viernes, 13 de mayo de 2011

EXTRAÑOS DÍAS Y CAMINOS


Todos pasan, en el sendero de los días, los caminos extraños
de la desesperación y la neblina; los ojos en racimos de las ramas,
los ruidos que traspasan la ventana amanecida del pecho.
Resultan extrañas las palabras inútiles, las palabras fatigadas
de los ciegos, los cementerios vacilantes de la noche,...
Imagen tomada de la red




EXTRAÑOS DÍAS Y CAMINOS




When the still sea conspires an armor
And her sullen and aborted
Currents breed tiny monsters
True sailing is dead…
DOORS




Todos pasan, en el sendero de los días, los caminos extraños
de la desesperación y la neblina; los ojos en racimos de las ramas,
los ruidos que traspasan la ventana amanecida del pecho.
Resultan extrañas las palabras inútiles, las palabras fatigadas
de los ciegos, los cementerios vacilantes de la noche, la lluvia caída
en el sombrero del gemido, pupilas inmerecidas en el viento.

Caminamos, hoy, bajo desiguales tiempos y caminos:
roncos paredones de polvo y granito,
cuerdas de amordazadas arrugas, disfrazados adhesivos en la cicatriz
del cuerpo, ciegos cristales revelados en el frío;
en los dientes expande la saliva sus mortajas, —cada sonido de la vida
es sombra agitada en el paladar, secos crujidos astillados en los poros,
en las patas postizas de la mesa, en el catastro del escalofrío,
días cuando menos castrados en su caligrafía.

(Nada es tan incierto como la sangre reprimida: ojos humanos
en la distancia, sombra del grito devuelta al grito,
ajustadas veredas a los zapatos, zumbidos de ronco talpetate.
Nada es tan extraño como saberse vivo, en medio de tanta hojarasca;
huraño el vuelo de las clarividencias,
las ramas oscuras del reloj en las sienes, las horas sobre los setos
de las sombras: cada vez se vuelve más extraña la nostalgia,
los días que no figuran en el calendario, cualquier altura crepuscular
de las palabras, en los horcones negruzcos del aliento.)

—Vacila el polen sobre el puñado de pétalos: es como si el gemido
saliera del horno de la molienda y mordiera y adueñara de los ojos
como el vaho que dejan los pabilos en el cielo.
Siempre resultan extraños los días con barrotes, los alimentos
sin mesa, las quemaduras que no duermen y arrastran la memoria
por ríos de nudosas piedras,
—sombras podridas los caminos de la aurora, la piedra que madruga
en el pecho, los bejucos de tristeza como viejas manos
enredadas en el espejo mudo de la ceniza.

¿Hasta dónde llegaran estos días de gastado disimulo, recipientes
tardíos del atuendo,
rostros colgados de la escalera carcomida de las pitahayas,
dólmenes humanos de tristeza, por donde el instinto sube como bulto?
Después de todo, en vez de huir nos acoplamos a la danza macabra
que la humanidad nos devuelve en circo;
así llegamos a la puerta de la noche, al vestíbulo de las cerraduras,
al sigilo que suspira entre la maleza: huele mal cualquier sollozo
cuando la sal evapora la saliva,
cuando la tarde es sombrío tarro de calabazas hacinadas
en el rincón de la lengua, en la lejanía humana de la frescura.

Uno se acostumbra a ver rodar la sangre en las calles como simples
Canicas, como esos días de modorra en Comala…

Barataria, mayo de 2011

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