martes, 21 de junio de 2011

A BORDO DEL CAOS


Mordemos el cactus con la proclama del páramo. Hasta el alma
se borra en la niebla: espesa la sombra debajo de los poros,
cada despojo de puerta de los olvidos acumulados; la sed está
condenada a los vacíos del caos, es decir, a la hondonada de la cárcava
del tiempo, a cada nombre que perdió la ropa en los insectos.
Imagen de André Cruchaga






A BORDO DEL CAOS




Cuando murmuran sus palabras rotas
deshechas en el viento,
CARLOS PUJOL




Mordemos el cactus con la proclama del páramo. Hasta el alma
se borra en la niebla: espesa la sombra debajo de los poros,
cada despojo de puerta de los olvidos acumulados; la sed está
condenada a los vacíos del caos, es decir, a la hondonada de la cárcava
del tiempo, a cada nombre que perdió la ropa en los insectos.
Vivimos días de siniestros paraguas, días sin matasellos ni hojas
flotantes. Días sin manteles y sin manos, lóbregas miradas
sobre cada hueso que sostiene las sienes: estamos hechos a imagen
del aullido; nos come la llaga del estiaje, la piedra que rompió el rostro,
el mapa del mar en las paredes, el eco inoíble de las fotografías
dentro de cofres donde la polilla corroe las monedas y la ropa y el afán
de las raíces. Vienen días como zopilotes a nuestro encuentro:

vertederos en el limo del rostro, petates de ardiente locura,
escaleras golpeando el polvo de las puertas, ciegas penumbras
en los zapatos, sollozos que sobrellevan áridos tractores.
—Un día de tantos nos acostumbramos a vivir junto al sofoco:
hemos desnudado los labios y muerto; cada parte nuestra,
después, se ha vuelto ceniza; ningún cálculo fue acomodo
para una feliz compañía. Sobrellevamos a solas la palabra habitada,
aquella palabra que rompió la sílaba del buen augurio. (En el aliento
llevamos todas las muertes que hemos vivido. Todas las ruinas
que nos dio el vaho, las actas notariales de la niebla, la almohada
desheredada del sueño. Ningún jardín nos dio ojos para la claridad:
siempre la penumbra en el ojo.
Ninguna semilla fue feliz a la hora
del parto; cada viento rompió los embriones,
cada asombro fue navaja;
cada respiro chatarra, códigos de cifradas curvaturas.
Alguien recordará, después de todo, los ríos arrasando la yerba,
el espejo que nunca fue pródigo en la cama.
¿Alguna vez tendremos peces obedientes
en el pulso, soles para ordeñar los pájaros, manos para quemar
las colmenas? —Supongo que podemos hacer humo con luciérnagas
y atisbar el galope afuera de los pétalos.)
Después de todo,
han sido inclementes los párpados en el descalzo zaguán de las piedras,
en la sal de los brazos mutilados por cada infusión de escarabajos.

Debo suponer que los canceles castraron las almohadas,
el tizne en la lengua, la garganta a punto de la asfixia.
A bordo de este caos, casi al límite de la fetidez; la cara menguada
de lo inefable, la mirada rota de la certeza, las criptas extasiadas
del anfiteatro, la película en blanco y negro atrás de las costillas.
Debo suponer, además, que cada uno perdió su yo y que,
de cada escena, sólo queda la fábula. Duele la piedra presa del pánico.
Duele la rima yerta del aleteo, las calles vedadas a la luz.

Barataria, junio de 2011

lunes, 20 de junio de 2011

DURACIÓN DEL TIEMPO


Cavilamos en la campana de las abejas: no hay letargos,
sino melodías rotas, hojas que caducan en el césped; nos duran
las manos, mientras el espejo no quiebra las uñas, ni el suspiro
se vuelve trocitos de albahaca. Cuando los insectos roen la imagen
de uno mismo, es necesario saltar el muro de la hoguera,...
Imagen de André Cruchaga





DURACIÓN DEL TIEMPO




Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor…
JOAN MARGARIT




Cavilamos en la campana de las abejas: no hay letargos,
sino melodías rotas, hojas que caducan en el césped; nos duran
las manos, mientras el espejo no quiebra las uñas, ni el suspiro
se vuelve trocitos de albahaca. Cuando los insectos roen la imagen
de uno mismo, es necesario saltar el muro de la hoguera,
soltar el nudo de los grises, embalsamar la piedrecilla de la congoja.
Dejamos el semblante en cada retrato que abrimos;
es efímera la alegría cuando nos rehusamos a las ventanas:
cada día la nostalgia muerde los atardeceres, las cartas atardecidas
en el mapa de la memoria. Nadie recordará después la luz del parpadeo,
las estrofas que murieron en el rostro, el aullido del quebranto.

El tiempo nos come sin misericordia: escapa en cada viga del reloj,
desvanece los aniversarios. El tiempo de la inocencia se perdió
en el éter de la flama, en la furia insomne del estallido,
en la llave inasible de las luciérnagas. Así de simple es el desplome
de lo inasible, los pronombres cuando caen al agua, el gorgorito
de agua insostenible en la carne, la superficie del espejo que tropieza
con el rocío. (No hay forma de detener todos los vocablos que habitan
en el viento, ni levantar un muro de noche y presagios; ahora sabemos
que en la mesa y las ventanas, sólo ha quedado la noción del hambre
y las letras rotas de las telarañas.

Este tiempo nos ha hecho a semejanza del vaho, círculo de sombras
habitadas por el insomnio, vulnerables a la miseria de los candiles.
Desde siempre jugar al delirio fue un rito insostenible en la pirámide
de lo real, cambiar de traje en presencia del extravío, caminar en lo informe
del latido, dejando a un lado la sabiduría de lo real.
El segundo comió la caricia arenosa de los litorales, las aguas del vinagre
disfrazadas de azúcar, la caricia de pronto encendida del pabilo.
¿Habrá días más perennes para no disfrazar la carne del pétalo,
la puerta de la luz?) Al final cada quien camina sobre el rastrojo
de sus propios cauces. Cada quien festeja lo inasible,
el reino de las sombras en la boca, las sombras que nos balbucean
como teoremas. No sé, después de todo, cuánto dura el tiempo
en la memoria, ni cuándo cambia de pañales el olvido, ni cuándo
se recobra la identidad extinta en el juego empañado de las aguas
que emergen de la conciencia. Alguna vez, seguramente, habremos
de lamer nuestros propios epitafios; sofreír la risa en la polilla,
desvirtuar los petardos de la soledad, los pruritos de congoja.

Mientras vivimos debemos ponerle antisépticos al calendario, y ser
previsibles con las ventanas a la hora de la lluvia y la niebla. Hay atajos
que no conducen a los sueños ni al pecho, sino a los desfiladeros. Los hay.
Después de todo, sufrimos el cataclismo de los balcones día a día.

Barataria,junio de 2011

domingo, 19 de junio de 2011

HIERE LA PÁGINA CON MOSCAS RECOGIDAS


Aquí pasa el tiempo con el huracán de las moscas. La nada fue
preñada de sospechas; después la página con su tinta desgarrada.
En cada excavación del alma, balcones de engaño
como un cónclave de cieno. Aquí revivo el cascajo de los días
promisorios: faroles indelebles, pero ya enmohecidos por el lupanar
de la angustia. Desde siempre he caminado en el desierto...
Imagen de André Cruchaga





HIERE LA PÁGINA CON MOSCAS RECOGIDAS




La libre posesión del dolor, su dulce sombra,
rehaciéndonos de nuevo, diminutos.
JULIA OTXOA




Aquí pasa el tiempo con el huracán de las moscas. La nada fue
preñada de sospechas; después la página con su tinta desgarrada.

En cada excavación del alma, balcones de engaño
como un cónclave de cieno. Aquí revivo el cascajo de los días
promisorios: faroles indelebles, pero ya enmohecidos por el lupanar
de la angustia. Desde siempre he caminado en el desierto
como un nómada de dunas; arde la escritura en los yaguales del sueño,
el acecho que madura en las sombras, la dureza absoluta de las navajas
en el aroma, la dureza de las moscas a la hora de la siesta
con todo el caos que produce la chatarra. Y así debo continuar la marcha,
entre un orgasmo blanco de tiempo; lanzando los fósiles de mi saliva,
el mismo lodazal de siempre, las ganzúas que sostienen el aliento,
el tren de diluvios convertido en blasfemia. Hay huracanes
que duelen en aliento como una estocada a mansalva; existen,
ahora, razones para desconfiar de la risa, de aquellos ruidos
silenciosos que atisba la conciencia en su trance: y claro, ante el delirio
se sazonan las razones, el cielo falso de las palabras, el misterio
que nos arrebata el sueño. A temprana hora he vislumbrado
lo que después sería una tortura: las suspicacias que carecen
de fronteras, la transfusión compatible de las liturgias, el musgo
hecho destino. (A menudo la duda prende la lámpara del desasosiego:
sé que atardece en las venas igual que las sombras
que lamen la noche. Supuse silencios diferentes en mi cuaderno;
grazna el desastre de lo que presentía. Enmudezco. Descorro la claridad
en mis pupilas: de seguro habrá tiempos mejores
que éste mancillado por la ceniza del galope. Al final, cada quien dará
cuentas de su propio olvido; yo me quedo mudando,
mientras tanto, la sal de las pupilas, los propios demonios
envilecidos de la tortura. Me quedo así: análogo a la sombra,
a la carreta de medianoche de la muerte.)

¿En qué tiempo volveremos a la risa después de transitar en tanta
desesperanza, colgados del atril de lo inesperado, moribundos
de carne y pensamiento? —Saber la trama, es entender la batalla;
por cierto, me he dado cuenta de los absurdos, del hastío
que provocó en mí tanta espera. Debo decir que puertas y ventanas
me han vuelto un ser inadaptado: quizá porque siempre he buscado
claridad donde no la había; quizá porque de pronto mi guarida
dejó de serlo y ahora me aferro a los nuevos tiempos. A veces la historia
personal es sólo un juego de ardores, mundos fijados por sílabas,
taburetes de ingobernable lenguaje. Ahora más que antes,
me doy cuenta que ciertas acechanzas, sangran hasta consumir
los sueños. Esto lo supe hoy, después de transgredir el jardín
prohibido de la confianza.

Barataria, junio de 2011

sábado, 18 de junio de 2011

AGUAS INVADIDAS


Duele la sal retorcida en la sangre, la voz vencida en las esquinas
de la muerte: llegan los féretros como enlutadas campanas
del devenir; la inasible forma del ahogo, salta en el abecedario
de los naipes. Hubo mejores días que los cuchillos agazapados
en las horas, repelentes para disecar la alegría, infamias hasta volver...
Imagen de André Cruchaga





AGUAS INVADIDAS




Náufrago estoy, hundido en mi alta noche
y solo, ardido en soledades crueles,
agonizo.
ALEJANDRO CARRIÓN




Duele la sal retorcida en la sangre, la voz vencida en las esquinas
de la muerte: llegan los féretros como enlutadas campanas
del devenir; la inasible forma del ahogo, salta en el abecedario
de los naipes. Hubo mejores días que los cuchillos agazapados
en las horas, repelentes para disecar la alegría, infamias hasta volver
oscura la diafanidad. En las aguas las piedras sin garganta,
deslucidos dientes de la lágrima en el bostezo del ojo inquisidor,
secos pájaros sobre la arena, sin responso, sin el habeas corpus
de la esperanza. En los astilleros muerdo el estertor de las palabras;
cedo a la oscuridad cualquier inferencia malsana,
las ojeras violentas del reloj, la alacena carcomida,
los comejenes de la insania, el desierto calcinado de los días domingos.

Cedo la ceniza y los detergentes, el aliento turbio de los clavos oxidados,
el taburete del engaño: arde la voz de las tenazas, el paraguas
con uñas y su tenacidad desnuda. Me aparto de los minutos sordos
de la garganta; detrás de las pestañas corren aguas de cansancio,
heridas que fue acumulando la brújula; ojos retorcidos en la hoguera.
Es preciso, ahora, ponerle paro al ciempiés de los clavos,
allí donde la sed corta las aguas, y el cardo espía su inútil desamparo.

(Todo está hecho de aguas transitorias: y sin embargo,
pesan los féretros, la metafísica que transita en el espejo,
la caricia inasible de la espuma sobre el torrente de la piel.
Dejo que los caminos sigan estrechándose en la distancia;
remuevo la escalera del insomnio, por si acaso. En cada invasión
a los jardines, se pierden las ventanas, las palabras que siempre
supusimos eternas, la piel donde ahogamos los límites,
la almohada inquisidora de los eucaliptos bajo la abertura primera
de las aguas.) De hecho, sigo el cuento de las Sagradas Escrituras,
la lectura de las goteras como un lento látigo sobre las piedras.
Así alimento está vocación de humosas aguas: la de ir y venir
desde el interior de mi propia piel, bronceado en el conjuro de lo yerto.

Pese a los aleteos infructuosos, sobrevivo a la dosis diaria de desvelo;
camino junto a la extraña laboriosidad de los anhelos:
siempre hay un resquicio para el buen augurio, y el trasiego
del aire en soplo. Me inunda el río desbordado de lápidas,
los huesos desesperados del cadáver, la falta de claridad en la saliva.
Aguas a fin de cuentas. Aguas pútridas donde se bañan las estatuas,
los candiles de la noche, la sábana agria de los amantes,
la lengua cortada del aire, la sombra hecha nudo de las palabras
en el sótano del océano sin antorchas. Así de simple escarban
las aguas en mis límites.

Barataria, junio de 2011

viernes, 17 de junio de 2011

RAPTO DE LA AGONÍA EN EL TABURETE DEL FUEGO


La agonía amarilla, la flema en las ventanas, el rictus de la historia
desangrándose: en cada armario los dientes devastados,
la misma historia de polvo en los periódicos, vos metida en la bocina
de las balas, hasta sangrar las aguas de la piel, los desechos tóxicos
en cuartos oscuros; cada pájaro es un trípode sobre la roca,...
Imagen de André Cruchaga





RAPTO DE LA AGONÍA EN EL TABURETE DEL FUEGO




Aunque era temprano las calles estaban desiertas.
RODRIGO SOTO




La agonía amarilla, la flema en las ventanas, el rictus de la historia
desangrándose: en cada armario los dientes devastados,
la misma historia de polvo en los periódicos, vos metida en la bocina
de las balas, hasta sangrar las aguas de la piel, los desechos tóxicos
en cuartos oscuros; cada pájaro es un trípode sobre la roca,
ramas amontonadas en el humo del tabaco, vísceras en blanco y negro
del cuaderno hecho con frazadas de cuero curtido.

El fuego abre sus válvulas para diseminar las cortinas de la viga
que sostiene los retratos. Maúlla el metabolismo del universo;
gime la pared derruida de la memoria, los fuegos decretados
por el torrente inaudible del sofoco, el aliento al borde de la extenuación.
Al cabo, el crimen nos ha vuelto cómodos: fornicamos a la par
de los cadáveres; sobre la breña, el desvarío de los itinerarios,
detrás de la historia, la mesa está servida: gana el malhechor
y la complicidad, el que lame rostros y pañuelos pálidos.

Así es de macabro este rapto a la inocencia, el nosotros crujiendo
de miedo, los espejos derrumbados del lenguaje, y hasta la fragancia
que nos viene en los canastos del viento. (Sabes que hemos aprendido
mucho de este descalabro: ante la calle del luto, hemos caminado juntos;
en cada acera o puerta, nunca nos ha faltado el sigilo,
los ecos de las alambradas, los Salmos rojos de lo onírico,
la infinita fe para deshacer cualquier entuerto. Cada vez que suenan
los tambores de la pólvora, salen tus brazos a recibirme;
respiramos a sabiendas que podemos morir en el instante del vértigo,
o terminar en el pico putrefacto de los zopilotes. Vos y yo lo sabemos.
Nos embozamos como caracoles debajo de las piedras, exhaustos
tras el látigo de la historia. Un día contaremos todo en un museo
de sueños, puestas en vitrinas nuestras congojas: los días grises salpicados
de vajillas siniestras, enjambres de heridas a profundidad.)

Aún no sé si salvaremos las begonias del traspatio de la conciencia;
no sé si habrá algún bolero para los momentos de ocio,
o simplemente nos conformaremos a consumir analgésicos de por vida.
Lo cierto es que, ante lo humano, seguro que el vacío nos morderá
hasta la médula; así dejaremos de pensar en cosas inútiles
como este desvelo que produce el rapto, la sombra interminable
de la fiebre. Lo único cierto es este desdén extasiado en los huesos
del vértigo: nadie escapa a estos doscientos años de suplicio.
Nadie sale ileso después de pasear por este paisaje carcomido
por la herrumbre. Al final, debemos conformarnos, esta es la aspirina
que sosiega, cualquier otra conducta es motivo de conspiración:
así está escrito en los Manuales del Servicio de Inteligencia del Estado.
(Por si esto pasa, habremos de cavar en el asfalto hasta construir
a plenitud el diario de nuestros orgasmos.)

Barataria, junio de 2011

jueves, 16 de junio de 2011

SÓLAMENTE EL OLVIDO


Está aquí el atajo a través del cual, el olvido se acomoda
en los armarios, plumas leves de luz, a veces paja el silencio
en la alacena: camino en la rueda de la saliva; mientras el tiempo
hace lo necesario y aquieta, mientras duermo, el martillar
de la piedra en las sienes. Es demasiado grande la boca de la eternidad...
Imagen de André Cruchaga






SÓLAMENTE EL OLVIDO





Y la verdad
Hacia mi se abalanza, me atropella.
JORGE GUILLÉN




Está aquí el atajo a través del cual, el olvido se acomoda
en los armarios, plumas leves de luz, a veces paja el silencio
en la alacena: camino en la rueda de la saliva; mientras el tiempo
hace lo necesario y aquieta, mientras duermo, el martillar
de la piedra en las sienes. Es demasiado grande la boca de la eternidad
para mantener ilesa la sangre, la carne y la paciencia;
atrás queda la desnudez desandada del mundo, las muertes que prueban
mi silencio, los tapices sin salvas del momento.

No espero partir luego de este tobogán inasible, ni pastar en los pájaros
del hambre, ni jugar a la oscuridad por error: veo la claridad
en el kerosene del candil, en la hipotenusa de los párpados,
en los primeros vestigios de las puertas. Si alguien toca a la puerta,
no estoy para recordar alfileres; aunque sé que el filo de la ausencia
es presencia de algo: enjugo la piel con las aldabas, suelto las aceras
para que camine el mundo, tomo la bruma de la sal de las paredes,
grafitis de aviesa ternura, bolsillos arrancados a la muerte:
empiezo a caminar, liviano, partiendo el agua de las velas,
las extrañas metonimias del asombro. Un día se llena con todos los cascos
del potrero,: en la alforja hay dátiles de luz. El viento aletea
en la ventana poniente. La leche del cierzo asciende a la aurora,
es decir, al pecho mío entumecido. (Al final no sé si el olvido sea
el analgésico prescrito por el reloj del destello, la cuajatinta en el océano
del vaso, esta edad que perdió los pañales en el trance del desierto.
Pido el olvido como un territorio de rescatadas vasijas; no el antro
que coronó de espinas mis sienes, no el beso aterido en la valija de viaje.)

—Sólo quiero el silencio, el pulso derramado, verosímil,
del incienso sobre el alma. De compañía quiero, la gravedad íntima
del búho, el fósforo de las campanas, el encaje sepia de las telarañas.
No es paradoja mi anhelo: quiero volver a caminar entre veredas,
atravesar alambradas y desembocar en el sueño, en el goteo del escalofrío,
en la memoria a veces clandestina del humo.

Cada día que pasa hago votos por la ternura: y aunque sé que la adustez
anticipa los zapatos, debo darle cabida a los terrones de azúcar,
a ese retumbo del primer gallo en el umbral.
Nunca fue fácil la noche turbia de la intemperie, las voces cercenando
el rocío, el regazo de pronto irreconocible; debo caminar días
de porfiadas estatuas y arrebatos: debo consagrarme al vacío
sin espejismos, a la vida retirada del gemido, a la rotación subterránea
de los faroles, inmolar mi propio espejo,
aquietar las aguas del yo, antes múltiples cuchillos.

(El olvido aquí: me palpo en los muelles con un dejo de gaviotas;
y, aunque desembocan ríos, éstos juegan a mi favor para el olvido.
Lo que queda en el costado, ya ha sido duplicado en exceso.)

Barataria, junio de 2011

miércoles, 15 de junio de 2011

TIEMPO ACUMULADO EN CEMENTERIOS


Soy el tiempo acumulado en los cementerios. El plural proscrito
de las palabras, el vilo de las fotografías en el cartapacio de la muerte.
He andado el calendario en los calcetines de mi muerte;
encomiendo mis cuadernos a la lluvia, doy un abrazo desenfadado...
Imagen de André Cruchaga






TIEMPO ACUMULADO EN CEMENTERIOS




There is no pain you are receding
a distant ship, smoke on the horizon.
you are only coming through in waves.
PINK FLOYD




Soy el tiempo acumulado en los cementerios. El plural proscrito
de las palabras, el vilo de las fotografías en el cartapacio de la muerte.
He andado el calendario en los calcetines de mi muerte;
encomiendo mis cuadernos a la lluvia, doy un abrazo desenfadado
a la eternidad de mi alfabeto, muerdo el pespunte de los pétalos;
cuanta sombra me abraza, la recibo con determinación:
he puesto a prueba todos mis ardores, la capilla de los relámpagos,
el molde la cópula como azor de mis suspiros,
el aire líquido que roza algún ombligo, la caja de Pandora
de la resaca en mis días de bohemio. Siempre hay un momento
para besar la noche y hacer un recuento
de todas las estrellas del cielo; a falta de medicina para la neurosis
y la ansiedad de las carretas, debo enfrascarme en el prisma del silencio,
cultivar legumbres en la intimidad de mi cuaderno.

Siempre muerdo el incienso de las sepulturas: hay telarañas
en la embriaguez del deseo, cementerio de horas, epitafios que convocan
al sigilo, cruces gastadas de tanta intemperie.

Camino en medio de los días grises de las calles, puertas sin umbral
en los pasadizos secretos de la piel,
ruedas de prensa con olor a vinagre
y ángeles profundos que cruzan el matorral.
Desde luego no me confío
de esta estampa inerte, ni del desván hecho de ceniza, ni de las lisonjas,
ni de los sabios que le madrugan al reloj para sorprender a los incautos.
Me río, desde luego, de tantos nombres desteñidos al pie de las efigies,
del escombro que a veces quiere sustituir los salvavidas,
me río de los peces ciegos en la garganta,
de cuanto no es y simula ser.

Si hay un duelo a muerte con mi alma,
es sin duda con la aurora: nada es tan real como este altar de siempre.
Llevo las palabras hasta la agonía de la garganta,
brasa que repta en mi insomnio, destino donde escribo el poema futuro.
Por eso no me preocupan las lápidas, ni las extremaunciones,
ni el canto gregoriano de lo cotidiano, ni los periplos del gorjeo.
Hay cosas que sí me quitan el sueño: la alforja con mis poemas,
las preguntas que le hice a la desnudez,
el destino de mis bolsillos rotos, la desmedida sal de los pañuelos.
Lo que sobra es el saldo que no cupo en el poema:
la flema articulada en el aceite, el páramo derramado en los labios,
la piel curtida de las losas,
la fiebre de escribir para que otros escriban precipitándose en la estrofa
de los cascos del caballo huidizo de los sueños.

Me alejo, exento de reptiles: sólo el fósforo del poema como un tambor
de lluvias apacibles, como el horizonte, lamiéndome,
desde la equidistancia de los barcos…

Barataria, junio de 2011

martes, 14 de junio de 2011

RETABLO


Imagen de André Cruchaga





RETABLO



I
Justo en el sonambulismo transfigurado,
Las telarañas del prevaricato.




II
Silencio despiadado del grito,
En los altares se detienen las fábulas.




III
La brújula del pesebre,
Rústica luz de los trajines.




IV
De sentimientos y alacenas,
Prefiero el tragaluz que dictan los retablos.

Barataria, junio de 2011

lunes, 13 de junio de 2011

APRENDIZ


Imagen de André Cruchaga





APRENDIZ




I

Los árboles en las aceras,
Me enseñan a ser sombra…




II

Alrededor del desvelo,
Todo el vértigo de la calle se torna anónimo.




III

Gotean las páginas de la intemperie,
Cuando las sábanas, simplemente,
Dejan de ser la liturgia de los poros.




IV

No quiero cuchillos en la mesa,
Ya es suficiente la cuchara amarga de la insidia.

Barataria, junio de 2011

domingo, 12 de junio de 2011

NOSTALGIA DEL CÉSPED


Imagen de André Cruchaga





NOSTALGIA DEL CÉSPED





I

En la cripta de la almohada,
Todo el césped, sustancia filial del sueño.




II

El tiempo se resiste a morir;
Hay, en el fondo, un juego sutil de espejos.



III

Camino descalzo;
Siempre es reconfortante atrapar luciérnagas
En medio de la noche.

Barataria, junio de 2011

sábado, 11 de junio de 2011

ASTILLAS


Imagen de André Cruchaga





ASTILLAS



I
Cuando el río suena,
Es porque se rompieron los trasmallos.



II
En los aleros de la flama,
El vértigo se vuelve estremecimiento.



III
Las palabras, de pronto,
Se han tornado acuario del alfabeto.

Barataria, junio de 2011

viernes, 10 de junio de 2011

CREDOS


Imagen de André Cruchaga




CREDOS




I
Aquella luz que vi a la distancia,
Es el karma del ángel que me resguarda.


II
En el signo de los tiempos,
El único olivo son las puertas.

jueves, 9 de junio de 2011

PARÉNTESIS


Nunca vi a través del cristal, imágenes benignas, jardines con campanas,
recuerdos que nutrieran el follaje. En cada puerta, banderas de olvido;
 redes de yute, subterráneas enredaderas;
Imagen de André Cruchaga





PARÉNTESIS




Nunca vi a través del cristal, imágenes benignas, jardines con campanas, recuerdos que nutrieran el follaje. En cada puerta, banderas de olvido; redes de yute, subterráneas enredaderas; camisas de fuerza donde el cielo no deslumbra: en los brazos hay bestias sedientas de hollín, poros de alucinada sal, infinitos ascensores hacia la decrepitud, puñado de azacuanes disputándose el espacio. Las pupilas han tomado el rostro de la lepra; el ambiente alcanza la música del cieno, a cada martillazo, los sueños desasidos, los bordes dispersos de las corcholatas, el odio flotando en los sellos postales: desierto de manteles sobre los insectos cuya hojarasca vuelve intransitable los caminos. (Nada sabe mejor que la lobreguez árida de la tierra. Nadie sabe, ahora, donde están las cartas de navegar, excepto las mascarillas llamadas a suplantarnos, a ser el muro o la otra cara de la conciencia, el precio acaso que se tiene que pagar desde la sombra. En otro tiempo contemplé, ciertamente, el fuego de las promesas, ahora prefiero abrir la edad de las legumbres, los nombres que fui escribiendo al borde del calendario en cada una de las vigas de mi casa. Ahora dejo en el cofre de la penumbra, el brebaje que alcanzó notoriedad de júbilo; dejo la locura de las alacenas, golpeando mi silencio… Dime, ¿hacia dónde van los sueños? Ante el vaho necesito el relevo del insomnio. Y hasta otro olvido para la almohada.)

Barataria, junio de 2011

martes, 7 de junio de 2011

EMBRIAGUEZ DE LA LINTERNA


Me embriaga la pared de la noche con su halo de silencio:
sólo así puedo ver la linterna que posesa de mí,
se adentra en las sombras. Es esa linterna sobre la mesa
de las estrellas, el hilo del sueño en la almohada.
Imagen de André Cruchaga




EMBRIAGUEZ DE LA LINTERNA




La luz que era de oro ahora es de plata.
ÁNGEL GONZÁLEZ




Me embriaga la pared de la noche con su halo de silencio:
sólo así puedo ver la linterna que posesa de mí,
se adentra en las sombras. Es esa linterna sobre la mesa
de las estrellas, el hilo del sueño en la almohada.
Frente a mí, la campana del sosiego, el tren del aliento
resucitado después de haber dormido largos crepúsculos de insomnio.

La claridad fecunda el azúcar del pulso, revive la campana
de los párpados, los puentes colgantes de las palabras
frente al aguacero de la noche. También hay algo de sol
en esta invasión de los sentidos , el tren que le da nuevo derrotero
a los pulmones, la pupila que trasciende en el cuaderno blanco
de la claridad: absoluta, plena, como la rama de ocote brotando
de la trementina. A menudo es incierta la mediallama
del alambique en el paredón de la memoria: incierta, digo,
la silla sobre el abrojo, porque siendo savia, a veces no alienta
la lección de la espina. Por tal razón,
aprendo las vocales cada día, con la única arma del gatillo
de las tildes, con el afán insistente que hiende la fosa
que alienta el despojo de todo lo que a diario vivo.

La embriaguez es así: territorio sin fronteras: estante, también,
de novedosa brevedad;
nadie imagina que camino —tránsito de la memoria—,
por mediasnoches de silenciosas puertas hasta caer en la presencia
de la aurora. No es fácil entender la algarabía de los pájaros
ante el fogón de la fantasía: la luz siempre será proclama del aroma,
ascuas en el pecho que desciende del tejado, tiempo del eco
en la esencia del sigilo. Jamás es incierta la huella que de ella proviene:
en cada pergamino de saliva, hay pálpitos,
jardines líquidos y arquitecturas aquietadas en el oficio del vuelo.

Aletea, pues, en el ánfora del día, esa linterna extraña del anhelo;
el candil que guarda el misterio, rima la travesía del vaho,
las obsesiones que quedan prendidas de las ventanas.
Así es como interpreto el roce alado del arcano:
la llovizna rebrota del anhelo; aborto quedo. Me siento a la mesa
con el alba para despertar del tallo oscuro de la piedra.
La sobriedad no cuenta en este parpadeo de cavilosa claridad;
la herida es puntual en su ardimiento, la mano que la transforma,
el alelí esencial de la pupila, espejo de la linterna.

Así, pues, y hasta ciego quizá en el aliento, celebro los colores
después de olvidarlos. La mano lo sabe cuando palpita en el asombro.
Los ojos lo saben fieles al camino: el reloj bañado en la parábola,
el futuro con una campana en el costado.

Barataria, junio de 2011

lunes, 6 de junio de 2011

PESADILLA DEL FUEGO


Del fuego manso, leve, entre brea y brasa, hoy, fuente de pesadillas,
el diario escribir en medio de tantas pesadillas:
debate del agua que espulga los poros, trépanos donde los discursos
son la polilla del día, extravíos de pensamiento sin asilo.
Hemos de soportar, a diario, la cara invertida de las monedas,...
Imagen de André Cruchaga





PESADILLA DEL FUEGO




Sobre las tercas líneas que dibujan un rostro
ha de pasar la mano piadosa de los años
borrando letras, sílabas, palabras sin sentido.
JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN




Del fuego manso, leve, entre brea y brasa, hoy, fuente de pesadillas,
el diario escribir en medio de tantas pesadillas:
debate del agua que espulga los poros, trépanos donde los discursos
son la polilla del día, extravíos de pensamiento sin asilo.
Hemos de soportar, a diario, la cara invertida de las monedas,
la confusión de ecos que no llega a palabra; entre el subterfugio
y el abismo, existe poca diferencia. De vez en cuando disfrazo
mis brazos y la risa: hay días sólo para masticar alacranes,
sorteamos los corredores del sigilo; lo inesperado no, pues ya sabemos
todo cuanto sucede en la esencia que la luz nos desvela.

El lodazal ha sido erigido para el desvarío; todos sabemos ,
conocemos los tapetes y sábanas que el búho abyecto
descuelga desde su rama de olvido.
—El futuro ha perdido la identidad del presente; no hay ojo mordido
por la piedra de la duda, ni lengua de agua sin heces.
Hemos llegado hasta aquí con las córneas volteadas escribiendo epitafios,
sombras ambiguas de una religiosidad asolapada;
hemos disfrazado el caos por el wall Street neoyorkino;
hacemos predicciones bajo la lupa de los zompopos,
pensamos en voz alta bodegas de hecatombe,
tratados de Libre Comercio, infiltraciones de grandes y pequeños abismos,
calles de comercio clandestino donde nadie puede conciliar el sueño.

Hoy existen los consorcios para soterrar la vida,
al menos es lo que leo en los periódicos, en la parálisis siniestra
de las moscas, en el transporte público de los cadáveres.
(Nadie queda ileso. Nadie se salva de la fritanga arruinada de la noche,
de los chorizos con moscardones de Cojutepeque,
de las contradicciones del vómito en los amantes, fábulas,
leyendas, de salvadores de la Patria, estadísticas de precaria tinta,
domésticas legiones de azacuanes.
Me conmueve la plaza en ruinas del orgasmo, sombras oblicuas del semen,
el sexo a deshoras sobre los vertederos:
así palpamos la fatalidad del fuego, benigna en otros jardines.)

Un día seremos pus; no únicamente llaga, llaga y pus en el punto cardinal
de la evidencia. Cuánto duele la fatiga de estar vivo,
junto al ajetreo ponzoñoso de la muerte; el fuego, aquí, convulso al encuentro del cierzo.
El aprendizaje de la brújula es lento: puede tardar círculos, calendario
de muros; sin duda debemos pasar por líneas inéditas, y hasta, quizá
volver a nacer, descartar el epígrafe de las esquinas, ahuecar
las sombras, evadir el péndulo del vaivén, comer en pequeños
fragmentos los monólogos, vaciar el eclipse de los pájaros
dejar la sordera en la ranura de las carretas…

Barataria, junio de 2011

domingo, 5 de junio de 2011

WALK DOWN


Bajo a lo insondable, a los esqueletos en reposo de la ceniza,
sabiendo que la historia está hecha de labios y batallas:
la memoria lo sabe en su brebaje de insomnios; días donde el deseo
baja hasta el olvido. Es indudable que inmóvil la espero,
los pasos de la muerte del animal de carroña,...
Imagen de André Cruchaga





WALK DOWN




Olvidar es una necesidad. La vida es una pizarra, en la que el destino,
para escribir un nuevo episodio, tiene que borrar el anterior.
Obra de tiza y esponja
MACHADO DE ASSIS




Bajo a lo insondable, a los esqueletos en reposo de la ceniza,
sabiendo que la historia está hecha de labios y batallas:
la memoria lo sabe en su brebaje de insomnios; días donde el deseo
baja hasta el olvido. Es indudable que inmóvil la espero,
los pasos de la muerte del animal de carroña,
los amantes del animal asediado por absurdos, el infinito
donde se bebe el hastío en cucharadas; antiguos paredones
de piernas sin aliento, contrito el sigilo en la extravagancia
de la ausencia, lo visible, lo no visible, los riesgos de descubrir
el dormitorio turbio de las sábanas, en la sílaba enterrada del amor ciego.

Bajo. He tocado fondo tantas veces, que todo lo encuentro vacío
y familiar, las aguas hondas del desierto, el ruido de los calcañales
que madura en la noche, la escritura prohibida de la ingravidez,
la transparencia del vestido ceñido en el reflejo, aquel hechizo
en las manos, desnuda la escalera de la agonía, la hora desdicha
de la estructura del pubis, en la melcocha suma del barro.

Soy un tren alado hasta el fondo: en medio de la debacle mortuoria,
me arrimo al ciempiés de la alquimia,
a ese bajar íngrimo de la chatarra enredada en el cuello del bestiario.

El ojo es el dador de las esquinas; sueño con todos los maleficios
que tiene la desnudez, la escritura delirante de la muerte,
el fuego del juego en el extravío de perderse en el mescal de la muerte;
el puñal que subvierte los resplandores, la caricia sorda en lo subterráneo,
los días contados del abismo, cuando el diente mastica la soledad
sin callarlo. Abro la caja negra donde está mi cuerpo:
de una u otra forma, he conspirado absurdamente contra las ventanas;
restituyo a fondo la respiración cuando estoy a punto de lamer
la añoranza, la obediencia transformada en libertad,
el silencio en memoria, la duda en filo de verdad y alabanza.

Más abajo, las palabras escindidas de los muslos a los que tantas veces
trepé con la duración de los ungüentos:
fue algo obsceno la rama de moscas en el abismo de los contrarios,
en el tiempo carnal de la espuma. En el tiempo, simplemente.

También debo pensar en la rotundidad de los coleópteros,
devolverle a los gusanos la Patria del fracaso, las tijeras de poder junto
a otros aperos para cortar cabezas a mansalva. Este infierno es obsesivo;
lo sé ahora que he llegado al trépano de la tristeza con el único aliciente:
el panal del grito, los días religiosos del calendario, la apostasía
como un petardo en las sienes. Es otra manera del espejo en el abismo:
mi mundo, el mundo. Mis hecatombes: el fluir de la conciencia
al servicio de la breña: asesinos comiendo de la opulencia de otros
sueños, atrapados como yo en la inclemencia de la muerte,
junto al espejo negro del cataclismo de los ciegos con su bastón
de furtivo desfile. Bajo. He bajado hasta las heces de la calamidad.

Barataria, junio de 2011

sábado, 4 de junio de 2011

VACA GORDA DEL BUEN AUGURIO


Hoy quiero obstinarme a la quietud y no a las crisis
de tanta saliva pululando en derredor de los jardines:
ya hemos tenido de sombra vacas flacas en los sueños;
sé que no hay piedad en este mundo globalizado de la espuma,
ni paraísos instantáneos que subviertan los matorrales.
Imagen de André Cruchaga





VACA GORDA DEL BUEN AUGURIO




En el vértigo del espacio, la tierra densa
traspasa la palabra que la nombra.
JOSÉ SARAMAGO




Hoy quiero obstinarme a la quietud y no a las crisis
de tanta saliva pululando en derredor de los jardines:
ya hemos tenido de sombra vacas flacas en los sueños;
sé que no hay piedad en este mundo globalizado de la espuma,
ni paraísos instantáneos que subviertan los matorrales.
Me duele tanta desventura racionalista. Ahora es un laberinto
la economía y el sistema de partidos políticos.
¿Podemos medir la muerte y la libertad juntas, la asfixia,
los condones, los desajustes con la barita mágica de la buena suerte?

Supongo que en el tacto habrá días mejores
y no necesariamente ambigüedades del tamaño del Planeta.
Sin embargo dan miedo las tormentas venideras,
los apóstoles, exégetas, los iluminados que ven la aurora
desde limusinas, los que tienen ojos geométricos
y pupilas de rinoceronte. Siempre he sido optimista
del arrullo; pero despierto, viendo la Torre Eiffel del hambre,
los reinados y ducados del aullido, la fascinación
por los rascacielos del cartón, que supongo no es oficio
de la Santísima Trinidad, sino de la preñez a destiempo,
de pronto es necesario Freud con los espejos superpuestos
de la libido, el yo, el super yo, y cuanto se le ocurrió ver
en el pantano de los sueños. Estoy convencido
de que la transparencia es una decrepitud en nuestras mesas;
nunca ha sido una apuesta sincera,
sino mera mercancía subjetiva, tiliche irreparable del vejamen.

Los ángeles y los arcángeles se quedan mudos:
no tienen cabida en esta marea de gusanos.
Hay mucho que ver todavía, antes de que la felicidad llegue
a la tierra, áurea y libérrima.
Antes moriré frente a la barricada: loco, con la sonrisa a destajo,
vértigos y quizá hasta el olfato aguzado. En manos de quién está
el Paraíso que anhelamos,
bajo qué sábanas se oculta el abismo,
quién hizo circo de la evolución del areópago,
de la loba y el lobo,
del surco y la tinaja, de la troje y la piladera,
del chorrito de agua del nacimiento, quién desató este puño
de tempestades y ahora nos viene con espejitos para el trueque.

Por si acaso debemos andar en los bolsillos un ramito de ruda
y bañarnos tres veces al día con ese amasijo de yerbas;
también un ojo de venado envuelto en franela roja, encender
velas de todos colores, enflorar el Sagrado Corazón de Jesús,
para quitarnos el mal de ojo y quede bien hecha la limpia.

Barataria, junio de 2011

viernes, 3 de junio de 2011

HÚMEDOS CONTRASTES DEL ESPEJO


En cierto modo, los espejos del orgasmo son gelatinosos:
espejos desbordados en sal áspera del cuerpo, felaciones
donde el infinito muerde las palabras, escaleras aéreas,
terrestres, donde el poema corroe las aguas del pecho.
Y el delirio, cada vez, se abre a las esquinas de las pupilas,...
Imagen de André Cruchaga





HÚMEDOS CONTRASTES DEL ESPEJO




(…)con música y trajes regionales, en memoria de una antigua batalla
que dejó sobre esta pequeña cumbre numerosos muertos tendidos…
PIERRE LOTI




En cierto modo, los espejos del orgasmo son gelatinosos:
espejos desbordados en sal áspera del cuerpo, felaciones
donde el infinito muerde las palabras, escaleras aéreas,
terrestres, donde el poema corroe las aguas del pecho.
Y el delirio, cada vez, se abre a las esquinas de las pupilas,
al vértice cernido de la estrella polar, aromas de albahacas
en el pasillo de los poros: sueños, memoria,
quiebran el tarro de la boca, llegado a la puerta hasta palpar el laberinto
donde Dionisio flota en el cristal del sueño.

Hay Hefesto en esta cadencia del infinito, y no Hades que espíe el ahogo,
ni golpes bajos al fragor de los contrastes entre cielo y tierra.

La claridad ocupa sus propias sábanas; la humedad,
las gotas de azúcar que la boca del rocío avienta a borbollones
en el alma sola contenida en los brazos. Encima de las sillas
del firmamento, crecen los espejos como un paisaje desvelado
por el árbol que habita la madera. a menudo es tenue el vuelo,
pero lo aligera este ahora de ardores, húmedos espejos
en la intimidad de mi sombra, persianas instintivas
cuando el incienso toca el taburete del deseo. En la humedad,
el walk down del entrecejo hasta el ombligo, hasta el lunar verde
del deslumbramiento. A través de los espejos, la vaina enardecida
del manifiesto, los manuscritos de la brisa,
el sudor haciendo la tarea, el río de las palabras
al límite de la compuerta, el desván de los sonidos en la fuerza de la sed.
En medio del césped, los eucaliptos rojos del respiro;
y aunque son poco los meses, el calendario crece en la rama del estiaje.

 Crecen los contrastes: uno excava en los sembradíos germinados,
los espejos que toman forma humana en la cumbre del oxígeno.
Así, entonces, eternizamos el instante,
esta humilde faena de lavanderías, los muslos hechos vida,
en la cosecha transparente del espejo. Después de todo,
las aguas del cuerpo fermentan el tiempo, esa transparencia cubierta
de destino. Después de todo, así se hizo también, la miel de las abejas,
el temblor humano del aleteo.

En cierto modo, las estatuas, desde la oscuridad nos dan una terrosa
transparencia; en las enredaderas del pensamiento,
los vidrios son graneros urbanos donde la vida toca fondo.
Después de todo, no existen seguros de vida para los paraguas
gastados en la humedad del estruendo, en los golpes de conciencia
que amortiguan las toallas, ni en las páginas amarillas del goteo,
 fosforescente de los políticos de turno. Cuando me acuerdo
de toda esta promiscuidad del ejercicio del poder ciudadano,
pienso, sinceramente, en las ventanas cubiertas con cortinas oscuras.
Todo está dicho, después de todo, en la carreta que hala los bultos
de nuestra propia risa, la conciencia vista en el espejo colgado de la pared.

Barataria, junio de 2011

jueves, 2 de junio de 2011

DIGRESIONES


A cada noche le ofrezco pedacitos de incienso,
ungüentos de alegría y almohadas de otras esencias divinas.
Si alguna vez desaparece el orbe es porque lo tragó una tortuga
más grande que el globo terráqueo.
Cuando las ventanas suspiran es porque una mujer pasa rozando
el infinito de la madera.
Imagen de André Cruchaga




DIGRESIONES




…los surcos oscuros:
Pensamientos en formas de orugas…
JULIO HERRERA Y REISSIG




A cada noche le ofrezco pedacitos de incienso,
ungüentos de alegría y almohadas de otras esencias divinas.
Si alguna vez desaparece el orbe es porque lo tragó una tortuga
más grande que el globo terráqueo.
Cuando las ventanas suspiran es porque una mujer pasa rozando
el infinito de la madera.
No hay por qué temerle a los puntos cardinales,
cuando éstos hacen la siesta en el trópico.

Perdido en el cuerpo del deseo, me aplomo en las ingles,
luego la isla con sirenas; entre las miles de puertas que tocado,
siempre hubo mucho espejismo y negaciones;
nunca he jugado a los crucigramas porque he sido torpe
para “retorcerle el cuello al cisne, blanco o negro , de los acertijos;
en el pecho cabe de todo, menos la ropa interior arruinada por el uso;
para ver azul el amanecer, hay que cantar junto a los gallos.
Un día de estos llenaré mi baúl con todas las palabras desahuciadas
por el prójimo.

Lo impalpable siempre lo es en las fragancias,
cuando el viento se precipita en los sonambulismos;
siempre que suena el acorde de los pezones,
recuerdo el primer espejo que bebió mi esperma,
el antes y el después es una escala de grises.
El látigo del calor me arroja al piso; a falta de alberca, después
me arrebata la lujuria de los ladrillos pegados a los poros.
Es difícil mantener los ojos abiertos cuando enloquece la intensidad,
el césped que se pega al olfato.

Entre un pie y otro pie, hay noches malheridas supurando esquinas;
por suerte aprendí a caminar sobre las aguas del sollozo,
después de haber tomado mi ración de purgante.
Se dice, a menudo, que hay días malogrados; en realidad no aprendieron
a nadar en la intemperie, ni a saltar sobre el aullido.
Si algo aprecio del teatro griego, es la comedia: sobre todo el “parodos”
Y el “éxodo”, la entrada del coro y la danza ritual.
Cuando la espera se hace larga, hay necesidad de exorcizar
la memoria: las excusas triplican el tanto por ciento,
la erosión hace cárcavas en el pecho.
Cuando alguien mutila anticipadamente los quejidos, es decir,
los jadeos, le viene después el mea culpa, que no se cura con las manos.

Ahora que hay tantas redes sociales, abunda la idolatría por los peces;
hoy debo elegir dónde dormir entre tantos escondrijos:
algo me dice que el balbuceo es la luz en boca de los niños;
por ello, a menudo, existen engendros de este tipo.
Cuando muera, quiero que mis párpados lleven epitafios; y el ataúd,
imágenes del niño de Atocha y un cántaro de galopes
por si alguien quiere humedecer el cuerpo…

Barataria, junio de 2011

miércoles, 1 de junio de 2011

ANHELO EN LA PENUMBRA DEL JARDÍN


Hasta ahora, en los límites de la penumbra, el goteo sordo
en la ventana, al límite la plantación de las heridas, el jardín
de medianoche quebrado por la rama de las propias vestiduras.
Toca morder la piedra hundida en el trasfondo de la Esperanza,
librar todas las batallas terrenales, hasta quitar los tatuajes...
Boceto de Miguel Ángel polanco, pintor salvadoreño




ANHELO EN LA PENUMBRA DEL JARDÍN




Y ahora, en la dulzura del sueño que me queda, amo
en la sangre la memoria, escucho y me veo
árbol arraigado en el grito de la pasada maravilla,…
CARLES RIBA [Elegías de Bierville]




Hasta ahora, en los límites de la penumbra, el goteo sordo
en la ventana, al límite la plantación de las heridas, el jardín
de medianoche quebrado por la rama de las propias vestiduras.
Toca morder la piedra hundida en el trasfondo de la Esperanza,
librar todas las batallas terrenales, hasta quitar los tatuajes
de las mejillas; y claro, nunca fue fácil amanecer en las iniquidades
de la sal, en los caminos apagados del polvo,
con la breña hasta el ombligo. En cada cierzo colgado
de las enredaderas, hay silencios, luz, surcos,
hay azacuanes y búhos, casas agrestes en el horario
de los muebles, muertes, hambres, caballos de rabioso hocico.

Yo hubiera querido vivir en un País sin greñas, rural,
cumpliendo la faena en los gallineros, segando de manera indestructible
los chupamieles, sin noches, abriendo las mañanas del fuego solar
de la cocina. Pero debo confesar que no fue posible:
me inauguré en los tapiales de la sed, en la infancia del harapo malicioso,
habité el corredor del frío, hundí mi ropa en el alfabeto
hasta sangrar de silencio y otredad. Hoy, sin embargo, debo pensar
en los telares de la extremaunción, en cada golpe que me dan
las banderas, en el tirofijo de la ternura desfallecida,
en aquellos anhelos enlutados, puestos en un momento en la balanza
del calendario. Arde el pecho en el libro abierto de los trenes,
en la letra que se resiste a los relámpagos, sangra amargo el camino
de los pájaros. Hay pantanos en la campana del páramo.

Es probable que el grito no sea suficiente muestra del crepúsculo
enrarecido; y sin embargo, ojos y piel,
sienten el despeñadero angosto donde crece el tarot de los cuchillos,
el naipe de los párpados, la máscara del cuento de ficción,
en la letra de cambio sin sentido de la tumba; de pronto también,
existen anhelos de ultratumba, días de agobio, sordos rótulos,
dineros “malavidos” en el agujero negro del tabanco,
en el plato gastado del humus. (Con todo esto, se hacen cada vez,
más inaccesibles los jardines, las zonas verdes del pulso, el olvido,
tan necesario para sentir el granizo circular del polen.
Percibo cierto sonambulismo rompiendo las alcantarillas,
ciertos muertos cada día agregados al plato de comida,
sin restarle intemperie a la noche.) Después de este pliego de zozobra,
 ignoro qué vendrá: a lo mejor pueda esclarecerse el camino,
y los sueños no cuelguen de los dedos de las manos,
ni se mezclen con la desventura que es ponzoña de la herrumbre.

Seguramente un día veré días soleados: aroma de orégano en el rocío
del semen, y escaleras para saltar la escalera de los grises.

Barataria, junio de 2011