lunes, 16 de mayo de 2011

RASGADA VESTIMENTA


Me sobran los esparadrapos debajo de la ropa, el tiempo
acumulado que en mi carece de mediciones fortuitas,
los espasmos de la lluvia sobre el césped, los dioses que sobran
en la mesa, el nudo hecho con las roturas del cuerpo.
Llevo abiertas las venas de la última noche, —el cuaderno donde
he dibujado repetidamente la muerte;...
Imagen: Redondel 25 Av. Nte. San Salvador, de André Cruchaga




RASGADA VESTIMENTA




Aire roto de pájaros
baldíos de la tarde que acurrucan sonidos.
RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN




Me sobran los esparadrapos debajo de la ropa, el tiempo
acumulado que en mi carece de mediciones fortuitas,
los espasmos de la lluvia sobre el césped, los dioses que sobran
en la mesa, el nudo hecho con las roturas del cuerpo.
Llevo abiertas las venas de la última noche, —el cuaderno donde
he dibujado repetidamente la muerte;
el nido del olvido que carece de pensamientos,
esta porosidad calcinada de mis huesos, que no tiene sostén
y sucumbe a las aguas planetarias de los durmientes.

Callo ante el golpe del harapo en mi espalda: cada respiro asume
el sabor del moho, la viga apolillada del sueño, la gangrena del bramido,
cuando apenas la aurora salta de su pedestal.
De pronto sólo han quedado lupanares para divertirse: —el martillo
de la orina carcome el olfato; no he visto alacenas para la felicidad,
sin o lugares de astuta defecación.
Improviso trompos y piscuchas, lenguajes menos marchitos,
fuegos artificiales para ver las estrellas de la noche, otras historias
sin moscardones, otros niños que no jueguen a la amargura;
pero no siempre se puede socavar la miseria, ni callar los petardos
de la porfía, en los guacales quebrados de la sed.

Voy de aquí para allá, calcinado junto a los tiestos del poyetón de barro.
El azadón de la fe no absorbe al enemigo,
ni cataloga la piel cesante de los juguetes infantiles;
nunca fue fácil catalogar las migajas con la piel, ni aprender de labios
ausentes, el catalogo de las hormigas en la delgadez de la lengua.
Una y otra vez he escrito epitafios en el remolino de cuchillos,
en la siesta del hollín,
y hasta en la lección diaria que aprendí de los guijarros.

Detrás de cada abrazo hubo furtivas uñas,
—ahora lo recuerdo tras el quejido de las sombras, tras las tildes
rotas en las vocales, en el arcano que parece una meretriz de pueblo,
y no de ciudades cosmopolitas, cuya sombra tiene otros matices.
En los dedos no caben ojales rotos de silencio:
el espejo se ha llenado de de botones ahogados, abanicos rotos
y gargantas de llaves grises.

Ha llovido cuarenta noches en el sombrero de los astros.
En esta última vez, se apagaron las campanas, la dicción de las rodillas,
los ojos también del alfabeto; solo queda el peine sin cabellos,
la saliva en los manteles,
los semáforos sin colores, la explosión de los años equivocados,
la salmuera como una multitud de nudos,
y estas manos mías atardecidas en las baldosas de la intemperie.
Desde el reloj de llegan los bostezos de las ojeras:
todas mis vestimentas han dejado de ser follaje para convertirse
en un sol enroscado de crepúsculos…

Barataria, mayo de 2011

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