lunes, 30 de enero de 2012

VETANAS MOVEDIZAS


Ante cada línea del zodíaco, ante el espiral del pájaro en la sien
derecha o izquierda, especulan los acordes movedizos
del candil en llamas del destino, del pez en el bramido
de la memoria, de la noche que se harta toda la oscuridad, el mar,
y todo cuanto la memoria convierte en leyenda.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




VETANAS MOVEDIZAS




El camino jamás duerme en las ventanas movedizas
de la policromía, jamás el cierzo redime a la espina
por más misterio que la envuelva,
jamás es un solo sudario el que nos viste en los móviles brazos
de la sábana acostumbrada a los poros de la noche o del día.
Desde el albor del fuego, el espejo movedizo de las aguas,
la embriaguez de osamentas,
la piedra en la gelatina del tacto, los caminos tanteados
del polvo de los símbolos que extienden la piel hasta el azar
del viento, —el fluir de las formas, el riel del sendero de la lluvia,
por donde desciende el fin de lo incierto.

Tenemos ventanas en la línea recta del horizonte;
existe el zigzag en el laberinto de la caverna, la herida oscura
del sueño: los pañuelos trascienden el plano cartesiano
del aliento; el pulso se torna éter
en el vuelo que emprenden los ámbitos de la metáfora
cuando repta ensimismada sobre la campana honda del vilano.
Ante cada línea del zodíaco, ante el espiral del pájaro en la sien
derecha o izquierda, especulan los acordes movedizos
del candil en llamas del destino, del pez en el bramido
de la memoria, de la noche que se harta toda la oscuridad, el mar,
y todo cuanto la memoria convierte en leyenda.

¿Qué hacemos de los recuerdos, sino suculentas pesadillas,
pastores eternos de la hojarasca del sepia,
diletantes rieles, hundidos, en el trazo de las hormigas,
en la arista de la alacena,
preeminente del falo dentro del ombligo, cuyo cielo sirve de santuario?
¿Qué hacemos ante las ventanas movedizas del presente,
de nuestro presente cazador de símbolos macabros,
de nuestro presente, ciervo del asedio y la embriaguez?
Nos escinde este furioso mercado que andamos
como un encaje de cadenas, a punto de hacernos desfallecer
en el intento de vivir: sí, y no es para menos este tránsito de cascos
en el pecho y que, en momentos hiere hasta el aliento,
vuelve desierto la carne, desnuda lo desnudo ya del alma,
en tensa ferocidad de siglo.

(No pudimos entender de otra manera este universo:
ahora nos diluimos como tiliches; jamás aprendimos el secreto
del escriba en su vigilia de páramo esculpido en senderos
de oscuridad, en el lindero de lluvia y viento a raudales.)
Jamás, digo. Y es cierto, tanto pulso entre garras, desvaríos
en el bramido de las aguas de la fosa sucia de la desesperación.
Asumimos la oscuridad sin reivindicar la claridad:
todo camino dentro de la flama es incierto…

Barataria, 22.I.2012

sábado, 28 de enero de 2012

PONIENTE DEL SIGILO


¿Acaso permanecer es estar en sintonía con la memoria?
¿Acaso las palabras no dejan huellas indelebles?
¿Acaso el tal vez no es sólo una lanza ensangrentada, clavada
en las sienes hasta tocar la magnitud del desvarío?
Fotografía de André Cruchaga





PONIENTE DEL SIGILO




Siempre la razón guarda con sigilo aquellos cielos de estío
de la memoria, de otro modo, estarían abiertas todas las aguas
al torrente de la intemperie, al vendaval de las profanaciones.
Se ha vuelto costumbre vociferar en torno al kerosene,
morder despiadadamente las telarañas de la espuma,
haciendo de la confusión un vaso con peces frenéticos, veredas
de extrañas voces, cuando el gusano del instinto se impone a la luz,
cuando la obscenidad del pensamiento se ha vuelto entre
nosotros perennidad ciega,
lecho de tumores en el alma, sopor de gusanos prolongados.

¿Hacia qué rumbo nos arrima el pavor, el desequilibrio
de la razón en su presagio de equilibrista del olvido?
Estoy sin poniente, sin más que el sigilo pervertido, aventado
a la perversión de la ceniza, como un rostro en la sombra
con sus labios cerrados, inmolado en el torbellino de los huesos?
¿Acaso permanecer es estar en sintonía con la memoria?
¿Acaso las palabras no dejan huellas indelebles?
¿Acaso el tal vez no es sólo una lanza ensangrentada, clavada
en las sienes hasta tocar la magnitud del desvarío?
¿Qué hacemos para andar en sigilo en medio de la noche diurna,
guardando los secretos de la propia respiración y la ajena,
salvarnos de las almas descompuestas, olvidar la nostalgia
y el sollozo cuando el humo viola la transparencia?

(Vos y yo entendemos los puntos suspensivos de la memoria,
cada sobresalto del fuego en los sentidos, la luz visible en la sombra,
el plano cartesiano derramado a borbotones.
Nos muerde el revólver del crepúsculo; a menudo la eternidad
se intuye en el sollozo, cuando irrumpe el traje de la angustia
en el alma: calendarios rezagados en la frente.)

Ante este tiempo de vacíos insoslayables, nos aferramos al destino,
de otra manera no podríamos vivir en medio de multitudes
que olvidaron cualquier presagio suscitado en las calles;
—caminamos, es cierto; llevamos en el cuerpo manos deseantes,
y días cuya monstruosidad espanta.
Así atravesamos la otredad de las llaves, el magnetismo incierto
de las puertas, la embriaguez que roe las entrañas.
En cada cerradura hay soledades carnívoras, colillas de extraño
calendario, noches que renuncian al ojo
mirando hacia el horizonte, hacia donde la aurora es ventana.

—Nosotros seguimos, sin embargo, anegados siempre de espera:
Espera para lavar el aliento de la sangre que hizo crujir la garganta,
espera para secar los ojos de la sal curtida en la cara,
espera para descifrar el caracol de las palabras,
espera para derribar los muros muertos y las cadenas,
que todavía dilatan nuestras extremidades…

Barataria, 20.I.2012

jueves, 26 de enero de 2012

DESTINO DE LA SOMBRA


¿Hacia qué escondrijo bajo tierra, cada féretro es memoria,
consumado trino del confín? —Siempre ha sido arduo el camino
a caballo y sin montura, el deseo confundido sin compartir
labios, sin que el musgo deje de estar entre las manos.
Fotografía de Lázaro Aguirre





DESTINO DE LA SOMBRA




¿Hacia qué destino me llevas cuando apenas he comenzado
a pronunciar palabras, ventana fugitiva de mi sed, bajo la sombra
del aire, entre arenas y espumas y ceniza?
¿Qué suerte es esta del camino quejumbroso, temblor de huesos
y asfixia, muerte sin fin derrumbando el pecho, la espina
en la piel, sin descanso, sin tregua, ciego horizonte del ciego?

Me muerdes como el perro rabioso que desconoce a su amo,
me hartas los ojos sobre la piedra de la sombra,
me hurtas el único mar que he conocido: la luz purificada
en la ventana, el blues que descendió del pájaro furtivo. Me llamas,
para cundir de páramos el fuego,
el beso que le di a la dicha poniente del clamor de los días,
el roce de piel, tibio, entre los encajes ceñidos de la turgencia.
Ahora me convocas cuando ya he derribado los muros
de las paredes sordas de la tristeza, cuando la vida es oíble, fresca
en el follaje, justo cuando esquivé tantas ausencias.

¿De qué mar o río llenas tus arcanos, la niebla sobre el espejo,
las astillas de la sombra como un granizo, el candil conspirativo?
Somos, después de todo, la sombra en la tormenta del destino:
en cada catacumba hay hamacas de abismos,
días con los dientes de las bisagras desangrados, ratones,
royendo el nido de los pájaros,
sombras urgidas al fondo del taburete del traspatio, debajo
de la hebilla imantada del calendario, absurdas lunas retenidas
en el cielo falso de los cartones, horas líquidas con el sabor
de la salmuera, aguas en el mentón pálido de la tristeza que inundan
las manos hasta sajarlas, volverlas cuerpos flotantes.

Me llamas ahora cuando la risa dejó de ser imperceptible
y fue retirado el hollín del tabanco, y la herrumbre de las verjas,
y la polilla de la madera. Me asedias, así, sencillamente
cuando gané el fervor después de tantas batallas,
después que el fuego purificó las raíces y desapareció la zarza;
me pregunto si, entre tanta afonía, aún estás en todas partes
como las paradojas, ficción o realidad, me devuelves
a la indigencia de la respiración, entre la noche, vos, sombra
polinizada, hecha de no sé qué materiales para cegar las pupilas,
y volver enjambre de ceniza toda la sed acumulada.

¿Hacia qué escondrijo bajo tierra, cada féretro es memoria,
consumado trino del confín? —Siempre ha sido arduo el camino
a caballo y sin montura, el deseo confundido sin compartir
labios, sin que el musgo deje de estar entre las manos.
Los días se suceden como lobos en la cotidianeidad: cada sombra
o destino tiene sus propias fauces; por eso cada agonía
es singular palabra en el espejo, altar si se quiere, del propio
aguacero: agonía en el vilo de la carne…

Barataria, 18.I.2012

martes, 24 de enero de 2012

REVELACIÓN (COLLAGE)


En las aceras no cuentan los itinerarios, ni el pie ulceroso
ante el resplandor, el desvelamiento de la destrucción: el labio súbito
del carbón frente a tantos rostros que dejaron manteles vacíos,
soledades y tristezas como un solo río sospechoso, sin desagüe,
asidas a cada vértebra, sobre el cartón cedido por la escarcha.
Fotografía de Lázaro Aguirre




REVELACIÓN (COLLAGE)




En el fondo del pozo de las luciérnagas, hay espectros forjados
de deseos, anillos encarnados en el infinito de las alas,
y hasta vendavales de ojos, colgando de las palabras que escribo.
Sobre las raíces, el musgo devorado por la noche,
la ternura a punto de ser un candil ínfimo carcomido en el collar
del balastro de los días de la semana confundidos en el lápiz
sedoso de la flama del candil, el cirio tocado por las axilas,
el ventarrón del tabanco mordiendo las alas con el hollín
a quemarropa del ramaje de los dientes: ahora nos prolongamos
en la avidez de la herida, en el altar siniestro del colmillo,
como ese ruido sordo que hacen los troncos de los árboles
cuando caen en el vacío;

las entrañas desgastadas de tanto copiar olvidos: el fuego desvela
los fondos más aviesos, más tiernos, los ojos más densos
convocados por el aliento; la porción de lava extrema en las costillas,
que luego se torna en crujiente espejo,
crepitación nunca vista de alfileres oxidados en el trasmallo
que el tiempo ha ido haciendo en la cuajatinta del extremo
de la piedra, en este cielo donde vivimos a pesar de todo: días funestos,
afiches, slogans, vallas publicitarias, moscardones en ojos desahuciados,
mientras las aguas transcurren con cierta sinuosidad,
con ese negro profundo de la herrumbre
hecha de tanta intemperie, sobre el nido deshecho del pájaro,
sobre las manos contagiadas de la brasa destruida del calendario.

En las aceras no cuentan los itinerarios, ni el pie ulceroso
ante el resplandor, el desvelamiento de la destrucción: el labio súbito
del carbón frente a tantos rostros que dejaron manteles vacíos,
soledades y tristezas como un solo río sospechoso, sin desagüe,
asidas a cada vértebra, sobre el cartón cedido por la escarcha.
—Vos, con tus cabellos negros sobre la lámina de la noche:
la duda nos asalta cuando las manos se ponen yertas, frías bajo
la desnudez de la respiración,
hojas grises del viento voluble del aliento en medio de la neblina
del latido, cerrados líquidos girando en el rostro.

—Yo, por si acaso, río en medio de tantas pestañas postizas:
engañosos entrecejos del relámpago en el junco de la conciencia;
es sano reír sin analgésicos, mojado con las aguas del fingimiento,
llevando dentro, por si acaso, bufandas inefables,
otras mordidas más sutiles en el alma, otros cuerpos encendidos.
En su inmensidad, la piedra seguirá siendo piedra, —nosotros,
aunque lo ocultemos, lentas lágrimas de esta claridad giratoria
y antojadiza. Nos acercamos al centro del basalto, —yo, vos, partes
oscuras del braceo de los peces en aguas que nos beben los párpados,
en esa sed ronca de los túneles en la deshora del vértigo.

Barataria, 16.I.2012

domingo, 22 de enero de 2012

MADRUGADA DISPERSA


Hacia el camino llevo caballos de sueños, bitácora de apóstol,
humo denso en las sombras del bigote: es parte del equipaje
asido por mis manos para andar la marcha,
todo el vapor horizontal del horizonte en el rapto del arco
de la mariposa que desviste las curvas del vuelo hasta la entrega.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





MADRUGADA DISPERSA




En la aldaba de la puerta, el destilador del cierzo, las mañanas
incontables, la historia movediza de los ojos de todos los días.
El cielo como un alambique de huesos: a veces se asoma la escarcha
de los recuerdos, el fondo de los objetos con apetito de brazos,
cualquier avidez es parecida al éxtasis,
al yeso disperso de la madrugada, a la hoja que naufraga
en los párpados y allana las sienes con trabajosa complicidad.

Era recrear el titubeo en el ojo de los mástiles, en la franela
frenética del cierzo desvivido en la madrugada,
casi como una camisa fugitiva de delirios,
con la justa desproporción que producen las antorchas desbocadas,
sobre el punto apretado de las estrellas del planisferio.
Hacia el camino llevo caballos de sueños, bitácora de apóstol,
humo denso en las sombras del bigote: es parte del equipaje
asido por mis manos para andar la marcha,
todo el vapor horizontal del horizonte en el rapto del arco
de la mariposa que desviste las curvas del vuelo hasta la entrega.

Aquel muro de silencio a mitad del ojo que contiene las corrientes,
las aguas del río crecidas de las estatuas,
los meses diurnos del hallazgo de la lámpara, la lluvia atrapada
en el cuaderno del pecho: nacen auroras al punto de hacer
crecer el aliento, la servilleta de la nube sobre la mesa de los juegos
de la altamar de los desheredados, la raíz vertical del espejo
que cae como un disparo en el pavimento.

—Me paro en algún resquicio de los puentes por aquello de la sed
y las oscilaciones, sed de invariable omnipotencia,
aquel espacio de sonidos en torno a los lóbulos,
altas yerbas en la telepatía que la hoguera avienta cargada
de presagios, pensamientos, sombras, pedazos de miradas.
En los cuatro puntos cardinales, la imagen del éter, el prisma
secular de los pétalos, el plano cartesiano montado en las montañas,
el hangar de las axilas en la intemperie: nos lame el tiempo,
con su fondo pervertido,
las aguas al punto del ceño, cuaderno líquido suspendido
en las manos: hay tantas madrugadas dispersas y sin llaves,
voces, cifras, colgadas en alacenas como trofeos de trementina,
como hambre de salir en la autopista de las enredaderas.

A la hora del búho, lanzo mis respiraciones despojado de techos,
sólo me quedo con los abanicos de la neblina,
con el pie derecho puesto en ala de los hemisferios,
con el aire y su proeza de párpados, con ese picoteo del seno diurno
diluyéndose en mi garganta, como un jardín de begonias.

Barataria, 14.I.2012

viernes, 20 de enero de 2012

TRASIEGO


Cada vez tenemos a las funerarias como estandarte,
es nuestro número de identidad propagado, sobre el muro
cándido de los alquimistas, —hoy en día, nos llenamos de ese
aguacero de las alegorías, de tantas y tantas alucinaciones,...
Fotografía de Lázaro Aguirre





TRASIEGO




El día está lleno de sortilegios.
ÍTALO LÓPES VALLECILLOS




Me aferro, cada vez, al trasiego que la memoria hace de las azoteas,
acaso porque vengo de refundar la luz en el alambique del bosque,
junto a la respiración que sacude el desvarío, el día que nos pone
en diferentes caminos para atravesar los límites de la garganta.
—A veces trasegamos nuestras propias acechanzas;
escapamos de la nostalgia antes de pervertirnos
e incendiamos el sobresalto junto a las sombras que nos disparan
los sentidos, el ojo encadenado a la gota de la salmuera,
el pleno párpado derramado en las palabras.

Ante la hondonada que nos produce el vacío, nos convertimos
en simulacros del tiempo, engañoso afán, —lo reconozco—
del arroyo en la breña de la gargantas;
no siempre es suficiente la luz para invalidar sombras, ni ganar
batallas en la oscuridad, ni pegarse en el pecho para abolir o asumir
la desfachatez del pecado, ni cambiar de calle con el mismo
pañuelo y los mismos zapatos:
hay algo más esperanzador que salir de las propias turbulencias,
de los estragos del moho en el pan, de la pugna entre el bien
y el mal, de los rescoldos del maleficio si nos faltan llaves.

Vivimos días de estériles maderas; a menudo la impotencia
nos vuelve proscritos en nuestro propio patio; el tiempo simplemente
nos reduce a crédulas cenizas, a roncos martirios de ropa sucia,
a la turbulencia alimentada en el harapo.
Cada vez tenemos a las funerarias como estandarte,
es nuestro número de identidad propagado, sobre el muro
cándido de los alquimistas, —hoy en día, nos llenamos de ese
aguacero de las alegorías, de tantas y tantas alucinaciones,
que le restamos importancia a las palabras y elevamos a púlpito
la indigencia, —hacemos de la espuma, una gesta heroica,
y santuario el crepón de la queja.

Ante la hora muerta, sólo deben existir los pretéritos sin más
derivaciones; la ambigüedad siempre es un arma de doble filo
para quienes creen en las suplantaciones del zodíaco,
para quienes activan la saliva de los oráculos, sin tomar en cuenta
los residuos del desvelo.
Me resisto a la incineración de mis propias ausencias:
trasiego, por si acaso, la duda en almácigo, los juguetes y el olvido
en caracoles, el sueño, en mi trabajo irremediable;
al final del día, sin sobresaltos, acudo al espejo: el ojo busca
el asombro, no la bruma del paraguas en la herida.
Procuro salvar la ternura que todavía queda al final de la jornada,
así queda escrito en el envés de mi cuaderno de apuntes:
del estiércol se encarga la noche, supongo…

Barataria, 12.I.2012

miércoles, 18 de enero de 2012

CLAVE DEL FERMENTO


(La ficción nos acecha con sus propias catástrofes: la ficción total,
maniqueísta como la luz en la soledad, rendijas en la noche,
en la página del insomnio, repartida en el rincón de la vigilia.)
Imagen tomada de Miswallpapers.net




CLAVE DEL FERMENTO




Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre
los ojos de la lejanía, confuso como un fardo,
errante como un médano indeciso en la tierra de nadie…
OLGA OROZCO




Todo el día obstinado en hervir los fermentos del ramo de polen
dentro del suspiro. Todos los días un fuego diferente, el mismo fuego.
Al parecer la levadura crepita en la delicia de la espuma,
Impregnada de labios y ojos, donde se presiente la vida;
en el barril confiado del pecho, el secreto destino convoca
a la dulce embriaguez de las sienes,
en medio de los peces que flotan, el fluir del aliento desde lo íntimo,
desde el ojo que se impregna en la tierra.
(La ficción nos acecha con sus propias catástrofes: la ficción total,
maniqueísta como la luz en la soledad, rendijas en la noche,
en la página del insomnio, repartida en el rincón de la vigilia.)

Desde luego, durante las semanas, transcurren gastadas hambres,
disfraces que no siempre puede desahuciar el olvido, ni la vida
en solitario, en retiro de la intemperie;
los ojos arrebatan la piel de la desnudez, ese telar de raíces,
sueños y piel, la consumación hilvanada por el fermento del traje
hecho a la medida de la memoria.
Siempre está presente la panela de dulce y la canela, el anís,
con todas sus letras unidas y contiguas, frutas con humedad,
adjetivos y cópulas, hasta responder al poro callado.

Cabalgan los trenes sobre la piel, mientras ésta enmudece
en los rieles que la unen, en la bebida furtiva del péndulo que sube
junto al poro del ardimiento: aprendemos que también
los nombres se dilatan en las palabras,
igual que la sed saciada en los toneles del vértigo, en cada poro
habitado por el aire, en cada corriente insaciable de estertor.

Siempre estamos junto a las cortinas de la obstinación; el deseo
pervive aún en la orfandad, en la mutación del paisaje liberado,
—está ahí, como una fiebre sin fronteras, mutante,
sin agazaparse en los espejos del día, porque a fin de cuentas,
tiempo y espejo, son partes de este ritual: fluviales cuerpos
con sus propias esencias. Sustancias que se hacen una
en la fundación de la batalla, debajo de sí mismos, validados
por el sueño, acaso la misma ceguera inexorable tatuada en los poros.

Adentro, en lo profundo, el oleaje es fuerte:
Al final, resulta arrasada la materia a raíz del vértigo;
siempre es así cuando la bebida se encarna en el tiesto de la bebida,
cuando la corriente ahonda en el vaso su fermento,
cuando la mano pugna por el foso,
cuando la sed, en su ebriedad mutua, hace caso omiso del lindero,
cuando al fin, la bebida retumba como un relámpago,
cuando el ronco azote, muerde los ijares del laberinto…

Barataria, 10.I.2012

martes, 17 de enero de 2012

INCENSARIO DE LA BRASA


He caminado sobre el alfabeto más inhóspito de la hojarasca,
—y vos, sueño, ¿dónde estabas entonces?
¿en qué ordeño, conjuro y cocina? ¿en qué mar sin mirra
de jardinera? ¿en qué destello te hiciste leña para la fragua?
Imagen tomada de Miswallpapers.net




INCENSARIO DE LA BRASA




Es sobre todos los goces de la tierra
y sobre todos los deleites
y sobre todo los contentos.
SANTA TERESA DE JESÚS [LAS MORADAS DEL CASTILLO INTERIOR]




Quemo mis manos y mis brazos en el braserillo del incienso, ciego afán
de mi conciencia presa de pálpitos: como un monaguillo esparzo
las sombras enlazadas a la providencia de redimir mi ánimo
en letanías. En ardimientos extasiados. En rezos de inmemorial
escritura, pues dicho está que hay que dispersar los sueños,
y a cambio, la respiración de los papiros,
de la más alta liturgia del espejo, del más alto aroma del respiro.

Quemo mis manos como lo hace el abad con su devoción de vigía,
salmos y evangelios aquí, en el retablo del pecho,
aprendiendo un destino diferente en el sahumerio de la alianza,
sumido con gozo en el jardín de las palpitaciones,
ardido en la recurrencia de la transpiración, después de trascender
en el desvelo de la noche que incendió mis balsas, de la brasa
que nunca me convirtió en escombro,
sino que me elevó a la alacena del tiempo infinito,
no ese que desgasta como un océano la tentación de la lluvia.

Aunque fui pájaro buscando nido, encontré en mi propio
subconsciente, la semilla del guiso, la estrella primordial de la leche
en el regazo de los lirios,
blancos lirios de luna y alacena, de solar crisálida.
Digo, ahora, que el embrujo me viene de lavar los pies en el horno
de la Gracia, consagrado a la espiga que sostiene el arcano;
digo, además, que no en vano,
he cruzado la noche del día, la zanja de fluir en el agua,
la sal de los barcos crepusculares, la agonía que en un instante
parecía hogaza en el desván de mis ojos, en el muro del lamento
de la batalla emprendida, mendrugo de alas en mi balbuceo.

He caminado sobre el alfabeto más inhóspito de la hojarasca,
—y vos, sueño, ¿dónde estabas entonces?
¿en qué ordeño, conjuro y cocina? ¿en qué mar sin mirra
de jardinera? ¿en qué destello te hiciste leña para la fragua?
¿en qué poyetón se volvió parábola la hostia y el pinar en trino?
Quemo mis manos. Las he quemado. Ha ardido, también,
El entrecejo en la ceniza; y ya habiendo respirado los ecos
de lo ilegible, emprendo de nuevo la lectura de la miel, el aroma
y el aceite. La alacena, entonces, es un arca sin pañuelos,
donde los días oscuros se vuelven incienso y harina
para la normal comida del adviento.

Quemo mis manos. Ya las he quemado: ahora es nuevo el imaginario
que las puertas me proveen. Nueva la palabra aunque haya estado
en la bruma más antigua. El tiempo enfunda su pasado...

Barataria, 09.I.2012

sábado, 14 de enero de 2012

HOJA NOCTURNA


Mordemos el bozal del suspiro a quemarropa de la espera
del hilván, el pespunte de las lápidas como una sastrería de fiebre,
vertiginosa —penumbra cayendo en el tórax de los días amargos.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





HOJA NOCTURNA




me busco en los oscuros acordes
de profundos despertares
en orillas densas de cielo.
SALVATORE QUASIMODO




Ahora es al tacto, lo que el asombro a los ojos. Dudas en la intimidad
de la noche, calles al amparo de la incertidumbre. Aquí la hoja
de ruta del destino, la torpeza de las sombras alrededor de mi sombra.
Mordemos el bozal del suspiro a quemarropa de la espera
del hilván, el pespunte de las lápidas como una sastrería de fiebre,
vertiginosa —penumbra cayendo en el tórax de los días amargos.
Hay ásperos sudores desbordados en los peldaños de la escalera
cuya dimensión impone terrestres aguas, delirio de esquinas y tiempo,
sinuosos bosques de ausencia,
y más, bocas como tiestos quebrados, oscuros collares de saliva,
por donde la materia repite su propia fuga.

Sobre la piedra, el ansia curva del aliento; las semillas de la conciencia
buscando su infinito, los desorbitados terrones del alba,
la herrumbre ahogada en las recetas, la puerta masticada
de las pesadillas a media asta de las aletas de los peces.
Hay hojas como espuma que el viento sacude sin ningún reparo,
intemperies que de pronto parecen sortijas indelebles, agujas ciegas
en el polen fecundado de la roca efervescente del acantilado,
de pronto brazos que nunca germinaron en brazo alguno,
sino en la breña torcida del aire,
en los sueños ensimismados de la fiebre,
de pronto en la cerradura enmudecida de algunas armónica,
quizá en la disonancia de la caligrafía posesa de puñales.

Pienso en la medianoche de los ojos del náufrago: el horizonte
oscuro, lento del sollozo, los ecos de la sal como un arado
en los poros, la piedra de la muerte haciendo densos los dedos,
masticando la sangre hasta el fatal desenlace.

También el fuego, sin rescoldos, devora inexorablemente, los jardines
del ardor. El suspiro responde al silencio,
hay flechas y dardos en el camino, y ojos vaciados por el tiempo.
Desde siempre veo sólo la imagen de la ceniza a deshoras de la luz,
desde siempre el rompecabezas de la noche en la alacena del miedo,
desde siempre sobrevivo a los eclipses, aunque el abismo esté allí
como un candil imprescindible para atisbar los círculos,
o el planisferio ahogado en mi boca.

A menudo llueve más en los párpados que en ningún otro sitio:
me ahogo en el cenicero junto a las colillas, en el tintero sin reposo
de la vida, en la mirada oscura que emerge de la almohada,
en el triciclo del grito, pájaro ciego en el reloj del espejismo.
Dejo que todo llegue a su propia nocturnidad:
la sed, la voz en silencio, el filo desbocado de los grillos, la palabra
seca en el peldaño de la lengua, sin renunciar a sus ocultos fuegos,
sin dejar de ser sombra en la hoja de la noche…

Barataria, 07.I.2012

jueves, 12 de enero de 2012

LITURGIA ABISAL


Mi destino lo busco siempre destejiendo las telarañas,
de otro modo carecerías de enigma los ángeles y los demonios.
Cuando deje de volar habré aprendido el algoritmo del olvido.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





LITURGIA ABISAL




Sin mediar en las honduras, murmuro en la rama de las palabras
las contradicciones, los dedos siempre del amanecer hundidos
en la ceniza; se evapora el tren de la furia de estos días,
el humo del candil sustituye las colillas del incienso, el farol
del punto y aparte de la saliva, reparto la raíz cercenada
de la febrilidad, entre paredes enmudecidas de ojos, entre un espejo
y otro a la velocidad de los panales.

Hay profundidades donde caen fríos los sombreros.
Despierto sobre las piedras con crujido de nostalgias;
jamás pensé que un día el horizonte sería arroyuelo donde
para lavar la sombra de mis pies;
toco los altares manchados de ceniza, mi existencia que se afirma
en los fantasmas, en los círculos grises de la sed.
La fugacidad siempre me ha parecido un donde de la misericordia;
dejé de contar los días para no equivocarme en las respuestas.
Mi destino lo busco siempre destejiendo las telarañas,
de otro modo carecerías de enigma los ángeles y los demonios.

Cuando deje de volar habré aprendido el algoritmo del olvido.
Al filo del escalpelo no escapa el aliento,
pero la sangre del verdugo nos alcanza hasta tocar fondo.
Nunca aprendí a rezar el Padre nuestro porque toda voluntad nace
de uno, cuando tuve sed, todos los odres estaban vacíos.
Del picaflor a los demás pájaros reinvento la fugacidad del vuelo,
así les respondo a quienes bailan con serpientes.
Siempre que uno se interna en la habitación del alma, la puerta
contra el frío está más segura, de lo contrario uno moriría
en el riel subterráneo del camino cruzado de la ansiedad, aunque hoy,
por cierto, nadie escapa de ciertas ansiedades:
hay crujido de celdas por todos lados, la honestidad se ha convertido
en un bien difícil de encontrar sobre la mesa, —pasamos de la mazmorra
a la calle sitiada; de la huella al vestigio del olfato,
del libro, al jeroglífico; paredes abandonas apretando el asfalto.

(Vos con tus curvas de ola llegando a la orilla del pecho: lisos grises
de una soledad en fuga, hacia el tallo confundido de las manos;
desnudos los cuerpos en la solapa del viento, hacia el hueco
de la fuga, anillos de tierra cimbran su metal en las ingles,
allá las voces desordenadas en los dedos, queriendo llegar al margen,
o al centro de la piedra cóncava que nos sostiene.
Vivimos tiempos de caminantes sin zapatos. La fuga nos cobija.)

Barataria, 05.I.2012

martes, 10 de enero de 2012

FÓSILES PERPETUOS


Sería ilusorio, ahora, pensar en el respiro, —el oficio de la noche
es una realidad viviente: vuela como el ave de lo antiquísimo,
pervierte la nostalgia, —nos lame el pedernal del subsuelo,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net




FÓSILES PERPETUOS




Porque ante todo vine para ver si los cuerpos
eran como los cuentan.
CARLOS BARRAL




Hay fósiles perpetuos en el ciprés tocado por brisas que muerden ventanas,
 por esos jardines que uno respira en la penumbra
del aliento. Cada fósil, pergaminos, ánforas, disueltos, videncias
fermentadas del caos que una vez vivimos bajo el golpe
del desalojo, en medio de los anillos de la aurora.
Vivimos continuamente el contrapeso de la teoría del relámpago,
hemos sido alimento del delirio de las ventanas, —espejos;
hemos sido lámparas al parecer en medio de las aguas, —la noche;
hemos caminado redondas mesas de ceniza, —el despojo;
hemos caminado sobre rieles, —castillo de naipes, vértigo;
hemos escrito en la pizarra de los párpados, —memoria de la noche
en el seno del entrecejo, en el filo del hacha.

Hemos ofrecido nuestros brazos al candelario, —la vigilia;
la sed nos hizo lecho y noche, latidos imaginarios, hojas sin destino,
presas fáciles de la oscuridad de las almohadas, —linternas
sin proclama, inminente burbuja en el quejido de la niebla.
El candil sin flama corroe los huesos transpirados, —huella
múltiple de la noche, grito del seno en el litoral calcinado,
velamen del suspiro que sólo tiene existencia en la quimera,
—dilema cuyas aves contemplan la diadema de las aguas en la pupila,
la sombra náufraga de lo que fue cada instante.

Vertimos el péndulo en ceniza, —el amor en oscuro eco de palabras;
mordimos cada estrofa de la razón, —la noche anticipó el deseo,
y asumimos así el vuelo, hasta el desequilibrio de la balanza;
construimos nuestra fosa común en la bocina de los aserraderos,
—el asombro duró lo que dura el silenció prolongado en la noche:
susurró el cuerpo desnudo como un ave moribunda,
aún los pies recuerdan tanta paradoja, —¿dónde quedó el vitral
de las parábolas, la primera aurora, —la noche peregrina
entre nosotros, vos a los pies cristalizados del fermento?

Sería ilusorio, ahora, pensar en el respiro, —el oficio de la noche
es una realidad viviente: vuela como el ave de lo antiquísimo,
pervierte la nostalgia, —nos lame el pedernal del subsuelo,
el éter de los abrigos se rompe en las sábanas, —nunca dejamos
de inaugurar el abismo, la corteza escarpada del desaliento,
las exclamaciones recurrentes de la oscuridad, —¿quién lo diría?
pero pronto anochece, —escapa de nosotros, todo lo semejante
al cierzo, la cumbre del sonido, el nosotros del surco, el fuego;
—jamás escapamos de la veneración de la zarza, así nos fueron
dadas las miradas sobre la brasa, —el aliento proscrito del tiempo,
el escombro estilizado de nuestra memoria. —Así nos fue dado
el vuelo, —doble cuerpo termal de fósiles en la primavera
petrificada del añico, —apariencia de la cicatriz conferida…

Barataria, 02.I.2012

domingo, 8 de enero de 2012

SOMBRA MARGINAL


He sido, parte de esa hondonada presentida,
parte del gris de los tabancos, —levito así, en la respiración
de las palabras, en las aguas florecidas de la tristeza, en la manía
de las lámparas que queman el paisaje.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SOMBRA MARGINAL




Cada sombra pone su eternidad en el templo de los cirios.
Lo que descubro alrededor del aroma, es la valija de viaje
que los relojes murmuran en el alma;
tengo la costumbre de ver mis ansias en el éter, dentro de la rama
de incienso de nuestros brazos extendidos.
En la ribera del riachuelo de la saliva, los recuerdos corroen
mi memoria, —no tengo escudo para evitar el dolor, sino esta hora
de ojeras en los ojos, este tiempo que engusana la herida;
es como haber enguantado de podredumbre en las raíces del abismo,
es como estar sumergido en los automatismos
propios de la pesadumbre, hacia el mismo sitio de los párpados.

Alrededor anidan brebajes amargos: cascos y herraduras muerden
el aliento, luego la llovizna con adobes sentenciosos,
oscuros minutos en los clavos de la puerta,
hogueras que hacen sangrar el resuello, la lección del espejo,
los difusos jardines en la orfebrería de tantas promesas.
Hay pañuelos en todo este ventarrón fúnebre que sobrevive
a la respiración, por alguna razón el hollín está presente
en los días que caducan, pero también en los días aun no deshojados,
—están aquí, las noches y los días,
aquel espejo de soledad que bebió salmuera de esquirlas,
la sombra marginal que recrea los meridianos terrestres, el aliento
acaso el alma herida en la noche, la sed que libró batallas
en la garganta, la llama del césped mordiendo las enredaderas.

La gesta ante la sombra no caduca: toda ausencia es una sombra
que duerme en el fondo del alma, enjambres de esperma
repiten la leyenda, el galope de siempre del goteo;
el brocal del pecho sostiene la piedra intemporal del rostro,
permea la sal de las fronteras de la claridad, reverberan las jarcias
de la noche con los desechos de la muerte.

Estoy en medio del terror de los caminos, al costado arde la luna
con las semanas sin domingos, con ese quizá que permite
el alfabeto, con el azogue acomodado en los pensamientos;
repentinamente, las ventanas, también se vuelven sombras, siglos
de vacíos en el rostro. He sido, parte de esa hondonada presentida,
parte del gris de los tabancos, —levito así, en la respiración
de las palabras, en las aguas florecidas de la tristeza, en la manía
de las lámparas que queman el paisaje.

Guardo toda la nostalgia en las raíces de los pinos. —Nosotros,
los que atravesamos los puntos cardinales de las piedras,
somos ahora, el íngrimo frescor del paisaje, el desuso de la alcoba,
la naturaleza muerta en el estanque del asombro.

Barataria, 02.I.2012

viernes, 6 de enero de 2012

JUEGO DE PALABRAS


¿Vivirán siempre al amparo del latido, del silencio salvado?
Me adentro con desconfianza a la noche, la cruz o el delirio,
el réquiem de la trementina, la nata del sexo,
suena la melódica en la planicie de los poros, emerge el asombro,
el encaje depurado del suspiro, hilván del tiempo…
Fotografía tomada de Miswallpapers.net





JUEGO DE PALABRAS




¿Cuántas veces soportará el desatino de ser
tan excesivamente nada entre escombros?
¿Qué precio en cada aguja que lo desenreda?
FLORIANO MARTINS




Debo pensar que las palabras sólo son un juego a media asta
del círculo de las telarañas, en cada una de ellas, las nubes
de las ventanas, la tempestad del guijarro en mis anteojos:
a perpetuidad la facultad de soñar, quitar de la risa el desuso,
saltar sobre el granito alrededor de todos los fuegos.
La vida es constante, aunque haya,
vacíos en el viaje, aunque a veces me pierda en el raciocinio.
A menudo en el camino perdemos la capacidad de soñar:
perdemos la altura del arcoíris y del ala,
la íntima libertad de la lámpara sobre la sombra siniestra de lo oscuro;
avanzamos en el peldaño falso de lo oscuro,
descubro sobre el mantel, el filo de las servilletas, el despojo
en muletas del salero donde el suspiro levanta la ceniza.

Cercado por la penumbra, entre la opacidad de la polilla,
debo sacudirme la pesadumbre, el grito de los relojes a deshora,
el relieve sin erección del filo de las tijeras, el pan congelado
de los jardines, ese frío adusto que hace temblar las manos.

—Por cierto que la sortija de la palabra, a menudo es engañosa:
en el aire avanzan por veredas inútiles,
están plantadas por sombras estremecidas de ecos,
la arcilla y el musgo las hace quebradizas, como muchas
conciencias, vitrinas absurdas donde las libélulas carecen
de bolsillos perpetuos, y el ahora, un pájaro sin monedas,
y el plumaje de la noche con calambres,
y el aleteo del alba con grietas en sus paredes,
y la materia como un girasol de granito,
y los trenes sin oráculo en su largo recorrido de rieles líquidos.

Las palabras tienen destellos de caballos nocturnos, oscuros
balcones donde las telarañas se vuelven equilibristas del tiempo,
metales a la vista de la herrumbre, momias de orquídeas,
cardos de imposible poesía. Se vuelven incomprensibles al abrazo
y sin embargo arrasan con el puzle de la ropa,
incandescencia de ojos en el catecismo de los poros, en el pubis
azul del parpadeo, en el duende del reloj tendido en los cabellos.
Unas tienen dudosa procedencia:
trabajan todo el tiempo en la oscuridad del fuego como tarántulas
colgadas de persianas, recorren sangre y semáforos,
encienden heridas con aleteo de onomatopeyas, con puños amargos
de tierra incandescente.

¿Vivirán siempre al amparo del latido, del silencio salvado?
Me adentro con desconfianza a la noche, la cruz o el delirio,
el réquiem de la trementina, la nata del sexo,
suena la melódica en la planicie de los poros, emerge el asombro,
el encaje depurado del suspiro, hilván del tiempo…

Barataria, 01.I.2012

miércoles, 4 de enero de 2012

FÉRETROS DISPERSOS


Nos mordemos los calcañales al pie de los cementerios: nosotros,
los de siempre, abatidos por las municiones de la noche, nosotros
en el ciclón ambiguo de los guijarros, entre tejados y escarabajos,
en medio de tantas lámparas de grises.
Fotografía de Davis Count





FÉRETROS DISPERSOS




Pesan tanto los féretros enloquecidos en mis párpados
que he decido hacer un almácigo de espejos, fermentar
los números del calendario en la ceniza, recrearme a mí mismo
en la jaula de las mareas.
De otro modo deja de tener sentido el desalojo del aliento,
la puerta estrecha de las monedas en mis bolsillos, el bosque
del contrasentido de la lengua, Diógenes en los fragmentos del alma,
del tiro fijo del horizonte sin más sombras que las contradicciones
que da el desamor.

Nos mordemos los calcañales al pie de los cementerios: nosotros,
los de siempre, abatidos por las municiones de la noche, nosotros
en el ciclón ambiguo de los guijarros, entre tejados y escarabajos,
en medio de tantas lámparas de grises.
La lengua oscura de la madera nos llama a la cena,
océanos de memoria hierven, migran, hacia los vegetales de la moche,
hacia el fermento del ojo sobre la piedra-mundo de lo absurdo.
A veces la miseria nos divide a dos mitades:
caminamos entre calles sin sostenes; ¿podremos soñar algún día
libres de ciudades enmohecidas? ¿Serán las vitrinas
las únicas abejas transparentes alrededor de los ojos,
o es sólo el espejismo de nuestros últimos días?

—Cada vez nos volvemos inciertos en el riachuelo de la salmuera;
el hierro retorcido del silencio también con nosotros en el gozne
del día, en la banca despoblada de la noche,
en esa dichosa costumbre de velar espectros punzantes,
el tiempo herido con sus dedos de viaje, caballos sin cascos
en la oscuridad, relámpagos ciegos en el vómito.

—Pesás como la piedra caída en pecho, todas las horas del hambre
ahora en la herrumbre, siempre la noche en el dintel de la puerta,
el ardimiento de las bitácoras y las declaraciones a deshora
de la aurora decapitada del cortejo con la muerte.
Siempre uno está en ese trance de sombras y contrarios,
rodando los anillos oscuros de la sed, las astillas oscuras de la sed,
los misterios, a fin de cuentas, huesos
del arado de los pájaros en el surco interior de la piel.

Nada queda de todos los colores devorados por los alfileres
arrojados a las ventanas, a la mesa que ahora tiene la forma
de mausoleo, el mantel de jardines inciertos, a la lista de espera
que el vértigo desabrocha en la pizarra del torrente.
En los párpados todavía pesa la vigilia del hacha, la cobija
desorbitada de las olas, la diadema de la oscuridad con sus dientes
calcinados, con toda el agua subterránea de los náufragos.

Barataria, 31.XII.2011

martes, 3 de enero de 2012

AIRE IMPRECISO


Entre el vaso del grito y la alegría, caen fotografías
de los últimos colores del arcoíris, el mecate del grito,
el yute del canario perdido en el follaje, la jaula del espejo sin puerta,
el alambique quebrado en la lengua del petate;...
Fotografía de Davis Count




AIRE IMPRECISO




Cuando subo a la rama del árbol, el aire no es del todo preciso,
la electricidad del viento rompe las alas, de noche espero el telar
de la luna, la linterna encantada del Arado, o las Siete cabritas,
el cazador de fuego de las pupilas en plena cúspide del estertor.
Cuando bajo del hemisferio de las hojas, sin embargo,
hay candiles furtivos en el respiro del perro que ladra y aúlla
en pleno concierto de grillos, de gatos lascivos en el tejado;
cuando el pie está firme sobre la tierra, sangran los cardos,
los cálculos renales de las miradas,
la falta de calcio en la elocuencia de la saliva,
este mal mío de caminar siempre a deshoras de la noche, a destiempo
buscando con lámpara de mano el cuaderno del olvido, el fuego
eterno de los campos donde las telarañas se cristalizan en el cierzo.

Entre el vaso del grito y la alegría, caen fotografías
de los últimos colores del arcoíris, el mecate del grito,
el yute del canario perdido en el follaje, la jaula del espejo sin puerta,
el alambique quebrado en la lengua del petate;
en el primer orgasmo de la balanza sin reposo, hay calles donde
los cuervos beben con seriedad la luz gastada de los poros,
el litoral ajado de los peces a media asta de la ola, piedrecillas
como encajes sobre el uso horario del guijarro,
en el cautiverio de las ventanas, sin salida al horizonte o la playa
abierta de las pupilas, así perpetúo los pájaros muertos del alma,
la renuncia a la risa cuando existe en el aliento manchas
de sangre del granito adusto que rompió el himen del primer sueño;
alrededor, siempre las misma rutina de las abejas,
el mismo vals del calendario, salvo el sueño entre las moscas,
los días sin tarjeta de débito,
el sueño roto para la próxima estación que espera sin boletos.

―Tantas palabras, después de todo, para estos aires imprecisos
que muerden la altura del pálpito. Existe el ala rota del itinerario,
el muro de la sombra sin protesta, la verja de uñas espaciada
en lo siniestro: ―existís en la baranda del reloj que resbala
la punta del pie de la piedra, la escalera de abanicos,
existís en la opacidad del ascensor de madera tan oscura como una taza
de mi propia muerte, tan persistente como una hondonada.

De tanto caminar como un desconocido, me río de mis llagas,
del filo de la luz en mis manos, un gran abanico de ceniza precede
a mis zapatos, todavía corren alas en mi pecho,
ante cada negación logro la exactitud precisa, sin muletas.
Contra todos los vientos adversos, todavía puedo leer los periódicos,
y leer el trenzado absurdo de los cauces que recorre el vértigo,
la oscuridad también tiene defensores, quien lo pueda leer que lea
las calles de ceniza del cielo, las emboscadas al deseo,
la miseria elevada a himno en que estamos, demasiada tempestad
de juegos sucios. Al fondo, ríe la fertilidad del caos…

Barataria, 30.XII.2011

lunes, 2 de enero de 2012

OTRO MANUSCRITO CON GAVIOTAS


Cada vez el tiempo hace estragos en los féretros, en cada ala
o espiga que ganamos o perdimos, en ese ritmo arqueado del arcoíris,
en el silencio que le sucede a las estribaciones.
Fotografía de André Cruchaga





OTRO MANUSCRITO CON GAVIOTAS




hacia la honda cuna del ritmo tú me llamas
trayéndome la concha de la profundidad.
CARLOS EDMUNDO DE ORY




Siempre lo supe después de tantas noches de mar, de constelaciones
y jardines: uno se pierde en el azogue salado de las alas,
creí en las noches diferentes, sucesivas del trompo rodando
en círculos simétricos, en la luz levantada desde los ojos, pero fue
engañoso el vuelo, cuando acariciaba el interior de los recuerdos
sentado en el muelle del sueño y la esperanza: todo es realidad
en crisis, la luz al derramarse sobre las sienes, torturan estos días
inciertos, hay un destino que nos gasta innecesariamente,
los ojos de la sal en el yagual de la espuma,
el beso ronco del sollozo,
el odio que brota de tanta monotonía en el espejo.

Pasé años maravillado caminando en el litoral del fuego diurno,
pensé en la llamada “Primavera árabe” perpetua y guardé silencio:
sí, en los párpados puede leerse aquel poema escrito a la noche,
la propia aldaba cerrada de los latidos,
al vilano colgando de las sombras del viento, a ritmo crepuscular
si se quiere, tierra en la agonía del ojo. Durante días he leído
el mismo poema del mar: la labor de las gaviotas al unísono,
toda la alucinación que me produce el pálpito:
(―en el sostén de tus labios contuve todas mis ansias, la labor
de plantar árboles y pájaros, trabajar en las ramas del pecho;
durante largas noches, advertí la oscuridad postrera del calendario,
la harina de los latidos sin ganar la luz…)

Cada vez el tiempo hace estragos en los féretros, en cada ala
o espiga que ganamos o perdimos, en ese ritmo arqueado del arcoíris,
en el silencio que le sucede a las estribaciones.

Tanto puede la noche que nos volvió materia oscura; tanto puede
la niebla que jamás nuestros ojos se aclararon en la hornilla:
confundimos los grises de la neblina con el humo del tabanco,
entre poema y luz, la agonía,
estos brazos encallados en la herida, el pétalo descendiendo
a la precariedad de las cosas: después un siglo sin purificar el cierzo,
el seno derretido o apagado, el reloj sordo que bebimos
en el cruce de los caminos, días jadeantes de follaje, dejados
al pálpito subterráneo del augurio. Altas campanadas de estío
poblando el polvo y la cruz, son el convento para nuestras llagas;
en la lágrima de los peces, hay un aleteo de tormentas,
negros vitrales como una lista de espera en los embarcaderos,
anillos de aullidos, gotas de silenciosas fosas,
caminos que pertenecen a los alquimistas pero no a nosotros:
hijos de la piedra y de torpes gargantas.

Noches moribundas del primer estallido de la tierra.
Ahora tengo sueño. Las redes de la noche son un destino, acaso
el mío, después de aquel destino de besos…

Barataria, 29.XII.2011

domingo, 1 de enero de 2012

HONDONADA DEL AIRE


Al paso de las pestañas separadas de los ojos, la escarcha
del último apetito, los objetos en blanco y negro de la aurora,
la ducha del tiro al blanco de la penetración,
manjar por cierto sostenido por el grito de las libélulas,
amor como el almidón inagotable de cualquier imaginario,...
Fotografía de André Cruchaga




HONDONADA DEL AIRE




La huella de un armiño en las vitrinas heladas
Un grito desposeído y el gesto de la cuerda que danza
Nube o guijarro al fondo de los deltas…
JORGE CÁCERES




Las fechas del calendario son hondonadas de la vida, torbellinos
de la muerte diaria que vivimos en los huecos de la sed;
hay ríos destrozados por el sexo de las campanas y otros sonidos,
por los ojos deliberadamente abiertos en el trayecto
de las palabras, por el estupor del beso cansado en la boca
fría del paisaje que se esfuma en las manos del silencio,
o en los ojos ardiendo de luz,
espadas de soledad del tamaño del cansancio, hay en esta sed
de venas rotas, lámparas a destiempo del futuro, sin decoro
esta sed de brazos, dueña de la sed.

Casi al borde la sombra, el ala mordida del ocaso,
el cierzo del cuerpo en el hastío, el césped de la sonrisa sobre
la piel del tedio, ah los lentos caballos de la rocas,
la libertad a secas de los dedos, el horizonte vestido de azar,
latiendo en el pulso de las sombras,
a las doce campanadas de la alucinación, siempre sombra a imagen
del páramo, alambiques vertidos en la yerba,
como frutas inhabitadas del cielo.

Al paso de las pestañas separadas de los ojos, la escarcha
del último apetito, los objetos en blanco y negro de la aurora,
la ducha del tiro al blanco de la penetración,
manjar por cierto sostenido por el grito de las libélulas,
amor como el almidón inagotable de cualquier imaginario,
lámparas líquidas en el estertor del sexo, arroyos de gelatina
en la boca, sábanas donde cae toda la ebriedad del cuerpo,
las imágenes dispersas del café espeso,
fascinantes dominios del abismo alado, del calor espeso del sexo.

―Nos ahogamos en esta locura de azúcar, en la tortura alada
del aliento, al punto donde la marea llega hasta la garganta,
y el espejo del vértigo atraviesa la vellosidad del enjambre,
los veleros hilvanados de la lengua,
la siembra transcurrida en la milpa del vuelo, en el resplandor
de la mirada acostumbrada a la multiplicación de los milagros.
Desde el témpano ahuecado del suspiro, el tiempo saliéndonos
de los poros, traspasando la luna roja del espejo,
las sílabas de las pupilas abiertas a las ventanas desde donde
abrimos la esquina de los rincones del alma,
el mundo en el hipnotismo de los sonidos, el semblante
cóncavo del pecho, el témpano de calor de nuestro propio mundo.

Aquí perdemos la mirada cuando la lluvia se lanza sobre nosotros,
cuando escribo en el poro terrestre del abdomen,
cuando el labio se vuelve fluvial ante el paisaje, bosque de aguas,
tanto paisaje del aire en nuestro pecho,
mundo de espasmos alrededor del hambre que nace del relámpago
de todos esos días sobre la sed del tiempo…

Barataria, 28.XII.2011