domingo, 29 de mayo de 2011

EDAD DE LAS PALABRAS


Si me remonto al absoluto, sabré que tienen la edad de los relámpagos
de mis ojos; siempre hubo fronteras despojando los poros,
candiles de piedras y yermos. Y aunque estoy ileso,
a menudo han tomado la dureza de las piedras, o ese tiempo
de estaciones depredadas. Yo las conocí en los postreros días
de mi infancia, pero ya antes aligeraron el viento,...
Imagen de André Cruchaga





EDAD DE LAS PALABRAS



A Pere Bessó, poeta y amigo entrañable



Acaso quede en un libro viejo
el trazo de las manos:
una línea, una letra,
como tablones de un náufrago.
HUGO LINDO




Si me remonto al absoluto, sabré que tienen la edad de los relámpagos
de mis ojos; siempre hubo fronteras despojando los poros,
candiles de piedras y yermos. Y aunque estoy ileso,
a menudo han tomado la dureza de las piedras, o ese tiempo
de estaciones depredadas. Yo las conocí en los postreros días
de mi infancia, pero ya antes aligeraron el viento, irrumpieron
en el musgo, en la ceniza huracanada del pedernal, sin la calamidad fatua
 de estos días. Supongo que también tienen la edad yerma del llanto,
la hoja interminable del semen, las armaduras de los gladiadores
y los centauros; surgieron en la madera del oído,
en el bosque arduo de la almohada, en la mesa apenas concebida,
bajo la habitación inverosímil de la rama.

Nacieron, también, ahora que lo recuerdo, de cada orgasmo
acumulado en la espiga de maíz, de aquellas puertas
de las catacumbas: de la primera gota de murmullo del dolor,
de aquellos ojos sigilosos entre la breña de benignidad unicelular;
desde entonces vengo contando las tablas del arca de la aurora,
la duración de las monedas del cacao, el pan disfrazado
de las estatuas, donde las palabras son columnas curvadas
de la voluntad del hombre. Entre cielo y tierra,
no sé si tenga importancia, a fin de cuentas, contar los años
de asedio, los malabarismos del frío, la danza entre pedernales
purificados por la sangre, el confeso límite de las parábolas,
la sal recorrida en los días ardientes del amor. Hay edades que no cuentan;
y una de ellas es la de las palabras: la palabra en cinta que desafía
todos los pronósticos, las cuaresmas talladas en la espuma,
los rostros que a menudo envejecen de sueño,
las islas del sueño que nunca tienen molinos de asombro, la libertad
que perdimos en la noche del sexo.

Con toda esta edad incesante de las palabras, escribo el poema:
los inviernos acumulados en el olvido; los tantos inviernos
del destino, las cucharadas ebrias del vértigo, el granito cansado
de sus alas arrugadas. En el estruendo de la soledad, saben jugar
al Erebo, porque el cielo se deshace con sólo el hecho de ser promesa.
Recuerdo que alguien me las dio como el pan a manos llenas,
aquí en la rotación de la tierra, recuerdo la invocación
desde las rodillas, la lanza furtiva cimbrada en el pecho,
las servilletas de la niebla en la boca, amalgama de dioses y misterios.

La verdad son tan jóvenes como la herida en el costado:
no importan los miles de años de las escaleras, las ciudades
derribadas, la columna de camellos sobre la duna, el filo
de la fisonomía que las ahoga. Yo digo que son tan jóvenes como el día
que renace cada día sobre el césped verde de las rupturas.

Barataria, mayo de 2011

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