jueves, 26 de mayo de 2011

EXTRAÑAS PAREDES


Allí, en la certidumbre de mis ojos, la pesadez de la caligrafía,
las extrañas cercanías de la noche en las paredes,
el calvario atardecido del afán. Una y otra vez,
los puntos suspensivos del paisaje;
el sonido macabro en la dicción del poema,
el saqueo de la conciencia al servicio del hampa,...
Imagen de André Cruchaga





EXTRAÑAS PAREDES




Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.
GABRIELA MISTRAL




Allí, en la certidumbre de mis ojos, la pesadez de la caligrafía,
las extrañas cercanías de la noche en las paredes,
el calvario atardecido del afán. Una y otra vez,
los puntos suspensivos del paisaje;
el sonido macabro en la dicción del poema,
el saqueo de la conciencia al servicio del hampa,
dormido el sol mientras las sombras caen en el tapete oscuro
del granito. Siempre resulta extraño caminar
a través del humo del cigarro, recoger colillas de las aceras,
descifrar el sufrimiento en las paredes: todos los muertos juntos
 en extraña jerarquía; todo el alfabeto en la ciénaga de la sangre,
los canastos de los días festivos, las querencias sin páginas
bien escritas, lánguidos mapas
sobre la ladera de la monotonía: todos los asesinos absueltos
a mansalva, el milagro de la tinta en manos aviesas.
(Todo como jabón de la incertidumbre, oradores inverosímiles del insulto;
depredadores al trasluz de los sombreros. Todos los días se han vuelto
 extrañas pústulas, mudos herrajes rotando en los suburbios, hundidas
 alegrías en el estallido de la violencia.)
Ahora es la incertidumbre la única certeza para abrir las puertas;
de hecho nos hemos acostumbrado a pasear de la mano con la zozobra;
simplemente el silencio es la respuesta como modelo de precaución,
de defensa ante el vocablo mutilado;
antes fueron otras armas secretas para robarnos la tranquilidad:
la capucha, el recorte de uñas con navajas, los choques eléctricos
en los testículos; ahora es más elocuente la tortura,
porque el sólo miedo es la evidencia aberrante de la muerte:
nadie está ileso. Nadie sabe si preservará la placa postiza,
si conservará los dedos, las manos, la cabeza o, simplemente,
los zapatos para los museos posteriores de antropología forense.
Muchos rasgan sus vestiduras, pero pare de ese despeñadero oscuro
donde las gaviotas se han vuelto aves de rapiña y las aves de corral,
señuelos de la medianoche.
Para tales efectos de seguridad ciudadana, invertimos el erario nacional
en circos; fundamos ciudadelas para la iniciación mesiánica;
pintamos la medianoche con látex, barremos la agonía de los parques,
subimos al subibaja y al tobogán de los Mass Media, Newspapers,
 Electrical telegraph, Movies: así nos olvidamos del asesino,
del terror público de las mentiras.
Un día disertaré sobre la distribución equitativa de la perversión,
aunque desde ya advierto los peligros de transitar en este laberinto.
Lo cierto es que nadie ignora, a la hora de la siesta,
verse invisible entre el ornamento de las paredes, entre el olor aterido
de la muerte, entre los apagados candiles del lenguaje oscurecidos
por la tempestad. Lo cierto es que así caminamos con este sopor
magnánimo del moho, sobre las losas, dentro de estas extrañas paredes.

Barataria, mayo de 2011

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