lunes, 28 de febrero de 2011

CIRIOS EN LA LUZ DEL RECUERDO


Ahí, en las agujas insepultas, la noche perpetua de los cirios.
La luz arrugada en los vidrios del pálpito, la claridad como una misteriosa
lágrima sobre la madera rectangular de la memoria:
el fuego sale del costado, litorales anticipados del eco, meteoros
donde el destello se vuelve orgía,



CIRIOS EN LA LUZ DEL RECUERDO




You don't have to tell me when you're leaving,
If it's half past one, if it's maybe four.
It makes no difference where you think you're going,
But please remember not to slam the door.
ERIC CLAPTON




Ahí, en las agujas insepultas, la noche perpetua de los cirios.
La luz arrugada en los vidrios del pálpito, la claridad como una misteriosa
lágrima sobre la madera rectangular de la memoria:
el fuego sale del costado, litorales anticipados del eco, meteoros
donde el destello se vuelve orgía,
y los recuerdos, una puerta que las sombras desvelan en ese riito
de hormigas alrededor del cuerpo, corredores ahogados en la luz.
En los tragaluces quemados de la pira,
la bocanada de humo saciando las hambres: arde el aire transpirado
sobre el arco iris inerte de los poros,
Sobre la negación de las doctrinas, el palo encebado de la pasión,
las estaciones del Vía Crucis, con todo y las espinas del martirio:
me toca recordar la aldaba de las puertas, el vaho de la lengua,
la obsesión por los albures, la miseria que ahoga el sótano
de la garganta, la desnudez de las semillas que sigue en el aliento.
A veces el simple recordar no nos dice nada: ahora es desierto
la albahaca; breña el predio de los labios,
soluble el hastío: desearía que me acompañaran dosis de amnesia
para no sentir el dreno del hálito, las toallas empapadas de calles,
los ojos imprecisos en la acequia del hastío.
—De pronto la rama de los grises vuela como aves siniestras;
altas las aguas de la vara que mide el río, el latido prolongado
se los recuerdos, la piedra en el fondo, roncando sudores y escoria.
La cáscara de los poros habla en el espejo: ¿Con qué paciencia
Y esfuerzo, limpio el estercolero, esa demencia de fantasmas aglutinados
En la sombra que me nace cada día?
—Sólo tengo recuerdos del bullicio de la hierba. Campanas, de pronto,
hundidas en la niebla;
brazos sedientos de begonias cuando la inercia es una dama ciega
y la noche una colmena de sombras. (Lo demás de lo llevaste:
luz, alma tímpanos. La mesa del pecho sumida en las batallas,
la sed que aprieta el cráneo, la pupila disfrazada de gruñido,
el cielo que mastico en la fosforescencia de los hierros. Lo demás,
—eso otro que nunca dijimos— es la página aún en blanco para escribir
las esdrújulas, el relámpago quebrado del olor,
el filo que corta la cama, la sombra vacua en los sentidos.
Lo demás está aquí: el exilio de los párpados, la hojarasca derramada
de la hojarasca, la orgía del pantano en su mantel oscuro.

Barataria, 28.II.2011

sábado, 26 de febrero de 2011

PESADILLA DEL LABERINTO


Me acostumbré a la clandestinidad de la noche dondequiera
que me enfrentara a los colmillos del desatino. Siempre ha sido así
de inhóspita la marcha, el País ahogado en la bartolina de la sed.


PESADILLA DEL LABERINTO




Like a fire forever burning,
A flaming heart that’s yearning, more an’ more
A love to keep us warm
On the wings of the storm…
WHITESNAKE




Me acostumbré a la clandestinidad de la noche dondequiera
que me enfrentara a los colmillos del desatino. Siempre ha sido así
de inhóspita la marcha, el País ahogado en la bartolina de la sed.
En la navaja aúlla la sangre, la piel convertida en masticados
violines, vacíos que se abren a los dientes del sollozo;
por más luz anticipada en las sienes, el túnel muerde con su aspecto
de embudo, con su fingida rama de parábola,
con su nido exhausto de esparadrapos, sarro del cansancio
en las herraduras del cielo: caen los barcos al filo de los brazos,
el lazo mutilado de las cicatrices, —esta pesadilla de urnas con mil
puertas, caballos sin cordón umbilical en la carne.
Juguetes de miserable herrumbre: cuelgan de las sienes
irascibles murciélagos y épocas con túnicas de mapas fatídicos.
Lo sé, ahora, cuando camino con este viento de guitarra tosigosa,
con la soledad fértil de la saliva,
con esta renuncia al trencito de madera,
a la alforja ya inservible de la duda,
a los apuntes que se me fueron perdiendo en la respiración de todos
los días: lo que queda es el terror a los sueños, —seguir soñando
con serpientes bajo ciertas ventanas que se abren a la sordidez:
jardines que una vez soñé en medio de la impaciencia,
entre pasillos y miedos y paredes.
Mientras sigo con mis manos sucumbidas por el crimen, la ropa
es mucho mayor que mis huesos, que toda vos, desnuda en mi pesadilla.
Heredé la asfixia en los bolsillos, la necesidad de morir definitivamente
en cada palabra, de manera infatigable, incluyendo la sonrisa:
el brebaje que bebí terminó con mis cartílagos: entonces, no me quedan
ojos, ni libros blancos para dibujar cortinas y ventanas,
ni zapatos parecidos al infinito,
ni memoria para recordar los trenes y los barcos.
He caminado largas valijas sin corbatas y sin listerine: días copiosos
de aguas y lodo y platos sin perdurables estrellas. (—Delante de mí,
La obra sorda del ruido, la sábana yerma del juicio, la yedra en la sal
de los ojos, las lejanas bicicletas de las enredaderas,
las botellas oscuras con yodo, los purgantes de los hierros,
las llaves corporales de la carcoma: vos, también, metida en días
oscuros, en aguas donde los brazos se rompen y el latido se rompe
junto con la piel. Vos, en el laberinto del ciprés, con la lengua
estirada de la trementina, cubriendo el insomnio con la ceniza.)
De pronto, despierto con el sudor en las brasas. En medio
de los desajustes de la canasta básica, en la hamaca de la transición.

Barataria, 26.II.2011

viernes, 25 de febrero de 2011

METÁFORA


En la boca, la luz ardiendo de amanecer, la mirada eclipsada
de los latidos, —nazco en la raíz alada del pájaro, en el sonido
rutilante de las maromas: tierra adentro, déjame el aliento
de las cosas sencillas: el cuerpo total de los nombres, el silabario
de los poros, el tronco del ombligo para mis pupilas,
las manos alargadas de la memoria para sumergir en el espejo
el cielo refractado del fuego...



METÁFORA




Have you ever seen the morning
When the sun comes up the shore
And the silence makes
A beautiful sound…
SCORPIONS




En la boca, la luz ardiendo de amanecer, la mirada eclipsada
de los latidos, —nazco en la raíz alada del pájaro, en el sonido
rutilante de las maromas: tierra adentro, déjame el aliento
de las cosas sencillas: el cuerpo total de los nombres, el silabario
de los poros, el tronco del ombligo para mis pupilas,
las manos alargadas de la memoria para sumergir en el espejo
el cielo refractado del fuego.
—A través de la altura, salta la hondonada del mundo:
el lecho donde las palabras abren los caminos,
el cristal de la madrugada en los gallos,
los candiles alborotados del oriente, sol casi ciego en el ojo de la niebla,
sangre dibujada en los grifos, trozos de sudor borrando
las banderas de esta locura en trozos de dientes.
Tengo viajes aplazados, serpientes enroscadas en los pañuelos;
aves golpeando el asombro,
aguas con cicatrices espectrales: el sudor calcinado en las paredes,
escamas, agonías, superiores a la alegría: —a cada instante
retorno a la frontera de las piedras
con el ojo que ha superado las ventanas, las puertas del moho,
los candados inesperados del sabor. Vuelven siempre, verticales,
los pensamientos, alfileres, puñales, (armas blancas para armar
el caos, igual que ciertos estadistas, probablemente sin alas);
en la madrugada lleno el vagón de mis andanzas con versos:
versos donde todo es igual a las semillas de la noche;
versos donde sudan las bocacalles del desmayo,
el jadeo del sexo como una campana, las aguas de la fragua,
incandescencias ciertas en cada consonante, en los encabalgamientos
del duro lápiz de la hoguera.
Siempre es buena suerte envolver las soledades con guijarros:
masticar los espejos lapidados, hervir la señal de la cruz en guacales
de aluminio, sentir la obscenidad en la lengua sedienta
del musgo, en la canela titubeante del paraíso.
Un día beberemos la horchata desnuda en nuestras manos:
esa ternura tetelque del frío,
la puerta de la rima consonante con sus hemistiquios,
las aliteraciones prometidas, como aquel verso de Garcilaso de la Vega:
"en el silencio sólo se escuchaba / el susurro de las abejas que sonaban”
o la “infamia de las aves nocturnas,
los corales entrelazados en el vallado de la piel, en el amate
fecundo de tu vientre: íntima tierra arrancada a mi alma.

Barataria, 24.II.2011

jueves, 24 de febrero de 2011

HISTORIA DE LA OSCURIDAD


Es la misma historia que nos descubre los días de la semana: ojos,
manos, trazados al esbozo de los grises, oscuros pájaros
en las rodillas, estribaciones de polvo en los dientes, dientes
del humo, desgastados en la hoja desprendida de la respiración.


HISTORIA DE LA OSCURIDAD




Para que el mundo duerma cantan Dios y los ángeles,
Ahora que la luna sale al calor…
WALLACE STEVENS




Es la misma historia que nos descubre los días de la semana: ojos,
manos, trazados al esbozo de los grises, oscuros pájaros
en las rodillas, estribaciones de polvo en los dientes, dientes
del humo, desgastados en la hoja desprendida de la respiración.
De la oscuridad somos, veneno en los costados, pasmos que sustentan
la escalera del tiempo con sus monedas gastadas;
bajo el martillo disfrazado de hisopo, las estatuas calladas
de las armónicas, la nada al filo del ahogo,
dios en el frío de la danza del césped, largo cielo de horizontes
falsos, moho sobre la sal de los abrojos.
Siempre le pregunto a mi sombra por la oscuridad que emerge
de los candiles, por la boca que duele revuelta en el hollín
de los párpados: (nos hemos gastado desde las sienes a los pies
y sólo tenemos grises noches sin seguro de vida.
Nada hubiese sido mejor que hundirnos, arder en el sarcasmo, a fin
de cuentas que es igual a estar purgando pena en el infierno:
duele el verde apagado del destello,
la falta de manos y mesa y abundancia de noches.
Duelen las mañanas sin el canto del cierzo, minutos oscuros
del pecho, cuerpos para estar en la dureza de la avaricia:
siempre es así cuando la aurora amanece con los zapatos cansados,
cuando las mañanas muertas no oyen los cadáveres,
ni repica el agua del tejado.)
todo cuanto llega a las manos, es promesa de oscuridad: los sueños
en el taburete impreciso del asombro,
el pan tosco de las piedras, el taburete de la sombra, olvidado
en el traspatio de la luz, a media luz de la respiración y el frío.
Siempre la misma oscuridad en la lápida de los cementerios;
la misma respiración, salvo el pan que cambia de azúcar,
el golpe de la hoguera con sofoco por convertirse en escoria,
la piedra del reloj desde que emerge, desde que el pudor se convirtió
en catecismo y el espejismo en rugosa cama.
Esta nuestra historia madura los guijarros: oscuras sumas de los poros,
nudos de arrepentida ceniza,
nubes de retorcida luz, gotas de sangrantes palabras, ahí donde
el pubis oscurece los días de esperma y los días se vuelven herramientas
irreconocibles. El porvenir también tiene oscuridades, aun más densas que los guantes o el granito: tempestades propias de la noche,
árboles de súbito, permeados, por la sal de la ola.
¿Alcanzaremos un día el sudor blanco de los pétalos, el fósforo
Infinito del vuelo? —En esta historia, el poema es terrestre
y como tal, las esquinas de la noche nos corroen hasta el delirio
de los peces en las aguas profundas de la memoria…

Barataria, 22.II.2011

miércoles, 23 de febrero de 2011

MURO DEL ENTRECEJO


En la frente, los malogrados surcos de la esfera, el vértice desviado
de lo inexorable, las ficciones a menudo cerca de la ternura.
Me toca caminar entre urgentes razones y negaciones:
andar el camino con el paraguas de las palabras, mundo adentro
la sal sudada de los pensamientos,
MAGNUS-ROSENDAHL


MURO DEL ENTRECEJO




Nadie podría interrumpir el reposo de la bóveda terrestre
Aquí el silencio ha juntado sus labios para nunca pronunciar palabra
Que pudiera profanar la ostensible flor que cae
Como un junco en la ribera de los sueños.
TEÓFILO CID




En la frente, los malogrados surcos de la esfera, el vértice desviado
de lo inexorable, las ficciones a menudo cerca de la ternura.
Me toca caminar entre urgentes razones y negaciones:
andar el camino con el paraguas de las palabras, mundo adentro
la sal sudada de los pensamientos,
cavar en los rieles de los trenes, ahogar a veces la piedra
entumecida en el pecho, apretar la sombra de la desesperanza
sin pasar al siguiente plato de la mesa, vacía de manteles
y cierta de ausencias;
cuelgo los días en la pared del calendario,
por si la sed me vuelve olvidadizo, sombra, juego de confusiones
y de hambre: a mitad del entrecejo, la carcajada del sudor,
las costuras del desfiladero, el traje del cortejo
arrugado de grises y sombras de razones ya gastadas por el filo
del vértigo. Todo me vuelve oscuro y adusto como el aserrín
condensado de las puertas cerradas, como la desnudez calcinada
de las cáscaras en los abrojos;
nadie me ve cuando grito junto al agua de la muerte que va en el poema.
Sobrevivo a las mareas. Rechazo ser ciervo o dardo.
Rechazo ser siervo en el violento filo de la ceniza: prefiero escribir
epitafios y deshacer los nudos del disfraz;
—las distorsiones son deseos malogrados, heridas empaquetadas
en secretas telarañas, miserias del remedo.
En la oscuridad cuesta subir las escaleras del futuro: resultan
grotescos los relojes
en el cuarto de la paciencia, en la incandescencia de la garganta,
a menudo decadente en el charco del abucheo.
El silencio no es suficiente para bracear entre la salmuera: afuera
hay depredadores más siniestros que los roedores,
que los felinos adheridos a los dientes. Convengo en sacudirme
el polvo todos los días, quitar el moho de las cerraduras,
usar cinta adhesiva en el cielo falso de las imprecaciones, fingir
que sueño con ventanas,
con cuerpos de canela o begonias o alelíes,
encender el fósforo para ver la concavidad de tantas revelaciones,
masticar el gusano de los sonidos poco gratos al oído,
sostener el alambique de la respiración hasta que la saliva encuentra
su cauce, amar mi propio silencio
abajo del dintel de los ojos, en el bajorrelieve de la dentadura.
Y por si fuera poco, estremecer el escalofrío, hurtarle a las arterias
El río giratorio de lo humano. Lo demás es sombra y grito.
Es abandono en la sombra del tiempo…

Barataria, 20.II.2011

martes, 22 de febrero de 2011

REBELDÍA


Para el vuelo no es suficiente una brújula, sino también
el planisferio con todos sus imanes. Escribir la fábula de cada ojo,
soltar la brida de la dudas y saltar el charco inédito de los espejos.
El sol mece los rincones de la saliva,
las plumas del recelo en la animación de la espuma,
Fotografía: Jon Sullivan


REBELDÍA




Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en ilusión aérea.
JOSÉ DE ESPROCEDA




Para el vuelo no es suficiente una brújula, sino también
el planisferio con todos sus imanes. Escribir la fábula de cada ojo,
soltar la brida de la dudas y saltar el charco inédito de los espejos.
El sol mece los rincones de la saliva,
las plumas del recelo en la animación de la espuma,
el paraje del ala solitaria y salvaje como tantos suspiros
que invaden la edad.
A menudo el aliento deshoja las sonrisas, esta pena que aúlla
en su vieja herida, el huir siempre de las raíces establecidas,
ir subiendo sobre el lomo de los sueños:
a menudo muerdo las esdrújulas en la osamenta de los fantasmas,
supongo caminos que golpean mi delirio, pero no dejo
que me amedrenten, ni agacho la cabeza frente a las tumbas
conjuradas; ahora derramo los ojos de las paredes,
y me yergo sin miedo en la noche o el día que, a fin de cuentas,
aquí resulta ser el mismo juego del polvo revelado.
Aunque broten guijarros de mis pies,
la carne no duele como los abrojos en la voz que el rostro lame:
ante la ceniza está el escapulario de mi propio imaginario,
el párpado abierto,
la vida que defiendo en cada palabra, aunque el mundo cada vez,
pudra mi propio dolor, y plante mausoleos frente a mis ojos.
Nada me detiene: ni la ráfaga, ni el gusano negro de las sombras,
ni el miedo,
ni el sollozo,
ni las semillas absurdas de la sequía,
ni la sangre forcejeando con el llanto,
ni la excepción de los paraguas en las mariposas,
ni la madriguera,
ni el degüello de la esperanza,
ni las pezuñas como manos,
ni la opinión desconfiada del harapo,
ni los fracasos en las acequias de la tristeza.
Sigo partiendo de los mismos días con todas sus frustraciones:
la respiración siempre tiene la liturgia del orgasmo:
me queda la mesa, la silla, las ventanas para seguir viviendo;
me queda siempre la intrepidez de los relámpagos
y el telar de la sed para seguir los vendavales. Me queda mi propia
libertad pese a hundirme en el infinito embudo de la sal.

Barataria, 19.II.2011

lunes, 21 de febrero de 2011

OFICIO DEL TIEMPO


¿Se detiene el silencio en cada lágrima que dicta el dolor o la luz,
los espejos personales hasta el cuello, la respiración mutilada
del día con las puertas a la hora de la mendicidad?
—Juega la metamorfosis debajo de los huesos, la invasión
de los océanos en las rodillas,...


OFICIO DEL TIEMPO




creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.
FÉLIX LOPE DE VEGA




¿Se detiene el silencio en cada lágrima que dicta el dolor o la luz,
los espejos personales hasta el cuello, la respiración mutilada
del día con las puertas a la hora de la mendicidad?
—Juega la metamorfosis debajo de los huesos, la invasión
de los océanos en las rodillas,
la lanza en el corazón del césped, el imán de los muertos
en el pensamiento de las catacumbas, el calendario como fuego
de catástrofes, museo del gozo celebrado en los truenos de la vendimia.
(De cierto que la noche trae universos de tijeras:
altas latitudes de bocas entreabiertas, calles terribles de espejos
donde la sed se despliega como una cadena de áspero hierro.
De cierto criamos ojos en el sonido del fuego: masticamos los sueños
del faquir entre perseguidos caminos de polvo,
escaleras ciegas hacia las alambradas del cielo con llaves
de siniestra herrumbre.)
Mientras los años van colgando de las cenizas, la cometa
de los barcos languidecen; cambia este estrépito de subversión,
rompe el oleaje del pecho la multitud de vísceras incendiadas.
Los días hablan con sus mortajas silenciosas: espejos próximos
al rostro, manos de tierra lejana, exilios de la memoria marcados
por la sal, por toda la lava en el traje de las alas.
—Somos aquí, en el ruido del vacío, la estación sin campanas
del ombligo, ese sólo planeta náufrago de la duda, el océano
fosforescente, sin azúcar: espigas oscuras con la fatiga enronquecida
del reloj, dientes líquidos del hollín en la parálisis de la almohada.
¿Hacia dónde vamos, nosotros, habitantes del cielo falso
del sonambulismo, de los zapatos sin soles,
de los párpados ahogados en la cruz, trenes de polvo, imanes
de creciente luto, sonidos de promisorios féretros?
—El tiempo nos reclama, nos convida a su sala mayor del caos:
colgamos la grieta de la sal, en la viga de las estrellas;
vemos desde el umbral, la luz oscura del laberinto de los meses,
la casa de la lluvia implacable,
la propia celebración de la salmuera construida con el tacto,
la piedra agria de la noche rasgando la lengua,
la puerta que no encontramos en la hora de los muebles: pero así
es el oficio del tiempo. De este tiempo que nos devora
sin resucitarnos, de rodillas como un beso árido en la boca.
Mientras muero en la exclusividad de los rincones, sobre paredes
Sordas, simplemente, el sudor hace estatuas profundas en la piel:
Urde sus propias aguas de insectos…

Barataria, 18.II.2011

sábado, 19 de febrero de 2011

REMANSO DEL ROCÍO


—Como un extraño espejo, revela el camino de los pinos: la sed
se hace raíz en la fragancia,
murmullo donde el tributo son los propios sueños.
Sé que nadie ve este juego sutil de la mañana en el hilo de luz
que se desprende, porque es inefable su gracia en la memoria.


REMANSO DEL ROCÍO




…detrás de tu abanico, nuestra luna primera.
RAFAEL ALBERTI




Ecos del tiempo, azúcar del jardín sobre la llovizna, incienso
del sigilo en la miel que baja como leche, vaca redonda
en el tiesto donde la elocuencia teje sus manteles, pinos transparentes
como la luz de los espejos.
Cada mañana, desde el propio interior, me toca hacer visible
Lo invisible: —la armonía con todas sus alas; la fragancia del afrecho
con el agua o, simplemente, asir esos vilanos de miel alada queriendo
Ser pájaro, o consumada linterna de la fantasía.
El tiritar de la mañana lo trae, viene: es un tren líquido donde
se hunden las pupilas, denso el suspiro de la parábola que lo encierra,
pañuelo anhelante sobre los poros, ventanas del aliento
hecho calendario.
—Como un extraño espejo, revela el camino de los pinos: la sed
se hace raíz en la fragancia,
murmullo donde el tributo son los propios sueños.
Sé que nadie ve este juego sutil de la mañana en el hilo de luz
que se desprende, porque es inefable su gracia en la memoria.
Desde las primeras señales del día, agradezco la tortilla
y la escritura, la página en blanco de los girasoles,
las manos que se preparan, como las manos de un obrero para
emprender el camino profundo de la lluvia: caminar sobre la métrica
del agua, ensayar el barco de los vitrales,
pulir la conciencia con cada racimo de eternidad.
Desnudo, bajo la declaración de esta alianza, elevo el júbilo
hasta el tejado del pájaro: es otra forma de la hoguera con su flauta
líquida, otra brasa donde verdea el arco iris.
Pero no sólo eso: en cada gota cabalgan los ojos, caballitos
de mar con lámparas, aleteo de campanas,
manos de mujer como persianas abiertas al infinito.
De pronto los senos se hacen meses de adviento sobre las aguas:
la ebriedad del alba aspirada por el entrecejo,
los azules encarnados de los encajes, el fósforo en los jardines
del sueño. —Vuelvo a la maroma del viento desatado
con el deseo levantado del murmullo,
como un saltamontes de impaciencia, sin fronteras ni encrucijadas,
sólo la escalera de las gaviotas y los pétalos,
dispersos en la hoja de papel del pecho.
El rocío se queda ahí, enredado en el sueño: se queda en la habitación
de la mirada, en los arrecifes de la alfarería,
en la llave desnuda de los fieltros, en el cielo bautismal de los sentidos.
Se queda aquí, en medio del suburbio de los sueños:
así cada día puedo sentir la frescura, la hoja elevada del vuelo,
el País sin los ganglios inflamados, ni las calles con pólipos.

Barataria, 15.II.2011

jueves, 17 de febrero de 2011

ADETRO, EN EL ESCOZOR DEL VÉRTIGO


En medio de tanta historia, el sueño se torna en vigilia: hay miedos
que apenas se pueden explicar, días donde el viento nos ayuda
a vivir después de todo, con la roca visible de las calles.
Deseo soltar las recurrencias, todos los fríos que siento
en los andenes, la bufanda de humo de mi boca.


ADETRO, EN EL ESCOZOR DEL VÉRTIGO




desde el árbol sin hojas,
otra vez, como ayer, como mañana,
acaso ya como todos los días que vendrán, si es que vienen,…
EUGENIO FLORIT




En medio de tanta historia, el sueño se torna en vigilia: hay miedos
que apenas se pueden explicar, días donde el viento nos ayuda
a vivir después de todo, con la roca visible de las calles.
Deseo soltar las recurrencias, todos los fríos que siento
en los andenes, la bufanda de humo de mi boca.
El vértigo de toda esta oscuridad rompe las palabras; (vos, abierta,
desnuda en la noche,
abundante en la luz
espesa de césped,
hormiga en las cucharas del invierno.)
A veces me contagian sin sentido los paraguas colgados de las mochetas
de las puertas; cuando amanece, deseo disolver las sábanas,
cada huella que duela a dolor;
después vagar con mi muerte en el lenguaje: no sé dónde concluyen
la misa los relojes,
los mercados donde nadie compra palabras,
las parábolas intensas, los adagios, los proverbios para la vida santa,
el tropel de las sombras sobre la tinta de la página.
(Me muevo en medio de esos albergues sediciosos que el mismo Dios
creó para hacer tangible la inteligencia: el vértigo está ahí
en el que te quiere despojar las vestiduras
en ese que dice y desdice en las tormentas, en tu prójimo que a menudo
es clavo o alfiler, es nube encanecida,
envidia del tamaño del cielo.)
casi nunca me acerco a los sepultureros, ni al misal de las hipocresías,
ni a la limosna bizca del que quiere que sólo su jardín florezca,
cuando vive en medio del páramo,
cuando no le alcanza la mesa con sus muertos, deudos o demonios.
Afuera perdemos la lengua en boberías; adentro, las cosas cambian:
ahí está la ventana en el tintero del vértigo,
los juegos invisibles de la flama, los ojos cuarteados de las arañas,
la mendicidad en las monedas del insomnio.
De pronto uno tiene que lidiar con tantas sombras ecuestres;
saludar los sofismas,
desviar la mirada para no hacer evidente la molestia o la sospecha,
traicionar las propias convicciones, porque la honra, aquí,
es para quien la desea, no para quien la merece a pulso de luz,
no para quien bebe en el pozo del día y no en el dedo oscuro de la noche
y no en los demonios disfrazados de ángeles,
y no en el arribismo del hampa con “buenos modales” o con escapulario
entre las manos y San Antonio del Monte, ajustado al pecho.
En este escozor, la noche se alarga y el día se acorta;
¡es terrible descender a los infiernos para constatar tanta miseria!
Hora oscura el bocado en la boca. Ahora, aquí, reconozco
que hasta las lealtades son efímeras: vastos campos de hojarasca.

Barataria, 13.II.2011

martes, 15 de febrero de 2011

FUNERAL DE LA MEMORIA


En el esplendor de la oscuridad, la inefable habitación del último
cierzo, los avisos clasificados de los cumpleaños, el cristal
de la memoria en los despojos de las telarañas: el epitafio sobre
la envoltura del frío. En perspectiva, el trapecio del calendario,
suda el crepúsculo del azúcar, con lento sabor a decapitados.


FUNERAL DE LA MEMORIA




nada más que un reflejo
equívoco un deslumbre
frágil de sol un poco
de ilusión allá enfrente
Sólo un cristal la vida.
BORIS VIAN




En el esplendor de la oscuridad, la inefable habitación del último
cierzo, los avisos clasificados de los cumpleaños, el cristal
de la memoria en los despojos de las telarañas: el epitafio sobre
la envoltura del frío. En perspectiva, el trapecio del calendario,
suda el crepúsculo del azúcar, con lento sabor a decapitados.
Asisto, con la piedra yugular de los féretros, a la oscuridad del alma,
con su escenario de líquidos escalofríos.
La orfandad queda, también, en el ojo en medio de la niebla:
ciegos sentidos en las manos del humo, ciegas esquinas de la alegría,
ciegos balcones de las palabras,
ciegos escapularios en el humo del cigarro,
Espejos de madera en el cuerpo disuelto, la memoria desfallecida
en mí, en los días,
en cada diente que ahora muerde las puertas,
en cada zarpazo que me dieron tus muslos, en cada vaivén
de los orgasmos, se disuelve el alma junto a la demencia:
convocamos la risa para despedir los ceniceros, (vos, yo, siempre
desvanecidos en el sueño de las tijeras; en la risa besamos la evasión
de toda pirotecnia, los relojes acostumbrados
a detenerse en las laderas;
babeamos frente a nuestro propio suicidio,
la noche entera es nuestro bosque: la guarida para nuestros
huesos, el fin de la hora nona de la saliva, el fin del hálito.
Asistimos a la tumba, con nuestros propios escapularios,
atravesamos las larvas del crepúsculo, la poca luz que nos dejan
los días de sed, las ganas de ser, pronto, cadáveres:
no maniquíes con una lápida y epitafios,
no cielos extraños en la punta de los calcetines, no simple demencia,
no ese papel arrugado en las calaveras del papel,
sino póstumas atalayas en el atrio del relincho, en la caries del césped.)
Morimos jóvenes: tal mueren los pájaros.
Morimos atizados por relojes sin respuestas: morimos abriendo
la cocina de las manos, invocando, las aguas de los himnos;
la desnudez, ciega, comió los rostros y la memoria:
—nos queda la escoba de lo grotesco, atravesar el túnel de los recuerdos,
(no sé si el suplicio de las sangres)
Y ordenar nuestros huesos y enterrar cualquier remordimiento.

Barataria, 11.II.2011

domingo, 13 de febrero de 2011

SUICIDIO DEL AMOR


En la intemperie hay un siglo de despojos: el escepticismo
estrangula la limpidez de las ventanas: matamos el amor en cada
duda aspirada, en el esqueleto del horizonte;
de cada pálpito nos devienen vasos de evasiva azúcar.
Imagen de pruébameblogger


SUICIDIO DEL AMOR




With the lights out it's less dangerous
Here we are now
NIRVANA




En la intemperie hay un siglo de despojos: el escepticismo
estrangula la limpidez de las ventanas: matamos el amor en cada
duda aspirada, en el esqueleto del horizonte;
de cada pálpito nos devienen vasos de evasiva azúcar.
El tiempo, en los labios, se fue haciendo nuestro verdugo:
dejamos que las palabras fueran pudriéndose en el granito,
formas inexactas de deseos, memoria de cipreses en placentas
anochecidas, herméticas semillas de la respiración.
Cada ilusión fue un argumento de espinas,
en las calles del País, se nos hizo la sed, apretado ruego
de salmuera, —junto a los muertos, también nos empañó
el tragaluz de la penumbra;
heredamos todos los grises de los bejucos de invierno,
el tambor de la garganta se hizo monotonía, la brizna una uña
donde la hojarasca hunde sus dedos.
Hay una herida que nos degrada al filo del desplome: la batalla
tiene dentaduras potizas, al punto que un rayo la desgarra;
convulsos, disponemos del olvido. Quizá también de los candiles
de la Patria, del grito que enciende candelabros,
de la puerta íntima que rompe cualquier razón.
Suicidamos la locomoción de los sueños: aquí, ahora, nosotros
en esa claridad unívoca que dan los páramos; la vigilia desde
luego, es un tren sin monedas, el sudor que nos inclina en coro
a la ráfaga, a los pañuelos soterrados de los anzuelos.
Siempre el País nos hizo preparar a diario las alforjas: morder
túnicas empapadas de ceniza, despedir la boca de la aurora,
bañar los ojos con feroces aguas,
escapar cada día de las inclemencias del asfalto con sus matorrales
de caos, con su hervor de paredes sucias.
Con nuestra muerte y las demás muertes, queda el nosotros
a la deriva, —el tiempo fatuo y absurdo del suicidio, el ocote
como un disparo clavado en las paredes: los balcones del País
con sórdidas máscaras, los rituales del pánico y el delirio.
Juro que mantenernos firmes fue siempre una pesadilla: siempre
es breve el sueño aún en el azúcar;
ahora nos duele más el juego sórdido de espejos, la envoltura
que nos arropa, la piedra obsesiva en el aliento,
la invasión infatigable de las muerte.
Juro que seguiremos muriendo aun con los lavatorios de la resurrección,
juro que andaremos calles oscuras y frente a nosotros
un circo exhibiendo sus proezas…

Barataria, 10.II.2011

viernes, 11 de febrero de 2011

PERPLEJIDAD DE LA SAL


Es la estatua que queda en mi despoblada memoria: la misma
de los tiempos remotos. El espejo inefable en la mordida del ojo,
el cristal de piedra en medio de las grutas,
la indiferencia compacta de los escarabajos, la hostia
como una lágrima dolorosa, el cuerpo fugaz de la claridad,


PERPLEJIDAD DE LA SAL




… y cuya sombra es como un agua leve
En las arenas que desvela una luna inmensa y amarilla.
MANUEL J. CASTILLA




Es la estatua que queda en mi despoblada memoria: la misma
de los tiempos remotos. El espejo inefable en la mordida del ojo,
el cristal de piedra en medio de las grutas,
la indiferencia compacta de los escarabajos, la hostia
como una lágrima dolorosa, el cuerpo fugaz de la claridad,
oprimido, aquí en el pecho, en el aliento de los días torturados.
También aquel círculo de piel desnuda: oscuras gotas de sol
rodando en la cara,
labios quemados por el gris de la melancolía;
en cada oscuridad, la sal negra de los eclipses, los pies rotos
de la tinta, los recuerdos pedregosos hundidos en la sed:
—avanzo a la muerte de peces olvidados en la escama de la noche;
mastico los cordeles de las esquinas,
el sudario de sal hundido en la hojarasca, la sábana dividida
de la furia, los huesos con ráfagas de hormigas.
Nos destierra en el cuenco de la boca: sombras, cadenas de horas
desoídas en los poros ciegos de la profundidad;
la risa se ha vuelto un desvarío de hormigas, —colmillos de inestables
acantilados, enajenados clavos en pozos de saliva.
Pero la sal está, también, en los horizontes respirados:
en el mapa de la palpitación
donde están los sueños yertos, la ladera desgarrada del cierzo,
el césped estremecido de las plegarias,
la mutación de todas las formas íntimas, las bocales amarillas
de las uñas y el tabaco, el beso salpicado de inclemencias.
—Nos muerde la perplejidad, es cierto. Pero también la garganta
marchita de la razón con sus persianas de herrumbre;
hemos pasado en la cuchara de la intemperie como lunas gastadas
en el tul de la arena,
el trino envenenado del perfume,
el pañuelo mojado con el agua del cuerpo, sin güijas ni naipes,
ni cielos despejados con zapatos nuevos.
(Ahora los ojos son irreales en cada mordida que nos depreda:
es así de simple en la orfandad del sereno,
en el ardor del galope que nos trastorna, en aquella sombra
de tristeza, sal de perplejos hollines. Líquida sal sumergida en los poros.
Nos queda, sin embargo, seguir exhalando nuestro País:
Morder sus monumentos nacionales, abrazar las carrozas,
Encenderle velas a los inmortales, colocar flores en las lápidas,
Celebrar el día de los tamales pisques, desparramar el alguashte
De la noche en la pepitoria de las guitarras.
Lo demás, bien lo sabes: el País transcurre, intangible en mi boca.)

Barataria, 07.II.2011

miércoles, 9 de febrero de 2011

PEDAZOS DE SED SOBRE LA AURORA


En el escalofrío del desvelo, el vértigo se torna árbol de balcones;
la noche toca su claridad sonámbula: ahí la sombra despiadada
de los maleficios, la lengua suburbana de las estrellas,
el cansancio hermético del moho,
la memoria en el ombligo de las hipótesis o en la hipotenusa
del remedo, cúpula del laberinto de las llaves.


PEDAZOS DE SED SOBRE LA AURORA




tiene el tacto de cuero de la noche dormida
y el corazón de hierro del pajar de la sombra.
Todo irreal…
Catedral de salitre con el serrín del alma,…
PERE GIMFERRER




En el escalofrío del desvelo, el vértigo se torna árbol de balcones;
la noche toca su claridad sonámbula: ahí la sombra despiadada
de los maleficios, la lengua suburbana de las estrellas,
el cansancio hermético del moho,
la memoria en el ombligo de las hipótesis o en la hipotenusa
del remedo, cúpula del laberinto de las llaves.
Mordemos el cielorraso de las criptas: nos harta la racha incompleta
de imágenes, los intestinos descuajados de las calles,
el ojo cerrado de la mendicidad y el odio, la infinitud del mar
en la vasija del pedrusco, en el plato roto de la sal y la espuma.
En las espigas amarillas de la aurora, lanzamos desde la frente
peces ciegos, como una sombra mojada en el espejo
de la cruz rodando en el atrio distante de lo blanco;
para cada pedazo de sed en las vigas de la vigilia, los vidrios
del cielo al borde de las pupilas,
en el papel líquido de las aguas, en la escalera de pétalos que trepa
al eucalipto del pecho.
La sed ha ido volando como una luciérnaga en medio de la noche:
(vos y yo, apuntalamos los colores del arco iris;
mordemos las semanas de cejas,
murmuramos en el viento dirigido de las moscas, mordemos
el itinerario de las cáscaras, sitiamos a los habitantes sordos
de las herraduras, comemos puertos abandonados en la respiración,
hacemos elásticos los relojes,
celebramos, de pronto tanta saliva en los periódicos.
Pero la sed sigue ahí, en abeja pesada de las campanas, en la luz
despierta de la espera: nos azota el fuego redondo de los fósforos,
y ese claroscuro filtrado en las puertas,
y esa sal desesperada de los brazos y ese aullido de pupilas.)
la sed me hace inventar pasadizos secretos: días errantes
de aguas, ropas con boca de pozos, ríos con antenas parabólicas,
arados de anhelante fiebre, azucarados alfabetos.
En cada sueño, le abro océanos a los barcos: en cada boca
un cántaro de gallos, gotas múltiples de harina, orgasmos donde
estalla el agua exacta, inmensa, de la ternura
con sus bocas de césped.
En cada pedazo de sed, el tacto nos convoca para su desahogo:
bajo las siete cabritas del lecho, cuerpo a cuerpo, la lengua
hace su propia faena: busca arder en el agua,
hasta derramar los ojos sobre el ala que tambalea en el deseo.

Barataria, 06.II.2011

martes, 8 de febrero de 2011

HOSTILIDADES


Al pie del escondrijo, los vacíos consumados de las puertas,
las espigas rotas del aire, el sabor de las hostilidades como río
crecido a golpe de párpados.
Nos baña el trajinar diario de los zapatos con sus símbolos,...
Fotografía: Jon Sullivan



HOSTILIDADES




i wanna drown drown under the water
going down down under the sea.
SEX PISTOLS




Al pie del escondrijo, los vacíos consumados de las puertas,
las espigas rotas del aire, el sabor de las hostilidades como río
crecido a golpe de párpados.
Nos baña el trajinar diario de los zapatos con sus símbolos,
—en el espasmo de las aguas se hunden las campanas, las aristas
de las uñas, los diques de la memoria con sus penitenciarias
azotadas por el alfabeto de los estiajes;
nos hemos acostumbrado a caminar entre motines de espuma:
a menudo es la claridad diaria del crepúsculo,
con todos sus botines y suturas,
con el aguacero de las abejas, mejillas insípidas del césped,
albergues para los cangrejos de las rocas, astros cercenados
en la piratería de las conflagraciones;
(sos y yo nos hemos embriagado con los sudores de la Patria:
en la posta, los portales, en el viejo juego de los sombreros de mimbre,
en cada grieta, ahora en desuso,
en los triciclos verdes de las ramas de jiote,
en los pedazos de servilletas de las nubes,
en la sábana desvelada de los verdugos que no cesan en su oficio;
nos hundimos en el espejo rasurado del yo: braceamos entre
memorables excrementos, aprendizajes triturados en las paredes,
pizarras de sórdidas lecciones
donde nos dan a beber la carcoma del brebaje.
Despertamos en los folios hundidos de la mutilación: así de simple,
por más que pongamos en orden o en activación las llaves
del orgasmo. La cama dejó de ser un paraíso celeste, sobre todo
cuando la respiración se llena de relojes.)
—Hay días que no son tan rápidos como los e-mails: en este miedo,
uno tiene prisa cuando el gallo canta en la almohada
uno quisiera, de pronto, controlar las llaves del eco,
El manojo de césped sin disfraces,
saciar el hambre del tigre en los pezones,
subir a la terraza de las devociones, hacer terrorismo en los poros
hasta afeitar el cochebomba de las poluciones.
Junto al País nos hundimos en medio de tantas hostilidades:
elevamos la violencia a santuario; bajamos hasta el sótano
donde los ideólogos, rezan el Padre Nuestro e inventan rascacielos
sexuales, modismos, dogmas, laberintos publicitarios.
Ante tanto numen, uno no sabe el destino de este País:
es probable, que vos y yo, sigamos consumiendo cifras macroeconómicas,
minutos de luciérnagas,
y hasta ese vecindario de tijeras de la historia…

Barataria, 05.II.2011

lunes, 7 de febrero de 2011

AGOLPAMIENTO


En las manos, deshecho el fuego de las mariposas, —la brea del olfato
en el pecho, las criptas velando los destellos.
El puño de las sombras donde habita el polvo: anaqueles de exacta
concavidad, filmes de desconfiadas horas, travesías
de galopantes zapatos, lenguas intestinales gruñendo en la noche.



AGOLPAMIENTO




Hecho visible cúpulas reales alcázares en las aguas reflejados pencas de agua
lacerando el asno de la virgen.
JOSÉ KOZER




En las manos, deshecho el fuego de las mariposas, —la brea del olfato
en el pecho, las criptas velando los destellos.
El puño de las sombras donde habita el polvo: anaqueles de exacta
concavidad, filmes de desconfiadas horas, travesías
de galopantes zapatos, lenguas intestinales gruñendo en la noche.
Todo el tiempo se me va agolpando en el berro de los sueños:
—pero todo es incierto, lacerante granero de sombras,
ccéano de piedras en los poros, guantes de fallecida ceniza;
en las aguas del cielo no cabe mi cama, ni la sábana arenosa
de peces, ni las arrugas del País con tantas noches acumuladas.
Ahora debo andar en el sigilo impuro de lo amargo:
correr tras los dedales del hilo,
morder las espuelas y los estribos de las monturas,
sospechar de las llaves, los anteojos, de la brújula maravillosa
de los cordeles;
debo cuidarme del sarampión ardiente de las sillas,
de los cuchillos en los dedos tocando el suspiro,
del espesor del moho,
del museo de zapatos que ha construido pacientemente la historia.
—Pero no sólo eso: es necesario pensar en las escuelas del miedo,
en las mangueras de la luna, en los secretos de la bestia que lanza
fuego, en aquellos pergaminos de hollín en las pupilas.
(También debo pensar en el cocotero del sudor echado en el ombligo:
en la cicatriz que aúlla como un perro hambriento,
en los harapos del sudor,
en el metal del azúcar de la tormenta,
en las parábolas prolijas del apareamiento: de todas formas,
a la hora del nido, —soy y no soy, sos y no sos—: insectos masticando
el estiércol de los pájaros, la soledad sin reposo.)
En este viaje de muertos, es duro el calendario de los féretros.
En esta tierra cansada, gimen las melódicas,
eota el ventarrón circular de las aldabas,
el chupamiel pierde sus mañanas de calostro.
Caminamos dentro de la cesta de las palabras agudas: el frío
es intenso; la noche muerde los horizontes distantes. En el día,
las abejas pululan entre peces de sal temblorosa,
entre campanas rotas por la conciencia.
¿Hasta cuándo el trueno en la boca de las ferreterías,
en el hacha porfiada de las pústulas,
en cada recuerdo que asume su propia vestimenta? — Sombras hay
en cada dentadura de los contómetros;
en cada reloj trabajan eternamente los asteriscos: así estamos,
agolpados, en cada pared como sombra o caligrafía del destiempo.

Barataria, 04.II.2011

domingo, 6 de febrero de 2011

HOY, FRÁGIL REGAZO


Lo magnánimo, ahora, tiene la fatiga de los yermos y el frío secular
de la espuma; el cáñamo roto del lenguaje, la perversión del estruendo,
cóncavas voces donde sólo lo fatuo tiene sentido
y no el color testamentario del azúcar,
y no el sendero hondo del bosque con su fragancia de cierzo.



HOY, FRÁGIL REGAZO




…hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
PEDRO SALINAS




Lo magnánimo, ahora, tiene la fatiga de los yermos y el frío secular
de la espuma; el cáñamo roto del lenguaje, la perversión del estruendo,
cóncavas voces donde sólo lo fatuo tiene sentido
y no el color testamentario del azúcar,
y no el sendero hondo del bosque con su fragancia de cierzo.
El laberinto de las losas consumió todos los anhelos, —cortinas
de cansancio tapan las ventanas,
el dedo de los aleros muerde las pupilas
con ese aire de sombras purulentas.
Hoy, concluyó la fascinación del pulso: la página ilesa por el frío,
la respiración diáfana,
por establos de hollín, por ojos que ven sólo de soslayo.
Nunca sabré, sin duda, cuándo mueren los alelíes y las begonias,
los altares de ardor dedicados al calendario,
los días invisibles que nunca tuvieron nombre,
los estribos de los rascacielos con sus pies engañosos;
hoy es frágil el alma, como la res que va al matadero: (vemos caer,
incluso, el Ítaca de los recuerdos,
el saqueo del aliento,
hasta quedar ensanchados en el frío: en esa horrible certidumbre
de la ropa mojada. Sucede que impera el oscuro entresueño,
los opuestos afilados de la felpa, el aguarrás puro de la tos,
los cambios aleatorios de la piedad,
la mano despiadada de las baldosas y el granito.)
Antes, hubo Esperanza en el comal de los girasoles y no en el matorral;
antes, en el aire respirábamos el arco iris,
y no la piel a secas del escondrijo, no el bajo volumen de la alegría,
no la avidez sospechosa de los arrayanes, la sal en irreales balanzas,
la ficción en cucharadas de fantasmas,
en firmamento en obleas de analgésicos, la desnudez en expectorantes
de bacalao, hojas de eucalipto masticadas,
hasta anular la peculiaridad de los dientes.
Antes, el amor era posible desde los balcones, no se necesitaban
retretes de dudosa procedencia, ni lecciones de urbanismo sobre
las hojarasca, ni espléndido letreros con obstinadas caricaturas;
ahora, las aguas de la penumbra
acompañan la travesía de las calles, la luz de la risa y los espejos;
y, aunque la calle nos desafía, alargamos la mirada al universo.
(Ya ha pasado el mayor aguacero del desapego: transcurrimos,
sin doblar la rodilla de las páginas, conscientes de trenes y pañuelos,
—ya no es necesaria avivar el fuego con el sombrero del aliento—,
Ni morder las mochetas del ansia,
ni arrimar las aldabas a las manos, ni subir la escalera del olfato:
todo llega a la estación del sedimento: días mejores o peores,
días, en fin, donde sin antesalas despertamos…)

Barataria, 02.II.2011

viernes, 4 de febrero de 2011

EN MEDIO DEL CAMINO, EL INSTANTE


Cruzamos cada instante entre los vilanos del polvo, entre faenas
inciertas granito: nos mueven los taburetes, el ojo disperso
de las bridas, la correa de la sal en los poros, los fósforos del ocote
en su constante horizonte de olfatos;
he aprendido que nada es perdurable y que no hay alacenas,
Fotografía: Paolo Neo

EN MEDIO DEL CAMINO, EL INSTANTE




A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.
OLIVERIO GIRONDO




Cruzamos cada instante entre los vilanos del polvo, entre faenas
inciertas granito: nos mueven los taburetes, el ojo disperso
de las bridas, la correa de la sal en los poros, los fósforos del ocote
en su constante horizonte de olfatos;
he aprendido que nada es perdurable y que no hay alacenas,
sino momentáneos arco iris en el sueño, diluvio de olvidos y escorias
en cada pedazo de calendario:
—anhelo una puerta con panes o tortillas para esta hambre
de abierto pecho; la falsa luz de los buenos no tiene domingos,
ni hora para abrir el libro de los cementerios.
Para la memoria, lo mismo da la vida o la muerte, la piedra, el ojo
ciego de las fragancias en el poema de la aurora.
Ahora es menester vaciar los ojos en cada ahogo: dejar el alma
al punto de los ayes,
adentro del acordeón de la risa plagada de esquizofrenia;
ahora estamos en el perenne páramo de la ceniza, muriendo
de recuerdos, mordiendo las grandes fotografías de lo inefable,
mirando los sombreros apretados de la flama:
el día nos llena de labios deshechos, rostros que el olvido hala
como una piscucha hacia el tobogán de la oscuridad.
Nada nos sostiene, ni siquiera el horcón de fondo de los bejucos;
caminamos en el desvelo de los ojos,
durtados de estrellas,
con la brida del sollozo en las manos, con tantos días sin amaneceres,
con el hollín debajo de las axilas,
solitarios carbones alrededor del poyetón improvisado de la vida.
(Vamos y venimos, ahí el pozo que nos desvanece;
los mordiscos de la prisa, como espectros cuesta debajo de la risa;
hablamos en medio del humo de las luciérnagas:
cada vez la posibilidad de salir a flote es remota, cada vez el hálito
se vuelve irreparable,
cada vez la respiración pierde sus pétalos.
Entramos a ese hangar de los invernaderos: vos, yo, entumecidos
en el corredor solar de la ceniza, en el cactus de los espejos,
en el susurro oscuro del césped.
Cada vez nos volvemos la misma historia sin nuevos parlamentos:
morimos cansados de morir en la oscuridad aviesa del fragor;
sobre la espalda los escarabajos, no la alforja de la Esperanza,
ni el aire despierto de las campanas.
Sólo hemos aprendido a sobrevivir, a sobrellevar la obediencia
De las escaleras para subir o bajar el zumo del calendario.
Hacia la noche, hacia el camino, la mejilla rota en las manos,
Y la carcoma de los días felices…)

Barataria, 01.II.2011

miércoles, 2 de febrero de 2011

EJERCICIO DE LA SED SOBRE EL ROCÍO


Un día me dijeron que la sed era solo espejismo en el aliento;
a menudo deambulo en la propia intemperie de la lluvia, deshaciendo
las páginas de la diáspora,
el revés vívido de la angustia, sumo taller de la sed.
En el incensario solo la luz templa el infinito; lo demás es yesca:
páramo abismal en la gaveta de los pañuelos,
Fotografía: Paolo Neo


EJERCICIO DE LA SED SOBRE EL ROCÍO




Yo inventaba memorias.
Las aves se fugaban por las rutas del aire,
Y era mentira la totalidad de la noche.
RICARDO LINDO




Un día me dijeron que la sed era solo espejismo en el aliento;
a menudo deambulo en la propia intemperie de la lluvia, deshaciendo
las páginas de la diáspora,
el revés vívido de la angustia, sumo taller de la sed.
En el incensario solo la luz templa el infinito; lo demás es yesca:
páramo abismal en la gaveta de los pañuelos,
indigencia de los grillos,
feroz cristal en la arcilla de los alelíes.
Diría que me pierdo en las aguas secretas del lecho: el salvavidas
se inmuta frente al espejo, el huracán trasegado del alambique,
la cisterna de los libros, el mundo borroso de los bejucos,
el padre nuestro hasta el cuello del universo,
el agobio del vinagre elevado a hazaña de Estado:
somos después de todo un riesgo latente en la página de cada mañana,
en el tragaluz recóndito de los expedientes x,
en el laberinto diseñado para los dientes, donde no cabe la fatiga.
Nos inventar pistas de aterrizaje para el reloj inquietante
de las dunas; así es como en la ebullición mordemos la espuma.
Nunca agotamos la gema del musgo de los litorales: siempre la sed
con su dócil agitación de medianoche,
con el aplomo de los cuetes,
mar adentro de los vitrales, encima del cobre de las campanas.
A diario me toca inventar tecomates: persigo paisajes al punto
de la lluvia, oficios donde la luz esté presente por si acaso.
No me fío de las costuras del azar, ni de las invocaciones sacras,
ni de la danza agónica del murmullo,
ni del trapecio que subyace en cada respiración, ni de los aerobismos
perfumados de los contenedores, ni del resplandor de plata
de las escamas cuando todo es pozo irreal de los estiajes.
Prefiero creer en el camello que atraviesa el ojo de la aguja, al rocío
que pueda derivar de las máscaras,
al camino absurdo de las pelucas, a la animación del vello púbico,
sosteniendo mi vigilia de búho ciego:
al final, la sed es un despojo de relojes: inclemencia de hogueras,
simple hendidura del barro, querencia del desierto.
Al final, nada es si falta el vuelo: la entraña real de los nombres
queridos, —vos que pusiste los párpados de espalda, y ofrendaste
la noche y la tristeza y el peaje y diques, en vez del agua;
en otras latitudes, la ventana del rocío, la alacena del agua,
cuando el eco, deshumedecido, de súbito devora…

Barataria, 30.I.2011