sábado, 23 de abril de 2011

MANO VACÍA, DE NUEVO EL HORIZONTE


El centro del animal atribulado lamiendo jeroglíficos junto al poema
del cuerpo, escrito en los cartones del paisaje, deformada habitación
del aleteo, inesperados objetos en múltiples pedazos.
La mano vacía de la sombra en el abismo: búhos indigentes
en la estrella profética de la sal, oscuro candil de embarcaciones.
Fotografía de André Cruchaga




MANO VACÍA, DE NUEVO EL HORIZONTE




When that train heads home,
They're gonna be so gone gone, you aint never gonna see me
Im a gone gone, you aint nothin to me
When they shine them streets, they're gonna find our song
KINGS OF LEON




El centro del animal atribulado lamiendo jeroglíficos junto al poema
del cuerpo, escrito en los cartones del paisaje, deformada habitación
del aleteo, inesperados objetos en múltiples pedazos.
La mano vacía de la sombra en el abismo: búhos indigentes
en la estrella profética de la sal, oscuro candil de embarcaciones.
En el vinagre la nube incuba su perplejidad,
el azar siempre tiene puertas corredizas, no hay durmientes en el cielo,
salvo la sombra insípida de las promesas, el lápiz astral, absorto,
del desconcierto, el pabilo apasionado del latido hilado en el corredor
del horizonte. Los ojos no soportan la gotera reiterada
de un paisaje sin aperos,
el verano hiere los ríos de la sangre, cualquier empeño del aliento,
la imagen fugitiva del vuelo, al límite del colapso.

El escombro mantiene siempre en vilo el sosiego vital del fuego:
¿Es que siempre hay que iniciarnos en el cuaderno de la noche
como noctámbulos en un País extraño,
al pie del taburete, excediendo la propia humanidad, sombras
calladas en las rendijas de la persianas, sin salir a la calle e ir a ninguna
parte, fieles al invierno, quitando los días decadentes,
demacradas bocas de la tarde?

—Todo tiene un límite: el olvido siempre tiene extraño alfabeto;
el diálogo ha caído hasta la altura de los zapatos,
la luz, en la noche, se convierte en simple parpadeo,
al final cada quien construye su propia muerte, la negación de su yo,
las máscaras que ocultan el techo de la casa, la tumba densa
del horizonte, con sesgo, sin latidos, imposible de ser ciudad.
Hay lugares tristes como los caites abandonados en un vertedero:
de pronto oscurecen los imanes,
el guardabarranca pasa a los conjuros,
candiles mudos ruedan en la noche sobre el agotado aire de abril.

A tientas entre un ombligo oxidado, reversos del silencio,
en los dedos de la estampida o la estupefacción: hay días que,
simplemente, nos muerden con su quejido subterráneo,
lecciones de piedra sobre el cuaderno extendido de la despolicromía,
(nunca se puede vivir con desgarraduras y teatro. En el bosque
de nueves levita la claridad,
la luciérnaga quemada en los cabellos, el relámpago solar
del pecho, el tizne en las líneas trazadas del horizonte, la muela
cordal cincelada en la encía, las aceras respirando cuerpos sucios.
Ha llovido oscuridad desde entonces. La duda no siempre constituye
alternativa para las deliberaciones, ni el punzón sustituye
los espejos: a menudo debo pensar en las excentricidades,
asumir el hecho del exilio como síntesis, guardar el equilibrio
contando corcholatas, de modo tal que mi mente esté ocupada
para no caer en la trampa de lo improbable.)
De pronto, a la noche tengo que buscarle otras hipótesis…

Barataria, abril de 2011

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