domingo, 30 de octubre de 2011

EL POEMA


Del firmamento caen gaviotas de fuego:
¿Quién se desvela en el sueño anticipado, en la materia madura
del aliento? ¿Qué muertos se desdicen en cada quiasmo,
o en la hipérbole del asedio, el apócope de los peces que gimen
solitarios en el agua acumulada de los pañuelos?
Imagen tomada de Miswallpapers.net




EL POEMA




Toda palabra quema.
He aquí las cenizas.
ALFONSO KIJADURÍAS




Todo poema es la raíz de la eternidad que descifro en la intimidad
de mis venas, en la hosca risa de las puertas, en el seno del deseo,
—inventario de tantas alacenas llegadas a la boca.
¿De qué abejas está hecho el poema? ¿De qué piel se desprenden
las palabras, de cuántos cuerpos encendidos se hicieron
las escaleras de cada verso?
¿Son ángeles o diablos las vocales, la lejanía que abarca el respiro
de la desnudez cuando fluye el torrente de los litorales,
los jardines dementes de las guitarras?
¿Cuántas palabras caben en la alforja de los días,
después que el tiempo sangra en los brazos? ¿Qué es la sed en la voz
de las distancias, el bolsillo con pañuelos mojados?

El poema, después de todo, es la oscuridad hecha luz, el mar
espigado en la geometría de los pétalos,
a veces la tarima oscurecida del pecho, el sol sin semanas,
la oceanía del orgasmo a manera de relámpago, las flechas del cielo
de las alegorías; otras veces, la claridad desnuda de los horcones
que sostienen el aliento, la ausencia de la piedra que nos gobierna.
Del firmamento caen gaviotas de fuego:
¿Quién se desvela en el sueño anticipado, en la materia madura
del aliento? ¿Qué muertos se desdicen en cada quiasmo,
o en la hipérbole del asedio, el apócope de los peces que gimen
solitarios en el agua acumulada de los pañuelos?

Quienes suben al poema, desposan sombras y albas ardidas en la carne,
y ventanas de ondulantes postrimerías;
después de todo, el poema también se hace del País: vivir es ir
encarnando los fuegos del pulso, el alto fuego del caos y el hambre.
Para cada sueño hay palabras audaces, los vaivenes hoscos
de la calle, la cruz quemada de vértigo en los campanarios; sin duda,
la realidad es apremiante: el filo del espejo nos hiere,
hieren aquellas palabras sordas de los entarimados, lo hace de igual
forma el desvelo con su pubis somnoliento.
El poema después de todo no está hecho sólo de trinos armoniosos,
sino de esa ceniza intravenosa del parpadeo, de cada torbellino
que nos avienta cartas ininteligibles,
de cada muerto, —adulto o niño—, de las misivas del semen,
del ijar que se vuelve irrealidad en la materia de los fantasmas.

El poema despierta en las aguas turbulentas del raíl, aguas también
de amantes, intrépidas respiraciones en el grifo:
el poema se alza sobre la noche, es un bien público donde los barcos
encuentran su propio cauce: trenes clavados en la sangre
de la boca, vértigo y memoria de la polifonía del fuego…

Barataria, octubre de 2011

sábado, 29 de octubre de 2011

APRENDO DE CADA PECHO DOLIENTE


En cada retrato se anuncian tiempos diferentes: tiempos eclécticos,
explícitos desvaríos donde juega el delirio, donde también la levedad
se torna informe: sombras y tiempo y latidos, calles con pañuelos
y miradas sumergidas, rostros con sabor a abismo.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




APRENDO DE CADA PECHO DOLIENTE




y sueño para todos... Sí, comprendo,
para nacer hay que morir primero.
JOSÉ LUIS HIDALGO




Aprendo de cada mirada, de pronto, de la respiración afónica
propia de estos días, hojas agridulces en los zapatos de cada transeúnte;
rostros borrados por la penumbra de la lluvia, ungüentos que no sirven
para quitar el moho, ni salvarse del paisaje gris que habitamos.
Siempre del combate diario se aprenden nuevos silabarios;
del embudo del seno, salen vívidas hamacas,
cielos húmedos que renuevan la garganta y extendidas vocales.
De cada cansancio aprendo lo tangible de las arganillas:
el trajín que nos amanece junto a la ropa y los zapatos, el rito
del tecomate donde se guardan oraciones líquidas.

En cada retrato se anuncian tiempos diferentes: tiempos eclécticos,
explícitos desvaríos donde juega el delirio, donde también la levedad
se torna informe: sombras y tiempo y latidos, calles con pañuelos
y miradas sumergidas, rostros con sabor a abismo.
Luego de andar rasgando el Pabellón Nacional en el pecho,
oír las palabras amontonadas en las palabras de los niños,
morder la tortura del perro que ladra insistentemente,
soltar el paracaídas de mis pensamientos,
debo aprender la lección del nosotros en la herida, levantar
el incensario de las mortajas, cerrarle un ojo al tiempo que asoma
hambriento alrededor de la escarcha de las enredaderas.

(Aprendo de cada pecho doliente: así como la incertidumbre
fabrica mundos inauditos, así como se rearma el deseo en los ojos,
así como la historia nos dicta vértigos, aprendo de cada pecho
doliente: levanto los pañuelos desclavados de la salmuera,
entro al vaso de la noche para arrancarle al agua un poema.
Aprendo de cuanto vive o muere, pues nada es impúdico a mi sueño,
nada sabe mejor que afilar el olfato ante las heridas,
vivir las mejillas del otro, las angustias que suben como un eco
al terraplén de los oídos.)

Ante la convulsión del pecho, el aspa a veces estéril del aire,
se deja la carcajada juvenil de los años, viene luego el incendio
de los días postreros, las bocas desarticuladas de tantos miedos,
el fuego infinito de las ventanas.
Aprendo de todo lo que fenece y perdura: después quizá venga el frío,
lo incierto, otros pechos dolientes, otras espinas o preguntas,
nuevas premoniciones en la boca ávida de aguas,
otros amores posibles que horaden el tórax, otros ascos devastados
por la mueca de nuestro propio tiempo.

Barataria, octubre de 2011

viernes, 28 de octubre de 2011

AMNESIA DE PÁJAROS


Olvidé el camino de regreso, el viento, las palabras mutables
de la luz, los verbos reflexivos de la simetría, el gesto codiciado
de la risa, los poderes mágicos de la dehiscencia
en cada vértebra de las ventanas.
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AMNESIA DE PÁJAROS




¿Quién dejará en su piel la sal de tan injusta cólera?
¿Quién sobrevivirá en la frontera del mal?
¿Quién se hará día en tan oscura heredad?
El cuerpo se sucede entre la ceniza de las estaciones.
El tiempo pasa…
MANUEL ÁLVAREZ ORTEGA




He perdido toda capacidad de memoria, las baldosas fatigadas
sobre el pecho, el olvido de las tapicerías, toda la militancia
a los pájaros, aún la hamaca del aliento colgada de las vigas
del tiempo, y también, hasta el más mínimo rasguño del silencio.
Veo la noche que cae sobre el techo,
la boca atenazada. Todo es silencio. El tiempo es implacable. Calla.
calla como calla el blanco en la sangre, anochece en la mesa
del infinito, en la rama furiosa del ocaso,
en el diálogo impotente sostenido en mi propia ficción de eremita,
me resultan incognoscibles las solapas del sombrero y el paraguas,
no logro entender los pespuntes de la polilla en los poros,
el cerco de piedras mordiendo las entrañas,
el aullido que siempre magulla las laderas de la tarde, la noche
donde sólo mi sombra deambula como reloj sin identidad.

Olvidé el camino de regreso, el viento, las palabras mutables
de la luz, los verbos reflexivos de la simetría, el gesto codiciado
de la risa, los poderes mágicos de la dehiscencia
en cada vértebra de las ventanas.
En las calles, sin saberlo, dialogan los temores más diversos,
perdí puertas y palabras; perdí pensamiento y aire; la lluvia
desenterrada de los ecos.
El olvido me ha hecho trasegar el vértigo sin sentido: sin sentido
la devoción de los párpados, el efímero pájaro de destellos que soy,
el prisma envuelto en emulaciones fatuas: todo es el colmo
de lo que no se recuerda: los agrietados tímpanos de las palabras,
las horas felices de la militancia del entrecejo,
la lluvia celeste en habitaciones proféticas, verjas de crepitantes
tapices en el enjambre del aserrín.

De pronto nada es, aunque todo sea un guardarropa del hollín,
aguas oscuras de lo proclive, musgo de onomatopeyas, tabancos
con telarañas, conciencia de la inconsciencia de los telares, obesa
amnesia de campanas,
en la desmesura del más allá que ni siquiera sé si existe.
Olvidé los zancos para cruzar las calles tortuosas de los adioses
sinuosos que fluyen como gusanos de las osamentas de este milenio:
lo que no he olvidado es que resucitar es un acto de heroísmo
sobre el oleaje apretado de la saliva,
después de la lengua cercenada por el vértigo,
después que el fuego asciende a las estribaciones del alma.
Ya he perdido toda capacidad de memoria: me toca aprender cada día
el rumbo del raíl, el poema sostenido por la incandescencia.

Barataria, octubre de 2011

jueves, 27 de octubre de 2011

HISTORIA DEL FRÍO


No dispuse de abrigos para soportar todas las goteras,
ni aleros para ocultar tanta ansiedad, ni aperos para labrar el ojo
de esos tiempos adustos, encandilados abrojos en la yema...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





HIST0RIA DEL FRÍO




Ahuyentados los mantos del olvido
se oculta el alarido en las voces del búho…
CLARA JANÉS




Vengo del frío engendrado por el miedo, de las espátulas
caídas de los árboles; vengo de la alianza subterránea del azúcar,
de añorar el odre del incienso, de tantos días dejados
a la buena suerte: toda historia se vuelve presente en la conciencia,
presente perpetuo a la hora de transpirar la luz circular del candil,
y morder el tiempo con un abrigo de enredaderas.
He transitado las aguas más oscuras del aliento, la intemperie
punzante de los manteles y he tenido, como sábana, los guijarros,
la levadura del fermento en la ansiedad descampada.

Muchas veces me he visto mojado por las aguas de la muerte:
el éter haciendo escarcha de mis poros,
el rostro desangrado por el barro, pobre de tortillas en el reparto,
taladrado por extrañas agujas en la garganta,
fatídicos caballos enmohecidos con paraguas ciegos,
con crines de espuma despojando la boca de cualquier caricia.
El tiempo clavó todos los gritos en las pupilas. Descarnó los sueños,
vomitó cruces en los tobillos al punto de empantanar los tendones
de las estaciones, la boca del perro lamiendo la clavícula.

Entre la maleza, enloquecí de tumbas,
escribí, desde entonces, epitafios a la noche,
con la sed, arrasé caminos, ventiscas y muros y labios cansados
de esperas infructuosas y el estruendo de los peces.
No dispuse de abrigos para soportar todas las goteras,
ni aleros para ocultar tanta ansiedad, ni aperos para labrar el ojo
de esos tiempos adustos, encandilados abrojos en la yema
de mis dedos, desveladas palabras a imagen y semejanza del albergue
desterrado de mi germinación doméstica.

Todo el frío hizo temblar las bisagras de los huesos en la niebla,
la piedra del insomnio fue eso: piedra doméstica en los dientes,
despojado de cualquier vestimenta, herido en el aliento,
mientras los círculos giraban inagotables, en tardes invisibles.
Ahora es carne viva la historia de mi boca: hierven los fantasmas
al contacto de la niebla y las lámparas, al roce de las aguas
profundas, días sin sábanas al abrir los ojos,
caballos rompiendo el césped de las estrellas, lunas hundidas
en las raíces de las sienes, lanzas como alas siniestras, elevadas
a esperanza. (Después, lo describo todo en mi cuaderno:
fui por largo tiempo el ayuno irreparable, el olvido inverosímil
dentro del cedazo, el trino inmolado por el escombro como tantos
otros sin ninguna compañía: sólo la indigencia en medio del frío,
bajo el sombrero ciego de los sueños, sobre los andenes donde
todo mundo camina con desconfianza, entre el bostezo
purulento de los vertederos… )

Barataria, octubre de 2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

HILO DE LUZ


Hay días de copiosa sal en los párpados, hilos rotos en el hormigón
de la penumbra, miedos al punto de ahogarse entre espinas,
cebollas de abierta miseria junto al labio horadado de la hierbabuena.
Omagen tomada de Miswallpapers.net




HILO DE LUZ




Hijo del día, ¿qué vale la gracia de esa oscura lealtad,
ese adviento que deja su bienvenida por las puertas,
ese hilo de luz que se disuelve al fin como un adiós en el ocaso?
MANUEL ÁLVAREZ ORTEGA




Los hilos de sal se precipitan en la memoria, senderos de luz
en la escalera de la palpitación de la hora que se va del aliento,
vienen las ventanas suspendidas del ala, el balcón hacia la calle
del cuaderno que agoniza en la noche, la mesa de la huella olvidada
en la neblina, la voz hundida en el vaso de agua.
En los caminos hay palabras que cuelgan del insomnio, juegos acedados,
risas quebradas en el juego del murmullo, de pronto, también
infamias como la saeta oculta en la hojarasca.

Hay días de copiosa sal en los párpados, hilos rotos en el hormigón
de la penumbra, miedos al punto de ahogarse entre espinas,
cebollas de abierta miseria junto al labio horadado de la hierbabuena.
¿De qué horcón cuelgan los hilos de la clarividencia, las arenas
movedizas frente a los ojos, las enredaderas anidadas a la sonrisa?
Siempre es necesario advertir que tras un hilo de luz,
hay realidades que esconden sus aguas:
cada hora desvela vientos que ignoramos, gargantas enfebrecidas
subiendo al lamento. De pronto la noche del mundo es inmensa,
pero es la realidad que tenemos, (el mundo no está hecho de lealtades,
sino de grietas afiladas en la manga de la camisa, en la boca.)

Uno lo sabe, aunque se cuelen a través de las rendijas, aunque el paisaje
se nos muestre dadivoso. En los brazos hay esperanzas y nostalgias;
en los ojos, las sienes, la memoria,
caminos dibujados para el propósito, imágenes de espejos diferentes
a como las soñamos. Nos hiere todo tipo de falacias, pese a que algunas
se nos muestren idénticas a los jardines,
pese al río de luz que cuelga del cielo, pese a las mañanas invocadas
pese a las palabras que a veces alcanzan el aroma de los jazmines.
Y sin embargo, no me fatiga esta búsqueda:
el ansia es mayor a cualquier piedra en el camino, a cualquier talud
desbocado en la conciencia, a cualquier claridad efímera.

Me doy cuenta que la luz es un destino. Calcina el mirto yerto del frío.
Junto a este hilo de luz de mis incandescencias, los recuerdos,
el aire en el carámbano del embudo, el pozo herido de la boca,
aquel suspiro desvelado en las ventanas del alba, en el tacto húmedo
de la sombra que brota del aliento.
El mundo no es una sonrisa afable, ni un presente con imágenes
de puertas abiertas: de cada mocheta cuelgan claroscuros y murmullos
y escalofríos: el hampa está a la orden día con casaca y corona,
y, aunque hayan instantes de azúcar, puede más el contraluz de la niebla.

Barataria, octubre de 2011

martes, 25 de octubre de 2011

TRAMPA DE LA SERENIDAD


A menudo también las palabras clavan su hocico de hiena:
se extinguen los relámpagos frente a la madera oscura de los días
seculares sin posibilidades de salvarlos;
el día termina siendo un enloquecido mundo de máscaras, como si
de pronto, el reino de este mundo fuese un desfile bufo...
Imatge presa de la xarxa




TRAMPA DE LA SERENIDAD




Y afuera: la noche invernal
donde los dados ruedan con ojos grandes.
TOMAS TRANSTRÖMER




Entre el paisaje y los libros, se agolpa un invierno de recuerdos,
aúllan los cuchillos, bosteza la hoja dispersa de las sombras:
hay ventanas solares al filo de mis manos,
líneas clavadas en el aliento, acaso horizontes escuálidos dentro
de este reloj, —manantial, ceniza— del conjuro, bocas sumergidas
en el candil del tiempo, en el petate raido de las telarañas.
No todo es simple escarcha u olvido, la rueda de trompo girando
en la respiración, amantes bajo sábanas de azúcar:
la niebla cunde la cintura del sudor de los anillos, flotan sordas,
las aguas termales, las que truncan huellas y musgo,
el polvo que una vez hirió la garganta, la palabra que deshizo
las trenzas de la armonía como gastados días en el espejo del escombro.

¿Hasta cuándo la serenidad en medio de la cárcava y la carcoma,
la memoria sin tiempo, entre el escombro insaciable,
demonios florecidos en la garganta?
¿Es la escoria un delirio de los deseos o el delirio convirtió en escoria
la raíz de la parábola en el ala, la ladera en una negación
de las pupilas, el rostro cegado por el harapo del País?

Sobre el litoral de la voz serena, acontece3n realidades inflamables,
hay salmos muertos en la lluvia,
impúdicos días de mortajas, gargantas taladas por el tiempo;
el puñal grita podrido en las manos, el muro de grises se vuelve
solemne en la miseria, escombros irremediables que roen y obligan
al escalofrío, a los juegos agangrenados de la herida.
A menudo también las palabras clavan su hocico de hiena:
se extinguen los relámpagos frente a la madera oscura de los días
seculares sin posibilidades de salvarlos;
el día termina siendo un enloquecido mundo de máscaras, como si
de pronto, el reino de este mundo fuese un desfile bufo donde bebemos
la sal junto a la desesperación suicida de la hoguera,
junto al golpe que nos mira de manera suicida.

Alguien nos mantiene confundidos mientras gotea en las tardes
la ternura, lánguidas aves, testamentos de espejos, bocas consagradas
a la ebriedad de los cirios. (Vivimos esta serenidad como una trampa;
no existen sueños que restañen el delirio, ni soles en la gacela
de la respiración cuando alrededor, prevalece la sombra de la ceniza
entregada a establecer su reino. ¿Quién podrá darme una serenidad
perenne y verdadera, sin el martirio cotidiano de lo mortuorio?
—La luz, a menudo, tiene la monotonía de las sombras, las arterias
rotas de las laderas; por eso son dudosas los manantiales
que emergen de los calcañales, con la complicidad de un rostro ciego.)

Barataria, octubre de 2011

domingo, 23 de octubre de 2011

OFICIO DE LA TINTA [ARTE POÉTICA]


En la carpintería del alfabeto, la garlopa de la pluma, la cinta métrica
del aliento, el serrucho del jadeo entregado al vértigo del poema;
entiendo al poeta confinado en el folio de sus palabras,
—fácil o difícil—, la luz tanteando la sartén de la aurora, el albor
en el yeso del papel, el molino de las artillerías con su propio fuego.
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OFICIO DE LA TINTA [ARTE POÉTICA]





Entendí entonces que siempre es la palabra
quien aprieta el gatillo,
armada de miedos y tormentas,…
MARIAN RAMÉNTOL




En el firmamento de los sonambulismos, el oficio de la tinta
apacienta el palpitar desbordado del horizonte;
forma la corporeidad de las palabras, acorde al silabeo de la respiración,
sobre la alberca de la página, piel de la metáfora susurrando,
océano del tacto en la vendimia del pecho;
debato desvestido con las alegorías, los años balbucientes de parábolas,
camino tocando el balcón de las palabras perseverando en el camino,
contando las puertas alrededor del frío, la sábana del pájaro
que gotea entre la foja incendiada de la sangre, entre lo exhausto
que significa sostener el vértigo de la trementina.

En el taller del poeta, la bellota del diccionario, los pulsos de tantos
libros, los punzones de las sombras sobre los párpados:
en cada letra voy adivinando o mejor dicho, poniendo en la alacena
de la memoria, ciertas reminiscencias, quizá para acortar la distancia
entre el humo y la niebla, entre los pretéritos y los ahoras galopantes,
entre el ojo humano y el ojo de agua de los espejismos,
el pensamiento y el desvelo, el despunte de la tormenta.

En la carpintería del alfabeto, la garlopa de la pluma, la cinta métrica
del aliento, el serrucho del jadeo entregado al vértigo del poema;
entiendo al poeta confinado en el folio de sus palabras,
—fácil o difícil—, la luz tanteando la sartén de la aurora, el albor
en el yeso del papel, el molino de las artillerías con su propio fuego.
Cada mañana el poeta esparce los insomnios en el sudor,
unge los materiales del cuerpo, acomete contra el tedio, comparece
ante las asimetrías del galope: nacen barcos en el mundo despoblado
de la respiración, desecha la zozobra que produce la melancolía,
deja que el trapiche se llene de palpitaciones y las luciérnagas
crucen el umbral, sin herrumbre, dando paso al aire necesario.

Mientras en el exterior sólo hay ventanas borrosas y rapiña y patraña,
en el cuaderno va quedando aquélla lámpara,
—el fuego de cipreses que luego se volvió jardín, el milagro de la tinta,
sobre el vitral del horizonte,
veleros en el puño de la claridad, bolsillos de ardientes ojos.
Ahora, en el taller del poeta, el oficio de la tinta, esparce la sábana
del tejado, mientras el barro de la almohada quema los labios,
el balcón del sobresalto, los andenes y escaleras de la memoria.
Y luego, cuando entra de nuevo a la noche, también despide las muecas
acerbas, olvida los meses de combate: nace el poema de las manos;
y, en ese oleaje consumado, el pan compartido, el panal íntimo
del espejo, la piel de la poesía…

Barataria, octubre de 2011

sábado, 22 de octubre de 2011

PLIEGOS DE HORIZONTE


Donde quiera que estemos, abundan los domadores de sueños,
la voz en el ojo descuajado, las hechicerías,
la concavidad del acertijo en las manos, las palabras anchas
y angostas, el hacha, el cordel grueso y delgado, inclusive la saña
que tiene diferentes rostros, como las aguas fraudulentas
de los vertederos, como la refracción de los colores en un tugurio.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





PLIEGOS DE HORIZONTE




mientras nadan los peces homicidas
y la espuma se vuelve cómplice del crimen.
ADOLFO SÁNCHEZ VÁZQUEZ




Somos tiempo, sencillamente, por más que nos aferremos a la piedra
de la perennidad: efímeras realidades alrededor del sueño,
balbucientes vasijas donde sólo cuenta la sobrevivencia de la saliva.
Desde el centro de la turbiedad, la tinta emplaza el goteo doméstico
del horizonte con vago cuerpo de alicate; una y otra vez, las calles
respirándonos, el tragaluz al acecho del almanaque
mientras la fe entumece la sábana en el cuerpo o, el cuerpo queda
allí, a merced del libre albedrío de los gérmenes.
A lo largo de los diferentes rostros de la historia, hemos ido
suplantando el aliento, las diversas máscaras de la historia con vidrios
rotos: la verdad, ningún antídoto ha sido efectivo para combatir
la concurrencia de descréditos, la poca visión para desenhebrar
los pliegos de la conciencia que, a fin de cuentas, constituye la vitrina
del aliento, la distancia desde la sordidez hacia lo espléndido
que resulta la propia identidad de puertas y zaguanes, la defensa
de abolir lo difuso, el hedor del letargo tirado a la calle o las aceras.

Donde quiera que estemos, abundan los domadores de sueños,
la voz en el ojo descuajado, las hechicerías,
la concavidad del acertijo en las manos, las palabras anchas
y angostas, el hacha, el cordel grueso y delgado, inclusive la saña
que tiene diferentes rostros, como las aguas fraudulentas
de los vertederos, como la refracción de los colores en un tugurio.
(En los días nublados es cuando son más necesarios los candiles;
una y otra vez, desplegar esos pliegos de la memoria
en virtud del estertor de los utensilios, sin volvernos estacionarios
frente a una realidad con moscardones, ungidos de rigor para combatir
el naufragio, las porciones de escoria en las pupilas.
La higiene de los ojos es necesaria aunque se tengan paraguas.
A veces los rastros del desperdicio, con boca invisible, muerden
el tobillo, las frutas enmohecidas en las plazas públicas.)

Ante la desnudez amorfa del vidrio, la defensa de la libertad:
La turbiedad tiene su propia naturaleza; la sabiduría es legítima
sin necesidad de aspirinas u otro analgésico, seducir el horizonte
no es nada deleznable, cuando el horizonte ha sido hecho
con tantas asimetrías: hay caminos que pertenecen a la niebla;
otros, sencillamente, a la máquina de los sueños, a la tinta verde
sobre el cuaderno. Entre un ojo y otro ojo, difuminamos la cesta
de los aperos de labranza, las ramas de las fotografías,
las pulsaciones del trapiche en el propio respiro.

Mientras más cerrado el horizonte, hay posibilidades reales, próximas,
para desentrañar los vilanos de las sombras, y hacer acopio
de la audacia sin prestidigitaciones…

Barataria, octubre de 2011

jueves, 20 de octubre de 2011

REMANSO DEL FERMENTO


Es más sutil el filo del bisturí a la tormenta de la sal en el relámpago,
a todos los atrios donde se quiebran las begonias y los tulipanes,
a la hoguera que propaga dudosas estandartes.
De cierto, la noche fermenta el incienso del aliento,...
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REMANSO DEL FERMENTO




Hacia mi litoral, ¿quién, pues se acercaría?
Sin casa y sin puerta por donde huir de mí:
una mirada muerta y un sueño sin cojín.
JOSEP PALAU I FABRE




Dentro de las cerraduras las raíces del tiempo: la boca en su celda
de dientes, afiladas cavernas del insomnio, cautiva la sábana en el vértigo
de los cuchillos, página tras página la vigilia galopando sobre muros,
ciego fragor del pespunte de los sueños, estribación de sollozos
en el telar de la intemperie: las semanas gastadas en el traje de la lluvia.
Sucede que ya, todo sueño es innecesario, el vacío se confunde
con las pestañas, y contagia el tacto zurcido de los domingos;
es hermoso quitarle la ropa a las palabras, y leer el apremio del poro
en sus mansos adjetivos de agua: allí la plenitud del ojo enmudecido,
las tantas consonantes de lo posible,
que evidencian el fermento entregado a la memoria de la sombra.

Pero duele la sed en la espera, la hamaca deshabitada del cuerpo,
la cortina inminente de los párpados en el instante en que la propia
vida hace acopio de la carne de la muerte,
la orfandad se obstina a deambular por fronteras desconocidas,
fluvial el remanso de pétalos buscando el arroyo del aliento,
la impetuosidad de la batalla que emprende la duda: antes de llegar
a la verdad, fue la duda la turbulencia del ojo,
la esperanza sobre la piedra, el ungüento sobre la herida,
la fosa común de la herida, rescoldo y llave de la sed.

¿En qué insurrección de aguas, las aguas sometidas al aliento
del tiempo proscrito y estéril? ¿Vuelvo a la estación del hambre
con sus calles estrechas, al harapo sumiso del martirio,
a la nomenclatura escrita en catacumbas, odre de mortificada boca?
Es más sutil el filo del bisturí a la tormenta de la sal en el relámpago,
a todos los atrios donde se quiebran las begonias y los tulipanes,
a la hoguera que propaga dudosos estandartes.
De cierto, la noche fermenta el incienso del aliento,
¿alguien deja de rendir pleitesía al hastío cuando se gesta la diadema
de las alegorías, la pompa de jabón sometida al viento?
Por cierto que cualquier fermento nos llena de pretéritos,
así lo ve el ojo cuando el remanso se obstina a la fiebre del vinagre,
al vaho de la carcoma que subsiste en el cuerpo: y ya, en el escondite
del ijar, todo es zona de peligro, oráculo de sal,
alacena residual de la noche en el libro de la vigilia.

Al final, toco la cajita de música del embudo, la esponja balbuciente
del centro del reloj, el borde del grifo doméstico: el desvelo
recluido en la sábana, casi a oscuras el tragaluz sinuoso.
Al final me quedo con el calzado agrio de los gérmenes, tiempo
reconstruido, allí, en la memoria, cómplice del antídoto
para subvertir cualquier premonición, noción estacionaria del anhelo
el zaguán idéntico a la bruma que padezco.

Barataria, octubre de 2011

martes, 18 de octubre de 2011

MATERIA CON GRIETAS

Bajo las estatuas yacentes de la memoria, el cuerpo es lo que es,
idas, regresos, probabilidades, viaje lejano y solitario pese
a las multitudes: así emerge cada poema, jadeante en la órbita
del cuerpo, disuelto en la respiración de las grietas…
Imagen Snowbird, Utah.




MATERIA CON GRIETAS




los últimos dedos de las hojas
se aferran y se hunden en la ribera húmeda…
T.S.ELIOT




Todo es verdad: el arado del tiempo que se alza sobre las sienes,
los tiempos difíciles de siempre, el corazón confiado en la labor
de las calles, cuando todo parece ser tan efímero, volátil resina
en las manos, parva de bocas como centinelas de un mundo oscuro.
La plena razón cabildea en las sienes y enfila el aliento
hacia la vendimia de la materia,
busco la luz en cada hora de piedras, donde nadie pueda vender
horas falsas, cielos sin tregua, chamuscados. Así de simple,
intuyo el estrépito de la lava bajando a los zapatos,
mordiendo la viga del sombrero, la camisa laboriosa de los sueños.

Siempre es difícil caminar con el azadón invertido
de la luz en los callejones donde apenas caben los poros,
cava la sombra y la luz sus estrépitos,
arde la carcoma en los ataúdes del aliento, el alero incierto
del pájaro ataviado de briznas peligrosas, centellas de pronto
feroces, maduros leños que consume el fuego;
camino durante las horas que el alma no necesita de abrigo,
ni brasas para calentar el invierno flotando en su naturaleza.

(He visto temblar los aldabones del calendario, que ahora creo mucho
en todo este fruto de la memoria;
no importa cuánto haya caminado, o cuánto haya desandado:
todo tiene su tiempo para la siega, la sazón del olfato y el oído,
para entender que las sombras son ríos de aguas restañables
y que en la porfía de la almohada madura también el conocimiento;
se hace tiempo el tiempo como en una escuela,
de noche y luz; de pañuelos y deshoras…)

Nunca es fortuita la piedra, si la piedra, si la piedra es el justo modo
de trepar al horizonte,
si la palabra nos salva de los silencios noctámbulos y genuflexos,
si de pronto de los candiles hacemos alboradas,
si el sudor es la respuesta a la jaula que nos muerde,
si al sacudir la conciencia, sacudimos también los demonios,
que la noche enfunda como savia, sangre enroscada en cada golpe.
Cada quien alza desde su sed, esa materia que el tiempo no detiene:
toda profundidad hiende la ceniza de los días,
vuelan las escamas desteñidas de los puños,
saltan de la carne los fantasmas, con mandíbulas mortales
y sin embargo, las grietas no nos hunden, nos desafía el espacio
estrecho de la gravedad, la corriente de granito inesperada.

Bajo las estatuas yacentes de la memoria, el cuerpo es lo que es,
idas, regresos, probabilidades, viaje lejano y solitario pese
a las multitudes: así emerge cada poema, jadeante en la órbita
del cuerpo, disuelto en la respiración de las grietas…

Barataria, octubre de 2011

domingo, 16 de octubre de 2011

INFANCIA PÓSTUMA


Entre todos mis cuadernos, ahora celebrarán mi infancia,
le diré por fin, adiós a mis caballos de madera, a los trenes hechos
con cajitas de fósforos, ¿vendrá el amor, mojado como un pájaro?
Imagen tomada del blog: meli85.wordpress.com





INFANCIA PÓSTUMA




el verso duerma en la apiadada fosa
donde, túmulo eterno, sin voz quede.
ÁNGEL GARCÍA LÓPEZ




La vida sin infancia es como crecer en la orfandad de los juguetes:
Después habrá de ser luz aquel segmento personal de la historia,
¿vendrán aguas inefables a mojar las mejillas, los fríos olvidados,
los trencitos del estremecimiento a esparcir el aliento? — río después
de todo, ya cuando la luz se ha haciendo póstuma canela,
resina de la noche.
Entre todos mis cuadernos, ahora celebrarán mi infancia,
le diré por fin, adiós a mis caballos de madera, a los trenes hechos
con cajitas de fósforos, ¿vendrá el amor, mojado como un pájaro?
En algún agujero guardé mis calcetines, la almohada del tecomate
agazapada en mis cabellos,
la hamaca del subibaja a la deriva del invierno.

¿Lloverá de nuevo, cuando ya la muerte me alcance,
cuando el ojo haya arropado toda la risa de la infancia, el lápiz
o la crayola sobre la escarcha de los ecos?
—Mañana, seguramente, estará mansa toda la luz del cuerpo;
¿será real el garabateo del alfabeto en el viento, el espejo sin tregua
de la lluvia en invierno, o un simple simulacro para pintar
girasoles en los relojes? ¿Quién pondrá mosaicos en el juego?
¿Quién el mar, el río, la abundancia de campánulas y pájaros?
¿Quién la arquitectura de los zaguanes, el óleo de los ramajes
sobre el desbocado encaje del tejado, litorales cerrados en mi boca?
—¿Dónde, madre, quedaron las sílabas precoces de mi boca,
el cierzo delgado de los peces en la piel?

Muerto, ¿por dónde respiran mis dedos, el fuego imposible
de los sueños, las caricias, madre, el desvelo de la mirada en el tejado,
los ojos en su estanque de inocencia, el viaje de las semillas?
No fue mi tiempo. No es mi tiempo. No será mi tiempo.
Ahora estoy habitado por pasadizos de osamentas, la infancia
póstuma, aquel barro que empozaba los zapatos,
la primera comunión para “lavar los pecados”, del plato de comida.

Después, los cuentos y las rondas, aprendices de escuela,
la memoria de la casa de adobe y bahareque; bambú y multiplicadas
lluvia, repetidos libros que sólo escribía el viento entre chufles.
De haber vivido antes la infancia del tamaño del alfabeto,
no tendría hoy, necesidad de mirar hacia el trompo, ni regresar
a la página redonda de la estación primera.
En la azotea del calendario, yo, entregado al deletreo de los párpados,
recuerdo lo postrero, avizoro los jardines trashumantes
de la respiración, de mi propia piel, abriéndose a las espigas.

Barataria, octubre de 2011

sábado, 15 de octubre de 2011

MANCHA DESCALZA EN LA PARED


“Dejadme llorar”, si es que se puede todavía llorar, junto al reloj
de despedida, vahído de pulsos en la tinta de la pocilga
donde aún se guarda el calendario subterráneo de los trenes.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




MANCHA DESCALZA EN LA PARED




yo he visto que por tu esquina desfilan las sombras desfondadas
apuñaladas
con un boquete en el pecho y en la frente una greña aceitada…
NICOLÁS OLIVARI




Divagamos en calles solitarias de ciudades remotas, Luvina
“de viento y tremolina”, conscientes de los martillos que reposan
en las paredes con oscuras historias de grafiti,
hambrientas lianas como un supermercado del Tercer mundo,
calles con la mancha del grito en el río del viento que juega
a humedecer las sienes, adormecidas por las piedras que allí
nos miran con oprimente letargo.

(Vos, qué hacés en medio en medio de estas calles siniestras
repollos gastados, y gente que se desvanece en el humo cuando la tarde,
es tarde de osamentas y los tumbos de luz se pierden en el petate,
solitarias latas de Coca Cola como un absurdo
de bultos y viento, aire jugando a la mediavuelta de la saliva,
trenes del crepúsculo como sacrificado cordero encima del ciprés
que lame los faroles con un relincho de demacrado paroxismo.
Yo y vos, solitarios, seguidos por calles solitarias:
seguidos por congeladas barbas,
absurdos sueños sin refugio, cansados de remar sobre la ceniza,
sobre el azar en racimos de la noche,
sobre los microbios en gramos de la nostalgia,
sobre la ebriedad del aire en la avidez del toro absurdo de la desazón,
sobre las hormigas rompientes de la piedra que nos vuelven mínimos
gusanos en esta matriz fermentada de las paredes
irritadas como una fiebre de espadas en el ojo cansado de mirar
y andar por la cuesta oscura del hambre.)

“Dejadme llorar”, si es que se puede todavía llorar, junto al reloj
de despedida, vahído de pulsos en la tinta de la pocilga
donde aún se guarda el calendario subterráneo de los trenes.
¿Quién nos vio reír al lado de las semanas, junto al desvelo
De los siglos del paisaje, colgados los sesos en los dedos de la saeta
gris de las ojeras? ¿Quién nos devuelve, ahora, la primera alegría,
sin el sarcasmo agónico que nos muerde el pescuezo?
¿Dónde sale el sol sobre estas paredes del alma, encorvadas
de jugar a las parábolas,
al cardo interminable de la espuma, abismos de riguroso mutismo?

Nos quedamos aquí detrás de este viento desmantelado:
en la respiración hay una voz de murciélagos,
telarañas atadas a los anteojos de contramuro de la balanza
que ha perdido su total equilibrio frente a la desmesura del nosotros;
días de nunca terminar ni alcanzar el puerto, la estación
donde guarecernos de este remolino de témpanos.
En cierto modo, nos hemos convertido en suicidas confesos,
Cuchillo el cenicero de nuestros años, duda la alegría de este largo
Trajín, trenes de la tristeza con un blues de fondo, muriendo
Calladamente sin que nadie lo sepa…

Barataria, octubre de 2011

jueves, 13 de octubre de 2011

EL CÉSPED EN EL HUMO DE LA GARGANTA


¿Qué canciones tararean a capela los trovadores de las brasas,
los que siempre trasnochan senos y quejas
en los bares donde uno se burla del alba, del prepucio hundido
en el precipicio del ojo que mira una mar de huesos,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





EL CÉSPED EN EL HUMO DE LA GARGANTA




¿Qué noche de césped se cierne sobre la garganta? En el fondo,
los horóscopos fatigados de la lluvia en el misal de los ojos,
dóciles cuerdas de la luna en el hilo templado de la melancolía,
vocales hirvientes gravitan en la máquina del horizonte,
linternas paralelas a la cinta fosforescente del arco iris.
¿Qué canciones tararean a capela los trovadores de las brasas,
los que siempre trasnochan senos y quejas
en los bares donde uno se burla del alba, del prepucio hundido
en el precipicio del ojo que mira una mar de huesos,
fríos, perros que ladran, gallos al pie de la deshora? —A menudo,
uno duerme en las aceras,
rumia la eternidad con voz de lengua atravesada en la concertina
ronca del desvelo, voces oscuras escondidas en la esquina de las aceras,
tras el hampa tocando el fondo de las vísceras.

(A los soñadores en carreta nos va bien el abismo aunque nos trague;
igual es el destino anónimo a resucitar al tercer día,
después de avivar el óxido de los imposibles, el barco del minuto
en el desvarío de morder la tortura;
a los soñadores nos va bien amar la euforia ciega del señuelo,
apretar el ansia corroída,
deshacer el poema en el tren furtivo del laberinto.
A los poetas nos da igual la indigencia de la sed derramada en las aceras,
a caminar en la madrugada entre fantasmas.
Siempre estamos a merced del bombardeo de los agobios y,
aunque la sangre esté hipnotizada por el desvarío, siempre el zumo
nos advierte el lugar donde estamos, el frío inconfeso en la página,
algunas lágrimas expectantes en la ventana,
el ruido expansivo de la hojarasca sobre el sombrero de los poros,
abiertos como el escapulario del profeta.)

¿Qué materia revela el volcán de la adversidad, la zarza convulsa
sobre el parpado sajado, polvo somos sin restañar en las mañanas,
huraños depredadores de la herejía, ventrílocuos del trasiego,
eterna lava desgarrada por la escoria, sin un papiro para fermentar
la tinta de los días caóticos,
de los días actuales de la cripta, fluir sin remedio el alfabeto de la noche,
con sus uñas líquidas, ávidos venenos del pensamiento?

—No pudimos. No podemos desahuyentar las palabras innecesarias;
seguimos con esta ráfaga de infamias en la garganta,
vos, yo, acumulados en la espátula de Miró,
detenidos sólo por el hilo de los símbolos, por una tímida línea
de vilanos, sudando la sal de los espejos.
Nos convertimos en esa herida eterna, sin cauterio. Siempre sangrante,
siempre retorcidos como la reuma consuetudinaria
del pájaro en el altar de los recuerdos…

Barataria, octubre de 2011

miércoles, 12 de octubre de 2011

FONDO PALPITANTE


Felices los que no agonizan tras la ráfaga
del alboroto incesante de los trenes, cuando el fondo del horizonte
persevera en sus destellos de corteza desconocida.
Fotografía de Alfonso Aguirre




FONDO PALPITANTE




Dos ojos negros centellean feroces,
los sentimientos que se forman tras cada crepúsculo.
HERIBERTO MONTANO




¿Es el horizonte la jaula más grande de mundo, o un indicio de tanta
afonía en estos días seculares que agonizan sin paraguas, en las ramas
inciertas del calendario? Veo flotando los espejos y las sombras,
la pipa de las aguas consumen los ijares,
tierra adentro, al fondo, las hojas desnudas de los zaguanes,
entreabiertas, picoteadas por las cuclillas del calendario,
torvo Animal del grito en las regiones más oscuras de las osamentas,
regiones donde caen los rosarios como trenzas cortadas
con tijeras de oxidado universo.

(Llueve en el letargo de las cresta de los gallos; titila el ombligo
de la saliva en las funerarias; duele la muela cordal en la melancolía
del reloj de pared colgado de la mazorca de la lluvia,
la almohada retumba de ramas. Sueño con sábanas ocultas,
esparcidas, agitadas, en la res gris que cuelga del fondo;
amo las profundidades oscuras que me producen vértigo, la palabra
mojada que resbala de los pájaros,
la lluvia tenaz del granito en la unidad de la materia,
cuando ha acumulado la necesaria claridad de las pupilas,
y trocitos de júbilo en la brisa de las entrepiernas.)

Claro que en ciertos momentos la monotonía se vuelve persistente:
tiene henchidas avispas de auroras vacías,
gravitaciones en desbandada de saliva,
aquí donde el sosiego sólo es indicio de aniquilamiento, bufanda
de angustias pegada al cuello del latido, sobre las sienes terminales
del pálpito; saltan todas las posibilidades del viento en la respiración:
la silla que emigra del papel gris del cielo,
las fuerzas adversas del poderío obtuso, arrebatadas bodegas
del claroscuro, pútridos mangos en la trastienda de la sed,
caballos aferrados a sus cascos,
toros de hostil resistencia en la dehesa de la pólvora líquida
de la salmuera: nuestra suerte está echada en el desván del escalpelo.

Felices los que no agonizan tras la ráfaga
del alboroto incesante de los trenes, cuando el fondo del horizonte
persevera en sus destellos de corteza desconocida.
(Aún así, acudo al llamado de la intemperie: al poro sin abrigo
Del suspiro que perdió su bolsillo en este tráfico de manos
De dudosas huellas. Cuando la calma triunfa en el cojín del relieve,
Los rincones del pétalo salen a flote, los tantos días de rigor,
Vos con piel ilesa de perejil,
Limpio vértigo del rojo de la remolacha, verde jubiloso del apio,
Ilimitado ají del vértigo, vocerío del ejote en el lecho.)

Ahora diviso, desde la ventana, el íntimo camino del horizonte
Con su vendimia de nubes y pájaros, con su rebaño de alacenas.

Barataria, octubre de 2011

lunes, 10 de octubre de 2011

GERMINACIÓN DE LA RESPIRACIÓN


A veces la distancia es la compañía más cierta que tenemos;
germinan incontables las ausencias, la edad que pierde el jadeo,
el final del asombro cuando llega la partida,
la brisa donde inmolamos los paréntesis de ayer, hoy y mañana.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




GERMINACIÓN DE LA RESPIRACIÓN




Después de todo la poesía respira en la germinación del rictus
enhebrado en las andaduras de la hojarasca. Después de todo,
caminar es ir sucediéndose en el fluir de las aceras
que abren el camino asumido por el fermento, estertores
de la semilla amanecida, dentro del fuego que nos sostiene.
En la enredadera del viento, ciñen las aguas su cintura,
tiempo a revelarse en la redondez de las palabras,
digamos respiración propiciatoria
que hace fragor en los papiros del hálito, estanque de trópicos
y paradojas, definitivo invierno, hondo peldaño de la garganta.

A veces la distancia es la compañía más cierta que tenemos;
germinan incontables las ausencias, la edad que pierde el jadeo,
el final del asombro cuando llega la partida,
la brisa donde inmolamos los paréntesis de ayer, hoy y mañana.
Todo cuanto nos es dado lo reconozco en la respiración:
aprendí del pinar el chirrido de las ramas de la conciencia,
el aliento de la luz en la trementina,
la inminencia del viento en las semillas, también la ventana
que se inunda de atropellos,
libros semiabiertos del entresueño, el ahogo de la tinta en la mirada.

Pese a todo, sostengo la respiración de los almácigos,
el paraíso es esta faena de escribir todos los días con lámpara
y tinta y cuaderno, con recuerdos, empuñando el candil
hasta ver luz en la herida, porque vivir es todavía, una invitación
al poema, al cruce del mar sin descanso y sin fatiga.
Tengo prisa, desde luego, por eso no me detengo en bagatelas,
ni en los armarios oxidados que guardaron mi pecho:
el tiempo nace en cada alabastro del poema,
nace en el panal del relámpago, en el oficio de las raíces;
el tiempo es cada uno dentro del tugurio de las sombras,
el mundo, una prolongación adusta de los panales,
donde los dedos hunden sus propias cavilaciones.
El poema empieza cuando algo muere: todo fulgor tiene vigas
de ceniza, aires indefinibles, pálpitos misteriosos que luego
escapan de las ventanas como los vilanos.

¿Cómo no pensar, después de todo, en el encaje de los litorales,
en la labor del recuerdo que limpia la casa, en las señales visibles
de la tierra? En cada lágrima hay incesantes pañuelos:
la lluvia hace su labor para limpiar el alma, germinan las formas
más diversas de la luz, el asombro sin amputaciones,
el aura en el ojo del verso, la semilla derramada en la tinta.
Nada ha muerto y sin embargo todo muere: la piel disuelve
El sexo en la expiración: el amor es una boca de larga agonía,
Donde obra la incandescencia. La respiración hace lo suyo:
Desvela el espejo y hace florecer la sed…

Barataria, octubre de 2011

viernes, 7 de octubre de 2011

CERRADURA DEL RELOJ


Nada desaparece de este cuaderno donde contabilizo los vilanos,
pese a que todo es efímero, el fuego, los caballos del cielo,
los búhos de la tierra en medio de la rama del ciprés ciego
de tanta intemperie,
de tanta almohada derramada en el afiche que cuelga del vuelo
sobre el mástil del confín.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





CERRADURA DEL RELOJ




Los locos no podemos anhelar que nos nombren,
pero también lo olvidaremos…
ROQUE DALTON




Guardo en el baúl del hálito todos los días venideros, los pretéritos
amarillos que se han ido acumulando en el pecho,
y el barco de la aurora en el ojo satelital de los sentidos.
Nada desaparece de este cuaderno donde contabilizo los vilanos,
pese a que todo es efímero, el fuego, los caballos del cielo,
los búhos de la tierra en medio de la rama del ciprés ciego
de tanta intemperie,
de tanta almohada derramada en el afiche que cuelga del vuelo
sobre el mástil del confín.

—(Sobre el petate de la cotidianeidad, hay disidencias, sienes
oxidadas como violines rotos, sin asidero real, aquí en los zapatos:
hay quien reniegue de mis poemas y cercee su propia estatura;
cada quien escribe lo suyo,
grito, aurora líquida, sal fermentada en el sollozo, desnudez
errante en el paladar, áridos tiempos del puño en la tristeza.
Sobra quien tenga posturas distintas a mi poesía: sobra el mal de ojo
de la envidia, la poca claridad hacia las espigas:
la ansiedad los colma hasta volverlos oscuros, aletargados pasos
en medio del cieno que no los deja ver meridianamente
su cofre, esa alma en el fondo oscuro de la noche de sus sienes.
Nací para llegar temprano a las cerraduras;
y silbar en la raíz amarga de la gangrena, —la poesía es lo que es,
y nadie puede desde el asfalto, darle ala y aliento,
ponerle azúcar a los jardines,
si dominan las tonterías y las palabras aviesas, el hueso largo
de las moscas, el motín de los zancudos, y escarabajos,
y ese sin sueño de la noche de los moscardones pululando alrededor
de la amargura, materia asfixiante, perenne, de los que padecen
hambre eterna, el egoísmo y el resentimiento...)

Pese a tantas cicatrices, que aún las tengo guardadas,
camino recto entre las gentes, trato de sonreírle a las lisonjas
y los halagos, me olvido de las manos que propician lágrimas:
es terrible escuchar el grito del barrio, los territorios tomados
por la espina y el golpe, por la mácula donde también pasean niños
tristes, estocada de ojos, enemigos silenciosos, suicidas de la risa.
Guardo en caja aparte, todo ese alfabeto hostil de los cascos;
es menester pretender hacer un himno de los cuchillos,
morder la mano, disfrutar la ceniza.

Un día serán felices y entenderán la poesía: Dios se apiade
de su propio respiro y le dé larga vida a la ponzoña para combatirla;
por lo demás, comprendo las entrañas de la herrumbre,
aunque nunca he compartido su severidad oscura,
la desgracia sin médico que padecen ciertas conciencias…

Barataria, octubre de 2011

jueves, 6 de octubre de 2011

VENTANA CON MUJER EN EL JARDÍN


Todo lo encarna: el aire, el tiempo espejeante,
la lengua en el diamante húmedo que germina en este destino
consabido de llover camino en el libro que se abre a la fantasía.
Frente a mí, la ventana, ella, los senderos:
el desagüe de la perplejidad frente al espejo, el destello
con redobles de tropel,...





VENTANA CON MUJER EN EL JARDÍN




Desnuda, esparcida como el polen en el jardín. Desde la ventana,
las ebriedad enterrada en las pupilas, asombro limpio y perenne,
cofre donde ha bebido el aliento sus acordes;
tras la luz, los contrastes del pálpito: empieza el río del cristal
a revelar los símbolos profanos,
el ombligo insepulto del cuaderno, el vívido fuego del esplendor,
la canela obediente sobre la yerba, el azahar desfoliado
del desvelo, la yerba bendecida para el alimento del poeta.

Del ombligo hacia abajo, la catarsis donde se lleva a cabo la escena,
días ciegos de pájaro,
ficciones que asume el árbol en su encarnado tiempo
de cosecha, sordo deseo que nos sube a la sangre,
desoído sosiego cuando suenan los poros en su giratoria sombra;
ah, cuando el veneno de la lumbre, el grillete iluso
del poro voraz, la audiencia de los poros respirada desde el balcón
llega donde amanece la certidumbre, pero también la conciencia
incierta de lo efímero, la puerta del conjuro,
las sacudidas del propio metabolismo como síntoma del piar
del viento, la batalla de despojos que se abre en el aliento.

Todo lo encarna: el aire, el tiempo espejeante,
la lengua en el diamante húmedo que germina en este destino
consabido de llover camino en el libro que se abre a la fantasía.
Frente a mí, la ventana, ella, los senderos:
el desagüe de la perplejidad frente al espejo, el destello
con redobles de tropel,
fuego desvivido en la profundidad de las manos, fuego secular
escanciado en la memoria y animado por la desinencia del fuego
que brota a su vez en el cierzo de la ventana.

En medio del extravío, los cuerpos trenzados, poseídos
por el brebaje deshecho en el ombligo.
Lo visible siempre es conjuro de espejos; el resuello, aljaba
del conjuro, reflejo temerario de la propia naturaleza,
conquista del alfabeto en la brasa del latido, vida que se yergue
en victoria del sigilo, en alumbramiento de la piedra.

Después, nosotros y la noche, flotilla de incienso fatigado,
buscando la suerte de las puertas,
el tatuaje sin piedad de la sequía, el otro anticipo tangible
cuando el oficio de la lluvia todavía gime, con vigor de símbolo
desvelado. Luego regreso, con mano apacentada, a escribir
el poema: la memoria habla de la confidencia de la lluvia:
y cómo no escribir después de salir ileso del tiempo consumado,
después de haber derribado las mamposterías,
y darle claridad a la neblina sin mayor alarde que subir la vista
a la ventana del pálpito en mi trasmundo…

Barataria, octubre de 2011

lunes, 3 de octubre de 2011

SAHUMERIO PÓSTUMO


Nunca ha sido casual un ambiente de sombras:
sordos objetos giran alrededor de los cadáveres, murciélagos
desnudos horadan el instinto, el rumbo que es el principio
de las miradas, el puntapié de la almohada en las sienes,
los anillos de los girasoles sifilíticos, sahumerios de colérica mendicidad.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




SAHUMERIO PÓSTUMO




Consumida emoción que he pretendido
resucitar aquí, sin recordar
que aquella noche arrojamos la llave
de la locura…
JOAQUÍN MARQUEZ




Se hizo añicos la lluvia en los recuerdos: desnudez póstuma
de la sangre en el firmamento desahuciado de la prisa,
días breves, ciegos en el suelo; la sombra saliendo de los ojos,
el reloj sin sumar fragancias, salvo el ijillo, el casco desnudo
de las losas en los dientes de los muertos. Late la oscuridad
de las lápidas en el aparejo dejado a la deriva del tiempo;
el agua recorre la piel como un fuego agotado, la noche entra
como una madrastra cansada de caminar sin sonrisas.
Sólo hay agujeros con zapatos colgados de las ventanas,
el miedo donde se duplican los clavos, las esquinas hurgadas
del pecho, los espejos masticados por los horcones de la muerte.

El ojo póstumo bosteza en el sahumerio de los andamios,
en las escaleras que columpian la salmuera: los ojos se abren
como una alfarería de sal, oscuros alimentos del sueño,
pacientes moscardones sobre el gusano de los relojes,
manos asidas al tren de la prisa, recuerdos de una equivoca mirada.
Nunca ha sido casual un ambiente de sombras:
sordos objetos giran alrededor de los cadáveres, murciélagos
desnudos horadan el instinto, el rumbo que es el principio
de las miradas, el puntapié de la almohada en las sienes,
los anillos de los girasoles sifilíticos, sahumerios de colérica mendicidad.

Si, la fragilidad no endurece sus mandíbulas, no habrá paraguas
para permanecer debajo de la lluvia, sólo piedras inmóviles
parta que todo quede allí como una cabeza yerta.
¿Quién está fuera de este desvarío de todos los días, barricadas
con colmillos de la esperanza, nombres acumulados en la ceniza?
¿Quién no es parte de este tapiz de naipes, altar sacudido por la noche,
tierra en la penumbra del suspiro?

Sigo aquí, sin embargo, tañendo la vacía en mi barba…
Nunca fue mejor la vida que saber que uno muere diariamente,
tallando y contemplando la carne, admitiendo el ahora y lo postrero,
la clausura de vuelo y palabras, junto a las miradas contadas
del felino, amarrado al torniquete del verdugo.

Hasta el ojo asciende la oscuridad del cadalso,
los husos zurcidos del humo, la tea disecada del candil,
el césped asesinado en el polen póstumo de las cucharas,
la renta que me queda en la bolsa de la camisa, encrespado tabaco
del búho, en el taller yugular del poeta,
que ya de tanto morir no muere,
muere viviendo al filo repentino de cada herida.
Para apagar las luciérnagas, debo llover en desbandada de calostro,
repicar en el arañazo de los escapularios, o simplemente,
quedarme aquí, en medio del enjambre, para seguir la dura faena
de la santa linterna del cazador nocturno…

Barataria, octubre de 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

SIGUE SIENDO AUSENTE


Sigue ausente el rostro que crepite sin la ignominia de la espina,
la ola que no borre los muelles,
un paraguas con la concavidad necesaria del horizonte.
Sobre el techo, escaleras de humo beben mi palpitación;
Arecen errantes las alas cuando no hay un árbol de secretos,
Ni la paz consigue poner de rodillas la danza macabra del grito.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SIGUE SIENDO AUSENTE




Sigue siendo ausente la entraña al amparo del camino:
es difícil no pensar en la escritura del nosotros: en el viento
verde de las palabras, en la mesa recurrente de sábanas,
en la devoción de oír tu voz en mi aliento, aclarar la vereda
de las manos, fabular en la escritura del césped.
Sigue siendo ausente la jarra de café en las horas claras,
donde la fatiga ahogue su travesía de lobo.
Siguen estando rotos los sueños y ausente el catecismo del olvido;
frágil es la eternidad por más dura que parezca,
al final sé que moriré sin que me acompañe un cuaderno.

Esto que digo es verdad al andar entre espinas: acechan
los peligros sin remedio a dentelladas.
Sigue ausente el rostro que crepite sin la ignominia de la espina,
la ola que no borre los muelles,
un paraguas con la concavidad necesaria del horizonte.
Sobre el techo, escaleras de humo beben mi palpitación;
Arecen errantes las alas cuando no hay un árbol de secretos,
Ni la paz consigue poner de rodillas la danza macabra del grito.
Aunque no se crea, las ciudades su propia existencia,
el desarraigo es mayor cuando se junta ignorancia y cama,
la mesa con la trinchera,
la desnudez junto a la neblina de la lluvia.

Hay dolor en el extrañamiento, en la grieta de las fronteras,
en la guitarra desafinada que estruja la conciencia del aire,
en cada ojo cuando las manos toca fondo en la noche y nadie
responde, salvo el perro que suspira bajo sombrillas,
en candiles empinados de escaleras a punto de romper el reloj
plegado de las sombras. Hay tantas cosas que siguen siendo
ausentes: llora el corazón en el desierto,
campanas hostiles, las moscas con su campanario de heridas,
la lucidez para abrirle orificios a la realidad,
el quirófano para cambiar la geometría del aire,
la seguridad cuya memoria es patética. No sé si es simple
repetición o una patología la barbarie siempre del presente,
el comején expansivo del hollín,
la polilla escapada de los relojes, el desarraigo masivos de ciertos
discursos, la mara secas convertida en caótica muestra de museo.

(En las noches, sigues estando ausente de mis brazos:
nunca tocas la página interna del aliento, ni apareces en el instante
de la melancolía, ni en la infinitud del poema
que avanza en la urgencia del miedo. Sigues ausente en los rigores
del páramo, en la catarata del fuego,
en la humanidad que de pronto es absurda patria de lo vulnerable.
Ante los mismos argumentos, me quedo aquí, jugando
A las palabras, sin más pecado que soportar el frío.)

Baratararia, octubre de 2011

sábado, 1 de octubre de 2011

TRECĂTORII, RELATIVITATEA TROTUARILOR/TRANSEÚNTES, RELATIVIDAD DE LAS ACERAS


Venim după ce stăm la coadă la rânduri lungi de energizare,
căutăm drumul mâinilor, drumul obișnuit de război,
difuzorul gipsului, ochiul din canelura lămpilor.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




TRECĂTORII, RELATIVITATEA TROTUARILOR *




Pentru Ana Muela Sopeña.




Deasupra dalelor, conspirațiile somnolenței, serile
urgentate de umbre, brățarele sprijinite de briză,
trecători răniți de tremurul necruțător al trupului;
poate că de trotuarele ce tocesc pantofii, cei ce percep scările
râsului, spuma din urmă, cea pe care o lasă memoria
în timpul numit de cineva a fi al întunericului: zilele fără de aer
sunt relative, asemenea și credința în greșeli – apostila în josul
caiețelului cu notițe, ce luminează ungherele de pe vârful
respirației, îndoielile, mai întâi de toate, care convoacă
statuiele în lentilele aburite ale cerului.
Trotuarele sunt aceste șine ce-s mai mult decât carbon cât
ard ciudățenia cu goliciunea ei în flăcări; sunt intensul
parcurs al pașilor, ce ajung a fi în piept coincidențe
relative, margini ale serii care îneacă necazurile,
memorii aruncate în vânt fără lentile, vocea mușcând
din țintele unui tâlhar care analizează fotografii, pasaje, geamuri,
oglinzi, vocea ce se ridică în vârful picioarelor.
Venim după ce stăm la coadă la rânduri lungi de energizare,
căutăm drumul mâinilor, drumul obișnuit de război,
difuzorul gipsului, ochiul din canelura lămpilor.
Ajungem în inima pietrei, unde vântul din nord este epuizat
în drumul făcut paralel cu foamea: cel care își fixează energizarea,
propriul său orar între rigorile focului: lumina trecătorilor
legată de temple, de strada unde se exteriorizează indiferența.
Cel care strânge frig sau numără clopotnițe:
uneori poemul e un cuib fără viață, unde flăcările
mușcă din gol, cuvântul care ne oferă uitarea,
rugina limitelor în chiparoșii ajunși pe fețele de masă.
Fiecare poet pășește pe marginea atâtor nume, nivelând
propria sa piele de pertutbațiile funebre,
mușcând nepăsarea ce trece pe alături de noi: survin
lungi întristări, în nebunia asta a pupilelor: orice trotuar
e un drum decodificat ce ne umple de urme: înaintea poetului,
sicriul tristeții, trenul lichid plin de uluire,
volumele rezistând la întuneric, la cravatele ce sângerează.
Ziua nu e suficientă pentru a suprima toate bătăliile:
oglinzile plutesc pe aripi obosite, avem de exploarat
alte deluvii, să mușcăm fumul porturilor, să descifrăm ieroglifele
fiecărui deget din convoiul procesiunilor funerare, a fiecărul ciclu
din melancolia iernii, a fiecărei ore din cifrul lacrimilor.
În această relativitate, doar memoria ne salvează: doar stând pe spate,
visul este exact. Toate celelalte lucruri sunt teatru jucat în urmele
lăsate de sudoare, vestigii ale dramei ce se trăiește pe trotuare.


Poem de André Cruchaga, traducere în română de Andrei Langa




TRANSEÚNTES, RELATIVIDAD DE LAS ACERAS




A Ana Muela Sopeña.




Sobre las losas, las conspiraciones de la somnolencia, las tardes
urgentes de sombras, los brazaletes sostenidos por la brisa,
transeúntes heridos por la desmesura del estremecimiento;
tal vez las aceras devorando los zapatos, entienden las escaleras
de la risa, la espuma entonces, que va dejando la memoria
en el tiempo que uno nombra a oscuras: los días sin aire
son relativos, lo es también la fe de erratas —la apostilla al pie
del cuaderno de apuntes, que aclara las esquinas del techo
de la respiración, las dudas después de todo que convocan
las estatuas en los turbios anteojos del cielo.
Las aceras son esos rieles que exceden los carbones de cuanto
quema la extrañeza en su flamígera desnudez; lo es el intenso
filo de los pasos, que en el pecho se vuelven coincidencias
relativas, orillas de la tarde que ahogan las espinas,
memorias arrojadas al aire sin anteojos, la voz mordiendo
las aldabas del ladrón que recorre fotografías, pasillos, ventanas,
espejos, la voz que se columpia de puntillas.
Venimos de andar largas colillas de aliento, vamos buscando
el camino de las manos, el camino siempre del combate,
el altavoz del alabastro, el ojo en el surco de los candiles.
Llegamos al punto de la piedra donde el cierzo es consumido
por el camino próximo al hambre: cada quien fecha su aliento,
su propia agenda en los rigores del fuego: luz de transeúntes
anudada a las sienes, a la calle donde se eleva la indiferencia.
Cada quien acumula fríos o campanarios:
A veces el poema es un nido apagado, donde los relámpagos
muerden la tinta, la palabra que nos da el olvido,
la herrumbre de los límites en los cipreses ascendidos a manteles.
Cada poeta camina al filo de tantos nombres, desenredando
su propia piel de los desvaríos fúnebres,
mordiendo la indiferencia que transita a nuestro lado: suceden
largas tristezas, en esta locura de las pupilas: cada acera
es un camino descifrado que nos llena de vestigios: frente al poeta,
el ataúd de la tristeza, el tren líquido de asombro,
los libros resistiendo a la oscuridad, a las corbatas que sangran.
El día no es suficiente para librar todas las batallas:
los espejos flotan en alas fatigadas, habremos de explorar
otros diluvios, morder el humo de los puertos, descifrar los jeroglíficos
de cada dedo en el convoy de las funerarias, de cada círculo
en la melancolía del invierno, de cada hora en la llave de las lágrimas.
Dentro de esta relatividad, sólo la memoria nos salva: aún sobre
la espina, el sueño es preciso. Lo demás es teatro en las enredaderas
del sudor, vestigios del drama que se vive en las aceras.


André Cruchaga
Barataria 24-IX-2011