jueves, 14 de abril de 2011

HORIZONTE DE LA CIÉNAGA


Ahora el cielo está lleno de piedras y no hay escaleras demasiado
fuertes para no caer en la ciénaga. Ahora me olvido de los escombros,
pero me resisto al olvido de la ceniza, a dejar de pensar
en el último día de mi día, en los sueños que se elevaron a espejo:
entre mis manos, el espejo hasta el cuelo,...




HORIZONTE DE LA CIÉNAGA




My head explodes, my ears ring
I can't remember just where I've been
The last thing that I recall
I got lost in a deep black hole…
ANTHRAX




Ahora el cielo está lleno de piedras y no hay escaleras demasiado
fuertes para no caer en la ciénaga. Ahora me olvido de los escombros,
pero me resisto al olvido de la ceniza, a dejar de pensar
en el último día de mi día, en los sueños que se elevaron a espejo:
entre mis manos, el espejo hasta el cuello,
el río confiado de algunos nombres, voz de litorales colgada de la arena,
crayolas en llamas, risas dibujadas en rieles, rostros
iluminados por el grito,
formas que ascienden a la negación del horizonte.

Desde el reloj desecho de las ciénagas, todo parece fiebre de cenizas
húmedas, días donde la carreta de la noche atraviesa los balcones,
las ramas del grito, los insectos del ruido,
el mundo que ha envejecido en los colores grises.
En el poema, incluso, el viento de la noche desata furias:
cada palabra es una piedra, el alma en pena de los libros del aliento,
el acordeón de la saliva olvidado en la superficie de los poros,
permanece abollado,
como el trasto tirado en el traspatio de las aves de corral.

Toda forma humana es un espejo: a veces, espejo tupido de neblina,
caminos resbalosos de neblina, caminos de escarpada hojarasca,
caminos de confuso vuelo y azúcar:
hay días que mejor arrastro la voz de mi infancia, la sombra
del cascajo, la línea de juego de las corcholatas, las palabras prendidas
en mis manos, las palabras escritas con crayolas sobre piedras
de familiar ronda. (Siempre recurro a este artificio para morder
el arco iris, y quitar el deshielo de la confusión cotidiana;
en medio de la áspera hojarasca, emergen rostros y noches que antes
invoqué con mis palabras,
el nombre verdadero de la lluvia, por ejemplo,
la oscuridad de mi País, las mortajas de la noche en silencio,
la noche gris de las lámparas, la sombra reacomodada en mis pupilas,
y hasta el surco disperso en las aguas del aliento.)

Me quemo a diario en el agua de las ventanas: la distancia que hay
entre mis pies y la hoja del árbol es inmensa; ahí, en ese espacio,
la noche es huracán y, la sangre, un torrente de arcanos.
Un sitio donde atardecen los sueños, —viento inmóvil de los pinos,
puntapié del río crecido en los zapatos.

En la próxima estación del olvido, la hoja soltada sobre el asfalto,
La mano tutelar de la humedad,
Y hasta este cansancio ennegrecido del mundo. Cerca de mí, La luz
y sus dedos, el reloj después de todo, subrayado
por otros instantes de esperanza más ciertos: aguas súbitas
del recuerdo, aguas recogidas del césped…

Barataria, abril de 2011

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