miércoles, 28 de septiembre de 2011

SUBSUELO DE LA SAL


Me muerde cada vez, el grito trenzado de la memoria,
las funerarias sumergidas en los candiles, el invierno con bueyes
caducos, los repentinos amarillos de hojas y huesos.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SUBSUELO DE LA SAL




Debajo de mí, la trinchera del subsuelo abriendo nichos
y raíces putrefactas, raíces del destierro en mi pecho, apago
candil de las luciérnagas cuando la sal ha cristalizado las alas.
Debajo de mí la muerte engulle todo firmamento;
Pertenezco a esos viajeros náufragos sin mar y sin océanos,
Porque los folios de la tormenta,
El lenguaje de las cartas de marear, el astrolabio de los espectros,
Los paralelos de las gaviotas a la deriva
Perdieron el sendero en los meses de sucesivas espinas;
Ahora oscilo en el péndulo del oleaje, en el himno lento de la sal
Rota de cada cama olvidada, perdida en el fui de la herida,
añicos el catecismo de la vocación, el ancla en el sombrero
como un raro animal de osamentas;
oigo la muerte con su extraño mundo de fiebres, las sombras
eructando murmullo de hojarasca, la puerta del óxido
como un desierto de inhóspitos fuegos, como moscas.

Desde aquí se yerguen disecados quirófanos, saliva de las osamentas,
turbulencias del desarraigo de los dientes.
Me muerde cada vez, el grito trenzado de la memoria,
las funerarias sumergidas en los candiles, el invierno con bueyes
caducos, los repentinos amarillos de hojas y huesos.
Contrario a esta necesidad de caminar en las calles del día,
emerge el caos de los relojes,
las almohadas ácidas del sueño, derramadas en el óxido,
el escapulario derrumbado del alfabeto, el paisaje de la penumbra.

A menudo me arrodillo para lavar la pobreza de mi equipaje:
sólo he acumulado lluvia y palabras, itinerarios de viento
y hojarasca, sombras que amanecieron en mi infancia,
tambores tribales de las sombras.
La sal cae acostumbrada al sollozo, los sentidos rancios
en la ventana, la jerga confusa de ciertas habitaciones a deshora
de paredes funerarias, pálpitos enajenados de cadáveres.
El dolor, a veces, es un nudo de linternas sobre el oleaje
de los sueños; espina de escaleras por donde se llega a la antesala
del conocimiento, al rumbo consciente del tiempo.

Atrás de las mañanas, siempre hay bolsillos rotos, ojos ciegos,
conciencias de ultratumba, igual que la soledad numerada
de ausencias, igual que las tardes que rompen la saliva
para hacerse ceniza en los zapatos.
Al final, también los adoquines se tornan sombras de este cuerpo
Que se interna en el dolor de la sal, en el subsuelo del horizonte,
Destino que lo consumen los suicidios, los días de olvido
Que son como palabras colgadas de la vigilia.

Barataria, septiembre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

SOMBRA DE LA PIEDRA EN EL ESPEJO


Me invento en el móvil viento de los barriletes, coso los pezones
colgados del escaparate, no hay crepúsculos en el eclipse del espejo,
sino marea de pianos frente al lobo del huracán
que acecha en el sudor del follaje.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SOMBRA DE LA PIEDRA EN EL ESPEJO




Hay razones para desechar la amargura de los armarios y tirarla
al traspatio transcurrido de las horas; la sombra entró
a las ausencias de la noche, el olvido de siempre, la vigilia
de las palabras en el espejo. Agradezco, ahora, poder verme
al espejo sabiendo que me pertenece el entendimiento,
y que la tristeza ya no es el hacha invencible, sino tránsito
hacia la abundancia matinal del asombro.

Los ojos se me escapan en el arco iris del pájaro embebido,
rastro indócil del espejo sobre el largo musgo de las luciérnagas;
sobre los paralelos de la sombra,
el celo ardiente de la piedra, canta trizada de trincheras,
piedra redonda de lunas junto al ciprés del espejo con espalda
de campanas, donde los peces empujan la brisa descolgada
de los caballos de los ojos, serpiente del viento sobre la piedra.
La espalda ceñida al susurro, soles tórridos en las manos,
abejas en la saliva, patinan como luceros.

Me invento en el móvil viento de los barriletes, coso los pezones
colgados del escaparate, no hay crepúsculos en el eclipse del espejo,
sino marea de pianos frente al lobo del huracán
que acecha en el sudor del follaje.
Aunque parezca irreal, la garganta perdió el alfabeto y sólo queda,
prolongando el huracán, esta suerte de estrella clavada en las sienes,
el ojo en las estrofas de los poros, las parras de pájaros
en el traspatio, en el vapor del velamen enroscado en los ijares.

Pero aun la sombra como tal, atisba con sus rodillas cruzadas,
persiste como un paredón de canela,
inclina la noche a las piernas, lame el océano suicida:
ciega la lluvia nuestros espectros, siembra su tejado en los dedos,
ojea la caída del invierno con su desorden multiplicado.
En cada puñado de ebriedad, corre el inventario de los relojes,
los líquidos del hambre,
las gotas de césped lamiendo el júbilo, la punta de la lengua
hilando el incendio del horizonte: las paredes sublevadas del cristal,
el manifiesto encabritado del agua, la sombra sobre la piedra,
espada furtiva rompiendo el equilibrio de los contornos.

Después de todo, la sombra, siempre resulta un espejo en medio
de los días profundos, frente a lo exhausto del suspiro
que ancla, de pronto, en el manantial de la desnudez, punto sutil
donde el lápiz, toca el cuaderno del oleaje.
Siempre la piedra, paralela a la aurora; piedra al fin, construyendo
la piel, ardiendo en la yerba violenta,
sin que ambos sangremos, sin que se prolongue el extravío,
sin que la vigilia deshaga la ropa, convulso ahogo de peces.
Frente al espejo, el bolsillo de los ojos, el portal de la memoria.

Barataria, septiermbre de 2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

BAJO MIS PIES, LA PERTURBACIÓN DE LOS MUERTOS


Camino desciendo por la gradas de la indiferencia: qué otra manera
tengo de sobrellevar la tempestad de las arterias a flor de piel,
qué otra perturbación, sino estos abanicos del telón esparcido
alrededor de mis zapatos, umbral tocado por la muerte.
Imagen tomada de pfondosf.blogspot.com





BAJO MIS PIES, LA PERTURBACIÓN DE LOS MUERTOS





De vuelta en el camino, la noche de los muertos en mi cabeza,
el mundo sin ropa y relojes en cada esquina, la liturgia
de acercarme a las estatuas pateando el cielo del césped.
Bajo mis pies, la presencia de los muertos,
vos, también contagiando mis días, mordiendo la materia
de cada poema que escribo al filo del tiempo solo de los imanes;
de pronto pienso que un suspiro puede salvarme del vaho,
el carruaje del aliento no necesita de sombrillas,
ni de bolsillos para entibiar la almohada donde irrumpen vientos
de ilegible caligrafía, horizontes amordazados de hollín.

Mi ataúd es una nube de llaves hacia el infinito:
muero en los teoremas de la saliva,
la tarde se encierra en el baúl del sollozo, en los cipreses que tocan
el sonido del búho, escalera de la lechuza trepada en la rama
de la somnolencia, en el termómetro de la boca.
Camino desciendo por la gradas de la indiferencia: qué otra manera
tengo de sobrellevar la tempestad de las arterias a flor de piel,
qué otra perturbación, sino estos abanicos del telón esparcido
alrededor de mis zapatos, umbral tocado por la muerte.

Hacia qué rumbo el vaso oscuro de los verbos y sus inflexiones,
el ojo mortal en la sílaba del requiebro,
los compases del hollín a ritmo premonitorio; hay matices
de balcones, paredes de sigilosos senderos, regazos donde no logro
encontrarme con el vuelo ni quitarme los calcetines del miedo,
no logro ver la frontera de la luz del poema en el río fluvial del sol,
ni entender los padrinazgos de las salas mortuorias.
A veces me toca caminar en medio del camino de las lisonjas,
entender que el entusiasmo es un estribo de frágil cabalgadura:
me disperso en la muchedumbre prescindible:
bajo mis pies crujen las entrañas, el alud de los fantasmas,
aquel asombro que golpea el paladar, la luz que hiere la orfandad
de la fe, hasta sangrar en cada sangre del poema.

No sé si en este designio estará el eco de los muertos,
la nostalgia empinada en la piedra del reloj que nunca cesa
de contabilizar mi saliva. De pronto sólo tengo preguntas
para las aldabas y la puertas, para el forcejeo de las distancias
en las pupilas; preguntas que al mismo tiempo me hacen gris
todo el paisaje. Huyo de la velocidad de mi inocencia.
Cada viaje, supongo, es una conspiración del instinto dictada
por las calles: acaso vuelvo ahora a los andamios de la melancolía,
con su escritura solitaria, con las plantas fatigadas por el polvo.
De cierto, bajo mis pies, el paisaje corroído de la sonrisa,
Esta sucesión de cielos y raíces, siempre el claro desarraigo
De los jardines, la migaja como una partitura del sinfín…

Barataria, septiembre de 2011

domingo, 25 de septiembre de 2011

PERPLEJIDAD ANTE LAS CERTEZAS


La verdad no es un rasgo común; lo común siempre es la mentira
vestida de verdad, falsedad alrededor de la verdad.
Siempre me pregunto dónde está el Paraíso. Consejo oportuno:
hay que volver al vacío nupcial de las abejas, hasta perderse
en el vuelo. El tal Paraíso está al trasluz de algún jilguero.
Imagen tom ada de Miswallpapers.net




PERPLEJIDAD ANTE LAS CERTEZAS




“Ningún pájaro se eleva demasiado alto—sentenció William Blake—,
si vuela con sus propias alas.” Por eso cada vez que miro
los puertos, hay un barco que me espera para zarpar, sólo no podría
hacerlo; las certezas, nunca han sido materia para los museos;
a fuerza de andar, me he resignado a los equívocos;
la felicidad nunca ha dejado de morir todos los días, ni el amor;
cuando entregué mi alma a la tristeza, salieron trenes de añoranza;
ninguna certeza es fiable en los ojos de todos, ni la noche
es tan oscura como vivir en los anteojos de la duda,
como la desmesura en un jardín de muertos;
nunca hay que tomarse en serio la miel de la colmena, sobre todo
cuando entre la miel, han quedado ocultos los aguijones;
cuando partimos, nunca partimos en realidad: siempre dejamos
una estela de recuerdos colgados de la pared,
siempre queda allí, irresuelto, el oficio subterráneo de las palabras.

Todos perdemos cuando partimos. ¡Qué fastidio! Las lámparas
que quieren hacer perfecto el camino, cuando en verdad,
cuando en verdad el polvo hace perder todo aroma.
Nadie le pone brida al reloj, siempre cabalga noche y día, engañoso
misterio del paisaje, sobre las ancas del despojo.
Toda sed es locura, avidez de las hormigas; todo hoy es gusano,
mañana fango, olvido, ceniza, desazón.

Jamás ha habido amores felices: si existen hay que desembarcarse
en la penumbra del sueño, en el delirio de los litorales;
la desnudez es sólo la oscuridad del cuerpo ávida de luz;
cuando toco una puerta no es por falta de pan, sino de cobija
para cubrir los ojos que caminan con la muerte.
Si el entendimiento se nos atasca, es porque cerca de nosotros
seguramente hay un vertedero de sombras y tempestades;
los dolores de cabeza son siempre la medianoche de la oscuridad,
cuando florecen los girasoles, el cielo se queda sin sol,
alrededor del poema hay raíces de tinta que luego darán vida
a la arcilla, a las almas vivientes de este mundo.

La verdad no es un rasgo común; lo común siempre es la mentira
vestida de verdad, falsedad alrededor de la verdad.
Siempre me pregunto dónde está el Paraíso. Consejo oportuno:
hay que volver al vacío nupcial de las abejas, hasta perderse
en el vuelo. El tal Paraíso está al trasluz de algún jilguero.

Entre el huracán del poema, quedan inertes mis dedos, pero suenan
las campanas como un rosario en el fondo del cuaderno.
Después de todo, cada recuerdo, es señal que he ido muriendo;
Sólo falta entrar a la vida profunda de las campanas.
Toda certeza es una sombra que no tiene nada que ver con la eternidad,
Sino con el escombro desgastado de las utopías…

Barataria, septiembre de 2011

viernes, 23 de septiembre de 2011

ESPLENDOR DE LA RESPIRACIÓN


Cuando remuevo los sonidos de la tinta, diviso el limo de la sed,
la sed que sube hasta lo sentidos, la imagen ardida de las semillas.
cada día es diferente para el asombro: siempre hay para mí,
un beso obediente, compartido en la mesa,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





ESPLENDOR DE LA RESPIRACIÓN




En la claridad, el esplendor de la respiración, el pulso en la rama
de los ojales, cada día la foja de los latidos sin ausencias,
el enjambre goteando el paisaje de la razón, idéntico el vuelo
al paisaje, siembra íntima sin los nudos de siempre, sin la piedra
atroz del pulso en querellas: alto manifiesto del aliento
con fondo de aguas afines, la certeza que se abre en el labio
consumado por el cofre del pulso de los sueños.

Nunca fue fácil abrir el sosiego al amanecer, sobre todo cuando
en el ambiente pululan acertijos, dudas, espacios ciegos;
recordar, vivir, es el mejor analgésico para la memoria.
Respiro al lado del eucalipto, rodeo las ramas de las cábalas,
me sumerjo en el agua líquida de las semanas,
soy viento que despierta en la brisa limpia del deseo;
es casi religión descender al río prometido del tiempo,
asumir la habitación del instante, redimir las ventanas, de pronto,
sonando en el pecho como una respiración de arroyos.

Cuando remuevo los sonidos de la tinta, diviso el limo de la sed,
la sed que sube hasta lo sentidos, la imagen ardida de las semillas.
cada día es diferente para el asombro: siempre hay para mí,
un beso obediente, compartido en la mesa,
vos que tocás los límites de la luz, el ansia de ser parte del viento
y no simple hostia del cuerpo convertida en páramo.
(El destino se construye hundiendo los zapatos cada día
en la intimidad de los escombros,
emprendiendo cada día la respiración del bosque y las calles;
lo que ahora tenemos, (este esplendor de la respiración),
no es fortuito malabarismo, sino construcción de preñeces,
filos de miedo y penumbra, lámparas con espejos terrestres.

Lo que ahora nos une, por suerte, es vuelo, moral del cielo,
espigas, sin pensar que nuestros cuerpos fueron piedras,
espesos bloques de granito para soportar la tormenta,
rieles de amarilla claridad, áspera faena del devenir.)
antes, el tiempo nos dio lágrimas; jamás asuetos, temblor de labios;
anduvimos en el surco del grito,
caminamos tras el pan sin conseguirlo,
asumimos el fermento de los insectos, las tardes de los barcos
que se pierden en la neblina,
la estación insólita del ojo en la herrumbre, el estertor del reloj
con alfileres, la luz separada del crepúsculo.

Ahora hemos recobrado el árbol de la mañana, la alta respiración
de la salud, abrimos el cofre donde guardamos las semillas,
estalla el aliento en el semblante de la cumbre.
La respiración es, entonces, —vos y yo—, suma de palabras
que hacen posible navegar en la hondura del aliento…

Barataria, septiembre de 2011

jueves, 22 de septiembre de 2011

EN LA PIEL, EL ESPEJISMO DEL AGUA


A menudo, la plenitud es una conquista diaria:
sube el colibrí en su devoción a los malabarismos,
se elevan las corrientes tocando los límites de la saliva,
hunde el pensamiento los senos en la noche, la bodega del pecho,
los sentidos que amanecen, absolutos en el presente. Te nombro.





EN LA PIEL, EL ESPEJISMO DEL AGUA





En la piel, el espejismo del agua, el mundo revelado a contratiempo
y a contraluz, mapa en la obscenidad de lo móvil,
rojos desordenes envuelven las sombras, piedras detenidas
en la aurora, auroras en mi sed inacabada. Yerto el espejo,
vives sin embargo aquí en este río de siempre, siempre agua
el sonido, pronto el mimetismo en los poros.
Casi mortal el manantial de la hoguera, cimbrando los ijares;
Los insectos suben a la piel difuminada por la niebla:
a ratos todo es espejismo, fulguración del polvo en el torrente
sucesivo de las campánulas, breves silencios para largos olvidos,
distintos cada día como la sed en los ojos,
ciertos los rostros borrados por la ceniza, los pasos en medio
Del embudo, tifón de bocas en la piel, cópulas que me recuerdan
la locura en el balcón de la conciencia.

En la piel, los adobes de la desnudez, el horizonte abierto del musgo,
las semanas alrededor de los vilanos… En los brazos sucumbe
la lengua del agua. En los brazos el cuerpo difuso,
el olor a mano alzada en el rostro.
A menudo, la plenitud es una conquista diaria:
sube el colibrí en su devoción a los malabarismos,
se elevan las corrientes tocando los límites de la saliva,
hunde el pensamiento los senos en la noche, la bodega del pecho,
los sentidos que amanecen, absolutos en el presente. Te nombro.

Te llamo. Te toco. Te respiro. Te germino
hasta repartir toda el agua en el cuerpo, hasta deshojar
la flor insólita, ráfaga vívida que transcurre en el celo:
hacia la piel, los dedos sobre la yerba, hemisferios de agua,
sin retorno, desvelados dinteles en la inmersión ciega del taburete.
En el espejo la doble luz que se encarna en las pupilas,
el gemido en la espada: nazco en la luminosidad que me toca,
asombro es este pino con su espaciosa trementina, nudo
del trapecio del subsuelo donde el humus revela de manera
intacta, la fuerza del día y sus suplicios.

En la piel, las semanas tatuadas con la embriaguez abierta
de los pétalos; me amarra esta alberca de libélulas en plena
pizarra del día: alas, gritos, ojos, luz, manos, aguas aleteantes,
atravesando las palabras del cuerpo,
la jornada sin diques ni compuertas, sólo la lucidez de la locura,
el espejo que está ahí,
en el infinito, mordiendo las esferas del cielo, encima de la rama,
respirando los sonidos del cuerpo. Los cuerpos que se juntan
alrededor de la sombra idéntica al bosque,
inmaculada porción de las pupilas en pleno mundo de pupilas.
En la piel, el cielo hacia nosotros, hacia el lienzo de eucaliptos.

Barataria, septiembre de 2011

miércoles, 21 de septiembre de 2011

ATARDECER DEL VIENTO


En las calles rojas del salvajismo, el catecismo en las manos del miedo,
el viento a la caza de huesos,
la vida sin dientes, aguas pútridas en la alegría. Cuervos del estrépito.
Para calmar la tristeza, taladro las paredes,
la niebla tiene sembrados cementerios, jardineros vencidos
por la muerte que no cesa de aullar en la noche,
ni en los nombres del sueño que de niño aprendí al amanecer.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





ATARDECER DEL VIENTO




Ante cada atardecer, mi sangre en las paredes, las palabras en el golpe:
dilemas del extravío en el cántaro del fuego, hondos caminos
que escribe el viento, granizos de oscuridad cada mañana.
El caballo del viento profana la saliva, el sollozo se ha vuelto siniestro
aun para los verdugos que horadan el calendario,
—siempre mi hálito en desasosiego, como un aprendizaje proscrito
en tiempos donde la luz es frágil y los rostros por dentro
se han vuelto cárceles ensimismadas, aceras de hipocresía.
Atardece en los ojos: no encuentro razones para que el asesino
ande suelto, y las ciudades se hayan vuelto himnos fúnebres, calabozos
con perpetuos estandartes, despiadada oscuridad de cuchillos,
ceniza imborrable en las vitrina.

El viento me trae el olor de los muertos, hundida la cuchara
en los esqueletos, tambores de muerte desde las baldosas al oído,
instrumentos que convierten el silencio en salmuera.
En las calles rojas del salvajismo, el catecismo en las manos del miedo,
el viento a la caza de huesos,
la vida sin dientes, aguas pútridas en la alegría. Cuervos del estrépito.
Para calmar la tristeza, taladro las paredes,
la niebla tiene sembrados cementerios, jardineros vencidos
por la muerte que no cesa de aullar en la noche,
ni en los nombres del sueño que de niño aprendí al amanecer.

Cada día recuerdo con mayor insistencia estos minutos
rehaciéndose en las manos, los paisajes caducados de siempre,
las huellas dispersas en las gotas del alba,
esta dispersión del pálpito en el sombrero de las aceras.
Bajo el atardecer del viento, todo es incierto: caminos vacíos
El firmamento de la carne que comerán un buen día los gusanos,
Sin mayor reparo que los folios de un náufrago en la borrasca.
A la orilla de las ventanas, arrecia la tormenta,
el País con la costumbre de platicar con los cuervos,
los espectros como un reloj de oscuridades absolutas,
los decapitados ya sin el dolor que tuvieron.
Pero no sólo son estas sombras las que deliran: también las sombras
Vivientes en los ojos,
los niños, los adultos, ceñidos a la muerte. Sombras sin perecer
cuando atardece. Sombras sin luz, roídas por el tiempo.

Cuando atardece, la destrucción es absoluta: ciego estoy de brazos
Y dudas; ciego en realidad, de esperas que no duerman
En lo pétreo de la noche, sino en el vitral de alguna rama
Con nombres amables, con labios que respondan al suplicio.
¿Por qué este dolor riguroso de escapulario, más espeso
Que una osamenta triturada? —Moriré, sin duda, en la fiebre
de los meses cuando éstos abran las puertas para que salgan
las moscas y mi carne haya sido disecada por el aire.

Barataria, septiembre de 2011

martes, 20 de septiembre de 2011

HABITACIÓN REVELEDA


No sé si existe la eternidad en los cipreses del aire,
ni cuánto arden las cenizas en una guitarra, ni los trenes
dejados en la sombra del césped, años de buscar el sueño,
de la habitación revelada, ojo de cipreses en la sombra confiada...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





HABITACIÓN REVELEDA




Hay una habitación revelada en mi alma: siempre la luz
en los destellos de los brazos, la historia del invierno
que cada quien anda como amuleto, el frío traspasando
los ojos, los almacenes de las sábanas debajo de eucaliptos.
He visto la herida tomar nuevos nombres,
descubrir en el espejo otro refugio,
morir de nuevo en la estantería del pecho de los pájaros,
las palabras como un barco en el suspiro que propician los ojos
en la lejanía, el ánfora de las pupilas, inconfesable alacena
en la única soledad: el deseo,
esto que está a un paso, en el umbral de la puerta,
la soledad del tiempo, lluvia cada día acercándose a la penumbra,
brisas con equipaje de calles que nunca caminé.
No sé si existe la eternidad en los cipreses del aire,
ni cuánto arden las cenizas en una guitarra, ni los trenes
dejados en la sombra del césped, años de buscar el sueño,
de la habitación revelada, ojo de cipreses en la sombra confiada
de los vivido, de la siempre claridad de la tinta, al cabo
oscura veta del caudal del pulso.

Regreso ahora que alguien llama a mi cuerpo: regreso.
Regreso en el horizonte que liberé de tanta noche incierta:
quien camina encuentra siempre la verdad del límite;
quien descendió hasta el pie de las estatuas sin desmayarse,
puede subir al arco iris,
perseguir la desnudez de nadie, internarse en el destino
de las horas, sin más prisa que la lentitud de un buen día
con semillas, pues que la desnudez en la noche no se mira,
se siente cabalgar en los mares del cuerpo,
aguas completas estiradas en los dedos, sombras de mi vigilia.

Quien ha andado en la alta noche de la Nada, agradece cada minuto
y cada mañana, al cierzo que cae en las sienes,
al confín crecido de un beso, agradece al frío por los colibríes,
a la dignidad de tener paz y comida, a la duda que fue fuego
en la borrasca, a la claridad devuelta del espejo.

Toda la realidad es como mi pobreza: entre el mantel obsceno
del ascua, he caminado sombras en desorden, piedras inmóviles,
voluntades que nunca entendí porque jamás existieron,
tristezas convertidas en hachas del destino:
ahora la huida es un recuerdo, despojado de cuadernos, metido
hoy, en la reconstrucción del aliento, muro acogiéndose a mis venas,
clara habitación del viento que azota los eriales,
las luces del espejo distintas cada día: sin embargo,
me quedo aquí, donde antes ya estuve, donde tuve cansancios,
y adiviné cada artificio del bullicio, el propio cuerpo
contemplado con sus heridas: arden las ausencias llenas
de palabras, el camino que escribo en el poema…

Barataria, septiembre de 2011

lunes, 19 de septiembre de 2011

PUERTA HACIA EL TIEMPO TRASCENDIDO


En el tiempo anterior el oficio fue el caos, los girasoles desgastados
de los libros, la identidad perdida en el Erebo;
hoy es tiempo de razones compactas, no de fragmentos esparcidos
en el vértigo del cuerpo, no la sombra intuida del paraguas,
ni el laberinto del sexo ardiendo en las pupilas.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





PUERTA HACIA EL TIEMPO TRASCENDIDO




Ya no hay dramas después de haber trascendido las puertas
del tiempo. Después del día a día entre las multitudes,
con el único cofre evidente: la lluvia floreciente en las paredes,
el amor que siempre me produjo rupturas hasta el límite
insomne de la zarza: después de todo uno olvida toda esa simbología
de espinas, la salida es inevitable después al llegar al puente
donde las letras se vuelven grandes y la roca una raíz en el pecho.
Olvide los malos augurios que anticiparon la sequía;
ahora soy un pájaro sediento subiendo otro camino:
quizá no más fácil al sufrido, pero sí diferente, sin quebranto,
—tarda la calma en cuanto perdura la tempestad;
soñamos que soñamos y es el desvelo en el cuerpo, son los dados
del combate lo que a fin de cuentas, se tiran sobre el pétalo
curvado, la lumbre líquida de los sentidos.

En el tiempo anterior el oficio fue el caos, los girasoles desgastados
de los libros, la identidad perdida en el Erebo;
hoy es tiempo de razones compactas, no de fragmentos esparcidos
en el vértigo del cuerpo, no la sombra intuida del paraguas,
ni el laberinto del sexo ardiendo en las pupilas.
Dejo los pañuelos a las sombras, los relojes a las estatuas,
los sueños a la almohada, las verduras al mercado. Bajo los dos
polos del universo, la marcha es un jardín que florece,
la sombra resbaló simplemente en los acantilados. Debo continuar,
alejarme hasta cumplir mi jornada de viento,
hasta quemar por completo las catacumbas de las veredas.

El mundo simplemente es un gran ojo donde vuelan los pájaros.
Frente a mí tengo el labio renovado de la transparencia,
la embriaguez de los arcanos,
el estallido extenso de mi propia locura: musita el musgo,
el fuego que la sed abraza, la puerta de aquellas aguas
que me dan la alegría, sin caverna ni alambrada, sin hormigas
que aticen el cuerpo, sin el vestigio del golpe y la caída.
Como una sábana limpia la puerta hacia el tiempo trascendido.
¿Hay olvidos? Los hay allí donde el esplendor ha llegado firme;
¿hay olvidos? Los hay cuando el paraíso perdió sus dudas;
desde el artificio de los libros negros que he leído,
salto sin vacilación a la transparencia: el tiempo es así,
tangible e ilusorio, sombra y luz, gozo y relámpago, litoral
roído por la ceniza de los pensamientos, aurora y osamentas,
espejo desollado en el alfabeto del cuerpo.

¿Hay pretéritos? Sí los hay. Están también mirando la puerta,
la lengua clavada en la escritura, la puerta que espera,
la piedra que sangra en el laberinto del poema.
Hacia el tiempo trascendido, otras puertas, quizá entre olvidos
Y pretéritos, sobre la sombra del pájaro en el balcón…

Barataria, septiembre de 2011

domingo, 18 de septiembre de 2011

EL SURCO QUE NO CICATRIZA


Hay otros surcos y otras heridas, lo sé…
Algo pasa en nuestro cuaderno viviente: líquidas las palabras,
el desvarío, el cuentagotas del derrumbe de la lluvia,
el día con las iníciales en la acequia del porvenir,
la realidad de tu nombre cernido en la puerta del hálito,...





EL SURCO QUE NO CICATRIZA




Es fuego el surco, herida de la voz y la conciencia; es sigilo, música
este llover en las paredes trasegando en pasto verde las pupilas.
Sé que detrás del vuelo corporal, hay pródigas libélulas,
sueños para desvivirse en el ayuno. Sueños…
allí pasan inadvertidos los olvidos, porque palpamos el presente
con todo el equipaje del viaje: en compañía el fuego y la almohada,
el alado diorama de los ángeles, el entrecejo feliz
al contemplarlo todo, gota de espejo abierta a las ventanas,
origen y destino en las manos sangrientas de linternas.

Vengo de tu íntima sombra, voy a tu sombra íntima, al centro
donde la desnudez confía, cuerpo quedado en mi escritura,
caídas y abismos como en un génesis,
envueltos en el perraje de nuestro propio equilibrio.
Hay otros surcos y otras heridas, lo sé…
Algo pasa en nuestro cuaderno viviente: líquidas las palabras,
el desvarío, el cuentagotas del derrumbe de la lluvia,
el día con las iníciales en la acequia del porvenir,
la realidad de tu nombre cernido en la puerta del hálito,
la alberca que pernoctó abierta al desprendimiento,
a este juego de lúdica saliva en plena intemperie, días enteros
de intercambiar ungüentos, acostumbrados al movimiento
profundo de las begonias en la respiración.

Sin que todo se descubra, soy húmeda carne en esta quema
incesante de visitaciones,
después será cualquier cosa: silencio, abandono, memoria,
y hasta vejamen, exilio; mientras, se llega a ese momento,
me arrimo al follaje del cuerpo, a ese albergue de entrañas sutiles
donde no importan las salidas, sino la sed de la entrada.
Después de todo, así escribo en manual de mis propias ansiedades:
los pechos consumidos, el instante anudado a esa herida
de miel y porfía y desprendimiento.

No importa cuánto existamos, ni la duración de la memoria;
no importa el tiempo que uno tarde en leer y desleer el propio
pálpito, cuando la herida es el centro de la sombra,
signo donde el ánfora derrama el soplo del polen.
Después de todo, no espero promesas y milagros: si cada día puedo
despertar sobre el surco en la obediencia del arroyo,
descifrando el enjambre dentro de la verja, combate de altura
en la secuencia del hambre, brasa del sexo en la herida.
Siempre supuse que divagaría en este laberinto planetario:
Siempre noche y día, desembarcando en la desmesura,
Siempre fiel a esta tortura de grieta alada, a este temblor de herida
Gozosa, a esta locura del poema en el laberinto del guijarro.

Barataria, septiembre de 2011

viernes, 16 de septiembre de 2011

EPÍSTOLA (SIEMPRE LA VERDAD DESVELA AL MANIQUEISMO)


Tengo razones para querer el olvido con toda la furia del deseo:
dudo del bien y el mal, dudo del amor, dudo de la boca
colgando del alba, creo en los pájaros que emigran del alba
sin un horario establecido; en medio de todas estas razones,
hay encubridores de escombros, días resignados a los establos,...
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EPÍSTOLA (SIEMPRE LA VERDAD DESVELA AL MANIQUEISMO)




LA RAZÓN.—y qué, ¿te parece que pueda algo
ser verdadero si no existiese la verdad?
AGUSTÍN. —De ningún modo.
LA RAZÓN. —Luego siempre continuará existiendo
la verdad aunque el mundo se acabe.
IDEARIO DE SAN AGUSTÍN




Cansado de vigilias y padeciendo de la espina, pretendo abrir
los ojos a la compasión: siempre estoy aquí, la palabra en la boca,
buscando la claridad del campanario y no el racimo de noches
amarillas, guarida de las fuerzas oscuras y el aullido,
he creído en los abanicos que galopan en los sombríos peces
de la lluvia, en otras bocas que alcanzan cielos con altavoces
de maniqueísmo, cerca de la bruma, lejos de las lámparas.
Tengo dudas. Pienso si realmente existe la verdad y cuánto cuesta
llegar a ella, sin convertirme en cazador de lutos,
ni en piedra que afine las asperezas,
sino en agua que busca su propio cauce hasta desvelar el horizonte.

Tengo razones para querer el olvido con toda la furia del deseo:
dudo del bien y el mal, dudo del amor, dudo de la boca
colgando del alba, creo en los pájaros que emigran del alba
sin un horario establecido; en medio de todas estas razones,
hay encubridores de escombros, días resignados a los establos,
deseos de deletrear los rostros que siembran sombras,
y que siegan la tristeza con fósforos oscuros,
y que aturden con sus zarpazos,
y que avanzan y diseminan como verrugas, visten con saña los horarios,
y tapan la esperanza con escombros.

Cuándo se hará presente la verdad, si de pronto la avidez de la noche
muestra sus ramadas, sus muertos ocultos como ángeles,
la ferocidad sin tregua disfrazada de acordeones,
la simulación como verdad absoluta: apenas uno se aproxima
y todo es fotografía difuminada,
ventanas lloviendo impudicia, —ella nos habla como espejo diáfano
pero es sombra colgada del cielo, ávida ponzoña repartida
en los tejidos del viento. Estoy lejos de entender este camino
de dualidad y ambigüedades, lejos de poner ancla fija, porque
de pronto, puede galopar la noche y derribar los relojes,
hundir el equilibrio de los puertos, enredarnos en la malicia,
hasta volvernos un grito en la oscuridad.

Después de todo, ni siquiera estoy seguro si existe la sabiduría,
pues en los más, prevalece ser rebaño, cauce de cuchillos
sajando más la herida existente: esta vida que tampoco entiendo
entre tanto luto y discordia…

Barataria, septiembre de 2011

martes, 13 de septiembre de 2011

MATERIA DE SOLEDAD


La soledad es mayor cuando se ha perdido la inocencia,
cuando la ráfaga se ha convertido en manos,
cuando el amor madruga en los estratagemas
de los discursos políticos, cuando frente a mí
declina la inteligencia, y la escritura se vuelve artículo de lujo,...
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MATERIA DE SOLEDAD





En cada ojo, el asombro. La luz en la tela del alma.
El poema encuentra su espacio en el aire,
la orfandad, a menudo, es un acto de fe,
en lo alto del pensamiento habita la materia,
aunque siempre hay límites para la lucidez,
límites para el afán de las espigas,
los pozos de la muerte toman la palabra,
cada periódico que hace del sufrimiento la noticia:
a diario se pierde la inocencia,
me devora la melancolía y debo conspirar contra ella,
el poema es una manera de olvidarse del viento,
devorar el calendario hecho de palabras,
tomar los andamios de las calles en cada protesta,
jugar a la buena suerte sin perderse en las cloacas.

La soledad es mayor cuando se ha perdido la inocencia,
cuando la ráfaga se ha convertido en manos,
cuando el amor madruga en los estratagemas
de los discursos políticos, cuando frente a mí
declina la inteligencia, y la escritura se vuelve artículo de lujo,
—nuestros brazos dejaron de ser, el tránsito de la almohada,
dejaron de ser el río, para convertirse en mutilada flama.
Abrimos extrañamente los trenes de la noche.

Somos débiles caminos cuando el destino arrecia
cuando en la mayo ya no reverdecen las palabras,
ni es posible jugar a la alegría.
Ya no hay que buscar en la voz la claridad de las ventanas,
ni esperar la mesa ciega de manteles:
nuestro mundo está empedrado de espinas.
No nos sirve el aliento para vivir de fábulas, ni recuerdos,
ni quedarnos aquí subyugados a la noche,
al estrépito mudo de la perseverancia, a los trenes
que horadan los durmientes, al deseo de repartirnos…

En la incertidumbre se oyen los perros a la medianoche,
ladrarle a la luna rota del cigarro,
se escucha el ahogo atravesando los huesos,
mordiendo las esquinas de la ráfaga en la cama
donde acumulamos barcos errantes, barcos a la deriva,
violines de insectos, ascensores de imposible saliva.
En el poema somos y dejamos de ser:
ahora nombramos el desarraigo y la ola del suspiro,
seducimos al libro de las cucharas, a la poca escritura
que se abre a los deseos, cuando ya la sinrazón ha ocupado
el azúcar de la confianza. Dejamos de ser materia viva
para convertirnos en ese estrecho dudoso
habitado por la esquirla del abandono. Materia somos.
El panal mastica las palabras de los trenes.

Claudicamos, sin duda, cuando el ruido ha agujereado
Cualquier posibilidad de vivir en el Paraíso…

Barataria, septiembre de 2011

lunes, 12 de septiembre de 2011

OFICIO DE LA HOGUERA


Cuando deseo escribir un poema, me siento a mirar fijamente
El horizonte, —el principio de la idea está en la desnudez del verde.
A menudo el silencio se vuelve eco de cenizas e incluso, abierto
Equilibrio en la doble agua del espejo.
Cuando hay neblina, el cielo baja a las calles a realizar sus quehaceres
De transeúnte doméstico.





OFICIO DE LA HOGUERA




Los racionalistas, con sombreros cuadrados,
Piensan, en estancias cuadradas…
WALLACE STEVENS




Después de la desnudez quedan las palabras y las postales.
La historia que transcurre de la puerta a la cama, el paisaje vivido
—Reducido a la memoria, la escalera de los recuerdos.
Hay instantes de bienaventuranza para respirar la luz del amanecer.
Cada día, sitiados por la hoguera, hacemos el fuego: es decir,
Nos gozamos palpitamos y frotando las manos como un haz de orégano.
El mayor oficio de la extrañeza es escribir en tu ombligo palabras
No dichas. Palabras, digamos, que nos advierten umbrales.
Ante el frío, busco el libro de las sábanas.

Cuando deseo escribir un poema, me siento a mirar fijamente
El horizonte, —el principio de la idea está en la desnudez del verde.
A menudo el silencio se vuelve eco de cenizas e incluso, abierto
Equilibrio en la doble agua del espejo.
Cuando hay neblina, el cielo baja a las calles a realizar sus quehaceres
De transeúnte doméstico.
Dos cuerpos desnudos constituyen una sombra obstinada: sombra
De un jardín espeso de saliva, alcobas del tacto.
Escribir un poema siempre es una forma de morir: cada palabra
Nos libera de los cuchitriles y de las asas rotas de los significados.

Cuando dos almas se miran, es una sola lágrima de azúcar la que brota
De todo el firmamento de la ficción.
No hay nada más frágil que la irrealidad del arcoíris, en los ojos
De la espera, en ese otro mar que la piel transpira en sal.
Digamos que la respiración es el aleteo supremo de la vida.
Cuando llega el crepúsculo a mis manos, impera la tinta blanca de la luz
Con todos sus pájaros de amorosa tinta.

Cuando los zapatos se cansan de caminar, pongo a descansar
Mis calcetines: lo benigno siempre es leve. Lo benigno es inamovible.
Por más que el huracán arrecie en las sienes, la audacia es un apero
Infalible. No hay puño que derribe las palabras, ni saña que arrase
El buen pensar y sentir.
(Ah, pero cuando te presiento, me es suficiente el olfato; entran
Por la ventana los alelíes; en las pupilas, las olas de la respiración.
La alegría de las puertas acumuladas, abre la madera y empieza
La fuerza de la ráfaga a subir la escalera del bosque.
Cuando estás, estamos, en ese extrañamiento del estertor: el murmullo
Siempre es una tarea difícil de ocultar,
Cuando color y luz empiezan a cambiar de lenguaje.
Cuando estás, estamos, paladeando el obsceno laberinto del sendero.
Cuando estás, estamos, visibles, irreconocibles: es el ejercicio de libertad
Decantando, indispensable frente a la hipocresía…)

Barataria, 15.XI.2010

domingo, 11 de septiembre de 2011

LLAVE DEL FUEGO


Aunque el tiempo que se va no regresa, —cierto es que entumece
la lucidez de los vitrales: sombras donde arde la batalla
y ese juego de sombras que la herida siempre ve en la conciencia.
Por encima de lo apetecible, siempre hay juego de espejos:
sordo el vario jugo del jengibre,...




LLAVE DEL FUEGO




Hearts of fire creates love desire
Take you high and higher to the world you belong
Hearts of fire creates love desire
High and higher to your place on the throne
EARTH, WIND AND FIRE




Aunque el tiempo que se va no regresa, —cierto es que entumece
la lucidez de los vitrales: sombras donde arde la batalla
y ese juego de sombras que la herida siempre ve en la conciencia.
Por encima de lo apetecible, siempre hay juego de espejos:
sordo el vario jugo del jengibre,
la ficción que de pronto es un rito de oscuras aristas.

¿Qué hay detrás de la espiga de hormigas, del breve secreto
de la lanza en el surco,
arpa de la sombra en la bruma, esculpida en clave desde dentro,
redonda espuma de la crayola en la arcilla?
¿Qué hay en esta sombra apretada de escombros,
espectral entorno de mi mundo, conmigo sumergida en los zapatos,
posesa ventana en la tasa de mi mirada,
en los poros, a menudo íngrima sábana de desvelos?
¿Dónde está el agua apetecible de la linterna: arde el ojo afilado
del hallazgo en la superficie de las sombras,
sal en el baldío de los relojes,
impasibles azúcares en la esfera de las uñas,
fotografías tropezando con el sueño, horas dejada en el ceño?

—Ahí, en la tierra o el río o la alacena o la mesa:
aguas adentro el zumo de la brújula, las llaves vegetales del fuego,
los residuos del viento,
el yeso de las pulsaciones en la pizarra del rastrojo,
el pan cavilando en los lóbulos.

—(En cualquier parte el fuego se hace sombra o noche sin decoro;
la pupila del reloj nos acribilla, nos pone en la inflorescencia,
en el camino la pasta del amasijo.

Y sin embargo, apetecibles las grietas de las ataduras: el aliento
salta de su propia condición de rehén,
abajo la madrugada en los pistilos.
En cualquier parte el pie se hunde en el follaje: nos devora a sorbos
el desaire, el espejo del firmamento en el ojo.)
Nos consume el propio vacío en que quedamos; y sin embargo,
no rehuimos a esta porfía de hilar las sombras
en el guacal del calendario con ceniza y salmuera y culantro.

Todo es presencia en la sombra: pozo, quizá, de la ficción;
en el caos la sangre es caricatura, cerrado litoral de los sentidos,
afilado espejo del musgo, cepa del sopor,
harina trillada en el laberinto de la propia confusión.
—Hacia el peso de la luz, lo implacable de los arcanos,
el sordo equilibrio de la fugacidad, la balanza ciega de las hebras,
el césped apiñado al oleaje,
los brazos desollados de las cáscaras, —este antiguo rito
de caminar sobre las agujas oxidadas del horizonte…

Barataria, 29.XII.2010

sábado, 10 de septiembre de 2011

AHORA, EN INVIERNO

Ahora el invierno y las puertas de la noche aquí en los hombros;
Antes fue el parpadeo del pájaro en la rama de las sábanas,
El tiempo contrario a las luces de diciembre. La piel ajada
Por el escalofrío; —De espaldas el paladar y las sombras.





AHORA, EN INVIERNO






Ahora el invierno y las puertas de la noche aquí en los hombros;
Antes fue el parpadeo del pájaro en la rama de las sábanas,
El tiempo contrario a las luces de diciembre. La piel ajada
Por el escalofrío; —De espaldas el paladar y las sombras.
(Antes te veía todos los días en el rompeolas de las ventanas):
Había esa complicidad con la lluvia, y un deseo de luz para leer
El murmullo del agua en el sueño. Ahora todo juicio me desvela,
Incluso las inmunidades. Las huellas incandescentes en mi interior
Pulsan el frío: Gime la piedra de la paciencia en la multitud de destinos,
—La ignorancia desangra la respiración, —tierra desvelada—,
En el reparto de los ojos, en el sueño de ciertas floraciones de espuma.

A menudo la vida se pierde en las vísceras de los juegos domésticos.

Dónde hallar la dulzura cuando la caricia es íngrima,
Y las palabras se abren como simples chamizas entre la broza espesa
De los siglos. —Quién es el arca para nacer de nuevo en los ojos,
Nacer sin la maleza del pavor. Nacer en el zumo virgen del zodíaco.
Hoy las falencias son mayores pese a tener un mundo con más zapatos.
—La energía nuclear se quiere repartir como condones
Entre rostros de obstinado cansancio, entre guerreros de oscuro aliento.
El mundo cada vez es póstumo en los espejos, el polen se trasiega
En grandes redes de miseria. Pero la vida se resiste a los discursos.

(Mientras tú y yo, amor, qué hacemos con este cofre de óxido vivo;
¿Qué hacemos con estas manos desveladas en el costado, con esta
Ascua de nuestro desvarío a punto de beber la hipnosis del anhelo
Y la inminencia en tu mojado respiro?)…
Cada vez la balanza no sirve para salvar las igualdades, ni permear
A los cazadores furtivos de la noche, ni unir los puntos equidistantes
De los golpes en las mazmorras del espíritu. —la noche del mundo
Amedrenta con su falso estupor de sibarita, con su falo de destellos
Pudibundos. La niebla es mayor que el soplo que transita en las sienes.
La tormenta arrecia, voraz, por los cuatro costados del abismo.
(Un día ya no seremos herético fuego, ni boca hambrienta en esa
Herida de la hoguera tuya, anzuelo de mi sangre pulsante).

La abundancia sólo se ve rodando en los grandes casinos; los billetes
Tapizan las manos, pero hacen falta supermercados en la garganta,
Y escuelas menos patéticas que los puentes colgantes, y farmacias
Para la felicidad, y ciudades con azúcar y vainilla y días con luces
Domésticas en todas las calles y avenidas…
Las respiraciones de Magritte me devuelven el pensamiento. El ahogo
De los perros después de la niebla, las ventanas ordeñando grillos,
La falta de liquidez en los bolsillos, la leche de los murciélagos
En las cortinas, la codicia con sus garras como un lisiado indemne.

Luego la sobremesa de la usura con su tórrido filo. Los cines con armas
Virulentas, orinados en el celuloide de múltiples colillas.
Como nací sin semáforos, detesto su intermitencia. Detesto las escaleras
De la zozobra que producen los grandes Cónclaves,
Ciertas imágenes colgadas de rascacielos; y en cambio, prefiero,
La epidemia de la utopía y la sangre gemela de los candiles
Sobre mis libros…

Barataria, 05.VII.2009

viernes, 9 de septiembre de 2011

AHORA SON VIENTO DE LIBÉLULAS LAS AGUAS


A un paso de las aguas, como lección cotidiana, la noche
agazapada en la ventana, días de monótonos jadeos, imaginar
la luz desde las paredes oscuras de la garganta: viento de sexo
en el postigo de la lengua, minutos distintos cada día del júbilo,
filtrados en la llaga del paisaje.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





AHORA SON VIENTO DE LIBÉLULAS LAS AGUAS




Y se alejó, callada nube negra.
OCTAVIO PAZ




A un paso de las aguas, como lección cotidiana, la noche
agazapada en la ventana, días de monótonos jadeos, imaginar
la luz desde las paredes oscuras de la garganta: viento de sexo
en el postigo de la lengua, minutos distintos cada día del júbilo,
filtrados en la llaga del paisaje. Camino y, siempre el mismo paraje:
la inseguridad, mordiendo las estatuas como roca necesaria
del extravío. Días de derrumbes y contradicciones,
brazos vencidos del carámbano que se hunde incubando
malos augurios en el aliento; al cabo, —ha pasado el fragor
de la asfixia, la memoria de las cosas cimbrada en los recuerdos
de cuando cada página era una fronda
donde se escribían las distancias húmedas del apego.

Ahora ya no sé qué cielo hace efervescente los sueños,
ni si la fuga es mejor que la ausencia de los sueños,
ni si el silencio deja prolongar los fríos del espejo cuando aún llueve
en la entraña de este cuerpo inundado de ciudades grises,
casi moribundas. (Nunca fue fácil cargar esta dolencia de tormentas,
ni la falsa transparencia de los peces en la noche,
copada a menudo de abandonados caminos.

Siempre me conmueven las almas huérfanas en la oscuridad,
porque es la mía, también, que ciega deambula mientras la carne
se quiebra en la ansiedad derramada en el tacto.
Un día no seremos —vos y yo— esta dolencia de nocturnas distancias,
ahogados en el miedo, sino sólo la idea de dos cuerpos
confundidos por la pesadez del tiempo. Seremos quizá,
esqueletos en la sombra, ceniza después de haber soportado
todos los fuegos del planeta.) Me quedan, sin embardo,
los zapatos repletos de caminos, el zarcillo del jadeo,
el río despeñado del orgasmo como un rebaño de alientos
entre la maleza. Me queda el tiempo con los dedos del pretérito,
el feliz enjambre subiendo a mi olfato,
todos los diálogos arrimados al musgo.

Ahora sé que el viento de las libélulas se ha hecho agua y sobresaltos
arraigados a mis cabellos. Todas las sílabas deambulan
en esta cadena de premoniciones: la partida,
los caballos retirados del calendario, la historia agridulce de la neblina,
la hojarasca al punto del sollozo.

La perplejidad es parte de esta noche que se adentra,
sin retroceder en el suspiro; las aguas terminan siendo sembradío
de los ojos, hundidos cuerpos en el abismo.
Ya no hay nada que puede detener el descenso:
alrededor de las esquinas crece el ahogo; donde una vez hubo claridad
sin horarios, hay espinas y utensilios para sajar la esperanza.
Sobre el filo del paredón, el poema, el puñal de la tinta rompiendo
el papiro del pecho, el estanque con ausencia de jadeos…

Barataria, septiembre de 2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

SORBO DE VENTANAS


Desde aquí, el ojo de la ventana, aguas nocturnas,
añil la terquedad que bebo frente al despojo y la muerte,
risas amarillas del tamaño de la hojarasca,
el polvo doliente en los cuartones de los salmos, oscuras aguas
colgando del vacío, en sucesivos hombros de las semanas.
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SORBO DE VENTANAS




Cierro los ojos y miro
el tiempo interior que canta.
MANUEL ALTOLAGUIRRE




Desde aquí, el ojo de la ventana, aguas nocturnas,
añil la terquedad que bebo frente al despojo y la muerte,
risas amarillas del tamaño de la hojarasca,
el polvo doliente en los cuartones de los salmos, oscuras aguas
colgando del vacío, en sucesivos hombros de las semanas.
Pese al torso transparente de las ventanas, la luz respirando
en el puño, la cobija del ruido no es cobija para entender
el cansancio pétreo de las sombras. Bebo en penitente brutalidad
todo lo que está y es, los cipreses en la penumbra del recuerdo,
el trasto de nudos que amarran el rocío, la disputa frente al espejo
de los pájaros por beber del oasis el cielo, ahora también oscuro
como la puerta que da a las catacumbas. Sólo es una alegoría
sumergirme en las aguas de las mochetas, primero;
luego abrir los ojos y trepar la rama del confín de mi aliento.

A pesar de la penitencia del fuego, sorbo inclinado la luz raída
que me viene en rachas de rigurosa ceniza, en lluvia de falsas abejas,
en aromas de pan sin buena levadura.
Camino largo en los cristales difuntos de las cucharas,
sin más fantasía que inmacular mi lengua sobre el peltre sucio
de la carne ya fluida convertida en nostalgia;
debo contener mi garganta ardida de vestidos, lágrimas reflexivas
que odio en el vaso de agua, cuando estoy a punto de quitar mi sed,
la sed vívida de los sentidos. Me dan asco los ojos colgados
en las ventanas, el sorbo de quietud que debo tener cuando
el aburrimiento es una fuerza sin paciencia y la noche se pasea
sin disimulo como un mantel de ternura. Me da náuseas sorber
las paredes tapizadas de orina y no la cal profunda mojada por la lluvia;
 saboreo el mimbre de los puertos que me proveen las ventanas,
pero todo es igual, cuando se ha perdido la claridad de los colores,
cuando los claveles opacan su lozanía y prevalece
el casco ciego sobre las pupilas. De todas formas, la ternura,
no es de esas bisuterías que se compran a bajo precio
en los mercados de pulgas, ni un parque con acequias y jardines,
ahora es mercancía de lujo difícil de encontrar en el hocico de las fieras.

No me extraña este ardimiento de la garganta,
cuando la sangre drena el mapa de la conciencia,
cuando el golpe o la intemperie nos socavan hasta perdernos
en la breña última del calendario. Pese a todo este ardor erguido
como un falo, sigo inventariando vigilias, estampillas,
barquitos de papel, trencitos de madera, y calles y aceras
y transeúntes y extrañas angustias como un traje de hiriente cotidianidad.

Barataria, septiembre de 2011

sábado, 3 de septiembre de 2011

FACULTAD DE LAS PUPILAS


También en las pupilas hay memoria, luz que en la fogata
guarda el tiempo del bosque; la densidad de los colores
sabe a la exploración de los caminos. Desde los tiempos más remotos,
ha sido el ojo, —pese a todos los equívocos que pueda suscitar—,
la estación clara y perenne de las persianas
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FACULTAD DE LAS PUPILAS




Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.
EFRAÍN HUERTA




También en las pupilas hay memoria, luz que en la fogata
guarda el tiempo del bosque; la densidad de los colores
sabe a la exploración de los caminos. Desde los tiempos más remotos,
ha sido el ojo, —pese a todos los equívocos que pueda suscitar—,
la estación clara y perenne de las persianas
que se abren como tapias en los sentidos.
Sé que a ratos he andado a tientas como las tardes que mueren,
lentas, en el entrecejo, como el corazón que mira los rieles
con nostalgia, como los nombres escritos en las hojas que borró el agua;
dolido de los cueros arrugados de la memoria,
me levanto y veo con simplicidad plena, la luz que,
pese a ser demencial, hincha de peces el fervor del pan.

No sé vivir de otra manera, si no a través de las pupilas,
son mi lengua por encima de los círculos de Dante,
la llama de mis vocales, las sílabas de mi espejo.
El alma brama frente a este universo de esqueletos:
los colores son tales cuando brillan en el rostro y no en el alma,
cuando las formas incesantes, vuelven esplendida la risa y los días
oscuros quedan en los rincones del cielo o las sábanas.
Llevo días relevando los inventarios del aliento;
agredo el cierzo a mordidas, callo frente a los jardines descarnados,
busco la piedad pétrea, la que no horadan los insectos,
ni se infecta con el estiércol.

Busco con mis lentes la luz y el sillón donde dormir;
y, aunque he visto cadáveres amargos, esqueletos de reses
y personas en los mataderos, quiero ver el viento claro
y el bosque celeste de la lluvia en los ojos.
La oscuridad me ha llevado a los gritos de la ceniza, pero también,
a la danza del espejo, a la fuente donde hablan los mosaicos congelados
del silencio. Mis ojos tejen jardines sobre las hamacas,
porque de otra manera sería difícil renunciar a los difuntos.
Siempre estoy viendo muelles con la desnudez del dolor,
con ese éter irremediable de las agonías: muerden las luciérnagas
a los balcones, aúllan como musgo las bolsas de plástico
y la basura, se enredan en las vértebras las lianas
de los cuchillos, ríe la fiebre del asesino en las espigas,
ignora el Fondo Monetario Internacional la ternura,
las cloacas y los vertederos conmueven a las sandías,
al plato que tambalea cada vez que le caen escupidas,
al grito perenne de la almádana en los oídos.

Aquí bebo toda la melancolía, las pupilas son mis palabras,
mi cuaderno, mi tinta: en cada zapato hay calcetines decapitados,
son insuficientes los mercados para abastecer la zozobra,
los días domingo para cultivar incienso. Los niños sin embargo,
en vez de jugar a otra cosa, juegan al juego de la lechuza
y al desencanto, juegan a la sombra que amanece en sus vértebras.

Barataria, septiembre de 2011

viernes, 2 de septiembre de 2011

INCITACIÓN AL VUELO


Brota descalzo el vuelo sobre los juegos de lluvia y oídos.
Exhortan las lámparas al fuego, induce incita, este aguijón
que muerde a cada instante el vacío de ventanas,
dispara sobre el párpado la alucinación de las reses muertas
de la aurora, los collares de buitres en pos de las cobijas...
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INCITACIÓN AL VUELO




El nombre de las tierras y el del cielo se mudan
según donde estés tú o hayas de estar un día.
ELIZABETH BARRET




Brota descalzo el vuelo sobre los juegos de lluvia y oídos.
Exhortan las lámparas al fuego, induce incita, este aguijón
que muerde a cada instante el vacío de ventanas,
dispara sobre el párpado la alucinación de las reses muertas
de la aurora, los collares de buitres en pos de las cobijas
de la alcoba; sobre el petate, los féretros humedecidos por la salmuera,
la bruma del metal del susurro, collares negros de cementerios y,
sobre las criptas, agudas piedras de musgo.
Me provoca la inducción de los falsos arrullos: vomitan las aceras
imprevistos zapatos anegados de barro,
moscas encorvadas como una flauta en desuso,
como las tijeras en las manos de los fanáticos;
se alzan los pavos reales sobre las calles, imposibles rieles del tacto
en la espina cotidiana que pulula en la sangre. Levanto el surco
del páramo el lugares donde el aliento ha sido olvidado,
—Yo, vos, palabras ignoradas en el laberinto del aire,
esencias putrefactas que sostiene la tierra en su jardín culinario.
Ardamos en los amarillos tragaluces de las sombras,
cortinas negras en las baldosas de la zozobra,
aromas ahí en la hostia del felino, en la araña salomónica del tejado,
campanas de reumáticos horóscopos,
acaso la propia infamia en procesión del hálito.

Te invoco, te seduzco al vuelo: a quitar los días náufragos de la piel,
levantar la palabra debajo de las rocas, a darle forma al olfato,
sin que pierda su esencia a la hora del goce del papiro de incienso.
Me deslumbra cada vez el horizonte, el deseo de los puertos,
la orfandad que punza en el crepúsculo,
cuando vuelan lentos los recuerdos y el desgarramiento del semen
se vuelve trementina mortuoria.

—Vos, yo, en esta encrucijada de inevitables círculos sin estaciones,
más que todo el universo sitiado por tragaluces oscuros,
caballos con filo en los colmillos, cascos donde cortejamos los artificios,
manos de fuego en el ala del pájaro.

Todavía debemos encontrar el resquicio del aroma,
el nido donde no sea posible el péndulo de la ceniza con su boca
de felino, la razón donde los muros no sean grito,
ni la desnudez un póster pecaminoso, sino la palpitación natural
del pulso, justo en los racimos del polen que los sentidos
enhebran en el vuelo. No te incito a otra cosa, no.
Sino a que toquemos la melódica el cuaderno del tiempo sin candados,
a derribar las moscas de los malos recuerdos,
por un bolsillo repleto de lluvia: respirar en la gaviota de la memoria,
es hacer un largo viaje de auroras, es encontrarnos en lo subterráneo
de las sábanas con el innumerable galope del incienso.

Barataria, septiembre de 2011

jueves, 1 de septiembre de 2011

ESCALERA DEL DESEO


Una vez fuimos fervientes al agua de las campanas. Subieron
las esferas a la espesura, los párpados alegres del pabilo,
el gozo en la hondura del sonido; fuimos la ventana en función
del lenguaje, por encima del sonido, adelgazamos los muros del pecho,
quitamos la pesadumbre de las calles, bramamos en la sangre,
ensordecidos por el fragor incesante del trino.





ESCALERA DEL DESEO




Hojas caídas de un zodíaco genital sin sucios temores,
como dos rodillas juntas,…
CARLOS ILLESCAS




Una vez fuimos fervientes al agua de las campanas. Subieron
las esferas a la espesura, los párpados alegres del pabilo,
el gozo en la hondura del sonido; fuimos la ventana en función
del lenguaje, por encima del sonido, adelgazamos los muros del pecho,
quitamos la pesadumbre de las calles, bramamos en la sangre,
ensordecidos por el fragor incesante del trino.
Vimos partir todos los escapularios de nuestras pupilas;
sin cansancio, arreciamos el fuego, todos los fuegos de la yesca,
nos inclinamos en la baranda del aire para probar el equilibrio
y era firme y era roca, hasta que el tiempo se robó el fuego
y en vez de dispersar los escapularios, éstos cobraron vida en nuestras
manos, a tal punto de hacer triste la danza del agua.
La felicidad es tan efímera como un vilano en el aire,
como todos los astros que descansan en la noche.

El tiempo es un cadáver en el petate de las sombras, muerde la luna
consagrada en el pecho, los pezones de yedra de las acequias,
el interior del espejo, trenzados chupamieles de los puertos.
¿Hacia dónde nos lleva este deseo desbocado,
aguas del interior aplacando el polvo, el soplo del vaivén cuando crujen
los ijares? ¿Hacia dónde el arco y la flecha, el fogón de jarros y manteles,
el balcón del jadeo que vuelve melaza la llovizna?
¿Qué destino de puentes hay que cruzar para que no pese el aliento,
ni la lengua deje de ser siempreviva, réplica del asombro en el telar?
—Desde siempre quiero escribir un poema que no cobre vida
en las elegías, sino que suba verbalizando el follaje,
cielo arriba como las banderas del cielo, que no se vuelva desechable
el perfume, ni aúlle cercano el olvido en medio del escombro.

Un largo poema como las promesas, conmovido por lo cierto del alba,
centro del pecho ahondado en las certezas.
Hoy quiero ser ajeno al olvido: quiero guardar todo el sonido
y recordarlo en el barco del colibrí, como un adoquín invulnerable,
al filo de los girasoles cautivos en mis sienes.
Como la vida me ha dado lecciones de peregrino: siempre voy,
estoy cautivo en el viento; voy, zarpo, pero no siempre hay peces
en la otra orilla del horizonte,
luz efímera que termina siendo sólo marea en el candil de la carencia.
Subo a la escalera del deseo, pese a la continuidad de los adioses;
a menudo es sordo este encierro, que no se escuchan los suspiros,
sólo el tranvía del tacto en el sigilo. Sólo es deseo que jamás llega a puerto.

Barataria, septiembre de 2011