miércoles, 20 de abril de 2011

INTIMIDAD TERRESTRE


Es ahora el momento de abrir la puerta de la tierra, morder
el mendrugo sobre la tierra, hilvanar el granizo, latir en la crayolas
del cuaderno, colgar del olvido la pijama del aleteo. Hay que mirar
la lluvia en cada respiro. Hay que aprender de la cosecha
de los ataúdes, del año bisiesto de las enredaderas,...
Fotografía de André Cruchaga




INTIMIDAD TERRESTRE




Fall into flames
All that remains of me is a stepped
On, thrown out piece of your enemy. All that remains
Of me is about to hit the ground…
THE AGONIST




Es ahora el momento de abrir la puerta de la tierra, morder
el mendrugo sobre la tierra, hilvanar el granizo, latir en la crayolas
del cuaderno, colgar del olvido la pijama del aleteo. Hay que mirar
la lluvia en cada respiro. Hay que aprender de la cosecha
de los ataúdes, del año bisiesto de las enredaderas, de la madera
barnizada de los curules, y hasta de los poros que envejecen
de fatiga, de tanta polución incierta en vitrinas virtuales.

(La breña o el bagazo, de pronto se yerguen como saludables almendros,
y olvida uno, la armonía del alma,
el oficio silencioso del cierzo, el misterio que guardan los girasoles
invisibles, los altos escapularios de la audacia no perniciosa.
hemos perdido la brújula de la naturalidad;
nos seduce la mesa obscena de ciertas sedimentaciones,
un momento de vitrinas, aunque luego caigamos en la arcilla
con pañuelos olvidados de baldosas: ¿quién habla de intimidad
en un baile de serpientes, en latido de oxidados platos, en un ahora
que, seguramente, será fruto inservible mañana,
en el amparo después de ser roído por la carcoma, —osario de dientes
en la intemperie de las aceras,
en este fermento de limones, tarde de sábanas y sabores y olores.)

Me conmueve el estruendo de los atardeceres en su silla de grito:
supongo que las navajas ayudan a redimir la ética,
la ejecución dentada de las culpas,
los libros con imaginarios sombríos, los sembradíos de difuntos
en los balcones, paredes homicidas para el ciego;
diría que hoy en día, existen muchos alimentos para ciegos; recetas
para orgasmos felices, y olvidos para ciertos rituales fatuos.
La vacuidad es la moneda de todos los días, la cara y la cruz del aire
de las alegorías, el delirio de mirarse mejor de nalgas o de cuerpo
entero, magullando torpemente la existencia hasta ser la imagen
más auténtica, aun que sea dentro de habitaciones vacías,
sin público, ni cumpleaños, ni horizontes.

Creo que lo grotesco no sirve ni para losas de epitafios: sórdidos
silencios me llevan a cadáveres en un País, en mi País, donde todo
es impostura. (De pronto subsidiamos hasta la muerte, no sólo
el gas licuado del semen, propuesto por el Banco Mundial,
sino la creciente asfixia del sabor: nos hemos quedado al amparo
del tiliche; tranzamos con el buhonero nuestra propia esperanza.
En los días venideros pagaremos todavía más por el miedo;
es una suerte de plusvalía este laboratorio; empezamos como amantes
del desparpajo, y ahora se derriban los barandales,
vuelven otra vez las calles envejecidas, el sol vencido en los ojos,
el tacto acurrucado en el crepúsculo. Nos volvemos escoria de la noche,
simples pabellones del susurro, melcochas de oscura ciénaga.)

Barataria, abril de 2011

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