viernes, 15 de abril de 2011

ENTONCES, LA NOCHES, LAS PALABRAS


No tengo ya palabras para tirarlas a la ciénaga. Sólo tengo, entonces,
noches de oscuras distancias; abajo, el día borra las respiraciones,
la leche del submundo, la penumbra ciega de las gaviotas,
este taburete que perdió su brillantes en la intemperie.
Imagen de Paolo Neo




ENTONCES, LA NOCHES, LAS PALABRAS




Some say I got a long way to go,
Some say I'm going straight down,
Some say there's no where to go,
And this is what I say...
LINKIN PARK




No tengo ya palabras para tirarlas a la ciénaga. Sólo tengo, entonces,
noches de oscuras distancias; abajo, el día borra las respiraciones,
la leche del submundo, la penumbra ciega de las gaviotas,
este taburete que perdió su brillantes en la intemperie.
Hoy, los patetismos me causan estupor: me niego al ruido de las pestañas,
a las sombras que desatan violencia y estruendos, siempre reconforta
el ala en la rama, la sonrisa en la gota blanca de la esperanza,
de rodillas desangro las palabras, las noches son historia de otras
hambres: llevo tantas ventanas que no me falta luz, quizá barcos
para atrapar las olas, quizá hombros para cargar toda la desnudez
que sube al tabanco, a la rama del cierzo.

—No supe qué hacer cuando las palabras se ahogaban en la lluvia,
la puerta doblada de los goznes, la piedra sobre mi tiempo indefenso,
la cortina de los grises sobre la pared de la sangre.
Tejí en los cementerios redes sin peces: el poema se hizo tumba
y el camino un cielo putrefacto, donde el cuervo,
desvanece la hierba.
El aire arrastra toda clase de telarañas; mientras respiro avanza
mi ataúd en las encrucijadas de las ramas, los árboles que flotan,
la maroma de las nubes, la tumba de unos labios en la mueca de vacíos.

Me doy cuenta que el poema no está hecho sólo de terciopelo,
ni de orgasmos, ni de Marylin Monroe, ni siquiera de escapes para el amor
enrarecido, sino de tiempo, de ojos, de espinas, de almádanas;
está hecho de semanas y caminos apocalípticos,
de verjas retorcidas por la intemperie,
de tripas y lloviznas y cloacas, de violentos zapatos que salpican
la conciencia, de rostros ciegos al límite de la espera:
por desgracia, nunca parece limpio el cielo, la leche de la muerte
se hunde en la boca, el caos nos arrebata las querencias.

Y allí, no valen primeros auxilios ni palabras; no valen vasitos
de patetismo, ni sonrisas ondeantes de placer.
(Después de todo, me parece, que los muelles son efímeros; nunca
se está seguro, cuando los gallos guardan silencio en las mañanas,
cuando la máscara sustituye el desayuno,
cuando el trapecio de los sueños no sirve de hamaca a los pájaros,
cuando la carcoma invade el rostro, cuando el suicida está en el traspatio
de la casa y te roba la flauta de los pétalos.
El poema, después de todo, es ese otro ojo de la agonía perpetua
del poeta: la otra sombra donde muere la sed.)

Barataria, abril de 2011

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