuridad que emerge
de los candiles, por la boca que duele revuelta en el hollín
de los párpados: (nos hemos gastado desde las sienes a los pies
y sólo tenemos grises noches sin seguro de vida.
Nada hubiese sido mejor que hundirnos, arder en el sarcasmo, a fin
de cuentas que es igual a estar purgando pena en el infierno:
duele el verde apagado del destello,
la falta de manos y mesa y abundancia de noches.
Duelen las mañanas sin el canto del cierzo, minutos oscuros
del pecho, cuerpos para estar en la dureza de la avaricia:
siempre es así cuando la aurora amanece con los zapatos cansados,
cuando las mañanas muertas no oyen los cadáveres,
ni repica el agua del tejado.)
todo cuanto llega a las manos, es promesa de oscuridad: los sueños
en el taburete impreciso del asombro,
el pan tosco de las piedras, el taburete de la sombra, olvidado
en el traspatio de la luz, a media luz de la respiración y el frío.
Siempre la misma oscuridad en la lápida de los cementerios;
la misma respiración, salvo el pan que cambia de azúcar,
el golpe de la hoguera con sofoco por convertirse en escoria,
la piedra del reloj desde que emerge, desde que el pudor se convirtió
en catecismo y el espejismo en rugosa cama.
Esta nuestra historia madura los guijarros: oscuras sumas de los poros,
nudos de arrepentida ceniza,
nubes de retorcida luz, gotas de sangrantes palabras, ahí donde
el pubis oscurece los días de esperma y los días se vuelven herramientas
irreconocibles. El porvenir también tiene oscuridades, aun más densas que los guantes o el granito: tempestades propias de la noche,
árboles de súbito, permeados, por la sal de la ola.
¿Alcanzaremos un día el sudor blanco de los pétalos, el fósforo
Infinito del vuelo? —En esta historia, el poema es terrestre
y como tal, las esquinas de la noche nos corroen hasta el delirio
de los peces en las aguas profundas de la memoria…

Barataria, 22.II.2011