martes, 17 de mayo de 2011

RELOJ CALCINADO


El reloj ha dejado de ser palabra con balcones; ahora tiene escapularios
de telarañas, sombras malolientes, entrañas de absurda angustia.
La sordidez ha llegado al punto de las enredaderas, a la rígida
embriaguez de la ceniza, al aire purulento del quebranto; la imagen
del reloj escarba en los epítetos de la saliva,...
Imagen de André Cruchaga (Redondel 25 Av. Norte, San Salvador)





RELOJ CALCINADO




There is something in the way
You are always somewhere else…
APOCALYPTICA




El reloj ha dejado de ser palabra con balcones; ahora tiene escapularios
de telarañas, sombras malolientes, entrañas de absurda angustia.
La sordidez ha llegado al punto de las enredaderas, a la rígida
embriaguez de la ceniza, al aire purulento del quebranto; la imagen
del reloj escarba en los epítetos de la saliva,
en el sordo travesaño de la duda.
Después de todo, las aguas de la herrumbre también devoran
la entraña de los pavores, las tantas manos que tiene el bregar en tierra,
los témpanos de sal desafinada en las pupilas,
e inclusive la dentadura rota de las bisagras en el Vía crucis
del estupor; de pronto me parece obsceno que el subconsciente
destile extrañas aguas sin trascendencia,
desvelos innecesarios, sedantes de colmada oscuridad, verjas oxidadas,
trastos apolillados por la canícula,
demasiados ojos superpuestos en el humo, como si importara
el barro roto en el baldío de las puertas.

Nada tiene sentido cuando la edad se ha convertido en un vestigio:
Cuando los almácigos han arqueado los balcones,
y los deseos se enemistan con ciertos olores.
Al final, nadie sabe el final de las ventiscas, roto el mentón, escupiendo
miseria, esperando la pulsación de los tiliches, el diluvio de la náusea,
el vómito que se escapa de la lluvia, --de la lluvia ácida de las aceras;
nadie sabe qué hacen las hormigas en los escapularios,
sobre el humano reloj decrecido en la balanza del déspota,
el náufrago petrificado en la espuma,
los animales domésticos que cohabitan en el lecho del chorro de agua
de la mendicidad del sueño degollado en la alevosía.

Siempre me toca pesar en gramos el desvelo: dormir con el disfraz
de los mercados, lamer el vaho del estupor,
reír en el juguete deseado de un niño,
morder la mata de majoncho de la impudicia, escribir hoy que está
de moda en las paredes, ciertas consignas con cuchillos.
No siempre es fácil deletrear los centavos tirados en la calle,
cuando las carretas retuercen el pavimento,
o la suciedad nos conmina en presencia absoluta del hambre.
Por más, uno no aguanta los dedos magullados por la piedra del gruñido,
por el infierno de la cebolla descompuesta, por las últimas luces
que acompañan a las sepulturas.

De cierto, en el moho se han perdido los manteles: hay melódicas
rotas como candelabros en este reloj sin ninguna fotografía;
yo me he dado cuenta, después de ver cómo se quema la vida,
y se hiende la ansiedad en el cielo,
y se pierden los remiendos, y susurra la palabra encorvada hasta
sangrar en el cuarto oscuro de la conciencia, en el tanteo
de tanto jeroglífico muerto en el cuero de la aurora.

Barataria, mayo de 2011

2 comentarios:

Leticia dijo...

Abrumadoras imágenes poéticas.
Desde el alféizar de mi ventana veo pasar a la poesía... de la mano de André.
Un beso poeta.

André Cruchaga dijo...

De verdad que te agradezco, querida poeta Leticia, por tu generoso comentario. Lo aprecio en toda su justa hermandad.

Un abrazo, y mis mejores parabienes.

André Cruchaga