martes, 30 de agosto de 2011

ESTE FRÍO ACUMULADO EN EL SILENCIO


Como en la intemperie, el silencio derretido en las aguas del frío,
frío de plomo como los alfileres de la noche en el cuarto
menguante del calendario. A éste sigue la invasión
de los destrozos, el antifaz con su poderío incierto e indecible,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net




ESTE FRÍO ACUMULADO EN EL SILENCIO




Cuando uno se ha sumergido largos días
en las cosas, pasando los ojos por las aristas
de los muebles, por las superficies;…
CÉSAR SIMÓN




Como en la intemperie, el silencio derretido en las aguas del frío,
frío de plomo como los alfileres de la noche en el cuarto
menguante del calendario. A éste sigue la invasión
de los destrozos, el antifaz con su poderío incierto e indecible,
cuando ya nada germina en las criptas por más inocentes
que sean las nostalgias que atisban espera y miseria.
Cada vez se fue haciendo basalto esta ciega torpeza de mis poros
hasta horadar los huesos, sismos que sólo yo entiendo
en el desarraigo contenido en el mi propio pantano; cada vez
—digo, con cierto dejo de resignamiento—: uno es al final
la cosecha de los centavos que la memoria sembró en los bolsillos.

Hay frío acumulado en mi garganta, es cierto;
pero también lo hay en las ventanas, en la tarde que madura
en los litorales, en el adormilado pájaro entre las sombras,
en el éxtasis del viento que ahora hierve en tazas de lentos sueños.
Todo es, a propósito, la medida del tiempo que ocupa el cristal
de los ojos, la tentación del fragor por los pretéritos,
esta vocación de dormitar en los abanicos del retumbo,
en el entorno de la piedra de medianoche; y así voy,
descifrándome, a menudo es hambre es insuficiente para llenar
sin tregua la bitácora acumulada en el silencio. En cada tempestad,
uno hace toldos en la almohada,
descansa sin abrigo los embates, hasta que se entiende la agrietud
de todo el desarraigo. Aquí este frío con sus contradicciones
y purgantes: zumba el asma de los girasoles, la danza de Perséfone
sobre el hielo con candiles de pretencioso alarde.

En todo este tiempo de sueños, los sentidos vaciaron su trascendencia,
diademas de crepúsculos atizaron mis brazos,
cada día fue de descubrir alambradas sobre el cuerpo,
ruidos que ahora han cobrado la dimensión silenciosa de las piedras,
 porque después de todo, uno llega a entender que la Esperanza,
no se construye sólo con anhelos, sino escribiendo
con fuerza en la pizarra de la vida, hasta que la ilusión
es total existencia integrada al equipaje.
Ahora sólo queda en mis manos, —más allá de cualquier ejercicio
de aguijones—, refugiarme en este cedazo del silencio,
sin que la boca tirite agradecida.
Nadie más puede ya estremecerme en la hoguera, sino la incesante
Colmena del calendario con el asombro inefable de la memoria:
El frío es ese otro espejo que hace falta en los brazos para desechar
Los pañuelos, el arduo ahogo de los zaguanes…

Barataria, agosto de 2011

lunes, 29 de agosto de 2011

AHORA, EL OLVIDO Y LA RENUNCIA


Ahora escribiré mi poema con olvidos y renuncias para callar
los clavos que caen sobre mi pecho como piedra y almádana
en la altanoche de estos dedos irremediablemente agrietados
por este desvivirme en los nombres, pájaro sin pan en la ausencia,
caminar a ciegas como un espectro invisible,...
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AHORA, EL OLVIDO Y LA RENUNCIA




Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,…
SAN JUAN DE LA CRUZ




Ahora escribiré mi poema con olvidos y renuncias para callar
los clavos que caen sobre mi pecho como piedra y almádana
en la altanoche de estos dedos irremediablemente agrietados
por este desvivirme en los nombres, pájaro sin pan en la ausencia,
caminar a ciegas como un espectro invisible,
sabiendo que nadie me espera con la pureza de los pétalos
recién bañados por el cierzo; alrededor de mí se multiplican
las preguntas, la muerte y la vida trasnochadas en el camino,
la piel eriza de las enredaderas; el filo posible de la inminencia
me dice que todo está consumado: ahora voy lento,
lento como una hoja que cae sobre las demás hojas del follaje,
tratando de dibujar el asombro en las paredes del aire;
luego me doy cuenta, también, de la levedad de mis bolsillos,
desabotono los ojos del cansancio, veo ínfimo el agujero
de los párpados, la piel que se me ha ido gastando en tanta claridad,
en aquellos dos terrones de azúcar que nunca me dieron tregua.

Allí aprendí, —tal las palabras de San Juan de la Cruz—
ciencia muy sabrosa; pero así como lluvia,
sabiamente concluye su existencia. Y me digo:
después de lamer cada poro de eternidad, y ser parte fiel
de tanto silencio, que es más digno el olvido y el silencio,
que volver a tocar puertas sin sentido. El escalofrío ha sido
un desparpajo de oscuridades, sin más, aprendo a despertar
sin duplicaciones, aunque un cuerpo y otro cuerpo,
se fundan en la oscuridad de un sólo cuerpo;
jamás he sido partidario de tantas preguntas, jamás doy respuestas
a los recuerdos, a las luciérnagas, a las sombrillas que sospechan
del tiempo, al invierno que saca sus dientes líquidos,
al verano que muerde el cuerpo de páramos,
de sombras sudorosas y labios decadentes y no a las raíces
que sostienen los pilares del día. Jamás he sido carnada
de sumarios ni interrogatorios en la intimidad de tragaluces;
no sirven los amores con un nudo en la garganta,
ni mucho menos andar descalzos al borde del vacío,
ni dejar el cuerpo desnudo sobre el petate de la noche.

Ahora debo ocuparme de sellar el pozo de los pensamientos,
porque debo comenzar a desdibujarme para luego sobrevivir
a tanta polilla en mis poros.
Debo cambiar de casa e indumentaria,
del oficio de morir todos los días, a encontrarme a mí mismo
en el cuaderno del olvido. Así sabré si el infinito es sólido manuscrito,
telar de mi lengua e íntimo catálogo de mi conformidad proscrita.

Barataria, agosto de 2011

domingo, 28 de agosto de 2011

EN LA TARDE, LOS TRUENOS, LA LLUVIA…


Vastedad de truenos y lluvia. La tarde se encamina a la bruma;
estar aquí agarrado del sostén de las gotas, suerte de escapulario
y espejismo, tiempo frenético del abismo donde aclamo
la lumbre inasible de la memoria que habita la carne.
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EN LA TARDE, LOS TRUENOS, LA LLUVIA…




Ahora siento cómo me duelen las palabras
cada vez que hundo mi voz en sus pupilas,
para salvarme de su olvido impenetrable.
SIMÓN DARÍO RAMÍREZ




Vastedad de truenos y lluvia. La tarde se encamina a la bruma;
estar aquí agarrado del sostén de las gotas, suerte de escapulario
y espejismo, tiempo frenético del abismo donde aclamo
la lumbre inasible de la memoria que habita la carne.
Míos son los nombres cercanos a las acequias: nombres, digo,
que abren el cuerpo ante tanta caída, vacíos en el duelo
de la ausencia, abajo los pies descalzos sobre la tierra.
En la tarde, simplemente.

En la tarde, despierto al litoral de la palabra que circunda
los alrededores; los truenos, la lluvia, con distintas calles y razones
para habitarla. En la tarde. Es de tarde. Y llueve.
Y llueve como lloran las alas, en el caos del aire, en la orfandad
que produce el vejamen; días enteros llueve.
Días enteros, la tarde de la infancia en el silencio; sólo el trueno,
mismo que hace harapos el rostro, asoma el abandono con lamento,
juego a la evasión de tantos antifaces, exorcizo mi propio falo,
hasta arquear el espejo de los barcos.

En la tarde es tarde y los truenos y la lluvia,
hilvano días que me sean vivibles,
los días sin deshora, la hora que empeñe su brillo en mi aliento
donde ya nada despierte otras sombras de indecisos murciélagos.
Soy parte de ese humillo que brota de la colilla ya casi agotada
por el aire, aunque el escepticismo juega con sus balsas,
juegan los peces de colores como juguetes en la acequia
de esta sangre que gime. Es tarde. Y sin embargo,
siempre es tarde, para desafiar largas palabras en desorden,
aventurarme al delirio en la pizarra del agua, volver la memoria
a la neblina de lo amado,
escribir un largo poema sobre la ternura. Es tarde para andar
en los andenes del fango; todo me obliga por ahora al silencio.
Debo contemplar, por si acaso, el paisaje que me queda,
esta neblina que a ratos aúlla, del brazo de mi lengua, viaje por fin
incurable. Es tarde. Siempre es tarde en la tarde.

Siempre es tarde, aquí: lo digo cuando las osamentas me aturden
y trato, —así de simple—, de purificarme en la marcha,
de contagiarme de puertas sin doblar las rodillas.
Los truenos, la lluvia. Esta lluvia sin pasar el puente invitado,
esta piedra de cansancio en la garganta,
el ardor de las paredes en los labios. La soledad trepando a la madera.
Todo el subsuelo en trance de fuga, la niebla abstraída
en cada uno de mis epitafios que, por cierto, empiezan a tomar forma.
En la tarde, siempre es tarde. Tarde para todo lo que nutrió
la ausencia, la lección de la piedra sobre el agua…

Barataria, agosto de 2011

sábado, 27 de agosto de 2011

RECURRENCIAS DEL OFICIO

La noche desnuda en el pestañeo de tus poros, lagos,
islas de párpados, colinas descubiertas bajo los balcones
de la lengua, claridad de sílabas donde silban los cascos del susurro,
la voz de la flor al rasguño, días nunca agotados por más semanas
 invisibles en el yute del aliento.





RECURRENCIAS DEL OFICIO




Ahora me pregunto qué fue de aquellos fuegos
y de su norte, la ceniza.
BLANCA ANDREU




La noche desnuda en el pestañeo de tus poros, lagos,
islas de párpados, colinas descubiertas bajo los balcones
de la lengua, claridad de sílabas donde silban los cascos del susurro,
la voz de la flor al rasguño, días nunca agotados por más semanas
 invisibles en el yute del aliento.
Devota la claridad revelada en las ingles, pequeños hundimientos
de la memoria desde las recurrencias del cuerpo, oficio al fin,
de caminar sobre el fuego, hacer el fuego en cada labio presentido.
A menudo se siente breve el laberinto de la cueva,
pero es sólo el ombligo en mi ceguera el que disfraza
o revela el matorral agitado de las palabras, el tallo vertical del poema
el que, en su escalofrío, repta los líquidos del magma,
el humano grito enronquecido en los hilos de las telarañas.

¿Qué círculo inevitable es este de atrapar pájaros con guitarras,
y melódicas en la sonata del cuaderno? —Sin duda,
cada vez muerdo los calcañales del campanario,
la hora que arrastra el ojo en medio de las persianas,
el filo de la fragancia tan constante como la porfía del tropel del viento
en la gravedad del tumbo de la ola. Todo resulta ser, pues,
recurrencias del oficio: la deidad de las panaderías con la levadura
elevada a los siete círculos de las esquinas,
el triángulo semiurbano que chirria en mis oídos y luego desborda
mis inviernos, quizá la dentellada para que se abran las rendijas,
quizá el legajo de tinta sobre el cuaderno,
la vocación de quedarnos en la aurora hasta hacerla doméstica
como las aves de corral de los capullos.

(A veces me quedo como un roedor, simplemente, masticando
los recuerdos, contemplando la flacidez después de la batalla,
cuando el poema ha concluido y hay que afilar la luz para la nueva atarraya.
Sea, pues, la verdad frente a la puerta, la que ajuste
las pupilas a los dos mundos del letargo, —desvarío por vocación
a la tormenta, en la mano del aire abierta al escondrijo azul de la altura.
Toda la vida está llena de ciénagas y pasadizos,
desolladas escaleras del azúcar en el vientre,
muy a pesar de la voluntad y las urgencias.)

A mitad del rojo de la Esperanza, el bulto impreciso de las bragas
disuelto en las palabras como la humanidad acurrucada de hoy en día;
puentes atrapados en la golosina del lamido,
el oficio de buscar la consonancia, limpiar la breña del infinito
para que la página quede límpida como el espejo,
sólo con el ritmo preciso, sin más cesura que la madrugada en el tacto,
blanca sed del silencio en la alta mar del panal y la colmena.
Por desgracia, siempre vuelvo al mismo río de la historia,
para dibujar el sexo de las palabras allí donde repican las olas,
la pócima de tierra de mi Universo…

Barataria, agosto de 2011

viernes, 26 de agosto de 2011

MANTEL NOCTURNO

El mantel de la vida, el mantel del cuerpo, los poros, —el césped azul,
flotando en las hojas como la brisa clara de la mañana;
según el aliento, invade los relojes, descuelga los dedos mutables
del calendario, sube la estrofa de la escalera,
la lengua de los ascensores, la saliva en el polvo de la sombras,...





MANTEL NOCTURNO




Por mucho que haya avanzado el mundo, en estas lides, no
he de capitular sin condiciones.
MARÍA ROSAL




El mantel de la vida, el mantel del cuerpo, los poros, —el césped azul,
flotando en las hojas como la brisa clara de la mañana;
según el aliento, invade los relojes, descuelga los dedos mutables
del calendario, sube la estrofa de la escalera,
la lengua de los ascensores, la saliva en el polvo de la sombras,
—allí me quedo vistiendo con orgullo las palabras,
el agua errante de los días que nos vieron nacer, trenes de brazos,
sobre la sal de la mesa. La sábana en la noche,
también es un mantel donde los cuerpos se dilatan y aprenden
a desmoronarse desde el techo. En el vaso húmedo,
la puerta revivida de cuantos ojos nos agolpan,
los poros enclavados en el tacto, juntos los labios y el bastón
de las semanas, los paraguas angostos de los lóbulos,
el plato del ombligo extraviado en la carne como un isla
o una taberna en el pecho. Bebemos siempre lo nuevo de la respiración
quemada, siempre oscura claridad la sandía del tórax,
encendida de ola crecida en la foja de la piel.

Nocturno el lápiz del pan sobre la mesa servida:
ahora hay miel y fuego en las manos, hay ojos multiplicados
como una melódica impecable de sonidos; hay verduras y hambre,
sangra, salta, corre el deseo, los tenedores tempranos de la noche,
fluyen las aguas como un tren líquido,
todo, el mismo libro voraz del fuego. Todo, en una sola mesa,
sin ser la misma piel en la boca, calles,
caminos donde se juntan las brazos; calles, caminos sin puertas,
nuestro mantel nocturno como un rito caminando sobre el aroma
de la harina. Nos hemos vuelto necesarios en la obediencia del eclipse:
necesitamos siempre una lectura postrera del sueño,
lecturas con alas, y repetidas hierbas en coro, hilvanes sin mesura,
y orgasmos de rudo zodíaco en el pentagrama.
Sobre el mantel nocturno, se agitan las sastrerías,
la tinta chamuscada del musgo, el barco que ancla en el vestigio.

En esto, la nocturnidad es nuestra aliada porque nos faltan días
para la vida, nos faltan dientes para masticar todo el follaje,
nos faltan caminos para andar todos los zapatos,
nos faltan tristezas para elevar todo el entusiasmo,
nos faltan ojos para dedicarnos sólo al tacto,
nos falta fuego para vivir todo el invierno,
nos falta arcilla para dejar de ser barro, nos faltan muertos
para vivir en el cielo. Pese a todo, trizamos el valor para probar el miedo,
hacemos puño el mantel de los pétalos para dejar el espejismo,
estiramos las costas para ver todo el litoral sobre la mesa del hálito.
Al final derribamos la frontera del sombrero, y el cofre del paraguas:
el zumo del silencio cae sobre los racimos del pulso…

Barataria, agosto de 2011

miércoles, 24 de agosto de 2011

CEREMONIA DEL FUEGO QUE FENECE


Rolando Elías, El Salvador, +1999





DE: CEREMONIA DEL FUEGO QUE FENECE
(Fragmento)


Al poeta Rolando Elías, in memoriam.



[Este diálogo imaginario lo escribí, cuando el poeta y amigo Rolando Elías, estaba en lecho de muerte, 1940-1999. Hoy transcribo un fragmento como un tributo a la amistad y a la poesía. No he querido cambiarle comas, ni tildes. Lo publico tal cual salió. André Cruchaga]



Poeta 1

Hay una larga sequedad en la Esperanza.
Hay sombras de mármol en la conciencia.
Hay vanos ángeles en los sueños.
Hay tumbas en el orgasmo de los árboles:
savia sacra de la materia entre losas.
Hay una luz que no duerme:
ovejas de dulce ingenuidad.
Hay en las lágrimas un hilo apretado
de vagas noches sin raíces.
Hay frases de una densa impaciencia:
mojado corazón de los labios.
Hay inmortalidad en las palabras
del gusano que roe lentamente la carne.
Hay ocaso en el secreto alado de los nombres,
en la mente que sueña, en el delirio del alma.
Hay herrumbre en el silencio
como libros gastados que cierran su ciclo.
Hay polvo picoteando los párpados;
pero no polvo enamorado
como dijese don Francisco de Quevedo,
sino polvo deshaciendo la vida en vacíos inefables.



Poeta 2

La muerte es mágica:
desangra los tiempos o los coagula.
Se habla de la vida que retorna desde los muertos,
del alma, del espíritu y lo eterno.
De pronto me doy cuenta que la muerte es inexplicable:
en ella transitan paisajes alados
ríos de pájaros entre las sombras
caminos que sueñan
en las escalera de las nubes.



Poeta 1

No muere sólo la carne que mantiene
las estaciones de la vida,
sino el hálito infinito de fe y Esperanza.
Por desgracia, hablo de una y otra muerte:
la que me envolverá un día con el musgo;
la otra, la que deshace el interior del alma.
Es un eco abriendo la memoria:
vitral de bolsillos rotos
o noche infinita de sollozos.
Hay relojes efímeros como la hoguera;
se reza y los labios sangran.
Ya lo dijo Rubén: “Agobiada conciencia
mata el ideal de pronto”.
¡Ah, “yo soy un esqueleto misterioso y escueto;
Guardián de mis abismos y mis sombras”!



Poeta 2

Se viene de un mar de símbolos viscerales.
Esa es la primera batalla que se libra;
luego se inventan las parábolas y los sueños.
El milenario resplandor del orgasmo,
los audífonos ancestrales de la cópula,
los desnudos pétalos de la luz,
la bitácora sutil de las emociones:
el amor con sus eternos ausoles.
Después el pulso calla sus líquenes;
el ideal —aquél ideal enhiesto— tórnase bruma
y muere ante la prominente realidad
que nos impone el frío de las soledades.



Poeta 1

Bebo el humo de la noche
en la vasija del invierno donde están mis sueños.
De madera ha sido hecha mi vestidura final
y de oscuros infinitos mi futuro.
Hay cosas que quedan en el horizonte:
los meandros de la memoria
que hacen de las aguas
cárceles de apretados fantasmas.



Poeta 2

¡La vida, erosión de los vientos!
De todos los vientos que empujan a un barranco sin latidos.
De todos los sueños sin verdor ni raíces.
De toda la muerte convertida en tierra.
De toda la fe hecha herrumbre.

¡Ah, humano espejo de martirios!




Poeta 1

Resisto a la oscuridad que desciende;
he sentido el llamado.
Dichosa tú, muerte, siempre lúcida;
resplandeciente lluvia que quiebra en brevedad
la espiga temprana o adusta.
Tú, eterna y honda y diligente.
Siempre encarnada en los recintos de la carne.
Siempre en la flama de la luz.
Siempre como arpón en la mesa de las ilusiones.
Siempre sombra súbita en la arenilla del amanecer.
Siempre sueño final sin la urgencia del reloj.
Siempre una piedra en la doctrina subterránea de la tierra.
Siempre eterna y honda. Siempre súbita e insólita.
Siempre desnuda y tenaz. Siempre pájaro o lágrima.
Siempre todas y la misma.
Siempre todas y la misma.
Siempre... y sin embargo, presente en la Gracia de la vida.




Poeta 2

De qué vale matar los infortunios,
si ellos por sí mismos son cadáveres:
bestias del dolor,
llanto del vacío en la angustia.
Lo putrefacto de las entrañas sé que es genésico:
un barco lento como la noche.
Se nace; y ya, muerte, proclamas la victoria final.
Minuto a minuto la vida corroe los ijares.
El cuerpo gime en el abanico del aliento,
e incesante arde en los silbidos del fuego.
Así se va corroyendo el alma.
Así se va sollozante el pájaro de la vida:
rosas, suspiros enlutados del calendario.

Sobre los cabellos del viento —lucero galopante—
la ternura hecha ceniza, la palabra revelada por la salmuera.

André Cruchaga

sábado, 20 de agosto de 2011

TELAR DE LA MEMORIA


Cada instante la ventana de la memoria teje esta voz ardida
de oscuridades: las esquinas del cielo cuajadas en las gavetas
de viejos armarios que he ido acumulando
en las solapas del viento; de cerca las enredaderas pulsan
el hilo del rito en la sombra, la luz que evapora cada palabra...
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TELAR DE LA MEMORIA




Canto tu talle besado por el día
Luminoso tobogán que va de la razón hasta el delirio…
EFRAÍN BARTOLOMÉ




Cada instante la ventana de la memoria teje esta voz ardida
de oscuridades: las esquinas del cielo cuajadas en las gavetas
de viejos armarios que he ido acumulando
en las solapas del viento; de cerca las enredaderas pulsan
el hilo del rito en la sombra, la luz que evapora cada palabra
como si se tratara de la transpiración de aguas termales.
He visto tantos horcones sosteniendo mi memoria
que difícilmente puede derribarse y caer en el cielo,
salvo que sea el preludio de otra sombra mayor la que combata
con la desnudez de mis ojos. Hoy renuevo en el crepitar
de los brazos —tus brazos y mis brazos juntos—,
como dos banderas en la altamar de la albura:
tenemos en abundancia el hábito de la Esperanza, la geometría ritual
del jadeo, los cuerpos enlazados en su respiración,
la hoguera obstinada en la brasa que anida el cuerpo.

En nuestro telar, el arco iris de las sienes, el agua azucarada
del hambre, la música del estallido, sin más multiplicidades
que la patria reverberante del calendario.
Tejemos los días quebrando el éter de la saliva, las vasijas del pecho
con el quiqué de los peces braceando en la alberca; no sé si atardece
en el desván de las aceras, porque aquí,
las aguas resplandecen en la risa como estrellas donde sonido
y luz forman alboradas. Ya se alzarán, de seguro, más recuerdos
donde el pulso se convierta en sortija invulnerable,
epifanías de un pubis encarnado.

(Desde luego, polvo seremos un día, aún así,
el polvo edificará espigas, destino de otros navegantes de espejos;
la memoria es en sí misma un mundo donde guardamos
y filtramos los caminos que se quedaron, los que se fueron irremediablemente.
La memoria es ese religioso sacramento
de los pretéritos donde el azogue se volvió ombligo, luz entibiada
en las venas, puentes colgantes que trascendieron los labios. )

Juntos desafiamos el horno de los poros
y los apaciguamos en el viento, encerrados en la casa de adobe
del calendario; juntos cosimos nuestras propias vestimentas,
hicimos los ojales del pétalo,
juntos desbrozamos el pergamino oscuro de la noche,
el ombligo que dio paso a la capilla, el azor líquido de la sal
que brotó de todo el cuerpo, los gestos a tientas de la navegación.
Juntos, —estuve, estuviste, estuvimos—, en la secreta compañía
del sendero. En el telar no hay epitafios,
sino la sortija indispensable del sueño, la fragancia sin cesar
de la aurora, la convicción de que siempre andaremos esta quemadura.

Barataria, agosto de 2011

jueves, 18 de agosto de 2011

MOLIPSIRE DE LA LUMINĂ


Îmi adun paşii, într-o manieră deliberată, la lumină;
e necesar de a recupera acest simbol al virtuţii,
pin apărut, dintr-odată,
în sânge; încremeni aşa precum roua într-o podgorie,...
Imagen tomada de la red





MOLIPSIRE DE LA LUMINĂ





Îmi adun paşii, într-o manieră deliberată, la lumină;
e necesar de a recupera acest simbol al virtuţii,
pin apărut, dintr-odată,
în sânge; încremeni aşa precum roua într-o podgorie,
precum veziculele cu apă de pe piele, mierea soarelui
desprinsă ca o lanternă din conştiinţă.
A fost necesar să despic pinul pentru a îndepărta trebentină
de pe altar, albeaţa cea fără frică de spânzurătoare.
Aşa ar trebui să fie, după cele întâmplate,
când totul se curăţă de funigine
şi recuperăm în mod diferit clarviziunea zilelor.
Am ieşit intact din temniţă; mă protejează sau mă iradiază lumina
livezii: acel eleşteu pe care l-am rătăcit prin oglinzi;
s-au refăcut simetriile prin laterale,
înfăşurate în lemnul verde de papirus.
(Învăţăm, aşa cum a spus San Augustin, conform adevărului
Care ne ghidează din interior, şi nu după cuvintele
Ce ne vin dinafară.)
După asta, vântul, fără suferinţa umbrelelor, populează interiorul:
aripă suavă de lumină în pepinieră.
Şi, ca să nu pară puţin, am cornişă din partea de Vest,
ca o parabolă previzibilă, frunziş plin de viaţă, al horoscopului,
fără băsmăluţe. Până acum ştiu că ochiul priveşte ceea ce vrea:
sar peştii silabelor
pentru a înota prin atâta concavitate mizerabilă.
Lumina molipseşte când întunericul muţeşte...

Poem de André Cruchaga, traducere în română de Andrei Langa





CONTAGIO DE LA LUZ





Vuelvo mis pasos, de manera deliberada a la luz:
es necesario recuperar ese símbolo de la virtud,
el ocote revelado, de pronto,
en la sangre; quedo así, como el rocío en un viñedo,
los manteles henchidos de la piel, la miel del sol
como una linterna desprendida de la conciencia.
Ha sido necesario, hendir el ocote para repartir el altar
de la trementina, la albura sin ansiedades de horcones.
Debe ser así, después de todo,
cuando todo dejó de ser hollín,
y nos viene diferente la clarividencia de los días.
He salido ileso de la mazmorra; me ampara o irradia la ráfaga
del huerto: aquel estanque que perdí en los espejos;
volvieron las simetrías al costado,
hiladas por la madera verde del papiro.
(Aprendemos, realmente como dijo San Agustín, según la verdad
Que nos dirige desde el interior, y no por las palabras
Que nos vienen desde fuera.)
Después, el viento, sin aflicción de paraguas habita el interior:
suave ala de luz en el almácigo.
Y, por si fuera poco, tengo el alero del poniente,
como una parábola previsible, follaje viviente, del zodíaco,
sin pañuelos. Hasta ahora sé que el ojo mira lo que quiere:
saltan los peces de las sílabas
para fluir entre tanta concavidad miserable.
La luz contagia cuando la oscuridad calla…
Barataria, 16.VIII.2011
(c) André Cruchaga
De: Contagio de la luz, inédito, 2011

martes, 16 de agosto de 2011

MUELLES PERSEGUIDOS


Palpitan aquí los muelles perseguidos de la luz, zarpan
los anhelos sobre el grito del mar, se pierden los cuadernos
en las pupilas de la espuma con la dinámica de la razón
que la emoción desvela. Siempre luz y viento en la garganta,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





MUELLES PERSEGUIDOS




¡No te tardes que me muero
carcelero,
no te tardes que me muero!
JUAN DEL ENCINA




Palpitan aquí los muelles perseguidos de la luz, zarpan
los anhelos sobre el grito del mar, se pierden los cuadernos
en las pupilas de la espuma con la dinámica de la razón
que la emoción desvela. Siempre luz y viento en la garganta,
los ojos en el espejo de lontananza, con este vivir prolijo
de enredaderas, arenas y litorales. A veces la brasa exorciza
los sueños más adustos y las rarezas que brotan de mis sienes,
el aguacero del beso, por ejemplo, que moja y liga el destino
con verde negrura; vive en mí la madera blanca de las olas,
el muelle donde ciego, camino sobre el andamio afín de los sueños:
navego porque la vigilia, es otra forma de quitarle el ceño
a las horas; la locomoción no cesa, la garganta la coloca
con celeridad en el pulso donde las velas, también hacen lo suyo:
alumbrar la puerta para ir más adentro de las aguas.

Todo es perfecto en esta fuga monolítica, perseguir sin duda
el afán de las gaviotas en los veleros, marchar en pos de las distancias,
ponerle remo a los paraguas de las nubes y colocar en la batalla
los dientes de Ulyses, el nombre de la garra en el nudo
de los relámpagos que en pleno horizonte, suelten la garganta
hasta lo más hondo. Vivo en este trajín de desgarradas frondas
y brasas, fondos del esplendor en mi lengua insepulta,
hojas que el follaje moja en la partida, en el muelle perseguido
de la herida. Advierto días de fuga, en cada tabla del eslabón
de la transparencia, pues la hondura es prolija en obcecar
la centella del sueño. Supongo que así es toda fuga: escribo cada verso,
mordiendo la redondez de las raíces;
junto al vapor que interpela mis oscuridades,
los pañuelos como gaviotas heridas en los cascos de las nubes,
sobre la lanza de la salmuera el pecho, los letargos de la arena,
y hasta mi voz hacia las cornisas del aire, hacia el rastro que dejan
los vados cuando ya han sido transitados por las ásperas huellas
de la noche, por el andamiaje oscuro de la muerte.

Siempre como un muelle perseguido el gozne de las ilusiones,
este viejo sudor de espesores,
las mutilaciones en el párpado andado: aún así, tomo los estribos
del imán y la flor que hacen las crayolas en la ventana,
las hambres de esta niebla náutica que me conducen hacia tierra
donde hay puertos, aunque no sé si alas,
para seguir esta ventura de mi propia sombra. La vida no cesa,
por eso, debo seguir con la urgencia leve de las aguas, sin demora,
hacia el mantel que me dé aire y vida, hacia adentro de mí mismo,
como quien busca en la alacena su propio aliento,
la tierra interior que de pronto todo lo imanta…

Barataria, agosto de 2011

domingo, 14 de agosto de 2011

UN DÍA DE ESTOS, LA VOZ INSALVABLE


Un día de estos quemaré todas las palabras y las fotografías.
Todo el territorio quemado de mi voz, las esperas que nunca
tuvieron final feliz en la herida haciéndose agua. Nada puede
salvarse pese a tantas paredes abolidas del martirio,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





UN DÍA DE ESTOS, LA VOZ INSALVABLE




Cuando sufra la inmensa soledad de las hormigas
y comulgue con mi vértigo al percho
con mi señal remota
me acordaré de ti.
ANISLEY MIRAZ LLADOSA




Un día de estos quemaré todas las palabras y las fotografías.
Todo el territorio quemado de mi voz, las esperas que nunca
tuvieron final feliz en la herida haciéndose agua. Nada puede
salvarse pese a tantas paredes abolidas del martirio,
nada es en estos días vencidos de puertas, sin remedio
en el juego de dados de las cometas, — sordos los sueños
en la intemperie. Sordos los sueños en el tabanco,
erráticas las ventanas simuladas del hambre: ya nada tengo que andar
y perder cuando la falsedad ha llegado hasta la respiración
y en las sienes son densas las querellas.

Un día de estos será imposible salvar mi propia voz
de los cataclismos: he perdido destinatarios y ganado espacios
para el monólogo de las luciérnagas. ¿Hacia dónde hablar,
después de todo? ¿Hacia qué cenicero respira la eternidad,
el azogue oscuro de los girasoles, los mapas sin pájaros?
¿En qué cobertizo debo guarecer mis ojos, la polilla que dejan
las colillas, los paraguas inclinados hacia el olvido?
—Tengo la certidumbre de que todo lo imaginado es cierto;
tan cierto como querer salvar cuervos en el delirio, la ternura
que fue despojada de la sed. Asistimos a la ira y a las alambradas;
crecen las copas oscuras de los sombreros, la trama de las hamacas
colgadas del horcón de la buena suerte;
miro sedientos de pájaros los hilos del horizonte,
cabalgan en silencio las líneas del telégrafo y los buitres que una vez
 maduraron en mis tropezones. ¿Debo pensar, acaso, en nuevos
 destinatarios, nombrar la eternidad con el lápiz de la aurora?
—Cada respuesta, es la debilidad de mi propia escritura,
la voz que se pierde en el oficio de las fechas. Hay otros mares
y otros trenes donde despierta el misterio con su potestad de alimento
 para el aliento. Ahora estoy urgido de vértigo.

Debo suponer que tampoco vale la pena evocar las botellas de mar,
ahora que la sonrisa ha dejado de ser manantial
y sobre ella pesa el murmullo gris de la memoria con sus menguantes;
ahora que las aguas han elegido la breña
y las sombrillas han perdido las frondas del camino;
ahora que los derroteros son diferentes y la voz un eco aletargado
donde caminan los espejos rotos de la herrumbre.

Nada puede salvarse es cierto, pero queda la huella a oscuras
Como el guijarro de la deshora en el mutismo,
Como aquél espejismo que inventó arcanos en medio de la noche.
Queda, pues, para bien de la melancolía, la tristeza rodeando
Los ojos, el cuerpo deshojando la noche,
La desnudez abierta al paisaje de la memoria, música que nos obliga
A pensar, allí, en el tren sin piedad de cada instante.

Barataria, agosto de 2011

jueves, 11 de agosto de 2011

LOS PIES EN EL UMBRAL


De tanto caminar, fatigado, llego al umbral, recobro el hondo
aliento de las puertas, tantos labios absortos a la espera
de una guitarra, las manos que anhelan consumar la tarde,
la salvación del trompo, el niño que fuimos siempre aun en el sofoco.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





LOS PIES EN EL UMBRAL




¿Qué buscaba mi afán entre la noche?
¿Quién me libró del sigiloso viaje?
MARGARITA PAZ PAREDES




De tanto caminar, fatigado, llego al umbral, recobro el hondo
aliento de las puertas, tantos labios absortos a la espera
de una guitarra, las manos que anhelan consumar la tarde,
la salvación del trompo, el niño que fuimos siempre aun en el sofoco.
Llego. Estoy a tiempo de poner los pies sobre la tierra,
tocar firme, sombreros y paraguas, correr invicto tras el lenguaje,
las palabras venideras en el aire.
Cierro la espuma errátil del aliento, opto por el aire de la evidencia:
me acompaña la confianza de lo vivido, el huerto del silencio,
las semillas que he ido guardando en los rincones de la memoria;
así es como han perdurado los vitrales,
mi vida silvestre, manteles que las luciérnagas erigen como césped.
A menudo el umbral tiene imanes de eternidad, desatados respiros,
lúcidas sombras como un armario con pájaros.

(Después de todo, siempre hay carencias:
la porfía de la almohada que a veces rompe los pensamientos
benignos, la escoria que de pronto nos da su estallido agrio,
el ardimiento de los lóbulos ante la queja.
En este tiempo no sé si sea posible alcanzar la plenitud del regocijo,
saltar el terraplén del miedo, la alberca del cieno, embriagar
lo palpable de nuevos relojes, resistir a la tentación de la ceniza.
cada palabra tiene, a menudo, crespones de féretros,
abadías de cascajo donde sólo crece la breña y el ojo sin pizarras.
Debo suponer que la miseria a veces se vuelve inoíble
Frente a la albarda del huracán, estrépitos de roca a almadanazos.)

—Intento poner las cosas en orden antes de que anochezca:
prefiero siempre el chubasco de la aurora,
a tanta tempestad urgida de muertos, a tanta purulencia en el fluido
de la ventana; es mucho más gratificante pensar en el pabilo
de los trenes, en el parpadeo del pétalo en los anteojos.
A tanto camino andado, la sangre se ha entregado al vuelo:
así, entonces, soy capaz de avizorar el juego del aire,
mi propia utopía que no tiene nada de extrahumano, sino lecturas
en el cuaderno de los parques, íntimo cristal de los deseos.
Al fondo de la casa habitada, el timbal de los alelíes,
al turbante de los fósforos, el pozo donde cavilan los relámpagos.

Al fondo, en el umbral, el acertijo de mis zapatos,
la hora que me acompaña en la hamaca con todos los recuerdos:
los pretéritos juntos como una roca de jade,
con la misma claridad con que clarea el gallo la mata de rocío.
Lo demás es sólo tránsito y horas, letanía transida del espejo,
El ahogo que el aire despierta en las aguas.

Barataria, agosto de 2011

lunes, 8 de agosto de 2011

DE PRONTO, LA ESPERA


Por tu cuerpo, los brazos míos, poros ofrecidos, gajos de luz
como un rascacielos de fósforos en mi respiración; por tu cuerpo,
el gozo de las palabras jugando al camino, al puñado
de luciérnagas hechas sed, amaranto, búsqueda irremediable;...





DE PRONTO, LA ESPERA




Se multiplica el día en los espejos
del gran escaparate, entre lunas altivas,
me llama la atención una figura…
MILAGROS SALVADOR




Por tu cuerpo, los brazos míos, poros ofrecidos, gajos de luz
como un rascacielos de fósforos en mi respiración; por tu cuerpo,
el gozo de las palabras jugando al camino, al puñado
de luciérnagas hechas sed, amaranto, búsqueda irremediable;
una voz muerde las sílabas con esa música que sabe a canela,
a mar, a lontananza. Por tu cuerpo en hemistiquios, sale el poema
sin Pie quebrado, entero como el rigor intenso y firme de la turbulencia;
hacia el nido, la sábana es un absurdo donde sólo el pulso nuestro
es permitido. Por esa agua de fuego que bebemos,
habremos de consumirnos en el ventarrón de los orgasmos
hasta que piedra sobre piedra sea un solo latido, un mortero
a quemarropa, en los tendones del badajo. Por tu cuerpo,
hecho de brasas y campanas, el rojo del latido enarbola
los metales; el juego es un ave rapaz, el mediodía del solsticio,
las lilas en espiral de la saliva. Cuando más es la espera,
sube solidario el mendrugo, el puñado de poesía que cimbra el aliento;
en el pan que abrasan las pupilas, la caricia derrite la levadura,
el navío donde las tildes se vuelven inagotables.

Por tu cuerpo he venido a beber tiempo y abejas,
racimos de miel en el azahar del sexo, alberca donde cava el desatino;
en el acecho quemamos la garganta,
esa espera que hace largo el vuelo, el barco terco de las caderas,
el fogón que nos de permanencia en el acantilado.
Por tu cuerpo pierdo las normas de urbanidad,
la claridad absoluta del cielo; y no importa esperar a que el quejido
brote deshojado, igual que un otoño de hojas húmedas en las manos,
igual que el deslizamiento del eclipse sobre la caleta del ombligo.
Por tu cuerpo, sitúo toda la flama en la hondonada y no importa
cuánto mundo tenga la lección que aprendemos
en las redes movedizas del desarraigo. Ante los ojos,
todo el pubis volcánico del laberinto:
nuestro tesoro que nos ancla en el arroyo. Siempre el cuerpo
se enciende con azúcar, digamos, esa azúcar cárdena del musgo
en el paladar de la penumbra.

Por tu cuerpo bebo a jarras el espejismo. Y no importa esperar
en el sereno, si los párpados sin brida, beben la vigilia del tatuaje,
la luz de la almohada, las raíces del vientre, la diadema de los lóbulos,
esta cobija de unidad que nos asiste.
Esperamos que playa y mar no angosten los litorales y que el tambor
de la fecundidad, haga lo suyo propio:
unir el eslabón del vuelo sin riesgo a que la tarde nos cunda,
sin riesgo a que lo próspero caiga en el vacío…

Barataria, 07.VIII.2011

domingo, 7 de agosto de 2011

RETRATO DEL FUEGO

Arden los ojos ante el destello del jardín cárdeno del cuerpo,
el chasquido del silabeo, la luna del alfabeto en la claridad
de la alberca: todo es fuego en el hangar de la piel, fuego
el encaje que bordea el sexo, la nieve del rescoldo ardiendo
en la brasa del tacto; rojo aferrado a la roca de la alegoría,...






RETRATO DEL FUEGO





y el alma con las hordas del calor
templóse y contemplóse crepitar
Ardiendo el más secreto alrededor…
ÓSCAR HAHN




Arden los ojos ante el destello del jardín cárdeno del cuerpo,
el chasquido del silabeo, la luna del alfabeto en la claridad
de la alberca: todo es fuego en el hangar de la piel, fuego
el encaje que bordea el sexo, la nieve del rescoldo ardiendo
en la brasa del tacto; rojo aferrado a la roca de la alegoría,
horas de dientes en desbandada, en el pasmo de cada página
de los poros. El rostro real se pierde en el desplome del taburete
de la saliva en medio de las ingles;
en cada poro las manos cosechan la lluvia derretida
del seno deshojado hasta el tobillo. En la ansiedad,
rompemos las dos sombras deshiladas por el zorzal del firmamento;
nunca fue tan grande el tacto en el vientre, el encierro pródigo
de la fogata, el escanciado pubis en la porfía, la voz quemándose
en la diadema de la caricia; estoy sediento del vaivén de la hondura,
del vuelo dentro del nido infatigable:
el ojo siente el grito que lo amarra, los labios divididos flotan
en el surco. Este fuego es así cuando en declive te penetro,
cuando la colina consume mi pabilo; ay, este panal derretido
en el vuelo, audaz acantilado de la hoguera.

Cada beso quema la corteza de lo íntimo: —mi pecho, tu pecho,
dos fuegos que hacen vértigo al mediodía. Cada vez que el báculo
de la sed arde, el torrente de la carne quisiera eternizarse
como el polen permanente del desvelo. Arde cada pétalo
de tus encajes; calla el frío para darle paso a la flama encandilada
del ardimiento. Se cruza el vuelo en la gloria del orgasmo.
Estalla el invierno en cada hostia de los senos, los cuerpos
consumen la desnudez plena, el nudo de la voz en cada gota
de fuego, el ciego derroche de empujar el vuelo con el báculo
erecto del espejo. La sábana es incierta cuando se renueva el vuelo,
el reloj pierde su horizonte, porque la agonía no admite tiempo,
ni altar para santiguarse. Después, contritos,
dejamos sosegar la entraña para que el ala se aquiete:
dulzura del beso sosegado, panal y vela en el horizonte.

Después, quizá, el recuerdo del fuego, la batalla ganada,
el apego a ese río que alimenta la hoguera; después,
el aliento en la memoria, duelo cotidiano de la ráfaga,
imposible de amedrentar, imposible de no ser siempre fuego y jadeo,
aguas buceadas a corazón abierto,
incendio del mechero sobre el regadío, humanos coágulos
del desmayo. Después, siempre herido el costado del ensimismamiento,
volver al camino de la porfía sin ningún recato…

Barataria, agosto de 2011

jueves, 4 de agosto de 2011

VIOLÍN ROJO DEL PORO DESNUDO


En las cuatro esquinas de los poros, el violín desnudo del fuego,
el siempreviva de las calles en el calendario de todos los días;
en el olvido la desnudez de los inviernos;
el alba, antes de morir, en las telarañas, en cada duende que juega
con la lámpara del fuego, voces de asonante garganta.
Becks Mill Salem Indiana, Imagen tomada de Miswallpapers.net






VIOLÍN ROJO DEL PORO DESNUDO




No has de reverenciar las brasas…
PERE BESSÓ




En las cuatro esquinas de los poros, el violín desnudo del fuego,
el siempreviva de las calles en el calendario de todos los días;
en el olvido la desnudez de los inviernos;
el alba, antes de morir, en las telarañas, en cada duende que juega
con la lámpara del fuego, voces de asonante garganta.
Desde el espejo la tierra se eleva al ala, torcaz de sábana y aurora,
azúcar humedecida en los ijares y el entrecejo,
Melódicas de inefable musgo, crecientes techos atravesando nostalgias.
En cada huella que queda en el barro,
el asombro encorva mis costillas, los dedos semibárbaros del fluido,
la dimensión del aliento en la razón del fuego.
Siempre resulta sacramental caminar descalzo sobre espinas,
ante el surco, la mesa servida de la cumbre: la cocina, el mantel
el alimento, el magnetismo de empinarme hacia el aire,
hacia el laberinto rojo del poro, sustancia asida en mis manos.

(Gastamos nuestros mejores días en esas discusiones que nunca
llevan a nada: reumatismo de horas y perennes hormigas,
ropa sucia sobre las baldosas, cuadernos desechos
por el sudor de la tinta, pabilos de indiferentes cortinas.
Entre recuerdos y congojas, historia de viajeros sin itinerario,
pretextos, caracoles de un náufrago en el olfato,
colillas a punto de extinguirse en la ceniza, buzo ciego el violín
en el olvido de tanta piel, aquello que el deseo hincha en la agitación
de la espuma de olas y pañuelos,
de puertos y costas, de ungüentos, incienso y papiro.
El tiempo no tiene la serenidad de caminos rurales y solitarios:
al contrario es una luz que continuamente rasga los olvidos,
suspiro como el ciprés herido en el crepúsculo.
Gastamos la desnudez de la saliva en la saliva, abrigo de sombras
sin misterio, ciclón suspendido de la música en los sentidos.)

Toda reverencia, conlleva flechas mortuorias. Sobre el gemido
del vuelo caducado, hace su oficio la rama de la escoria;
sobre el violín cerrado, la cuerda inevitable del luto, la estación
ahogada de los brazos, el terrón de sal suspendido en el eco.
Queda en cada estremecimiento, el vicio imprevisto de la porfía,
Los bajíos del latido, los cuentos inconclusos,
a menudo, también, el suplicio con su propio cortejo de esquirlas.
Pese a ello, reincidimos en las astillas del resquicio,
en la gota de designio que quema el fuego: siempre habrá
en el pecho, un océano de laberintos, un silencio de nidos,
y hasta la milpa quemada del olvido. La misma ceniza del péndulo.

Barataria, agosto de 2011

martes, 2 de agosto de 2011

RELOJ DEL INVIERNO


Al andar sobre las aguas, he colmado mi sed. Llevo en los hombros
el invierno presuroso, el reloj como un dique, los afluentes
de mis manos sosteniendo el paraguas de los sueños.
—Guárdame —le digo— junto al asombro espeso del trino, junto
a la montura líquida del agua, sin el absurdo de los límites.





RELOJ DEL INVIERNO




Este pacto que hago
a solas con la muerte, es mi vigilia.
ALPIDIO ALONSO GRAU




Al andar sobre las aguas, he colmado mi sed. Llevo en los hombros
el invierno presuroso, el reloj como un dique, los afluentes
de mis manos sosteniendo el paraguas de los sueños.
—Guárdame —le digo— junto al asombro espeso del trino, junto
a la montura líquida del agua, sin el absurdo de los límites.
Guárdame, sí, junto a la sirena de los rituales, ánfora del instante
colgada de las puertas del cirio,
de las agujas que invocan cada minuto sobre la fragancia
íntima del seno, pues si no hay júbilo y gozo, ni ternura, prefiero
anticipadamente, la esencia secreta, oscura de la cicuta.

El reloj del tiempo es tan cierto como los puertos:
al andar nada puede quedarse atrás, —salvo, claro— los caminos
y su tempestad de sal y peces; nada puede quedarse después
de escribir con dolor, la palabra que ahora arde en el polen.
(Porque el ala es un ir y venir en la distancia del tiempo
debo permanecer en la transparencia del ojo y no en el encaje
herido de la noche, no en el párpado afilado de la piedra;
en la tempestad, la respiración saca a relucir sus solapas:
el cielo abre los abismos del sexo, el destello líquido del preludio,
la piel que pestañea en el reloj de fuego del cuerpo.
Sé que hay inviernos y relojes distintos a nosotros, distintos
a hoy y mañana, a cada instante ilimitado del viento y las ventanas:
todo se vuelve fugaz en el pecho, salvo el hueco de la sed
que queda en el armario de los días, en el reloj inasible de lo eterno.
Porque vivo a destiempo me marcan los minutos como el fierro,
como el espejo arrimado a la ventana que atraviesa las hebras
del delirio, el temblor de los sueños.)

Vivo en el camino que duerme en mí. En la lágrima de la luciérnaga,
y sin embargo, sigo en la soledad del párpado con innumerables
sombreros y paraguas, entre el nido y el césped del planeta.
El reloj del invierno cuando respiro muerde los párpados y el humo
de los matorrales, muerde la luz cernida en los poros,
el baúl del sexo tras la fragua del calendario en el pabilo.

Ya me he acostumbrado a un invierno y a otro, a todos los juegos
y gozos, a desmayarme en las telarañas de la Esperanza,
a la doliente liturgia de los relojes que no juegan a la eternidad,
sino al fuego que consume y destierra, severo pinar en la sombra
descarnada de la sangre. Algo queda, sin duda, mientras el alma
trena en la travesía: murmullo audible del crepitar del tránsito,
instante de aguas para el alquimista del zodíaco o la cábala.

Barataria, agosto de 2011

lunes, 1 de agosto de 2011

CALLADO AMOR QUE SE DEVELA EN LA LUZ


Callado amor que se devela en la luz del calendario, en la rama
sensible de los poros donde el firmamento es resquicio de la aurora;
callado amor y sin embargo, huracán madurado en el azúcar.
Callado amor y sin embargo rompeolas del respiro;...





CALLADO AMOR QUE SE DEVELA EN LA LUZ





Hora de ocaso y de discreto beso;
Hora crepuscular y de retiro;…
RUBÉN DARÍO




Callado amor que se devela en la luz del calendario, en la rama
sensible de los poros donde el firmamento es resquicio de la aurora;
callado amor y sin embargo, huracán madurado en el azúcar.
Callado amor y sin embargo rompeolas del respiro;
callado amor, invicto permaneces en la sombra,
realidad siempre verde del hálito en mis días oscuros,
palabra que aun en medio de la zarza vives, ardor de palabra,
unánime, granítica, con la canela embriagada del ansia.
Callado amor nacido del filo de las destilerías,
urgente, con ardimiento, devanado junto al lirio del anhelo:
develas el cuerpo que ya alcanzó el otoño,
vives en la boca del pájaro y el nido, en el incendio de la agonía,
el la claridad del fuego, en el ala del surco incandescente.
Te me entregas en el invierno de las ventanas,
El ojo descubre la gema de la inminencia: el pubis que se encarna
En mi boca como el repentino jardín que moja el aroma;
Callado amor sostenido por sus dos capiteles, por sus dos anclas,
por el zumo que tortura el ardimiento de la bengala,
callado amor conmigo en la antesala del atado de dulce,
callado amor donde el reloj se torna desvarío, sonidos, albercas.
Vivimos así entre el fruto de nuestra propia pólvora,
inconfeso amor, pero derramado en el pájaro del sexo,
en la hoguera oceánica de las manos,
en la lluvia desnuda de la lámpara, liturgia del invierno en la desnudez
del alba, gráciles vaivenes de la brisa, elevado día de la sábana.
Callado amor disparado como una torcaza en el génesis:
hemos olvidado el olvido y labrado la tierra y el barro de las palabras;
estamos aglomerados de pies a cabeza por el tacto,
el mantel restituye al páramo, —vos rojo grito en mí oído,
vos hostia de la campana que aviva el ardimiento,
vos, de pronto, cofre de elásticos guarumos, navío de mi sombra,
henchida por la sal de los puertos.
Callado amor que se devela en el papiro del incienso,
en la flecha que rompe la puerta al vuelo, estación gozosa al filo
de mis propios ensimismamientos. Casi es eco la sed que nos convoca,
casi es heroísmo, los caballos que cruzan y comparten el alivio
de desbordar la piedra del sonambulismo.
Callado amor que borra la memoria de los misales, y arropa
el regocijo antes de develar el musgo redondo de las calles.
En el fondo, siempre estuvimos desvestidos: la miel del césped
nos ha mantenido a la medida del embrujo, imposible faena
después de haber rebasado toda frontera y sentirnos gozosos del pálpito.
Callado amor que embalsama el azul de las campanas,
y trasiega, boca a boca, la travesía de los barcos, el invierno
hondo de caracoles y gaviotas. Callado amor al cabo de la lluvia
Y el fuego; al cabo, claro, de mis propias inclemencias…


Barataria, agosto de 2011