sábado, 31 de diciembre de 2011

OJOS PARA CADA DÍA


―Hay claridad y sombra para todos los días:
lo supe cuando la salmuera rompió nuestra ternura,
vi partir la estrella intacta de las caricias, creíamos entonces,
que todo era resplandor, pero no, también los días se visten
de rostros ciegos, ahora tenemos la evidencia, los pensamientos
y la mirada interior, sajados por la turbación del viento.
Fotografía de André Cruchaga




OJOS PARA CADA DÍA




te revelo
que el mundo es una graciosa mentira inventada por el
buen humor de los mártires.
ALDO PELLEGRINI




Hay ojos y párpados para cada día, manos apretadas en lo oscuro,
en las sienes devuelvo la claridad de los días grises,
la respiración que emerge de la tormenta de los meses.

A punto de abrir los abanicos del agua, las sombrillas,
la explosión a bocanadas, el ciego interrogando la piel, los cuerpos
anteriores al fuego, el guante del contraluz en el tiesto del musgo,
la boca, las bocas inmóviles, la ropa iluminada en la plantación
del destello, palabras contra el desamor, el nosotros
sin excusas, la lengua sin manchas, plumas blancas del ave
en la paciencia del horno del murmullo, la hamaca verde
de la saliva en pos de la panadería del cuerpo, ―nosotros
que no sabemos de razones, ni de mar al unísono, sino de mareas
a punto de reventar toda la espuma del mar, de saltar sobre el trapecio
del ardimiento, trepando a las tabletas del cielo,
allí, vos, los sueños, cada instante insólito, estrella tutelar
de la rosa del reloj colgado de las sienes,
¿cuánta alegría cabe en la constelación de un solo día,
en el tabanco o el altar, en la escalera o el retablo, en el saco de yute,
en la alforja ennegrecida de la herrumbre, en la sarna de la sal,
en el sol estrujado en las estaciones, en la respiración de la acuarela
de los dormidos, en el pañuelo que de pronto pierde los pespuntes,
sin pezones de cierzo, sin poemas apacentados en las manos?

―Hay claridad y sombra para todos los días:
lo supe cuando la salmuera rompió nuestra ternura,
vi partir la estrella intacta de las caricias, creíamos entonces,
que todo era resplandor, pero no, también los días se visten
de rostros ciegos, ahora tenemos la evidencia, los pensamientos
y la mirada interior, sajados por la turbación del viento.
Si al menos supiéramos los niveles del frío,
si quitáramos el quejido de lo subterráneo, tendríamos un jardín
rojo en nuestras miradas, una forma diferente de la mirada,
un afán de sabores sin corromperse en el vinagre.
Tenemos, sin embargo, ojos para cada día: para vos, para mí,
para que crezcan las espigas, el pubis del amaranto derramado
en la boca, intacto el espejo del jadeo,
el fuego del caracol calentando las bocas, el árbol acumulado
en el olfato, la espiga de las palabras bañada con capiteles disfrazados
de pájaros, con una sola melodía desposada sobre la estantería
de los inventarios del azúcar.

Cada día acumulamos destino a nuestros zapatos: así, tenemos
mundos para cada instante, así acumulamos litorales, siempre
a tono con los párpados. Nos afirmamos o negamos: la vida, después
de todo, no es otra cosa, sino una constante de ritmos y crepúsculos,
una razón para latir cada día en la alucinación de los calcetines.

Barataria, 28.XII.2011

jueves, 29 de diciembre de 2011

DESNUDEZ CONSTANTE


Dormimos únicamente avivados por la sed entera de las campanas,
jinetes de la noche transitando calles insólitas, con el frio secular
que produce el alma cuando se deshace en jadeos, cuando el combate
es fiero testimonio de gastados guacales,
cuando vos y yo, nos volvemos reales, en oposición a los fantasmas.
Fotografía de André Cruchaga





DESNUDEZ CONSTANTE




volviéndome salvaje adentro
mientras ella bailaba con extraños en clubes nocturnos...
CHARLES BUKOWSKI




Sobre el petate del tiempo, la desnudez constante del terciopelo,
la espuma que el muérdago pone en la flama, el eco abre las vidas
sobre la piedra difuminada de los sombreros: hay un deseo loco
de colmenas, aunque prefiero la ínsula alada de la mirada,
la ilusión del agua que emerge del alambique con fuerza de tatuaje:
parece que bebemos toda la marejada de los vagones de la prisa,
a ratos hacemos de la harina castillos fantásticos, y sin embargo
preferimos el mundo de los aserraderos,
los horcones del éxtasis pulverizados, nuestras cabezas unificadas
en el tabanco, subiendo la escalera hasta llegar al animal
de las pupilas, trenes que no descansan en los senos como luz pródiga,
sin itinerarios, sólo la tempestad de la sal, la veranera a la cintura
en el océano que no envejece ni se fuga.

Dormimos únicamente avivados por la sed entera de las campanas,
jinetes de la noche transitando calles insólitas, con el frio secular
que produce el alma cuando se deshace en jadeos, cuando el combate
es fiero testimonio de gastados guacales,
cuando vos y yo, nos volvemos reales, en oposición a los fantasmas.
Somos tan reales que tropezamos con el delirio,
el incendio debajo de los aluviones del poyetón de la tierra,
somos tan reales que el azúcar brota de los poros, el néctar de los ijares
migra a la lengua, ensordece los rieles de las piernas:
también sonamos con tantas cosas invisibles y en eso somos vulnerables.

A menudo la desnudez se nos convierte en fuego,
atrapamos las enredaderas de las telarañas, mordemos la pasión
por los trenes, lanzamos al agua nuestras cabezas sin quebrarse,
luego nos miramos a fuego repartido,
con la sencillez que prodigan las alacenas colmadas de respiración.
Vos pestañeas en el espejismo de la hoguera desnuda, míos tus pies
hasta el delirio, descendiendo a la temperatura del tumulto,
al nosotros de la escalera multiplicada, a la hamaca de la temperatura,
con tu rostro respirando los pilares de los relojes,
la ciudadanía completa de las manos, el ave Fénix como una lanza
purificada en la emanación inconsciente de la ruda, piel incorporada
a los inventarios de la memoria, para que siempre la corriente
sea ese rio de pájaros, mosaico o vitral, en todo caso, del vértigo.

Con nuestra desnudez hemos construido, sin quererlo, la nostalgia;
nos subordinamos cada día al tejado del orgasmo, sin más aperos,
que el sol transitorio del momento: así le hemos ganado velocidad
al horizonte que delira en nuestras manos, que arde, además,
en el juego de la transparencia.
A veces somos sombras donde caen nuestras caras: alrededor
las ansias a punto de romperse, al punto del abismo de los taburetes.

Barataria, 26.XII.2011

sábado, 24 de diciembre de 2011

PESE A TODO, LO EFĺMERO SIEMPRE ES ETERNO


No sé si un día se nos gastará todo el alfabeto, aunque para entonces,
tendré de brebaje el asombro, el éter devastador de mis dolencias;
para entonces, es decir, para siempre, habré hecho de lo incierto
una certeza: una sola palabra, leve como las sombras que nos andan...
Fotografía de André Cruchaga




PESE A TODO, LO EFĺMERO SIEMPRE ES ETERNO




crees que puedes cambiar toda la suerte y,
aunque vamos derechos a la muerte,
vives de lo pasado todavía.
JOSÉ GARCĺA NIETO




Pese a todo, lo efímero siempre es eterno: al leve roce flotamos en el abrigo
de las reminiscencias, sueños sublimados convertidos en relámpagos;
lenguas alrededor de la colmena que el tiempo erige en bóveda.
Jamás perdemos la escalera de la respiración en el baúl del calendario,
la gota de sangre nos conmueve en la cruz de cada día,
—vos siempre presente en las puntillas del viento, en el siglo
del minuto de las jardinerías, extrañas bocas que crecen en las raíces,
la piedra exacta en la lengua deshojada,
manos en el hueco del ala del cuervo a punto de secar la tinta
de la lluvia y sin embargo, abajo en las aguas subterráneas
de la conciencia, vos tan verde con tus ojos de musgo, tan llena
de cráteres y miradas, fuego del rescoldo a la vista del alma.

Siempre las pequeñas cosas tocan la barba del tiempo: —me tocas,
nos tocamos para siempre, es decir, el techo indeleble,
las aguas lustradas del verde, sin latidos, fluyendo sobre el agua
de los cabellos, sangrando en la espina dorsal del aire.
—Fuimos y seremos siempre, el ala, el sol a manos llenas con todas
las posibles oscuridades del planeta, con todos los muertos que anuncia
el trueno, ramas donde revolotea el vaivén de las sienes,
los ijares del minuto en la campana de abanicos y ventanas.

A menudo la luz nos asiste con crin a quemarropa: no podemos dejar
de ser, ciegos ante el destino, ciegos de tanto mirar el horizonte
en retrospectiva, ciegos ante la plaza liquida de la piel.
¿Cuántas veces despoblamos los instantes de la inminencia,
y se torno sospecha cuanto estuvo cerca de nuestros pálpitos,
los temores, el juego de sonar, todo el invierno crecido de las horas?
Nunca fue fácil reír ante la alegría desconocida,
aquella luz absurda, de pronto en la sombra del claroscuro,
en aquel espejo extraño de las palabras con fervor de minuto.
¿Qué hacemos hoy, con tanta memoria acumulada, sin acequias?
Siento la extraña forma de los mapas, las mismas preguntas descreídas,
el crepúsculo de un blues a la hora de hacer inventarios;
hay eternidades, por supuesto, mejores que el abandono absoluto:
—vos venís en el aliento del vilano, en la mariposa de la flama,
en ese extraño truco del alba y el cierzo.

No sé si un día se nos gastará todo el alfabeto, aunque para entonces,
tendré de brebaje el asombro, el éter devastador de mis dolencias;
para entonces, es decir, para siempre, habré hecho de lo incierto
una certeza: una sola palabra, leve como las sombras que nos andan
alrededor de los más antiguos aromas.
Al despejarse el camino, entramos a la memoria…

Salt Lake City,Utah,  24.XII.2011

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA HERIDA TAMBIÉN ESTÁ EN EL ALIENTO

¿Que hago después de todo, tendido en el césped de las reminiscencias,
perpetuando la deshora de tu recuerdo,
buscando la calle donde la herida no sea su remanso,
esa pútrida ventana hundida en el barro, descalzo frente a la osamenta
del cierzo, convencido de la orfandad de mis brazos?
Fotografía de André Cruchaga





LA HERIDA TAMBIÉN ESTÁ EN EL ALIENTO




te hicieron dar un paso, incierto pero necesario, en medio
de la noche, y el amor que guió ese paso te salva.
ROBERTO BOLAÑO




La herida también está en el aliento con sus variaciones de piedra y ahogo:
—Hicimos todo lo que se pudo para tratar de salvar, salir del centro
de la sombra, la luz en los hombros con un fardo de palabras;
alguien, sin duda, nos mutiló la sonrisa, mordió las axilas, derribó
nuestros dientes acostumbrados a masticar los brebajes del horizonte.
Después, el aire se nos ha tornado incoherente, enraizado en el nudo
ciego de la noche, perdido en las ciegas bocas del aliento:
ganamos la luz, pero perdimos las frondas del silencio, el respiro
sencillo por las cosas, —hoy son dos penas: la tuya y la mía. Dos senos
rasgados por la polilla, espejos o aguas sin ternura.

¿Que hago después de todo, tendido en el césped de las reminiscencias,
perpetuando la deshora de tu recuerdo,
buscando la calle donde la herida no sea su remanso,
esa pútrida ventana hundida en el barro, descalzo frente a la osamenta
del cierzo, convencido de la orfandad de mis brazos?
—La noche descalza de tus pezones me alcanza, me hundo incapaz
de gritar en tu ombligo, de respirar libre sin trenes degollados,
ni ardillas deshechas por la garganta;
me hundo, a menudo, en la ponzoña que me humedeció de cadáveres,
en los hisopos cadavéricos de los relojes,
en los cuadernos lamidos por el viento, insólita germinación de la ceniza,
aquí, cerca de los caballos de la lluvia, cerca de los ríos de la muerte.

Esta herida se hizo de furias calcinadas, de nocturnos látigos y atroces
relámpagos, de sedientos hervores en la hamaca de los poros.
Nada se aleja por más que quiera silenciar campanas: sos vos en el polen
de la noche, en las vocales confusas del nido,
murmullos como la brasa que de tanto arder se torna escoria.
Pero amo el eco del follaje de tu nombre, el árbol esparcido de tus ojos,
el sollozo que queda en la lengua de los peces, sal cierta
como la transpiración de los caracoles en la espuma de los ríos.

Nada escapa al fuego o a la ceniza. De pronto cantamos a los huesos
para seguir muriendo, para seguir en la cruz de los candiles,
o en ese tabanco absurdo donde se guarda el poema.
Lo demás, bien lo sabes: el vinagre del abandono corroe la esperanza,
sin pócimas, hasta hundir la almohada en lejanía, noches lentas
como ceniza en la garganta, como la mesa no servida en la ceniza.
Por eso, la herida esta también en aliento:
dejamos de arder, ardiendo con nuestras bocas cerradas,
sin apagar el ardor del frio, espectros de una ráfaga distante.

Salt Lake City, 22.XII.2011

miércoles, 21 de diciembre de 2011

CAMPGROUND


Después de todo, lo vivido contrasta con el pañuelo filtrado
en el paraguas, con las palabras secretas que nos fueron consumiendo:
ansiedades, rostros húmedos en las sombras, laberintos habitados
por fantasmas. No sé si por fin un día acampamos: perdí cualquier
noción del tiempo. Por hoy, solo recuerdo la agonía…
Fotografia de André Cruchaga





CAMPGROUND




…el que no se recuerda, ardió sin un motivo
porque, según parece, no se avenía a ser talado de unos árboles sí
y de otros no.
VICENTE MOLINA FOIX




Calendarios oscuros en donde nos deslizamos cada día, al oído,
sin embargo, nos desgarra la lectura de la zarza, los brazos
que nos devuelven a la noche, solos, la ausencia y el hambre,
vos embriagada de miedos, ojos de amargas hamacas, el silencio
que nos quema en la piel, fosas donde la esperanza guarda sus heridas.
Diré que fui rehén en la idolatría de tus poros:
al pie del dintel, la dentadura, la melancolía del vigía
que fue pájaro, el tropel duro sobre los muertos en el alba.
A veces sollozar, madura la nostalgia, la porfía de ciertas flautas
al trepar en los parpados: supongo que es triste el sollozo al filo
de las aceras, en la trompeta desnuda de las sombras;
tras el escombro hay nudos ciegos de sed que no sacia la tormenta,
en el fuego reinvento el valor de las palabras, el seno o el labio
tiritante, la audacia que persiste en las espinas.

Siempre espero que el eco de tus poros germine en mis manos,
sin fronteras, hasta que armonía y ternura sean afables entre nosotros,
vos y yo en la tierra de lo posible, sitiados solo por el semen del aleteo,
ardidos en el aroma del deseo,
sin preguntas, sin muertos, únicamente el vértigo natural del jadeo,
arraigados a la alegría y no a tanta grieta, acequia oscura del féretro,
no a esos meses encerrados en alambradas.

Duele lo inerme y el submundo del granito, las ventanas disueltas
en los dientes, el alambique roto de los zapatos, las telarañas
o la casa cerrada de tus muslos, los espejos que somos en este ahogo
que también es de las Patria, aunque nos niegue con sus gemidos
desvelados de tanto estrujar la esperanza.
Vos me dolés entre tantos chiriviscos, alimentados acaso por la respiración
de las tumbas, por tanta criminalidad sobre nuestras sienes.

Vos me dolés, no lo niego. Me dolés como los armarios o la fe convulsiva,
la aurora en desatino del tabanco, el pulso que muerde el zodiaco,
con las vocales colgadas de los aleros,
me dolés como la neblina posesa en las ventanas: me hundo
en la herrumbre dejada en cada poema, —a menudo es así, sencillamente.
Está desteñido el pulso de los desodorantes, todo aquel óxido inconfeso
de la polilla, algún almanaque sin misterio, cruzando la antigüedad
de las brasas, la llama que nos consume en la transparencia
o la oscuridad, lengua inseparable en el ámbito de la almohada.
Después de todo, lo vivido contrasta con el pañuelo filtrado
en el paraguas, con las palabras secretas que nos fueron consumiendo:
ansiedades, rostros húmedos en las sombras, laberintos habitados
por fantasmas. No sé si por fin un día acampamos: perdí cualquier
noción del tiempo. Por hoy, solo recuerdo la agonía…

Salt Lake City, 21.XII.2011

martes, 20 de diciembre de 2011

INAUGURACION DEL ALIENTO


—Hoy, nos gastamos, la historia de la desnudez día a día:
cruje la lengua gastada de la arcilla, el poniente de saliva,
los parques saturados de llovizna, mendicidad y oscura ceniza.





INAUGURACION DEL ALIENTO




Tú eres sólo latir cobijado en lo oscuro.
JOSÉ ÁNGEL VALENTE




El Corazón tiembla ahogado dentro de la furia blanca de la nieve.
Ante cada rostro anónimo inauguro el aliento: mi propia condición
de ceniza mordiendo las paredes, el tintero incomprensible
bajo la luna, homeless alrededor de los jardines, extravagancias
que hacen gemir el estertor de las manos,
los relojes congelados colgando de la cúpula de la saliva,
aquel musgo devorado por los tropezones de la noche en Jordan River:
de pronto confundo el vacio con los colores del trafico, hamacas
de luces al desnudo, aire yerto entre caballos de nieve,
entre esquirlas desérticas como látigos, senos que atisbo sobre el latido
de las alacenas, anaqueles, armarios, vitrinas,
tan reales como si fuesen ciertas, después de todo.

En medio de los tumultos de gente, el humo enajenado de mi cigarro,
el sosiego enajenado de las escaleras, el consumo irresistible
de las bisuterías, los olores del aceite en las carnicerías,
los sueños que acaso nadie entiende a la hora de enfrentar esta locura
de máscaras y rincones. —Digo, máscaras, y es cierto:
percibo en cada granito el esqueleto de los sueños, el pulso allí,
sin atenuantes, los vestidos baratos de la neblina,
la raíz rota de la campana en la boca, la anatomía extraña de la sangre
mordiendo la acequia de la sangre, el taburete del anhelo,
el sin fin castrado de la diafanidad del horizonte, gris cobija donde
se pierde el tren del firmamento,
los comienzos de la semana, la niñez del ojo de agua en la rama
del pájaro, la sonrisa que perdió su guacal azul, el tecomate de la semilla.

—Hoy, nos gastamos, la historia de la desnudez día a día:
cruje la lengua gastada de la arcilla, el poniente de saliva,
los parques saturados de llovizna, mendicidad y oscura ceniza.
Desde antes, —en realidad—, danzamos entre gusanos de desesperación,
sonámbulos como el diente de ajo en las aceras, cansados de morder
el hueco de las cucharas, el aire frio dentro de pequeños tiestos
de calabazas disecadas en tabancos de neblina.

A lo largo de las calles, no escapamos de la zorra y el zorrillo,
no de los pulmones golpeados por el musgo, no de ciertos días indecibles,
no del café espeso para desaprender el frio, ni el sonambulismo
empapado de muchedumbre, eclipse sombras sin bolsillos.
Tengo tantas heridas, como postres o gomas de mascar, puertas
que al final, no llevan a ningún sitio, si acaso, al mismo punto de partida:
al insomnio oscuro de los inodoros, a las calles donde a diario
se necesitan guantes, y un alfabeto no de madera, sino de granito.

Salt Lake City, 20.XII.2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

SANTUARIO DEL ESPIRITU


André Cruchaga, El Salvador
¿Alguna vez fuimos sin dejar de ser? La ola del arrebato nos roba el pan,
detrás de la muerte la vida nos olvida: una hoja se mueve en el nido
de los parpados, y entre el ciprés colgado del alero,
siempre vos, alma, serena en la mirada de la noche.






SANTUARIO DEL ESPIRITU




igual que van los ríos a los pájaros…
EUNICE ODIO




En el rio de los nombres secretos, el tiesto del alma, paciente,
incólume, el tálamo en la carne sin negarse, solar desvelo de la noche
en los brazos de Ícaro, sustancia del poniente puesta en la luz,
días siempre arraigados al ombligo de la risa, no al bostezo,
en medio del cierzo o la niebla, en la caverna acaso de la flauta irisada,
el ápice del esperma en los fuegos fecundos del hechizo ciego
de los sentidos que alcanza en la desnudez, líquidos profundos,
petates seminales donde se hunde la luz,
encabritados caballos en los poros, sin que dejen de ser ese santuario
de espejos anhelantes, sin que la alacena deje de ser tejado, barcos,
trenes estacionarios en el viento, sombras escritas en la memoria,
quizá reflejo de tantas batallas implacables.

Aquí, no en cualquier parte, en el helado cielo del anhelo,
el destino juega con árboles de ausencia, —con los días quemados
en el taburete del incensario, en las mañanas donde cada aliento
suele ser diferente; de pronto caigo en la cuenta que el espíritu,
es ese reflejo de cuadernos desnudos desenterrados del polen,
sueños donde la luz es paisaje de vitral con pájaros.

(Cada día es un templo: allí, tus muslos locos de mariposa en mi boca,
las arenas movedizas, confusas del ansia, las noches glaciales
que parecen inmutables en mis manos, los pies del imaginario
frente al obelisco, el tiempo mordido por el arco de la saliva.)

Camino, caminamos. Llueve la turba de los grises sobre los crisantemos,
llueven llamas liquidas en la flauta del vértigo, llueven pergaminos
en la concavidad de tu ombligo destinado a la invocación de los estambres.
Sangro. Sangra el césped sobre el suspiro, labios, mundo, materia
como éter, como la seducción que suscitan los retablos.

—(Ay, nos gastamos los días.)
Nos desgasta la liturgia de la fugacidad. El sabor postrero del lienzo
de tus encajes, la puerta falsa de las sombras, el designio de ser siempre
náufrago, hiato de bocas sin paraguas.
—(Ay, cuánto grito en la herida del campanario del respiro: sed a punto
de ser barco, paraguas doliente en la horizontalidad de la entraña,
en esta esclava metamorfosis del musgo.)
¿Alguna vez fuimos sin dejar de ser? La ola del arrebato nos roba el pan,
detrás de la muerte la vida nos olvida: una hoja se mueve en el nido
de los parpados, y entre el ciprés colgado del alero,
siempre vos, alma, serena en la mirada de la noche.

Salt Lake City, 19.XII.2011

viernes, 2 de diciembre de 2011

LEVE TIEMPO DE LA RESPIRACIÓN


Me quedo aquí, junto a la hoja desvanecida, esperando auxilio:
Todo el sabor envejecido hace estragos en mi lengua, pudre la alforja
del arcoíris, fatiga como los repollos impuros de las sombras,
como el casco de madrugada de las campanas.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




LEVE TIEMPO DE LA RESPIRACIÓN




Porque no había más, en el lugar del pecho,
que una extendida sombra.
FRANCISCO BRINES




Quizá en la noche, en silencio, la respiración nos de su clave,
Subamos al peldaño leve del aire, allí el vilano colgado de las calles,
los puntos cardinales de la lengua, a la espera de ventanas.
Sordas estribaciones anidan en mis sienes; hay estaciones de frágiles
paredes alrededor de la piel, plumas trenzadas en el calendario;
livianas embarcaciones en los ojos, mortíferas erosiones
absorbiendo las panaderías, nidos a punto de ser insoportables
durante las semanas, en el triste zig-zag de las sastrerías.
Me quedo aquí, junto a la hoja desvanecida, esperando auxilio:
Todo el sabor envejecido hace estragos en mi lengua, pudre la alforja
del arcoíris, fatiga como los repollos impuros de las sombras,
como el casco de madrugada de las campanas.

Caen a las alcantarillas las monedas del futuro, la digestión
de los eucaliptos, las alacenas donde se guarda la bitácora de viaje;
de pronto, las verrugas en el carretón cejijunto de las cavilaciones,
la meditación lúgubre de los ensimismamientos,
el sabor anisado de los relámpagos, el desplome del crepúsculo
a cuentagotas de las bancas de la intemperie, la opacidad física
de las pupilas frente a la araña oscura del tejado.

(Por cierto, es difícil rehabilitar este misérrimo Paraíso. El difícil colar
el día con tantas noches, desvirtuar el alud del sexo en el aliento,
dejar de morder el sigilo de la cuajatinta,
entristecer ante tanta polvareda de extravíos: imposible, hoy, mañana,
con la atalaya hueca del toro en harapo de la congoja,
del desierto perpetuo que nos anida en su joroba, de este salvaje
lecho de astillas, sin tener un lavatorio para nuestras manos.
Existen entre los huesos, dientes como fierros candentes, sumergidas
Redes de abanicos, redes con siniestros agujeros.)

Hoy, me propongo esconderme dentro del humo de mis propias
colillas, dentro de tus genitales y arder en sus aguas, atravesar
los innumerables vilanos de la estantería del paladar hasta alcanzar
la superficie sin delirios de mi Patria.
En esta levedad calcinada de la orina, sólo hay escoria, extrañas
formas de sueños, recuerdos malolientes, certidumbre de olvidos.
Luego uno ya no sabe si regresar bajo la lluvia a Ítaca con las alas
desgastadas del césped, buscando la vocación de la utopía,
buscando, digamos, otro destino diferente,
sin que los zapatos se vuelvan fósiles de otro purgatorio, de otro
circo, tan punzantes como los alfileres de hoy en día.
el ojo, sin duda, es la medida del horizonte: única vía para hablar
del cierzo. Pertenecemos a estas aguas salobres del sollozo,
a este redoble de tambores de la ceniza, a esta perennidad de huesos.
El día nos muerde con el hollín de sus sábanas,
Lo demás es la destrucción de los deseos, el tapete en el fuego…

Barataria, 02.XII.2011

jueves, 1 de diciembre de 2011

MANUSCRITOS EN LA ALCOBA DE LA NOCHE


Al pie de la página de la luz, escribimos con campanas el arcoíris,
el simbolismo a galope de los poros,
a veces la velocidad que nos da un respiro sin herraduras.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





MANUSCRITOS EN LA ALCOBA DE LA NOCHE




Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas pensé
en el salto del delfín: una garza posándose en las marismas.
JOSÉ KOZER




Contemplo, primero, con los ojos extendidos, mi propia respiración;
cada hoja no la escribo yo, lo hace el viento, los brazos dibujados
de la alcoba, el ala que sin duda me devuelve las aguas del mar.
Siempre el continuo vivir desde el pecho
aquellas lumbres de la piel que rozan con sigilo la saliva,
siempre los ojos definitivos sobre el arroyo,
siempre el pálpito en las astas del reloj, en la escalera magna
de cada recuerdo acumulado en la conciencia.

(Entre el chorro de agua y la respiración, las palabras desnudan
el pañuelo hasta desafiar la profundidad del deseo;
luego la tinta va recobrando su propia fuerza: todas las bodegas
que erigen los árboles,
el incendio del cuerpo a medida crece la locura, lo decible
y lo indecible, las calles de la tinta manchadas con cada respiro,
el sinfín que nunca es suficiente en la alcoba, cuando los manuscritos
resplandecen con su boca de tiempo.
Entre la alcoba y el ataúd, me quedo aquí, avanzando, trepando
Sin descansar hasta convertir cada página en una campana.)

Encuentro cada noche debajo de la sábana, aquellos manuscritos
que el alelí fue escribiendo sobre el petate del aliento,
encima del poro de la canela, adentro del pétalo sudoroso
de las ingles, el discurso del río rozando las márgenes del papel,
cada sol con los destellos de la esperma.
Siempre el cuerpo de la tinta se mueve como un insecto, infinito,
abarcando la tormenta del aleteo,
el camino sin tregua del sonido, los claros andamios del goteo;
asoma, aquí, toda la cavilación de los párpados, el trapiche del latido,
todos los claveles colgando de las sienes, el desvarío obstinado.

—Por si fuera poco, los sueños tocan el guante de las palabras,
con aliento de añejos pergaminos, con sabor a madera y a paredes
donde la piel se solidifica, dando saltos de perennidad;
por diferentes motivos, nos reinventamos en cada manuscrito:
pegados al panal del tintero del azufre,
toda puerta es preámbulo, sólo el preámbulo que es necesario abrir
cada semana para que silbe el catecismo del tiempo.

Al pie de la página de la luz, escribimos con campanas el arcoíris,
el simbolismo a galope de los poros,
a veces la velocidad que nos da un respiro sin herraduras.
Dejamos como apostilla, algunos renglones de suspiros, los sentidos
puestos en la bóveda del absoluto, los días venideros para cuando
estemos ciegos, ciegos de ver y escribir sobre la permanencia
del aliento, en las sienes, la sensación que produce el agua cuando baja...

Barataria, 19.XI.2011