lunes, 31 de enero de 2011

FRAGANCIA INAGOTABLE


Todos emigramos obsesionados hacia el muérdago del calendario.
La avidez resulta un comensal exigente, cuando la suave hondura
de la inmensidad, inagotable, nos asiste en la fragancia
secular de los espejos y el aliento;
el pétalo rojo sube a la brisa del pájaro, cárdeno el cierzo
acrecentado en la boca, el alto árbol de la luz sobre la frente.
Fotografía: Paolo Neo


FRAGANCIA INAGOTABLE





llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
JAIME GIL DE BIEDMA




Todos emigramos obsesionados hacia el muérdago del calendario.
La avidez resulta un comensal exigente, cuando la suave hondura
de la inmensidad, inagotable, nos asiste en la fragancia
secular de los espejos y el aliento;
el pétalo rojo sube a la brisa del pájaro, cárdeno el cierzo
acrecentado en la boca, el alto árbol de la luz sobre la frente.
Hoy, la sequedad no tiene cabida en medio de las sábanas:
la voz no tiene duelos, ni las lámparas en aguarrás de los siglos;
levanto el vuelo con el volumen de los párpados,
escribo sobre la serpiente del acantilado,
busco los rieles de los muslos, el ojo muerde el tránsito:
separo los epitafios del aserrín de las entrañas
y dejo que los ríos transcurran con su estrella ceñida a las sienes.
Cuando la avispa del reloj zumba en los eructos,
todo el universo alado se prende de la boca: (vos, sin duda,
prendida al rojo de los sombreros,
al acto azul del degüello orgásmico, al paraguas engendrado
con paciencia en la alacena de los jardines.
Vos y sólo vos, piel con todas las esferas del estruendo, con el subibaja
precipitado del embeleso,
entre el azúcar del sueño y las gradas de sudor del sexo.)
Se me antojo hundirme en mis propios olvidos: encerrar el País
de tu piel, guardar en una alacena las caricias para los días de hambre,
—transcurrir, luego, en los aleros, en el tren del polen,
en el perejil de la sobrevivencia,
en la acequia del embeleso, en la efemérides ilimitada de las colmenas,
en fin, en este aire envejecido de mi propia angustia.
—Hoy, frente a la ruina y el miedo consuetudinario, dispongo
de la complicidad del buen aliento: la sábana abarca las dos sombras
de la noche, envuelve el tropel del frío:
los muslos ascendentes y confesos de la resurrección.
Está, pues, hecho el sueño. El cataclismo es un juego de poros;
nace el trote en las ventanas, el trote del arcoíris en las consonantes,
la mesa obediente de la risa.
Todo se hace traje de cierzo: juego de barriletes en la sangre;
obsesa confidencia, historia erguida en la victoria.
Al final, siempre gana el folio del sol en su propio ardimiento;
El agua descalza en la liturgia de saber que la vida es ir reescribiendo
El propio candil de las luciérnagas en cada latido.
—Desde el principio supe que la ráfaga es el cuaderno abierto del karma.

Barataria, 30.I.2011

viernes, 28 de enero de 2011

CERTEZA DE LA NIEBLA

 Es patético el pensamiento bajo sombreros de tul: así se confunden
las grietas del paisaje,
los días rotos de las cacerolas,
el ansia del gotero como un ornamento de cuidados intensivos;
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CERTEZA DE LA NIEBLA





Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de los sueños
enroscaba mi osamenta…
DYLAN THOMAS




La niebla nos cobija como una brújula desollada en el costado;
la zarza nos come desde la pira de los inviernos: de cabeza a pies
somos náufragos, señuelos del azufre: sólo nos alumbran
los caballos de las sombras, la embriaguez de los escombros,
los juegos sin inocencia de la política criolla;
escondemos las palabras transparentes en espejos nublados
de pulsos y botones atados al número ciego de las llaves.
Es patético el pensamiento bajo sombreros de tul: así se confunden
las grietas del paisaje,
los días rotos de las cacerolas,
el ansia del gotero como un ornamento de cuidados intensivos;
(ahora resulta que la ignorancia tiene título académico
y se nos vende en trocitos el canibalismo: los jardines artificiales
de la carcajada: hay hasta manuales para retornar a la prehistoria,
al fuego con hojitas de guarumo,
a la chamiza de las sábanas sobre el aliento. Delante de nosotros
está la carreta y no los bueyes; la conciencia cercenada del ala,
todas esas cosas que hacen a la corrupción, un montículo
de techos derruidos y brebajes insólitos.
Nunca se sabe cuándo llegará la carcoma de saliva de los perros
a nosotros; pero llega: arde la valija de las soledades,
el rocío desvestido en las pupilas, aquel monólogo de las sillas
sin espaldar, la tercera edad de la genuflexión orgásmica,
el calendario avieso de las efemérides,
la respiración con candados y colillas y frigoríficos para preservar
el disfraz de todos los días para que no malogre todo, el calentamiento
global del hambre: las sondas ideológicas de la devoción,
el tifus del poder con íngrimas túnicas.)
Arrecia el campo de batalla sobre el asfalto. Hay gozos de profunda
estupidez; hay feligresías de obcecados rascacielos
en un País de tatuajes consuetudinarios, en un País sofocado
por el azogue y las tijeras sesudas de la noche.
Hacia dónde nos lleva la intriga, el tráfico de influencias, la obtusa
aplicación de la ley, la audiencia nocturna de los gánsteres,
el aire tragado en cucharitas de plástico? —duele la caries del País,
duele la alegoría del motate y el torogoz dibujados en la cartulina
de los actos protocolarios,
en las luciérnagas inasibles del sueño,
en la joroba degastada de las ideas, en la tortilla quemada del agobio.
Duele la condición de circo de los relojes, la nube mimética
de los tomates, el desvelo transversal de los güisquiles,
los inodoros ecológicos sobre la tumba de las luciérnagas;
duele el filo de la cárcava anillada con chupamieles para el álbum
fotográfico; duelen las paredes oxidadas por la penumbra
y la almohada al borde de la servidumbre…

Barataria, 24.I.2011

jueves, 27 de enero de 2011

MUSEO DE LA RISA


De pronto, sin libertad de conciencia, nos hemos convertido en museo
de la risa, morosos perfumes de la sed y los sueños;
ahora se difunden las mentiras como cucharadas de azúcar:
en las manos de cada día, hay apretados becerros de oro,
y nodrizas para dictaminar el suicidio colectivo.
Fotografía: Jon Sullivan



MUSEO DE LA RISA




El Más Allá no me concierne. Me quedo aquí.
THIAGO DE MELLO




De pronto, sin libertad de conciencia, nos hemos convertido en museo
de la risa, morosos perfumes de la sed y los sueños;
ahora se difunden las mentiras como cucharadas de azúcar:
en las manos de cada día, hay apretados becerros de oro,
y nodrizas para dictaminar el suicidio colectivo.
Alrededor de medianoche, los relojes vacíos de pájaros; el caos
como sabia infusión del granito, los relojes sumidos en la bifurcación
de los vados, la crisis cotidiana: monotonía del júbilo,
esbelta lengua en la siesta de la fatalidad.
Nos muerde la avispa de la ceniza, los días fatídicos del grito,
el desnivel de los abrazos sin manos, los peces atropellados del vocerío,
—esta dura distancia a la planicie del día.
(Hemos soportado todos los vejámenes posibles, las esquinas
del círculo de la respiración; caminamos con la vena rota de las calles,
ensayamos plenarias para bodegas de grises;
nos muerde los pútrido de un mango maduro, el pulmón carcomido
por los tuétanos, el carcinoma de la ansiedad multiplicada
en frascos de jarabe, los comunicados de prensa con sonrisas
socarronas, la estulticia plenipotencia de los atriles.
Cada vez la risa se convierte en museo: el ceño es una cárcava
de apretadas bartolinas;
el País es un desvarío del tamaño de la Vía Láctea: son todos
los kilómetros de tristeza cumulada los que desaliñan la luz de los días;
no hay semanas asequibles para los peatones,
acaso disponer de la turbiedad oscura de la cama.)
cuando el aplauso, pensamos en calendarios menos indolentes;
ante el desamparo, pensamos en la complicidad de la compañía,
en otro destino sin tedio
y sin asedio de mazmorras; no pensamos en este cataclismo, sino
en el bien ascendente de la ruda, en el aliento con puentes sin fatiga,
en escaleras de perenne congruencia.
Y tal vez, en un benévolo desvelo.
Pero no ha sido así: a la mesa asciende el muñón de los espectros,
el mismo discurso articulado en reuniones secretas,
el rococó de las palabras, el follaje adusto de las azoteas,
el embuste de los absurdos,
las fábulas de Esopo o Lafontaine para moralizar la infamia.
(Por todo, nos hemos convertido en esa especie de museo:
sobre el mantel del País, el barullo, el estío con sus ruidos de sed,
la máquina violenta de los desgarramientos,
los lentes antisolares para ver azules las nubes,
la vocación de jugar al zigzag de la claridad, la Esperanza del tamaño
de un grano de mostaza, el horizonte sin salvar las parcelas
necesarias del aliento…)

Barataria, 24.I.2011

martes, 25 de enero de 2011

PALPITACIÓN INHÓSPITA


Caminamos en medio de huraños e inhóspitos sueños: las llamas
del naufragio muerden el pecho; a menudo son ilegibles las aguas
de la demencia, cuando el ventarrón de los orgasmos es póstumo,
y las aceras se vuelven claveles iracundos;
(algo me dice que el reloj tiene dunas inefables: ramas
de atávico escepticismo, negaciones no necesariamente dialécticas,
manojo de costuras como un oráculo incierto),
Fotografía: Jon Sullivan



PALPITACIÓN INHÓSPITA




Caminamos en medio de huraños e inhóspitos sueños: las llamas
del naufragio muerden el pecho; a menudo son ilegibles las aguas
de la demencia, cuando el ventarrón de los orgasmos es póstumo,
y las aceras se vuelven claveles iracundos;
(algo me dice que el reloj tiene dunas inefables: ramas
de atávico escepticismo, negaciones no necesariamente dialécticas,
manojo de costuras como un oráculo incierto),
que rompe con el bosque de los minutos.
Algo me dice que las puertas desclavan aldabas fúnebres;
y que el País sigue siendo un anhelo en la garganta.
En los ascensores extraño el eco de los candiles: —el pulso agoniza
en el agua de las miradas, números ciegos sube el nivel
del vértigo, y la sal cristalizada en los sombreros.
Por cierto que la aridez, no tiene ropa ni ornamentos, salvo el aliento
seco subiendo en triciclos las horas difuminadas de la hojarasca.
La publicidad perdió sus trozos de piñata;
el aliento trituró sus propia dulzaina, la bonanza insomne del humo,
el bisturí apabullante en el aire;
de pronto miro, con estupor, ciertos brebajes insólitos: el cuaderno
de la intemperie sin ninguna guitarra, los crímenes, las estadísticas
de los muertos en papeles corroídos por la desidia,
los esparadrapos en el rocío,
ciertos monólogos apocalípticos sobre las aceras como neumáticos
gastados, manchados de tiempo y sopor.
Uno nunca sabe qué vendrá después de esta violencia galopante:
—cualquier ventana que se vislumbre se torna profética;
cualquier oscuridad es mejor que esta raja de ocote desteñida
por la sangre, sórdido peldaño de persianas,
resabios de pues de la hoguera que nos muerde hasta los tuétanos.
En un momento el paisaje adusto eriza los poros:
cuelgan en la conciencia los hilos rotos de las palabras, el machete
de la injuria, los fines de semana sin alambiques,
el “sálvese quien pueda” del insomnio, de la persiana rota del tatuaje,
junto a la sequedad de las paredes.
Vivimos en la obsesión más profunda del éter: el ojo desintegrado
nos acecha con ese galope adusto de los cuervos.
Al final, ni siquiera la espuma tiene reposo en el pulso de la lengua;
ni siquiera las tijeras, las alambradas, los signos zodiacales,
la brea del espejismo, los racionalismos a ultranza,
las fábulas y las parábolas que nos consumen en el catecismo.
(Al final, sólo nos queda, después de santiguarnos entre las moscas,
Seguir la misa de esta palpitación inhóspita como si nada pasara,
Como si todo fuese al olvido, incluso la anemia y los dogmas.)

Barataria, 22.I.2011

domingo, 23 de enero de 2011

INVASIÓN DE LAS COSAS TERRENAS


Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.
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INVASIÓN DE LAS COSAS TERRENAS




Los espejos, de pronto las obscenidades; la imagen lasciva, perversa
del rostro cotidiano: (la memoria no me deja escapar de tanto parto
genocida, de la ficción doliente que nos destruyen con absoluta
frivolidad; toda la oscuridad ciernes sus dientes: la noche fija
de los muebles arrebatados, el rapto de la felicidad, el éter de la sangre
sobre el césped sin ningún indicio de erotismo;
palpita la obsesión por los Ángeles: la sábana aletea en todas
sus transpiraciones sinuosas.)
Nadie escapa al fogonazo de la orina en las calles. A la estrechez
del plato de comida de la semana, al fuego inflexible de los difuntos
en la ventana, a tantos días de zozobra;
nos harta el diario trajín de las cantinas, la axila del aullido
sobre los alelíes, el escenario de las calles sin escrúpulos, ni escaleras,
para salvar los pies de la fanfarria del cieno.
Las ventanas se miran con la pestaña postiza del ojo artificial;
esto incluye cierta dosis de trompetas,
y fósforos de éxtasis para ver a medias y de rodillas el abismo.
Nos inventamos los racionamientos de energía para que prevalezca
la pusilanimidad de los zapatos;
desnudamos las palabras para sacralizar los prostíbulos.
Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.
Me come la falta de antisépticos bucales y la modorra del humo
en los relojes, la sequías en los escondrijos de la piel, las décadas
de tristeza en mi almohada,
el petate roto de las sílabas, la espina dorsal torcida hasta los tobillos,
el agua hasta el cuello de las campanas,
los senos dolientes de los muelles sin resuello ni alicientes:
(me embriago de sombras y habitantes extraños cada vez que la calle
me reclama, —cada vez el cuerpo y la mente son posesas contradicciones
en un olfato de asfixias; cada vez Heráclito se equivoca
en la bienaventuranza, y en cambio emerge el destello de la arbitrariedad,
los chorizos del viacrucis, los focos oscuros de las moscas,
el tacto sin ventilación de los cosméticos,
la prehistoria de los artificios en los candiles,
la canela convertida en un falso olor, los huesos de las clavículas,
los meses gordos del pus,
la alacena voraz de las vacas flacas, la pesadilla de las ignominias.
Cada vez soy menos cierto en esta turbiedad del desenfreno;
Cada vez me falta azúcar en la oscuridad,
Cada vez es mejor haber dicho anticipadamente todos los adioses
Para no esperar la última hora perturbadora del carbón.
Hoy me invaden, desde su claustro de intemperie, toda la liturgia
De mi propio matadero…)

Barataria, 20.I.2011

sábado, 22 de enero de 2011

CONCIENCIA DEL INSTANTE


Sube la conciencia, plena, en el conocimiento del instante: siempre
hemos sido seres efímeros, seres con los tobillos devorados
por las espinas del aliento.
De pronto nos encontramos con la ponzoña invadiendo la almohada,
con un almácigo de candados en la respiración,
la ruina y el túnel en las paredes del espejo, la colmena arrebatando
la piel, la habitación oscura de las alacenas.
Fotografía: Jon Sullivan



CONCIENCIA DEL INSTANTE




Sube la conciencia, plena, en el conocimiento del instante: siempre
hemos sido seres efímeros, seres con los tobillos devorados
por las espinas del aliento.
De pronto nos encontramos con la ponzoña invadiendo la almohada,
con un almácigo de candados en la respiración,
la ruina y el túnel en las paredes del espejo, la colmena arrebatando
la piel, la habitación oscura de las alacenas.
En un instante, minúsculo, avieso, los cerrojos hasta el cuello,
y los cuervos mordiendo las postales,
el homicida en nuestras palabras, las mismas sombras de siempre,
las sombras agridulces en la boca, la flama tropezando con la sed.
El fango suelta sus axilas, ahí, en la desnudez del pecho;
mete sus graznidos en el olfato, empuña el destino,
con sus huesos de odio.
A cada instante nos llega el horro hasta el cuello: a menudo
con saco y corbata; otras veces, hundido en los pies descalzos,
en la rama crispada por el viento, en los nombres comunes y corrientes;
—juro que uno pelea con múltiples telarañas.
Los alfileres están a la orden del día, como los muertos hinchados
en el féretro con sus pañuelos desvanecidos;
juro que la barbarie a menudo es disfrazada de árbol,
juro que la esperanza no es terciopelo, sino el disfraz de los deseos.
(Después de tener abundancia de campanas, —vos y yo— lo sabemos:
en cada susurro nos dan a tomar cucharadas de miedo;
en cada aspirina, crucifijos de feroz arrullo;
y cuerpos degollados por la nicotina, e ijares con peces de asfixia.
Ya nada nos es extraño en esta polución de soledades, devorada
imagen de los relámpagos en el aguacero de la cara.
Ahora tenemos conciencia de los páramos: de los ventarrones
compartidos, de la media luz de las sábanas,
de los corderos del tamaño del alfabeto que son devorados
Por la oscuridad de las telarañas.
Nunca hubo tanta claridad en este instante de apologías: manteles
sin comensales, castradas tortillas del cierzo,
espejos de incrédulas camándulas, noches sin tregua y ceñidas
a la asfixia perenne de los ascos.
Hoy es más clara la caricatura de la alegría: la jaula degollada del día,
el hallazgo de pañuelos en promontorios de guacales rotos,
el pellejo raído de los meses,
la lectura oscura de las monedas, el amén interrumpido de la preñez,
el hollín en los vasos con agua que beben los niños,
la danza macabra de las heridas a flor de piel, la desnudez del pulso
esta fatiga de horas que no encuentra resquicio.
Hasta hoy tenemos, —vos y yo—, conciencia de este fétido instante:
El insomnio es absoluto en los ojos de la noche…)

Barataria, 18.I.2011

miércoles, 19 de enero de 2011

FRONTERA DE LA AGONÍA


Me muerde el aire sangriento de los miedos. El aire de los gastados
telares del vértigo, el abanico entumecido de la transparencia,
la insania cargada en los hombros, la vena rota: espeluznante
sed por el aleteo oscuro de la sal.
Las puertas dan pavor frente a las campánulas; los nidos de la saliva...
Fotografía: Jon Sullivan



FRONTERA DE LA AGONÍA




Me muerde el aire sangriento de los miedos. El aire de los gastados
telares del vértigo, el abanico entumecido de la transparencia,
la insania cargada en los hombros, la vena rota: espeluznante
sed por el aleteo oscuro de la sal.
Las puertas dan pavor frente a las campánulas; los nidos de la saliva
nos comen los poros; en los folios de los muros no se escribe
con legibilidad, ni la tinta azul penetra en los pájaros.
Dentro de las luciérnagas los relojes desvelan su traje cansado;
las pupilas parpadean en la frontera del sueño:
—sé que la perplejidad es a menudo un paisaje moribundo, donde
solo caben sigilos y desazones,
mares de confusas bufandas, vitrales de frío,
aullidos que no comen los arcángeles, aliento de portentosas uñas.
Necesitamos rollos doble hoja de papel higiénico y listerine,
para limpiarnos las promesas, los dedos después de tocar los murmullos,
las grietas cultivadas en los invernaderos,
y hasta el orgasmo del asceta en su clarividencia.
Siempre nos mordemos en esa jauría del adobe: la oscuridad
es la brasa diaria de los alfileres, el cuaderno de todos los días,
la ofrenda puesta en el atril de los sueños.
Hoy por hoy, nada nos conmueve: vivimos días de obediente extravío,
mazorcas de purulenta sangre,
vinagre de patética mensajería, retretes de pésimo oleaje,
paisajes que no caben en la cordura, ni en el plato de comida.
(Nos toca, a vos y a mí, descubrir las bondades del esperma y el engrudo,
la armonía de las llaves en el perfume de los pétalos,
intuir en la siembra, la cosecha feliz, armar otro calendario,
sin los comensales frecuentes del horror,
desinfectar el trino,
fundar otra luna de miel en la dulzura, —quizá así, sea vivible
la neblina, el desierto, esta agonía puesta en las tejas de la luz.)
Por ahora debemos controlar las ansiedades, ese minuto eterno
de las vigas, los ojos curvados de gargantas;
y hasta el césped que muerde el barco de la memoria.
Nos toca sonreír en medio de sinnúmero de párpados gastados, baja
la cabeza, para que las costillas no duelan;
nos toca beber el mugido de las baldosas y las axilas de los mendigos,
el futuro del respiro en latas de aceite, el aire en cucharadas
de gritos, tu pubis al borde de las cárcavas;
en las calles, los perros despiadados de las axilas, el tráfico sordo
de los recién nacidos, la hormiga de las vocales en los dientes,
el escorpión de las uñas como un collar rugiente,
la amenaza en el retrovisor de la espina.
Nos toca caminar leguas de cansancio, —así, como nómadas en el espejo
Quebrado de las aguas. Así, en la alegría inaccesible, en la frontera
Que nos abrasa con el ceño de granito enfebrecido.

Barataria, 17.I.2010

martes, 18 de enero de 2011

INTENSIDAD AVIESA DE LA SED


A menudo me soy inasibles los caracoles en la boca. El asfalto
que deshace mis zapatos, las aldabas de las puertas en las manos.
A menudo la noche me posterga en las siluetas de los trenes,
el desvelo ahoga las páginas de las manos,
la terquedad de ciertos nombres,
el galope de la piel golpeando las paredes del infinito.
Fotografía: Jon Sullivan




INTENSIDAD AVIESA DE LA SED




A menudo me soy inasibles los caracoles en la boca. El asfalto
que deshace mis zapatos, las aldabas de las puertas en las manos.
A menudo la noche me posterga en las siluetas de los trenes,
el desvelo ahoga las páginas de las manos,
la terquedad de ciertos nombres,
el galope de la piel golpeando las paredes del infinito.
Las pupilas rompen el parpadeo de las nubes.
Desciendo a la fosa de los sudarios, con mi garganta que solo
conoce de muertos y ceños de fruncida perversión;
para mitigar la sed recurro al olvido de la almohada,
y a aquel peñasco de páginas escritas en la noche. Recurro a la buena
suerte de las barajas, al agua curable del tedio,
al idioma de los andenes,
a los juguetes que me ofrecen los naufragios. (Río con cierto
escepticismo de perro callejero; río del silencio de los zaguanes
y de la orfandad de los harapos, río con los ojos puestos en el ocaso.)
Me deprime implorarle al polvo humedad en los caminos;
seguramente habrá días mejores para las luciérnagas,
para quitarse los miedos, y colgar el fango en los tendederos.
De seguro la llovizna de los deseos no es aviesa ni perversa:
más allá de la somnolencia, oscila el viento en su propio laberinto.
A menudo prefiero descender a los infiernos y temblar de frío,
taparme los oídos, dejar que madure el arrayán del universo,
caminar a través de la rajadura del trasluz,
contaminar mi equipaje de escalofríos,
lamer la resina de las líneas férreas, contemplar el disfraz de siempre
de las bestias o tocar el arpa de los fantasmas
desde mi propio naufragio.
Lo cierto es que nada es cierto: uno tiene que inventar, en cierto
modo, las caricias, ser feliz en medio de plegarias,
esconder las entrañas raídas de cualquier reminiscencia,
devorar las sábanas página tras página hasta subvertir la sed,
la respiración a costa de salvar ciertas palabras,
volver a la cordura de las nueces,
o simplemente reírle al verdugo con el arco iris en la mano.
Este mundo incuba todos los miedos y el caos: hay calles de niebla
y bufones, de agonías perpetuas: espacios sólo posibles a la noche.
El peligro nos devasta, trepa en las noches, sube las escaleras
de la mañana, hunde los días con su vértigo.
No sé el fin de esta sal comiéndose mi boca. —no sé cuál es el límite
de los rastrojos en las pupilas,
el hilo sordo de las sombras, los dientes desplegados en las enredaderas,
el pan duro de los pájaros, la sangre ascendiendo al pecho.
No sé cómo serán los días futuros, aunque amén de la muerte,
la sed de la noche goza en su abrazadora purulencia.

Barataria, 15.I.2010

domingo, 16 de enero de 2011

TRASTIENDA DEL ESPEJO


Alguien siempre camina con nosotros en el sueño: alguien muerde
sus propios costados, el destiempo en los labios,
la propia sombra que suelta juegos artificiales, el día desde dentro
con sus propios malabarismos de clown,
las páginas del suicidio con residuos de pólvora o gasolina,
las privaciones que da la neutralidad de los colores.
Fotografía: Paolo Nero



TRASTIENDA DEL ESPEJO




Alguien siempre camina con nosotros en el sueño: alguien muerde
sus propios costados, el destiempo en los labios,
la propia sombra que suelta juegos artificiales, el día desde dentro
con sus propios malabarismos de clown,
las páginas del suicidio con residuos de pólvora o gasolina,
las privaciones que da la neutralidad de los colores.
Sólo las paredes nos afirman en el límite de los adobes;
ciegas las aguas del otrora en los pies, los adjetivos itinerantes
de las llaves en la cerradura del agua y las alacenas.
Quizá un día nos toque colgar los ojos en las enredaderas,
copiar del espejo la imagen radicalmente opuesta a nosotros,
hacer atarrayas con los hilos de la muerte, negar el equilibrio
de los desniveles, cifrar las palabras en las alambradas,
diseccionar los peces con el filo de la lengua.
En este mundo de sílabas, hay que abandonar las casas sin puertas;
así me lo dice esa otra sombra gratuita de la hipnosis,
la agitada nube en el ojo del abismo, el seno estrujado
por el calendario, la ira del fuego escapada de los fósforos,
el césped de la espuma con lunas menguantes.
Nos desangra la desnudez del firmamento con sus pájaros llagados;
arrecia el cloroforme en las camisas, en las persianas de inocencias
purísimas: en los posters que nos sirven se cama para ver la luna
en las apacibles laderas de la yerba;
cuanto más el éxtasis en la trastienda del espejo,
el destino hechiza con su tersura: sorprende la fronda de la desnudez
y todas sus horas de poros; aparecen los brazos en la sombra
de la ceniza, —embriagan las escaleras en la garganta,
esta dulzura de piedras para ser feliz, los árboles de las axilas,
el gemido donde la realidad es una gran herida.
Miramos, fijamente el alfabeto de la piel, hasta sangrarlo.
En el fondo, las aguas de la sal traspasan la carne, la mano
apocalíptica de los lavatorios, el vidrio ensimismado de las palabras,
la luz hendida en el último orificio de la luz.
En la noche somos esa isla derramada en la almohada: ahí sólo
los tuétanos de la clarividencia,
el ronquido de las sábanas, el caldo ensordecido de los poros;
ahí, ofrecida la imagen al suspiro: —al ardor derramado de las uñas,
a la claridad oscura de los cielos en su plomo efímero;
allí plantados como rocas sin ningún algoritmo, simplemente
plantados, cansados de los sueños, ardidos de tanto mundo ciego,
repartidos en el murciélago de la oscuridad, comidos por el hálito
de las estatuas, rotundos en el destello adusto.
—(Alguien siempre camina junto a nosotros con su propio
desfiladero; cede la luz, la noche de los sentidos, la ventana
sin cortinas a la piel del cielo.)

Barataria, 15.I.2011

viernes, 14 de enero de 2011

EPITAFIOS PARA LA CLARIDAD


Dejo en la memoria, las últimas monedas de las sombras. El arado
astral de las guitarras, la acera de la lengua con sus arduas faenas;
dejo para los arcángeles, esta eternidad incompleta,
el mar menor de los pañuelos, el césped ácido de la saliva,...
Fotografía: Paolo Neo



EPITAFIOS PARA LA CLARIDAD




Dejo en la memoria, las últimas monedas de las sombras. El arado
astral de las guitarras, la acera de la lengua con sus arduas faenas;
dejo para los arcángeles, esta eternidad incompleta,
el mar menor de los pañuelos, el césped ácido de la saliva,
la tasa quebrada de los olores, las aguas del odio que cerraron
mi horizonte, la suma de todo ello hundiendo mi hálito.
Dejo que el silencio que hable con la espesura del tabanco,
A fin de cuentas he aguantado la coz de tantas bestias:
—la enajenación insaciable, la adusta boca ensayando su entumecida
Sal entre las sombras del guarumo.
Aguardo la noche frente a las ventanas: aquí la muerte crecida
de la Esperanza, el frío de los martillos,
el incendio de los murmullos, las ramas socavadas del camino.
Ya no ando a prisa aunque el ansia me desvele:
la brecha es amarilla, negra, intensa como los grises de la voz.
En el ensueño el olor a los crepúsculos: la ramazón de la lluvia,
los lugares que un día celebraron mi corazón,
el retorno al arbitrio del paisaje, ahora desde lo oscuro de la cueva,
desde el grito exhalado del lamento.
La credulidad dejó de ser una vasija transparente, en donde ahora,
sólo cabe el refugio caído de las miradas.
(Dejo cada soledad en mis libros. Dejo el seno que me prodigo
de albas y puertas, el lecho anunciado de las semillas,
las llaves vegetales del viento en el río blanco de los ojos;
dejo al perro que sacuda sus pulgas con su lengua de sombrilla,
con su parpadeo de ojos contemplativos;
dejo, al margen de las paradojas, las telarañas como obra de arte
dentro de mis poemas extraviados en los poros secos de las paredes;
dejo la risa absurda de los balbuceos, los centelleos
de las arrugas, mi boca precipitada en el desamparo;
dejo que otros gocen de su propia máscara: evoco otros tiempos
de caminante solitario, de curiosos trenes y barcos en mis pupilas;
dejo los huesos ahogados en mi garganta, la alteración
de las esferas, la raíz de la carne empujando la cuchara
de los azúcares fermentados en la respiración, a ratos, inclemente.
Dejo el yagual del pellejo en el fluir de los zapatos,
en el hemistiquio alterado de los semáforos, en la muerte verdadera
que cae en mis ojos, sin otro ahora ni mañana;
dejo la desaparición forzada de mi conciencia, la mortalidad
mutable de mi presente, todos los días cíclicos del trompo
en el polvo dispersado de los exorcismos: lo demás, es el delirio
del zodíaco al momento de ponerme mi mortaja;
dejo pues, la piedra en el poema: la luz desgarrada transcurre
en el pecho; la claridad, sólo fue un lugar común y corriente
donde las moscas saciaron su apetito. Sé que el tránsito
es necesario como ese ritmo consonante del agua en el cántaro.)

Barataria, 11.I.2011

miércoles, 12 de enero de 2011

EL ESPEJO CUELGA DE LA MEMORIA


Aún es presente este muro extraño, ampliado con tanta ausencia;
cuelgo el calendario en la memoria fría que me cubre
como un perraje del pasado: existimos en el espantapájaros
indefinido de nuestros ancestros. Desde allí, los zumos de esta
memoria insepulta, la vigilia como trasfondo de las brasas.
Fotografía: Jon Sullivan



EL ESPEJO CUELGA DE LA MEMORIA




tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos
ALDO PELLEGRINI




Aún es presente este muro extraño, ampliado con tanta ausencia;
cuelgo el calendario en la memoria fría que me cubre
como un perraje del pasado: existimos en el espantapájaros
indefinido de nuestros ancestros. Desde allí, los zumos de esta
memoria insepulta, la vigilia como trasfondo de las brasas.
Vivo con el peso de la piedra sobre el pecho: —estoy a merced
de la noche y sus adoquines, de este luto perenne que me dan
los alfileres de las mortajas.
Vivir es tan difícil siempre: nos ahonda la ruda en los ojos,
vivir abajo, en el mundo del frío,
vivir donde no hay mesa ni manteles,
vivir sin abrazos, al límite del sigilo,
vivir desnudo de brazos y párpados,
vivir en el fondo de la tierra sosteniendo paredes en secreto.
—¿Dónde nacen los sueños, y ese respiro que apenas sabe a aliento?
¿Hasta dónde llegan los dientes de la saña, la piedra secular
del desvelo y sus huesos de concéntrica ponzoña,
y sus sábanas de cruda maleza?
Vivir entre las arterias del odio es casi imposible, (a menudo el dolor
rompe las entrañas, hasta no encontrar una salida
sino la destrucción misma y el grito inevitable.)
Vivir es llevar esa espina que crepita en el costado, la soledad
de ojos y peces inmutables,
el contagio de la carne deshecha y los labios agrietados como
una tierra desértica, como una playa sedienta de uñas.
Vivir es más que humedecer el cuerpo en el sollozo, caminar en la noche,
enfebrecido, con tantas sombras besando el pecho.
Vivir es desvivirse en este horizonte de soledades petrificadas,
(vos y yo en este mundo donde se purifica el grito y el tizne,
donde la tristeza no escapa de la aurora, donde la risa es yedra
enajenada y no ese rocío fiel de la alegría.
Vivir es dejar que se hipoteque o se castre la inocencia: así de simple.
Al final, pese a todo, nos acostumbramos a llevar la impunidad
en la garganta, a caminar sobre la turbiedad de la ceniza,
a sangrar y felices en este fragor del trópico.
Así nos dejamos saber que existimos en presencia de la herida.)

Barataria, 08.I.2011

lunes, 10 de enero de 2011

PUDIERA DORMIR SIN TU PRESENCIA


Pudiera, hoy, dormir en ausencia de tus ojos: ciego, en la penumbra.
Vos, sin descender a la tierra de mis manos,
sin la tempestad de las sábanas, sin los pretéritos inesperados.
—El polvo teje cortinas inagotables, catástrofes con ávidos dinteles,
acasos que nos dejan en la penumbra;
Fotografía de Paolo Neo



PUDIERA DORMIR SIN TU PRESENCIA





deja una huella: pie que no se posa
y yeso que se apaga en el silencio.
ALÍ CHUMACERO





Pudiera, hoy, dormir en ausencia de tus ojos: ciego, en la penumbra.
Vos, sin descender a la tierra de mis manos,
sin la tempestad de las sábanas, sin los pretéritos inesperados.
—El polvo teje cortinas inagotables, catástrofes con ávidos dinteles,
acasos que nos dejan en la penumbra;
los guantes del tiempo asedian como sótanos abandonados,
hay aludes de espuma desoyendo los ecos,
los puñales que se agolpan en la herrumbre, las sílabas grises
del rostro en la orfandad de los armarios: de pronto hay cirios de sal
con pústulas en las manos,
batallas que sólo conducen al cansancio, trasmundos de hogueras
que nos incendian de escombros;
pétreas historias que sólo acontecen en el azufre, acasos usurpando
el sudor de la sed, —días en fin, que esperan en la piel, el talud jadeante
de la noche, el patíbulo de las gaviotas en los muelles.
(Está la inminencia de lo yermo en el incendio del calendario:
a menudo la luz sombrea en las manos, deseos proscritos, sordos
espejos en la boca, hierbas de irreconocible aliento.
Pudiera dormir sin que las palabras tiemblen, sin que hagan falta
a la hora de sobrevivir en un jardín de sordos.
En la noche me astillan todos los cadáveres secretos de las sombras,
llamando a la puerta como visitantes del olvido;
desciendo hasta el pozo donde se hospeda la desmemoria de los muertos:
los féretros están ahí, simplemente, cabalgando
como calles, como la puertas cada día de la ceniza.)
hasta ahora el tránsito desoye la respiración: la histeria desviste
el sofoco; el caos no jubila el hambre ni las calles se llenan de azúcar.
Después de todo, ya me acostumbré a vivir entre las arterias rotas
de la Patria, con sus miedos y alborotos,
junto a las alambradas del desconsuelo, al brazo que desconoce
las orquídeas, a la preeminencia de la tortura.
—Vos, de pronto, mordida por los tatuajes de los espejos: con la náusea
despedazada de los arrebatos, con los dedos en el estío.
Nunca fue fácil soportar el desvelo en canastos amarillos, a expensas
de los insectos de la niebla que picotean los poros y el alma.
Ciertamente, pudiera dormir sin tu presencia, pero sería calcinar
el césped de las sábanas, el aroma ascendente de las aves,
—sería, estar aquí, mordiendo la soledad de los ataúdes, el tiempo
Inmóvil, sin ablandar la miel del abismo.
un día, después de todo, me encontrarás dormido en la propia
demencia, dentro del navío abierto del desánimo, como una piedra
gris en las palabras, como un recuerdo en la taza de café
pronunciando la desnudez del olvido desde el silencio…
lo demás es historia, simple historia sobre el mantel del calendario.

Barataria, 08.I.2011

domingo, 9 de enero de 2011

FE DE ERRATAS


El Paraíso está lleno de espinas: todos los aderezos de tornaron
humo; sudan los caballos en el trote del ojo, rechinan las costillas
en el aparejo torcido de la historia. En el camino, las moscas
sirven de pestañas, alguien pestañea en las verrugas las notas
solemnes de nuestro Himno, las hormigas subiendo al absurdo
de la flor nacional, mientras los perros lamen la mano que los injuria.
Imagen: Fotos gratis



FE DE ERRATAS





Con su gran ojo, el sol
no ve lo que yo veo.
JOHN KEATS





El Paraíso está lleno de espinas: todos los aderezos de tornaron
humo; sudan los caballos en el trote del ojo, rechinan las costillas
en el aparejo torcido de la historia. En el camino, las moscas
sirven de pestañas, alguien pestañea en las verrugas las notas
solemnes de nuestro Himno, las hormigas subiendo al absurdo
de la flor nacional, mientras los perros lamen la mano que los injuria.
De todas maneras, desde el amanecer, debo dar cuenta
del tiempo incurable de los sepias,
de las axilas extrañas del día,
de los odios suplicantes que respira la cobija de los platos,
de la doble cara existente en el vértice de las aceras, de la doble moral
de la basura, de las sombras que nos invaden como una sábana
de luces artificiales a la hora de dormir: no hay salud en el almanaque
de los veleros, sino ese magma pintado de colores
a punto de deshacer los cuadernos del aire, el blanco de fondo
de los árboles; debo decir que la breña nos acosa con rizos clavados
en el alma, con alfileres de espesos féretros.
—Debo reconstruir todos los cementerios. Quitarle las pulgas al perro
al perro huesudo de la mala leche humana,
lavar los escapularios,
con el agua del altar mayor de las arañas. Debo abrir las esclusas
de las antorchas,
que huela el pecho a campana; los muelles, a un pájaro en el horizonte.
En el almidón de los brebajes, se ve el pus del erario nacional,
(la imaginación ha perdido sus jornadas intensas de árbol):
da pavor el tizne en ramitas de ruda y la sombrilla de los muros;
debo pensar que las arrugas, son sólo parte de los cipreses que mueren
y no de toda la trementina derretida en los párpados.
(De hecho hay quienes viven con camándula y libros sagrados en mano
para mientras dan su más agudo zarpazo; mientras conquistan
la gloria, declaman versículos y salmos
y hasta profetizan, sobre el dolor ajeno la ceniza.)
—Recogemos los huesos de nuestros deudos entre las heces
y la desidia, en un País lisiado con mediodías de abismo: sargazos
basales infectadas por el aleteo del subsuelo. Por la brasa de la puerta.
Corrijo la deshora, antes que el estío devore las anclas;
En fosas comunes, el moho se torna un solo ruido engullido
Por la noche que nos silba como un espantapájaros, como un sudario
Invisible fundado por los crédulos de la breña.
Sin duda la travesía hacia el invierno es larga; y en cambio nos asfixia
El verano con su gasta violencia de fetiches…

Barataria, 07.I.2010

jueves, 6 de enero de 2011

LECTURA DE LA HERRUMBRE


Como la noche la piel abatida en el despertar de los ojos. Los dardos
súbitos al caer el alma en la fosa común de los cuadernos gastados.
Calla mientras muere la almohada donde duermo.
Aquí nos alzamos en el buey muerto del escombro, en el casco
tembloroso de los ángeles, en la ira descargada de las sombras.
Las esquinas de la vocales, por si solas, muerden el árbol vertical
Imagen: Fotos gratis



LECTURA DE LA HERRUMBRE





Une épaule d’après-midi/Demande le fouet
L’écorce rit comme un miroir
L’eau répète avec des mains de neige
Il faut bien que les mots s’en aillent
Épaule nue
Arbre d’ombre et de feu.
JEHAN MAYOUX





Como la noche la piel abatida en el despertar de los ojos. Los dardos
súbitos al caer el alma en la fosa común de los cuadernos gastados.
Calla mientras muere la almohada donde duermo.
Aquí nos alzamos en el buey muerto del escombro, en el casco
tembloroso de los ángeles, en la ira descargada de las sombras.
Las esquinas de la vocales, por si solas, muerden el árbol vertical
del escaparate que yace la garganta;
nunca encontré otra verdad que no fuera en los delantales
de la herrumbre y su secuela de relojes grises y sus rincones de hielo;
por cierto que en los jardines del ocaso las máscaras caen
como el subibaja de la maroma de los párpados, gastados en la caída
de los techos: hay tantas tumbas en las manos
que es imposible no ver cementerios en los poros, en las sienes,
en las uñas que alguna vez, han servido de azadón o arado.
(Quizá un día podamos ser felices junto a los escapularios: desnudos,
sonando en las campanas,
ganándole al guijarro su propio oleaje, sosteniendo el norte
de los pájaros en el cuerpo, mordiendo el pozo de las absoluciones,
andando mientras nos perdemos en las aceras: somos seres
simples, aunque nos vean como extrañas criaturas mojadas
por la ausencia de claridad, aunque nos adivinen la madera hipotecada
del alma, aunque robemos palabras al pasto de la Esperanza.)
—Con vos las noches pervertidas de las cuerdas de la saliva,
las lecciones del carbón en los nudos de la caligrafía,
el símil borrado del cine mudo
en los dientes, las sombras insaciables de la ponzoña, el brazo
alargado del infierno, tocando la trastienda del moho.
Morimos en esta suerte de cine pornográfico: junto a las fotografías
que desecharon los labios, el desgarramiento zurcido de las alas,
el violín seco de las alacenas,
los golpes bajos de la lluvia con sus acequias de ceniza.
A menudo el frío se siente en el desvelo de las puertas: corroe
la deshora del hastío con la cruz puesta en taburetes;
la covacha del hollín no deja incólume al silencio: las cadenas
se tornan amuletos en las aguas de la piedra, en este trajinar
sobre el abismo ciego de las acechanzas.
Así caminamos, reclinados, en el poyetón de la garganta…

Barataria, 05.I.2010

miércoles, 5 de enero de 2011

TRAGALUZ PERPETUO


Amanecemos cuando la palabra muerte se ha vuelto un colectivo,
cuando las estanterías del incienso se rompen, justo en el cordón
umbilical de los guacales del no ser de los tejados.
¿Es posible algún respiradero, aun en el fondo de los párpados
doblados por el odio de las paredes,
Ilustración: Fotografías gratis



TRAGALUZ PERPETUO





es la muerte eterna quien –royendo cuerpos y rostros-
otorga a algunos ese encanto inolvidable
de las viejas cosas que han perdido el dorado Extremos de cordón roto
MICHEL LEIRIS





Amanecemos cuando la palabra muerte se ha vuelto un colectivo,
cuando las estanterías del incienso se rompen, justo en el cordón
umbilical de los guacales del no ser de los tejados.
¿Es posible algún respiradero, aun en el fondo de los párpados
doblados por el odio de las paredes,
por el deseo tuerto de la exclusividad, por la pierna de punta a punta
con la saliva del seno detenido en el amanecer?
—Los ojos del suicida equivalen al hueso del abismo: nos confunde
la calle con el tragaluz de sus dedos cortados por la luz disfrazada
de boca, por la soledad de las palabras
acostumbradas a deslizarse a través del tobogán de la garganta;
amamos y morimos a perpetuidad, casi como una enfermedad
consuetudinaria, a golpe, crédulos, incrédulos, visibles, invisibles,
inventando la apariencia de canceles,
mordiendo la anatomía del juego y del fuego, del mantel de los colores
sobre la mesa. (Nadie puede ser feliz en la oscuridad de otros ojos,
ni siquiera expropiando la inminencia de la noche,
ni ofreciendo quitar las lágrimas del hambre,
ni saludando con sombrero ajeno los días sitiados por el filo,
ni desatornillar la puerta de los encajes sin miramiento alguno.)
la perpetuidad es más seria que una fotografía en sepia;
ninguna puerta se abre por la simple claridad del día; siempre hay
que abrirle un agujero al candado de la conciencia,
desabrochar las palabras del pecho, deslizar el jabón en la acequia.
Hay días que son perpetuamente crueles en la bacinica de las pasiones:
—por eso es necesario palparse en la lluvia de algún muelle,
ni un sofá donde el perro retuerce sus certezas,
en el pecho desparramado de las estatuas sin ninguna conversión,
ni posibilidad de que el enemigo duplique su sarcasmo.
(Al final, a decir verdad, me río de todos los enfados: me río del reloj
despertador, del sabio que abandona la materia; me río de la desnudez
en la boca y la cicatriz que aún es visible en el taburete del alma.
De hecho también me río del olvido a flor de epidermis,
De la historia sudorosa en la sal después de largos dedos de adioses.
¿Somos muchos o pocos los que buscamos la próxima palabra,
el trasiego del alambique a la boca, hasta irradiar la mesa
o el nido del dibujo en el pensamiento? —Hemos cambiado tanto,
que la muerte, hoy, es vegetal diurno; y no creo que haya activistas
que paren esta cantera de huesos; —ni siquiera vos que siempre
te quedás en los puntos suspensivos del jadeo, en ese otro tragaluz
apoyado por máscaras. En esa plenaria de banderas en cementerio.
Después de todo, la perpetuidad nos propague como el kerosene.)

Barataria, 04.I.2011

martes, 4 de enero de 2011

SUSPIRO ROTO EN PALABRAS FUTURAS


Viajas y te encuentras con tus coterráneos hablando de pupusas,
de tamales pisques, de dulces de ayote, del sabor infinito
de los lorocos en la sopa de gallina india; regresas y te encuentras
con lo mismo: esa bebida plena de la chicha, leve, luminosa.
Ilustración: Imágenes gratis



SUSPIRO ROTO EN PALABRAS FUTURAS




Bien puede hablarse de encanto
ignorar el mecanismo de las repulsiones y los rasguños
ALEJANDRO PUGA





Viajas y te encuentras con tus coterráneos hablando de pupusas,
de tamales pisques, de dulces de ayote, del sabor infinito
de los lorocos en la sopa de gallina india; regresas y te encuentras
con lo mismo: esa bebida plena de la chicha, leve, luminosa.
Reniegas cuando te vas del País porque éste es invivible; pero luego
lloras la ausencia de la sopa de patas,
la cuajada, los huevos a la ranchera: el correo se inunda de queso duro
blandito y no de postales de nuestro rincón mágico.
—Seguramente el País duele con sus cayos endurecidos,
Con su feroz brama de botellas consumidas, con sus semanas de aceite,
Inmutables gotas en los calcañales.
Hoy son ilimitadas las palabras en los cementerios: el perenne
escondrijo al filo de la desnudez; por cierto, es increíble la lucidez
del rocío en los reflectores dormitados de la basura.
El único recuerdo posible son los tamalitos de elote con residuos
De chicharrones; elotes asados en las brasas con leña de madrecacao
y limón indio. (La nostalgia se enrolla como una serpiente
en la maleza de la memoria, pero termina siendo una puerta al escombro.)
De ahí que sea mejor aguantar a este País, casi inmutable,
casi plaza picoteada por los pájaros.
Hay que suspenderlo en la olla de barro del tiempo;
hay que hacerlo florecer en los cinco negritos del ojo de agua,
debajo de la mata de majoncho, en la dulzaina seca de los ejotes,
en la arganilla negra del pijuyo,
en el izote adormilado de la bruma.
Quizá debamos tatuarnos los nances y los jocotes de iguana,
los nísperos y las cincuyas; los chiltepes y la hoja de mora.
Quizá sea indispensable llevar el raciocinio a los curules; morder
los azacuanes, desplumar zopilotes, domesticar la iguana verde
de los sueños hasta que la luz responda a las cucharas.
Quizá debamos acudir a los ojos limpios del niño Cipitío
vigilar a la comadreja, limpiar el cerco de piña por eso de las cotuzas,
hervir el agua de las doctrinas,
mutar la saliva y las túnicas, resplandecer en los adobes,
disfrazar la lagartija con el aro iris, hacer de la cocina de leña
estatuas de carbón, demoler la sordidez de las palabras,
volver al tren de las quemaduras,
quitar el punzón de los espejos y ser felices:
con las manos se cambia este trasmundo de muros y cerillos.
Con las manos no sólo los discursos…

Barataria, 03.I.2010

lunes, 3 de enero de 2011

EL FUEGO EN LA RAMA DEL POLEN


Muerdo las ramas del polen en cada palabra habitada por el diente
del calendario. En el combustible de la memoria,
agoniza la fruta prohibida de las luciérnagas, los escombros
de la virginidad, los cadáveres con encajes de espuma.
Imagen: Fotos en blanco y negro


EL FUEGO EN LA RAMA DEL POLEN





Changez votre âme contre celle de l’agate
Alors vous pourrez goûter au pollen des étoiles
Et dénouer les boucles du mandala…
ELIE-CHARLES FLAMAND





Muerdo las ramas del polen en cada palabra habitada por el diente
del calendario. En el combustible de la memoria,
agoniza la fruta prohibida de las luciérnagas, los escombros
de la virginidad, los cadáveres con encajes de espuma.
Cada quien muere cada día para santificar la vida, o por lo menos
hacerla más digerible: la superpoblación termina en las cacerolas,
y en la calma tempestuosa de los nichos.
El papel higiénico no deja de ser eufemismo en los toilets o restrooms;
el asombro siempre me lo dan los huevecillos de los peces,
la superficie del sueño apretado en algún pubis:
todo el calendario de las linternas está aquí con sus semanas
de sábanas y diversiones colectivas.
Resulta que el polen tomado en cucharas es afrodisíaco: lo dicen
los naturalistas en los libros de botánica;
también lo dicen los estafadores y charlatanes, las muchachas
de la vida fácil que necesitan arrojar el aliento en un solo quejido.
El pocillo de los días de guardar termina siendo reloj oxidado
sobre la piedra pómez de la quijada;
reírse es gratificante cuando todos los días tenemos circo romano:
—por cierto que es buen estratagema para olvidar las hemorroides,
las varices del hambre, la corcholata de la saliva,
la salsa de tomate en el yute de las sienes.
(Nunca he visto que el petate se resista a nuestras manías: brincar
el tálamo de la cordura, quemar el polen debajo de las sábanas,
hasta sacarle brillo a la sal de los poros
en su río creciente de bálsamos.) Sucede que en el sombrero de todas
las aguas de los encajes, caben velas a vapor, pequeños votes,
botellas de mar, arañas de gelatinosas vísceras, relojes de azúcar.
Hemos aprendido del fuego, cuanto el fuego nos quema y consume:
siempre es divertido jugar al sudor de los ojos,
limpiar los lentes sin renunciar a los ecos de la epidermis,
convertir el pubis en respiración de sirenas,
memorizar los colores del frutero,
polinizar la puerta transitiva de los párpados en pleno aguacero.
El fuego siempre nos satura de destinos: —estrechamos las uñas
De la tierra hasta ser humanos en el desatino;
El suspenso es redondo en los dedos: nacemos cuando la rama
De la carne asciende al polen y los hervores, —del árbol desbordado—,
a ese oráculo sin insomnios.
Por cierto que a nuestros ojos asoma la sal en cubitos de hielo.

Barataria, 02.I.2011

domingo, 2 de enero de 2011

PULSO DISUELTO


De pronto acariciamos el duelo mortal de los colores. De pronto,
el pezón palpitante en la fragua de la lengua: la madera augusta
del cuerpo devorando el césped celeste de los sueños.
El País nos sangra como un hachazo en las costillas: cada vez
es mejor amarlo en las tarjetas postales,
Imágenes gratis



PULSO DISUELTO





caliento la frialdad de mis cenizas, en un por si,
de síntesis antigua,
PILAR IGLESIAS DE LA TORRE





De pronto acariciamos el duelo mortal de los colores. De pronto,
el pezón palpitante en la fragua de la lengua: la madera augusta
del cuerpo devorando el césped celeste de los sueños.
El País nos sangra como un hachazo en las costillas: cada vez
es mejor amarlo en las tarjetas postales,
las sombras hieren nuestros párpados: hay que ver el caos despiadado
en los periódicos para exhalar ceniza en las palabras.
(No valen la vigilia, ni el Santo Rosario, ni las hermandades,
mientras la palidez corroa las manos,
mientras el gemido sea la luz del paisaje.)
ante la piedra confabulada de los dientes, el pulso en el centro
de la escarcha, el pozo del grito mordiendo los tímpanos;
aún hoy, nos sorprende el luto con cenizas galopantes: las coces
rechinan en los tobillos,
en el pecho crecen las hormigas, con frenético odio.
De cierto que los golpes llegan hasta el cuello, —el pulso, hirsuto,
es del tamaño del planeta: los colmillos de las moscas son insaciables,
depreda la sanguijuela el instante de la caricia;
(siempre te pienso prolongando la herida: el País entreabierto
en nuestras venas, el mundo cada vez, sordo y fugitivo como nuestro
propio sedentarismo que perdió su brida
en el espejo de las entrañas. Nos confunde la espera,
pero ésta ha sido parte de nuestras extremidades: la luz sobre la piedra
que horada el rostro, el calendario quemado de nuestra conciencia.
Nunca ha sido fácil vivir en la oscuridad: es no tener rostro,
ni cuerpos que se entrelacen y cedan sus poros;
a menudo se nos olvidan los pájaros del deseo: la tormenta de azúcar
de los besos, el agua saliendo de su concavidad verde.)
No siempre el aire nos es dado sin estiércol.
No siempre entendemos lo inefable de las hostias en los ríos
del espejo, ni el brazo como instrumento alado de sombreros;
siempre los mismos demonios del País nos abaten.
Siempre la destrucción pasa su lengua sobre nuestros muslos.
Siempre oscurecemos en las aguas del horizonte, sin explicaciones;
lo arcaico nos cierra los horarios,
el cielo apenas flota como una piscucha, —solos, mordemos
la caverna de siempre, la cárcel del hambre que nos vuelve duros,
el hueso que nos arroja el fuego sin ningún reparo.
Ojalá que ese siempre algún día quede proscrito de nuestras
Costillas y sólo sea, después de todo, una mala jugada de las sombras.

Barataria, 01.I.2011

sábado, 1 de enero de 2011

DESHORA DEL CIELO


Entre la noche y el día, mis manos ateridas, el cuervo de la tentación
en las manos, la emboscada a nuestra precaria condición
de vasijas efímeras, las trampas del acertijo, el barniz rancio
de las puertas junto a nuestros calcañales.
Es la deshora la que siempre nos alumbra con su pabilo de sal;
Imágenes gratis



DESHORA DEL CIELO





No es para que preguntes, no es para que indagues
el sitio donde puse mi corazón hundido;
MIGUEL ARTECHE





Entre la noche y el día, mis manos ateridas, el cuervo de la tentación
en las manos, la emboscada a nuestra precaria condición
de vasijas efímeras, las trampas del acertijo, el barniz rancio
de las puertas junto a nuestros calcañales.
Es la deshora la que siempre nos alumbra con su pabilo de sal;
es la valija rota del jardín,
la prisión de la brasa, el duende moroso del pulso,
el aro de la sed en un tren oscuro,
el polvo de las escaleras, el sigilo de los dinteles, la estación
sucumbida de las campánulas, el azúcar inservible de los dientes,
el desierto con todos sus guisos de arena,
las paredes desportilladas de la caligrafía, el desayuno
con metabolismos extraños, los establos con ráfagas de estiércol.
Siempre es incierta la música en la cuajatinta y los chufles:
no sirve la ráfaga inventada en la espuma, ni la conciencia parpadea,
audible, entre los chiriviscos secos de la yema de los dedos.
Volvemos al mismo punto del aliento y la deshora:
—extenuados mordemos el incienso, la memoria recurrente
del fósforo, el vértigo de la flama, reclinado
en la caparazón de las tortugas,
los adoquines gastados de la sed, las verjas oxidadas de la intemperie.
(Siempre es así, después de todo, la fragancia que declina
en el aire, canceles con el murmullo de las telarañas,
cortinas difíciles de caminar en nuestras pupilas.
¿Quién nos heredó tantos muros y puertas cerradas, tantos ríos
caníbales, alambradas alrededor de las estrellas, desvelos
de sonámbulo ocote?
¿Quién nos extenúa el pulso, la página benigna de la respiración,
el cierzo del gallo en la mañana, la playa de azúcar del pubis,
hasta hacer que besemos el espejismo de lo inútil?
—Nos mordemos en la desfachatez de la evidencia: de pronto el pulso
se vuelve una fatalidad; la armonía fosforescente;
al cabo la delicia es un desorden: los atavismos nos encierran
en su nocturno barro, la luciérnaga del ciprés nos embriaga,
el inevitable vitral de la perplejidad.
Con todo nunca dejamos ilesas las puertas de la fantasía: el peligro
siempre es temprano, el veneno del filo vacía las venas, la sábana
nos exaspera sin haber sazonado la ficción del aliento.)
Siempre la deshora la deshora ha sido nuestro amuleto: jamás hemos
llegado a puerto sin tocar lo íngrimo;
no hay pan, sino sollozos compartidos; no hay gajos de azúcar,
sino esa breña del paisaje que aniquila la risa.
Lo demás siempre es lo mismo: los espectros sin desterrar de la memoria,
la fatalidad en el cordero de los pétalos,
la travesía sin señales ni matochos, ni bitácoras transparentes.

Barataria, 31.XII.2010