martes, 10 de mayo de 2011

EL ESTRECHO DUDOSO DE LAS PALABRAS


Hemos inventado las palabras para darle aire al tiempo, pero no siempre
 en la boca son apacibles aguas, sino estrechos de dudoso aliento,
 alcancías de herrumbre, cerrados puños del zarpazo.
A ratos quisiera tender el pañuelo en el petate y que se humedezca
de cuerpo entero y no sólo de ojos, de otros mundos,...





EL ESTRECHO DUDOSO DE LAS PALABRAS




I Look up to the sky
and i raise my voice…
DIVINEFIRE




Hemos inventado las palabras para darle aire al tiempo, pero no siempre
 en la boca son apacibles aguas, sino estrechos de dudoso aliento,
 alcancías de herrumbre, cerrados puños del zarpazo.
A ratos quisiera tender el pañuelo en el petate y que se humedezca
de cuerpo entero y no sólo de ojos, de otros mundos,
otros conjuros como granos de mostaza,
otros pulmones posesos de agua hasta el ahogo incierto,
caminos inmolados del alfabeto.

No es que camine necesariamente todos los días por sendas estrechas,
es que la metamorfosis también tiene sus propias acepciones,
formas diversas de resplandor,
cuestas, lavanderías, jarcias, veredas que el tacto asume con estoicismo,
claridades de creciente oscuridad, y hasta secos silencios.
Balbuciente tinta ha sido cada rostro irreal de las palabras, melodrama,
despliegue de abanicos como acertijos del pino en el páramo;
adusta la materia del pólipo en la sílabas, en la cresta diacrítica
de la lengua, en el pulso desecho de la hojarasca en la ventana.
Siempre me toca caminar sobre el campo minado de las vocales rotas
de la ansiedad y las reminiscencias; y juro que todo me parece
dudoso, desde el candelabro hasta las fotografías,
desde el pájaro en la viga del firmamento, hasta el sapo cegado
en el charco del alfabeto.

Me confunde el sentido plural de los hisopos, la sinonimia del enjambre,
la ortología en comales de barro, en cambio me conforta el clítoris
del horizonte, el arrebato del esperma en la alborada de los astros,
la apoteosis de la campana morfosintáctica de los molinos,
los puntos suspensivos de los helechos
y hasta el aliento de las consonantes líquida y fricativas;
pero detesto las antonomasias y las anfibologías, y los retruécanos:
prefiero la simplicidad honda del cuerpo, las veraneras embalsamadas
en los poros, la claridad de los jardines en la hoja en blanco,
con el zumo exhalado de los arrayanes.

Prefiero el camino llano del surco, el arroyo en la cópula íntima,
que huela a tierra la espiga,
y no los artificios del ay debajo de la sábana.
Me aburren las palabras huecas, —esas que la cortesía embalsama,
para postreras unciones. Me harto de la muela cordal de lo áspero,
de ciertos miedos al ver la caducidad de las estrellas en la estaca
de la involución; me conmueven, sin embargo, los balbuceos del frío,
cuando a tiempo y germinación,
cuando la lejanía es cumbre, ebrias sienes del día,
alas donde no caben las cacofonías, ni el barbarismo del guijarro
en la garganta, ni la tozudez del durmiente sobre el riel,
ni el aire viciado de los antros a fuerza de tabaco.

Busco la sencillez de las palabras y no ese pasadizo se secretos
túneles. No la oblicuidad, ni el epíteto, no el metaplasmo,
ni las imprecaciones, el ojo encendido de escoria…

Barataria, mayo de 2011

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