jueves, 12 de mayo de 2011

MONÓLOGO DE LA SOMBRA


Camino, alado alrededor de mi propia sombra, oscuras palabras
brotan de la almohada, viajero doméstico en el ámbito del búho:
me observo cada vez que amanezco vivo, bajo mis pies, la intimidad
del suelo: estoy aquí, fiel al calendario que me ha tocado vivir,
hasta que amanezca otro día sobre el libro de las embarcaciones
que me contiene. Es largo este camino de deshoras;
Imagen tomada de la red




MONÓLOGO DE LA SOMBRA




…todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA




Camino, alado alrededor de mi propia sombra, oscuras palabras
brotan de la almohada, viajero doméstico en el ámbito del búho:
me observo cada vez que amanezco vivo, bajo mis pies, la intimidad
del suelo: estoy aquí, fiel al calendario que me ha tocado vivir,
hasta que amanezca otro día sobre el libro de las embarcaciones
que me contiene. Es largo este camino de deshoras;
río abajo las cosas cambian sus destellos,
sé de los tejados asidos a los cuartones, al entrecruce de vigas,
a los horcones descompuestos que sostienen mi nuca.

Ahora que recuerdo, dupliqué infinitas veces mi costado;
de cada costilla emergieron sombras, cambios de piel y solitarias
palabras y abandonos y calles demacradas, con ojeras espeluznantes.
Además de pernoctar sobre la hojarasca, que otra cosa
me prodiga este solitario acorde de melódicas,
esta hamaca herrumbrosa de la metafísica, años de sombras
invadido como la arcilla agrietada en los zapatos.

Me hundo cubierto de piedras en el escombro: en las escaleras
siento la evidencia del mundo,
trepo en las imágenes de mi propio olvido, en las sombras, una a una,
que habitan los sueños.
Platico con la ceniza que se va formando en las bóvedas;
días donde sólo grita la poesía, las sombras apenas se ven en el espejo
que escapa del agua diseminada de la espera;
todo es tarea de los caminos y las aceras: aquí mi propia sombra
escapa del pesebre, del cristal oscuro de la lluvia en sienes.
En mis sueños vacilan los féretros con sus dosis de sal,
es evidente la avidez de las ausencias,
la bruma de la caligrafía en los muros de las pupilas.

Hay días donde me detengo a presenciar los quejidos del alma,
rumores del otoño necesariamente en el aliento: lo sé tras la sombra
que me prodiga, sombra interminable en el musgo,
madrugadas de hielo en la intemperie de las raíces, como aguas
de amarga tristeza.
Hablo mientras las distancias juegan en mis ojos. Oigo la insensibilidad
subiendo por los dedos, envejezco en esta puerta del tráfico,
aquí, de qué sirve el silencio y el disimulo, las escaleras, los atuendos
de viaje, si la sombra me depara otros derroteros.
La duda me ha sido solvente patrimonio: he dudado del suelo
y del plato sobre la mesa, del que enarbola banderas, de las imágenes
a colores, a veces del sollozo incierto que lame la brisa.

Siempre he resucitado de los pantanos ciegos, de la piedra que abre
el entrecejo, hasta volver puño la materia.
Si alguien me alumbró cada día, fue mi propia sombra: la misericordia
de mis pies, la voracidad del matorral en los poros,
este platicar conmigo mismo a lo largo del camino.
Llueven honduras en mi alma, dadme ya el descanso, mi propio
follaje con los delirios perennes de la piedra…

Barataria, mayo de 2011

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