martes, 28 de febrero de 2012

ÁRBOL DE LA TORTURA


Entre un pez y un pájaro, hay mundos que se volvieron irreconocibles:
todas las monedas desgastadas de la ebriedad, noches sin nombres,
descensos de petates, siempre las cruces en mi cenicero,
siempre esta idiotez en el mimbre de la tristeza,
siempre distante la última luz del árbol erigido en los hombros,...
Fotografía de André Cruchaga





ÁRBOL DE LA TORTURA




Al paso del tiempo, el árbol del cuerpo festeja las sombras:
los profundos dinteles a la intemperie, lo que fue el cáliz de la lluvia
en la hostia ávida de fines de semana. Ahora es una tortura
ponerle nombre a las cosas, medir las ventanas cuando alrededor
sólo hay pánico y carretas rezagadas de emociones.
Los ecos de las hojas son signos del tiempo, esféricos descensos
de las palabras, lupanar de agujas donde escribo mi testamento;
algún taburete muerde el árbol seco de la congoja,
el País con extraños presagios, —vos, a fin de cuentas que me construiste
el desaliento, el mismo círculo de la deshora en el tronco de la colilla,
la sensación de oscuridad, después de todo,
cuando la soga llega al cuello, sin culpabilidad alguna,
más que transitar en la muerte ganada al pozo de la vida.

—(Vos, siempre así, con densas armaduras para gladiadores;
tiemblas en la confusión del agua y el espejo, sobre la lengua,
el viento hecho nudo en el pañuelo: llevamos un destino apretado
de adioses, ¿dónde quedaron las promesas?
Nuestros calcañales se han vuelto una elegía: ya nada podemos salvar,
sobre la sal caída en el rocío; devastamos con nuestros ruidos
las palabras, en cada paso resquebrajamos la Esperanza:
el despojo es un taladro de inexorable ceniza, lo es también el árbol,
bajo cuya madera, creció el nido verde del invierno.
Ahora voy a decirle adiós a los pinos y a los madrecacaos.
Las sombras nos han perseguido hasta volvernos oscuros:
tan oscuros que la túnica de las palabras se confunden con la noche,
tan desérticos que sólo nos crecen espinas,
tan frágiles que no podemos sostener la luz que llega a los brazos.
Bajo la dispersión de la saliva, ¿qué salvamos?
Durante la acechanza del guijarro, la polémica, la extensión
aquerenciada del hollín, el hedor del infortunio sobre la mesa.
Qué nos queda, después de todo: ¿salvar las naves o huir?
Quizá pagar el tributo con nuestro olvido.
Quizá aventarnos de rodillas al aguacero de la noche, empuñando
telón, espejo y taburete. Inmolados de tantas cicatrices.)

Entre un pez y un pájaro, hay mundos que se volvieron irreconocibles:
todas las monedas desgastadas de la ebriedad, noches sin nombres,
descensos de petates, siempre las cruces en mi cenicero,
siempre esta idiotez en el mimbre de la tristeza,
siempre distante la última luz del árbol erigido en los hombros,
siempre las hojas amarillas de la saliva en el espejo.
Siempre lo absoluto y lo relativo, la definición abstracta de lo concreto.

Barataria, 18.II.2012

domingo, 26 de febrero de 2012

VUELO DE AUSENCIAS


Déjame aquí, en estas persianas, a fin de cuentas, irrestañables;
a fin de cuentas, ellas resumen tanta espera, la mesa sin mantel
en la garganta, el silencio en el dintel del candil, la ausencia como
una sombra de piedras, acumulada en el portal de las sienes.
Fotografía de André Cruchaga




VUELO DE AUSENCIAS




I'll never ask for too much,
just all that you are
and everything that you do.
WHITNEY HOUSTON




Durante la noche, el viento repite mis ausencias: las pasadas
y presentes, atrapadas en las palabras; el júbilo quebrado en la voz
de la ceniza, la voz de siempre buscando el tacto. Insisten los meses
en este despeñadero sombrío, en la incesante caída de mi reno.
Ciego el toro de la sombra en la noche, ciegos los espejos
de la pesadumbre, el velorio de cuanto traspasa la garganta
en el recuento de lo sucedido: desvarío, sin duda, tras las barajas
del tiempo, pues el tiempo no es abrigo, sino polvo
que se va acumulando día tras día en las rendijas de las astillas,
en ese todo demencial de las osamentas, que sin sepultarse,
lame la sangre de las telarañas de la penuria.
Siempre es indecible el alba cuando la espero en el espejo, años
de páramos en las manos, la propia muerte en las manos de un niño;
soñar a veces se vuelve difícil en medio del polvo:
déjame aquí, siempre, soñando harapos, velando mis propios ojos,
sumando ceniza a la noche, tembloroso de noches y sombras.
Déjame aquí, en estas persianas, a fin de cuentas, irrestañables;
a fin de cuentas, ellas resumen tanta espera, la mesa sin mantel
en la garganta, el silencio en el dintel del candil, la ausencia como
una sombra de piedras, acumulada en el portal de las sienes.
Siempre vuelo a ciegas: alrededor, la campana hueca de la angustia,
los hierros retorcidos en el rostro del tamaño de las montañas,
las astillas de los cascos en la escarcha de cuanto esparció el agua ciega.

Barataria, 17.II.2012

viernes, 24 de febrero de 2012

EBRIEDAD DE SÁBANAS


Entre más ramas hace el jadeo, más destellos propagamos
alrededor de cada ráfaga humana: en cada piel levantamos llamaradas
de viento, quemadas, debajo de sábanas ebrias.
Fotografía de André Cruchaga





EBRIEDAD DE SÁBANAS




Sobre los poros del cuerpo, son innecesarias las sábanas,
es suficiente la ebriedad de los poros, el petate curtido de la lengua,
los fulminantes ciegos del estertor y ese sueño sin piedad por donde
bebemos las almohadas húmedas de los espectros.
—Llegada la urgencia, rechinan las luciérnagas en los poros,
es como si sólo habitáramos la transparencia del orgasmo
en un océano ebrio de acordeones: la voz se vuelve invisible,
subterránea, tan elocuente como la conciencia de tener memoria;
tan cierta como una eternidad húmeda, en medio de sombras que gimen
con su propia fluidez de cántaros derramados.
Tan cierta como el entusiasmo de las alacenas llenas, donde cama
y paredes tienen brisa de azúcar,
fuerzas suficientes para alumbrar todos los rincones del planeta;
mientras los relojes congestionan el calendario, —vos y yo— con nuestros
apetitos, ebriedad desde el fondo de los ascensores, le damos vida
a las semillas de la sonrisa, al ala de la exploración,
a cuantas visiones nos proyecten los espejos y la utopía de los zapatos.
Entre más ramas hace el jadeo, más destellos propagamos
alrededor de cada ráfaga humana: en cada piel levantamos llamaradas
de viento, quemadas, debajo de sábanas ebrias.
Palpitamos inventando nuevas compuertas, nuevas tormentas
de relámpagos, nuevas fiebres de espejos hasta el punto
de consumirnos en el aceite sideral de los peces…

Barataria, 16.II.2012

miércoles, 22 de febrero de 2012

INTERIORES


Cada vez el infinito desangra las lluvias inefables: hay relámpagos
que atraviesan el infinito con ojos de vértigo;
en cada viento afilado en el cuerpo, el universo zozobra
con sus paraguas rotos, la palpitación de los elásticos se torna
puñales; al borde las vísceras, la antesala a espejos distorsionados.
Fotografía de André Cruchaga




INTERIORES




Desde los interiores de la mesa, la tela amarilla del candil,
el relieve de los objetos alrededor de mis ojos, las manos aun solo
en la aldaba de la puerta, —hacia el fondo, el día avanza en mi cabeza,
como cualquier despojo en el albedrío de la sal.
Consumidas las semanas, nadie se acuerda del calendario,
algunos dolores son demasiadas tumbas para el alma;
las alegrías, vienen acompañadas de lápidas o almohadas,
toda fosforescencia siempre tiene fronteras imaginarias:
la noche es lo más visible cuando nos quema las sienes,
lo invisible es el hilo de la racionalidad que anhelamos juntos.

Cada vez el infinito desangra las lluvias inefables: hay relámpagos
que atraviesan el infinito con ojos de vértigo;
en cada viento afilado en el cuerpo, el universo zozobra
con sus paraguas rotos, la palpitación de los elásticos se torna
puñales; al borde las vísceras, la antesala a espejos distorsionados.
De cada precipicio brotan espejeos incendiados, un trozo
de sábana alimenta los poros, cada movimiento que nace
de la campana de la saliva, los días impares de la semana, el báculo
del ciego alrededor de los barrotes de la niebla.

Cada objeto tiene su propio laberinto, la lluvia que emerge
sin aniquilarse, el monasterio de la angustia en el absoluto
de la memoria: viajamos desde la cópula fugaz del vuelo, desde
los nudos del pájaro del posible desvarío de la sombras enquistadas
en el rompeolas de la ebriedad.
Somos desde el incendio de nuestra propia alma, el todo y la nada
asidos de las manos, la furia del torrente en los ojos,
los estrechos caminos de la clavícula de la Esperanza, la infinitud
de las paredes a la hora del sueño, la caligrafía escarlata
de la catástrofe, quizá la melódica purificada en la propia ceniza.

No cabe tanta erosión en las colillas de la respiración,
—hoy, todos los caminos son inciertos, los cubre el humo,
el desfile de los pensamientos calcinados, el establo del cielo,
envuelto en harapos, el hilo de la garganta enredado en el paladar
duro de las viejas consignas. Sí, todos los caminos son inciertos:
recorremos el pozo hondo de las estrellas endurecidas,
del precipicio de las lanzas de la incineración; en la espalda llevamos
porciones de azufre, sortijas que la noche nos avienta a los ojos.
A veces las axilas derriten los abismos de la sal:
entonces, nos volvemos alucinadas ebulliciones, viscosos
laberintos, ácidas persianas de piedad, baúles de cementerios,
cadáveres impuros renegando del fuego.

Siempre que vemos desde dentro de las alacenas, sabemos
que nos falta todo, y en cambio acuden a nosotros los sepultureros,
con sus manos de azadones triunfantes. No obstante persistimos
en el cántaro inasible del agua que chorrea los ojos…

Barataria, 12.II.2012

lunes, 20 de febrero de 2012

SUEÑO DEL INSOMNE


En el fetiche del calendario se disuelven los días, aúlla el mar
sobre las rocas, —juntos el desvelo y el cenicero,
oscurecen el aliento, la sangre derramada en comunión con paredes
desfallecidos, —a veces la ciudad se vuelve un artefacto peligroso,
en realidad, todo el tiempo hay sombras y suicidios,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SUEÑO DEL INSOMNE




Vuelvo sobre mis pasos muchedumbre
tu puerta me abre todos los abismos.
ALEXIS GÓMEZ ROSA




En la cintura del sueño, los hilos del agua de la desesperación,
el contraluz del pecho en las flechas, el río de lunas turbias
alrededor, acariciando los secretos, enredados en la respiración.
Insomne el taburete lento del polvo en la cuchara de la oscuridad,
cuerpos de rodillas, suplicantes, caminando en el filo
de la espada, ardiendo como un olor desvanecido, rabioso
en las bocanadas del suspiro: en las manos los alfileres del cuervo
jugando a la noche, el absurdo testamento de la sed,
el miedo a los espejos consumidos por la niebla,
un sinfín de muertos enredados en el humo del tabaco.

Camino calles enteras de canciones envejecidas en la esquina
líquida de los ojos, —frente al incensario del sexo, no tengo
palabras, sino un himno silencioso de tejados,
formas que nadie entendería, a menos que haya soportado el frío
que produce la carencia de brazos,
la espera en el quicio, o la muerte, tan perenne en la vida.
En el fetiche del calendario se disuelven los días, aúlla el mar
sobre las rocas, —juntos el desvelo y el cenicero,
oscurecen el aliento, la sangre derramada en comunión con paredes
desfallecidos, —a veces la ciudad se vuelve un artefacto peligroso,
en realidad, todo el tiempo hay sombras y suicidios,
miedos acechantes, alcantarillas que nos nutren de gritos,
tropiezos y equivocaciones como un alud de aves de carroña,
niños acariciando de forma brutal el cántaro del crepúsculo,
la incesante fragilidad de las mañanas,
las muchas lluvias que han llovido desde siempre en la ventana.

(Entre mis manos, las puertas funestas de la miseria:
los trastornos furibundos de la boca en la perversidad;
golpea la sal en el aserradero de la risa, —nos insulta la peste
de la soledad, los ojos propagados de la podredumbre,
aun el ruido, con sus larvas de ceniza, el aire que nos fustiga
hasta hacernos sangrar, con la sospecha de un cuerpo ardiendo
en la flama, donde se incineran los relojes del alma.)

Hay tanta verdad en el yute oscuro de la noche, que por eso
hiede a cadáveres; en la extensión de las ventanas, los ecos,
el sudor como escamas, la corona de espinas, extraña hoy,
sobre algún obelisco del absurdo.
—Sé, que siempre hemos sido frágiles ante la zozobra, muñecos,
teatro, de un tiempo que no es el nuestro; o es el nuestro y por eso
lo vivimos con intensidad de féretros, con un río de presentes
donde no es posible el anhelo, sino el pan quemado brotado
del lupanar, casi nuestra estrella inefable…

Barataria, 10.II.2012

sábado, 18 de febrero de 2012

ANTESALA DEL PÁRAMO


Donde la agonía jadea desmayos y sudores,
la antesala es una niebla en la sombra del camino;
la fragua, una palabra donde se muelen los guijarros, el cuerpo
de la noche o la piedra, la aurora lapidada de la sed.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





ANTESALA DEL PÁRAMO




una puerta se abre bajo el puño
a pesar de la herida y del rasguño;…
ROBERTO MANZANO DÍAZ




Cuando la sed, absoluta, atisba el armario del pecho,
hay indicios, de que el páramo venga a derribar las manos
de nuestro calendario. El aliento nos reúne y dispersa.
Cuando la espera es silenciosa, se hace páramo la espera,
la salmuera en los ojos, cubre de neblina la garganta;
el polvo acumulado en la antesala del alero,
arde en reiteradas oscuridades, retumba en las palabras:
en éstas crepitan también los anfiteatros;
hacia el umbral, trabajan los trenes de la esperanza, el pañuelo
y el túnel del infinito, el eje de la rueda en su estampida;
ante los brazos finos del horizonte,
el braceo condenado a la suma del tiempo, el zumo de las aguas
en el pulso, los carruajes depredadores de moscas.

El espejo en su levitación tropieza con el aliento, —pocos advierten
la telaraña que habita el abismo, los dientes de la lágrima,
ávida de cruces, grotesco el pozo de la risa, el embudo de la huida.
En cada tempestad desencadenada, el aliento termina
siendo señuelo de la muerte, espuma sostenida en el retumbo;
mientras los cuerpos aprisionar el sudor desbordado,
los peldaños de la escalera conducen al vértigo infinito,
la herida del delirio pierde sus márgenes, el suelo se vuelve impreciso.

Donde la agonía jadea desmayos y sudores,
la antesala es una niebla en la sombra del camino;
la fragua, una palabra donde se muelen los guijarros, el cuerpo
de la noche o la piedra, la aurora lapidada de la sed.
En los hombros hay tiempo para la espera, febriles lenguas;
por eso me he convertido en desnuda alacena del paisaje,
caminante sin bitácora, yo mismo, abrigo del frío, árbol y puerta
de mi propia lejanía, —renazco cada día en las certezas.
Entre tantas aliteraciones desconcertantes,
el basalto y la piedra, reunidos en la envoltura de pies y manos;
siempre que la noche fecunda los aleros del tragaluz,
me adentro a las cuarenta noches del desierto, a la sed que mi memoria
dibuja en el cascarón de la jornada, —el tiempo, a menudo,
es una boca sin ninguna estrella en el poniente, sin bosques,
ni troncos, sólo el aullido masticado de las navajas.

El quiasmo aturde mi camino, antípoda del frío sin herradura,
montura de la vida y no aserradero de la muerte, equitación
del gusano fustigando la almohada de mi cansancio, el caballo
mutilado de los cascos, la hiel en el plato, la catarata curvada
sobre la mesa. Para la espera no quiero visitas; visitas sólo cuando
el aire se renueve en los bolsillos…

Barataria, 09.II.2012

martes, 14 de febrero de 2012

VÉRTIGO DEL OJO


Cada vez leo a ciegas en la pirámide invertida, sólo con el instinto,
el arado del jaguar en la oscuridad,
el ocelote en dirección del viento, el reloj solar aceptado en la mesa,
como único tobogán del tragaluz que muerde la bandera...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





VÉRTIGO DEL OJO




El vértigo en el ojo, (los pájaros vuelan en el sueño); hay sombras
de trementina en las manos; sobre el infinito, la pupila abierta:
agudo camino de la conciencia donde el límite lo pone la luz.
La ventana flagela el ojo como un puñal herido, —yo, hundido
en las liebres de la sal, sin que el paisaje desabroche su sosiego,
la hoja incendiada del candil,
el baile fugitivo del borde de los ojales, el músculo irisado
de los insectos, traspasando la hondura del pecho.
—El ojo no ve más que las aguas de la muerte en el relampagueo
de la marea, aquí la lagartija disuelta en la intemperie
donde todo es frío, la piedra que muerde el rostro, el báculo
como una escupida entre tantos miedos,
golpes absorbidos en ese vértigo retorcido de paredes solitarias.

Pasa de todo y es lamentable que el ojo no sea escondrijo,
sino simple espejo donde la luna pasa, ataviada, de plumas y golpes
y sacrificios. (Los espejos crepitan sobre la mesa del grito,
como dos persianas en el fuego, arden atrozmente hacia fuera,
la noche los convierte en candiles del sigilo,
la ropa no cabe cuando la ceniza ha tomado su poderío.
Entre criminales, el ojo ha aprendido a caminar junto al alfiler,
morder la velocidad de la violencia, derretirse en la mano
del cataclismo, como una botella sobre la marea del mar y su espuma.
Quebrado el límite de la luz, nos queda explicar con ambas manos,
la fuga del relámpago, la velocidad infernal de los milagros,
el vía crucis sombrío colgado de la ventana, único ángel sin guantes
ni escalofríos. Cada vez somos náufragos en las luciérnagas.)

Cada vez leo a ciegas en la pirámide invertida, sólo con el instinto,
el arado del jaguar en la oscuridad,
el ocelote en dirección del viento, el reloj solar aceptado en la mesa,
como único tobogán del tragaluz que muerde la bandera
de los párpados cargada de bruma, de la osamenta cruzando
los sesos del día. No me quedan más convicciones que tanta vista
ciega, que tantos pantanos alrededor del crimen; (las condiciones
de la noche tienen una extraña porfía, como vos, en el acantilado
movedizo del pantano, como vos, agua carcomida de los astilleros,
como voz, los cuervos sobre nuestros ojos,
la sábana desbordada de las antípodas, la paronomasia del caballo
en los cabellos, el relevo y el rebelo de tanta obscenidad articulada
por el sistema. ¿Hacia dónde echamos nuestras redes cotidianas,
cuando las ecuaciones únicamente son posibles en el subsuelo?
—Sin duda, el ojo es más que vértigo, cuando nos toca guardar
el equilibrio sobre el aparejo del burro, cuando afortunadamente
evadimos el carrusel de la jaula, y los anteojos sepultan la infamia.
Aún con todas las fortificaciones destruidas de la ley,
la noche descubre el tráfico de los paraguas…)

Barataria, 06.II.2012

domingo, 12 de febrero de 2012

LABERINTO DEL PODER


De pronto creo que la locura es la forma más razonable de entender
la selva en que vivimos; —yo muero, tú mueres, morimos
arrastrados por ciertos estribillos y slogans, vivimos en una especie
de fiesta abominable. Nos muerde la sordidez del viento,
y su feroz campanario de herrumbre,
y su interminable silogismo para usurpar enmohecidos lupanares.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





LABERINTO DEL PODER




Cuando las campanas fúnebres redoblan, / la hierba
se pone a temblar. / Pero sólo entonces, / no cada vez
que cualquier vieja campana / suena.
SEAMUS HEANEY




En la llave de lo obsceno, lo abyecto; el poder que lo transgrede
todo, la muerte allí en el hilo del semen, el tiempo en la pesadilla
de los crucifijos, el mundo oscuro de los murciélagos:
el suicidio para desterrar al enemigo, en medio de la truculencia
del delirio. —Ahora sueño con sueños de caníbales,
con el Terminator del destino, con las moscas que juegan a ser
pájaros, ilegibles habitaciones con escamas afiladas donde
se corta la lengua y salta a borbollones la saliva putrefacta.

El suicidio político es una forma de exterminar al adversario,
cuando a ciegas se bracea junto con los peces, expertos en aguas
superficiales y profundas. Rezo ante la luz con los labios cosidos,
invoco las formas santas para sobrevivir cada noche,
las paredes oyen a las arañas que suben hasta los tejados,
entran al laberinto del frío, a la macabra imagen del Paraíso.

(Entre extravío y ostracismo, el riesgo de subir al eco del musgo,
y luego salir del huerto con los ojos vaciados de la carne.
Siempre tu cuerpo húmedo en mi lengua, como esa locura
del susurro en los ijares, la serpiente del fuego abre el incienso,
nos llenamos de la utopía dialéctica de la locura,
el pan nuestro de la conciencia lógica y la teoría con su objeto
de conocimiento, con su labor ontológica de identidad.
Nos fusionamos sobre bases idealistas, luego la cognoscencia
orgánica, activa la teoría del conocimiento hasta que la materia
con sus leyes, nos hace sudar, despellejarnos en el jadeo,
morder las contradicciones en esta práctica hasta llegar al propio
objeto del deseo: el badajo, alto, en la oquedad del pubis.)

De pronto creo que la locura es la forma más razonable de entender
la selva en que vivimos; —yo muero, tú mueres, morimos
arrastrados por ciertos estribillos y slogans, vivimos en una especie
de fiesta abominable. Nos muerde la sordidez del viento,
y su feroz campanario de herrumbre,
y su interminable silogismo para usurpar enmohecidos lupanares.
Un día quizá ya no sea necesario escondernos de la tormenta,
cuando ésta pulule con sus turbios zapatos en la calle;
un día quizá, aunque ya hayamos perdido nuestros pies
y sólo nos quede, por si acaso, resguardar el muñón de la Esperanza
debajo de la sábana del hollín,
de aquella cerrazón de aguas oprimidas…

Barataria, 04.II.2012

viernes, 10 de febrero de 2012

DE RODILLAS, EL GRITO EN LOS LABIOS


Sobre la mesa ya hay sólo extraños absurdos: perdí el asombro
ante cada suplicio, pena y mantel juntaron moho, tardes
lamiendo taburetes vacíos, objetos de mortecino engrudo, cábalas
en desuso que el horizonte perdió en las sábanas,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





DE RODILLAS, EL GRITO EN LOS LABIOS




el animal totémico a los pies de la hoguera
con sus uñas de luz y sus alas de almizcle.
JULIO CORTÁZAR




A veces este cansancio se deja ver en las cerraduras, en los pasillos
desnudos de la noche, a la hora en que el despojo me pasa su factura,
—amargos demonios del desvelo en los labios.
Nada es cierto, después de todo, cuando hastío y desgano
juntan sus manos, cuando la noche está cerca y crecen coágulos
de gritos desde la orfandad enmohecida, desde el rincón
de la caverna que apuñala. De rodillas, y sin ungüento en la piel,
para hacer menos dolorosa la espera, la sal del desasosiego
en la garganta, las grietas como un calendario abominable, empapadas
de páramos y caries, túneles de extraños cementerios y cipreses.

Ando a cuestas la mirada en el extravío del tiempo,
cementerios abriéndose a la lengua, tanteando desde lo subterráneo
cada trozo de mi memoria; contra cualquier pronóstico,
habré empapado la mirada diseminada en el tiempo, habré clavado
mi desesperación en el odre homicida de mi nostalgia,
habré masticado los puñales de mi propia tumba,
habré roto el vaso que contiene el sudor de mis poros hasta cristalizarse
por entero en el círculo de la ausencia.

Sobre la mesa ya hay sólo extraños absurdos: perdí el asombro
ante cada suplicio, pena y mantel juntaron moho, tardes
lamiendo taburetes vacíos, objetos de mortecino engrudo, cábalas
en desuso que el horizonte perdió en las sábanas, bestias humeando
cascos, hocicos bramando en el abismo de mi propio grito
irremediable. —De rodillas esta laboriosa tortura de mis brazos,
el grito desde siempre, líquidas funerarias, lápidas enmudecidas
de carcomas, el semen a deshora, sin la gesta épica del arrebato
del azúcar, sin trepar al musgo y levitar en el horizonte.

Tendido en la destrucción de la alacena, gira el reloj amarillo
de la hojarasca, flota el agua en el eclipse del rostro, oscurece el tren
del suspiro sin estación, el párpado ahoga su último pájaro
en la camisa arrastrada del aire;
desnudez plena, la tierra desplomada de la noche en los labios.
Ante la tormenta cimbrada en mi silencio, la tormenta calcinada
del hedor, esta mueca de tren amargo en el entrecejo, gusano horrible
del fragor, sobre la sombra oscura que avanza en el sudario.

A veces estas rodillas se quejan de ser sólo noche. Entre espejos,
el perro lame las sombras de la saliva, braman los goznes
de las palabras, gime el buitre de la oscuridad en los platos, avanza
el péndulo del pantano hacia su propio epicentro.
Cuando ya el tiempo es astilla en la bisagra del vinagre, viene
el embudo a ser eructo del presente, espina, brújula sin imanes.
Cuando el grito es perennidad en los labios, no quedan acorazados
sino mapas ininteligibles en la respiración…

Barataria, 01.II.2012

miércoles, 8 de febrero de 2012

ROSTRO DE LA CALLE


Nunca creció tan alta la zarza, ni la breña, ni el miedo,
ahora vivimos tambaleándonos entre la oscuridad de las aceras
y los alfileres, entre la niebla y el granito que cae en la boca
y rompe los dientes, la costilla amenazada y las sienes.
Fotografía de Lázaro Aguirre




ROSTRO DE LA CALLE




Para mí y para vos, cada calle nos borra la esperanza.
Salvo el laberinto de la muerte, nada más nos acompaña
en la travesía: cada transeúnte es un grito entre grises,
¿En qué país estamos merced al hampa, al martirio, a la hoguera,
a la ceniza, al sarcasmo repugnante de la violencia?
(Me dirás que es el reacomodo de la correlación de fuerzas
para refundar la Patria; que es el hartazgo muchas veces sordo
de la pobreza galopante que hemos tenido por décadas.)

A lo que te diría, recordando unos versos ajenos:
“¿En qué siglo nacimos?
¿En qué siglo es que estamos?
¿En cuál siglo vivimos y soñamos
esta tremenda pesadilla/ como un dédalo?
Esta es la ronda de sus muertos.”

Nunca creció tan alta la zarza, ni la breña, ni el miedo,
ahora vivimos tambaleándonos entre la oscuridad de las aceras
y los alfileres, entre la niebla y el granito que cae en la boca
y rompe los dientes, la costilla amenazada y las sienes.
Al caminar, cuántos zapatos vacíos, de espaldas, roto el pulso
de los tragantes, la música fúnebre como una hiena en el pañuelo,
la sal hasta el cuello de las arterias.
(En medio de este horror, sabés que hay impaciencias personales:
la desazón no quita la sed y el deseo, la entraña ruge en su espejo
de caracol, abre la herida y el ramaje, el musgo pulcro
en la boca, crepita el semen antes de desprenderse del ala.)

Pero la calle es otra cosa con su frontera de cuchillos,
hay un desierto de fuego endurecido, rostros ahogados, acribillados
por la desesperación, nunca se vive sino en la muerte de todos
los días: siempre hay una sombra que vigila en la sombra.
¿En qué País estamos, qué noche ahoga ojos y nuestra conciencia?
Perdimos la brújula de la aurora,
se multiplican los rostros en el moscardón que erigió la ceniza,
la seguridad ciudadana es otro cadáver en medio de grito
del crepúsculo, otra botella tirada en las aguas del mar, otra forma
del fermento de nuestras propias heces.

Ya no sé qué rumbo deben tomar nuestros sueños y los ajenos.
No hay lugar seguro en las vigas de la luz, la demencia
se apoderó de todo el alfabeto, ahora también nos persiguen
los murciélagos, la atarraya enfangada de las lámparas,
el puñado de lava que nos asfixia desde los cuatro puntos cardinales.
¿Hacia qué suerte de memoria nos llevan estas calles, acostumbradas
a la carroña, al cuerpo erguido en el vinagre,
al lecho donde se pudren por siempre los huesos?
La calle, hoy, tiene su propio rostro: nos muerde su bramido
de muerte, como un nido de hormigas carnívoras…

Barataria, 30.I.2012

lunes, 6 de febrero de 2012

ALUCINACIONES


Si alguien desmiente las tropelías, es porque le nacieron cascos
al tercer día; quien se quede en el sueño, seguirá levitando
como un antisigno de las revelaciones,
si alguien va por el camino derecho, el resto lo saca de la cancha,
si alguien vive con las manos atadas, es porque alguien acecha...





ALUCINACIONES




De Torres de Babel a pezones erectos, quemados en la lengua;
hangares de sueños sobre las aceras del desdén, los vértices
con las gangrenas del ánimo, las manos desparramadas
en la palabra muerte: junto, la oración del hijo pródigo,
la soledad en compañía de los andenes, el tiempo en el mecate
del relámpago, echo de revés el anticipo sordo
del rincón prolijo de telarañas,
simplemente veo la fecundación de la saliva en todo cuanto maúlla
en los rincones, el pensamiento suicida de los que roen huesos,
la integridad del ajo en el aliento del vidrio,
el martillar de sienes de los políticos de turno en las páginas
de Facebook y Twitter, pero no hay garantía de nada. Todo termina
siendo, sin duda, irremediable: tanta cara para tan poca harina.
En este momento, el trote no deja de ser un tobogán ciego
del tamaño de la luna; estamos solos, pese a las multitudes
de campaña, pese a que la claridad se nos muestra tangible,
pese a que todos quieren meter manos y pies en el arco iris.

Si alguien desmiente las tropelías, es porque le nacieron cascos
al tercer día; quien se quede en el sueño, seguirá levitando
como un antisigno de las revelaciones,
si alguien va por el camino derecho, el resto lo saca de la cancha,
si alguien vive con las manos atadas, es porque alguien acecha
su bolsillo: en ninguna parte hay jabón para lavar la conciencia.

Aquí, siempre la víctima pierde el honor y le mesa;
y menos mal que se nos ha dicho que vivimos en libertad y democracia,
menos mal que el sistema funciona, aunque su audaz parsimonia
nos de escalofrío, gangrena, osteoporosis, angina de pecho;
menos mal que sabemos que todos estos malabarismos son
para duplicar las 40 noches que hemos vivido multiplicados por la edad
cronológica del dinosaurio,
por el costado de Adán que aún pervive en el recuerdo,
por la parábola del beso dado en plena calle como muestra
de fidelidad absoluta, por todos los inviernos que desnudan cuerpos,
pero cubren a otros, por la sabia transparencia del erario nacional.
Es un hecho que tenemos grandes defensores de la Patria:
el cuervo, el gavilán, el zorro, el niño de Atocha, el Cristo Redentor,
el Sagrado Corazón de Jesús,
la venida del Mesías, el Llanero Solitario, Batman…
y hasta aquél que habla con absoluta oscuridad desde el púlpito.
Desde luego, tenemos también excelentes orgasmos y semen
para construir ciudadanos de pura raza: todo en aras del barrio;
sólo así podremos preservar los juguetes que nos da Santa,
y ser felices dibujando pájaros…

Barataria, 27.I.2012

sábado, 4 de febrero de 2012

TEMPO DE AFONIAS, PORTUGÉS; VREMEA DISCORDANȚELOR, RUMANO; TEMPS D’AFONIES, CATALÁN; TIEMPO DE AFONÍAS, CASTELLANO.


A folhagem é sinistra à luz de cada transeunte: a intuição
fez-se necessária para transpirar essa câmara ardente
em que o alento se afoga diante de um amanhecer de névoa,
sem mais lucidez além do velho discurso da fuligem.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




TEMPO DE AFONIAS, PORTUGÉS; VREMEA DISCORDANȚELOR, RUMANO; TEMPS D’AFONIES, CATALÁN; TIEMPO DE AFONÍAS, CASTELLANO.




TEMPO DE AFONIAS





É tempo de navegar por zonas em declive, e não, precisamente,
na lona horizontal da planície, impregnada de respirações
condensadas. Vemos o acontecer do ar, detido
na transpiração de moscardos, açores à espera
do dia seguinte para embriagarem-se de cinza.
A isso somamos a lava diária dos cadáveres, soterrados
ou à intempérie, alienados por tanta mão de folharada.
A folhagem é sinistra à luz de cada transeunte: a intuição
fez-se necessária para transpirar essa câmara ardente
em que o alento se afoga diante de um amanhecer de névoa,
sem mais lucidez além do velho discurso da fuligem.

(Com todo este contubérnio, conspirações e transacções,
não podemos, um e outro, encontrar a nossa própria habitação:
não é só a traça que permeia a asa, é que a tortura
nos vem de todas as direcções, arrasa com a alma,
penetra irremediavelmente no corpo,
tem plenas faculdades para sucumbir no nosso território;
e assim, em sobressaltos, devo pensar na mansão do teu púbis;
sorrir por outro lado à paisagem desbocada, lançar-me,
precipitar-me no desvario do esperma.)

Não há cidade que escape a este flagelo. – Livramos a sombra
do pavimento e a encruzilhada, morrem o ouvido e o olfacto.
O porvir nos assedia com fome obstinada, espectros
que mordem espírito e razão, – a palavra tem rosto de lã,
incertezas parecidas ao infinito da noite,
a angústia do desamor que habita o mundo. Esta afonia,
é parte das escarpas que nos aventa a noite
com seus perfis de loucura.

(Um dia talvez não seja necessário um incenso atrás da porta,
nem haja que invocar almas puras; a sede supõe sons novos
que girem no imaginário da garganta,
nessa ternura desconhecida do teu umbigo, meu calcanhar de Aquiles
o tacto, vidência de outra janela na bifurcação do caminho.
O alento é estranho quando te acabas em marejadas,
quando somos açoitados, já não pela violência ecuménica,
mas pelo delírio da ciência do orgasmo.)

Jamais a democracia teve um preço tão alto: pagamos os centímetros
de liberdade que temos, com esse abandono quotidiano da cave
sombria e o funil da noite nos ecos;
em cada penúria, a sombra do tédio, o pátio roto dos sentidos,
o sonho a ponto de parir novos objectos, novos exteriores
para este abismo, onde é costume purificar os esqueletos
ou convertê-los em simples estatísticas para os anuários…

André Cruchaga- El Salvador

Tradução ao português: Tania Alegria





VREMEA DISCORDANȚELOR*




E vremea de plutit prin zone înclinate, însă, cu siguranță,
nu pe pânza orizontală a câmpiei, impregnată de respirații
condensate. Vedem venirea aerului, reținut
în transpirația muscoilor, ulii în așteptarea
zilei următoare pentru a se îmbăta cu cenușă.
Să punem alături lava cotidiană a cadavrelor, îngropate
sau lăsate în voia soartei, înstrăinate de atâtea straturi de frunze.
Frunzișul este sinistru în lumina fiecărui trecător: intuiția
a devenit necesară pentru a face să transpire acest paraclis
în care respirația încetinește înspre un zori de zi încețoșat,
fără o altă luminozitate decât doar vechiul discurs al funiginii.

(Cu toată astă conjurație, conspirații și tranzacțiuni,
nu putem, unul pentru altul, să găsim propia noastră cameră:
nu e doar molia cea care găurește aripa, tortura ca atare
ne vine din toate direcțiile, face praf din suflet,
pătrunde iremediabil în corp,
are toate capacitățile pentru a intra în teritoriul nostru;
astfel, cu tresăriri, trebuie să gândesc la sediul pubisului tău;
să surâd pe de altă parte peisajului deschis, să mă lansez,
să cad în delirul spermei.)

Nu există niciun oraș care să evite flagelul. –Eliberăm umbra
pavajului și încrucișarea, sucombă auzul și mirosul.
Procesul în sine ne supune înfometării, spectre
ce mușcă din spirit și rațiune, -cuvântul are chip de lână,
incertitudini asemănătoare infinitului nopții,
amărăciunii de la lipsa iubirii ce bântuie lumea. Astă discordanță
face parte din abisurile ce ne le lasă noaptea
cu manifestările ei de nebunie.

(Poate că într-o zi nu va fi necesară o cadelniță după poartă,
nici nu va fi nevoie de invocat suflete pure, setea presupune sunete noi
care să se rotească în irealitatea gâtlejului,
în astă tandrețe necunoscută a ombilicului tău, propriul călcâi a lui Ahile
ce se vrea pipăit, clarviziune pe o altă fereastră la răscrucea drumului.
Respirația este stranie când îmi vii în valuri mari,
când suntem împrăștiați, deja nu din causa violenței ecumenice,
ci de la delirul științei orgazmului.)

Nicicând democrația nu a avut un preț atât de înalt: plătim pentru centimetrii
de libertatate de care dispunem, cu acest abandon zilnic al demisolului
întunecos și folosit drept pâlnie a ecourilor nopții;
în oricare sărăcie, umbra dezgustului, careul spart al sentimentelor,
visul gata să nască noi obiecte, noi superficii
pentru abisul acesta, unde se obișnuește să se purifice scheletele
sau să le convertească în simple statistici pentru anuare.

Barataria, 11.I.2012

Traducere în română de Andrei Langa





TEMPS D’AFONIES




És temps de navegar per zones en declivi, i no, justament,
en la lona horitzontal de la planície, impregnada de respiracions
condensades. Veiem l’acompliment de l’aire, detés
en la transpiració de borinots, astors a l’aguait
del següent dia per a embriagar-se de cendra.
A això sumem la lava diària dels cadàvers, soterrats
o en la intempèrie, alienats per tanta mà de fullaraca.
El fullatge és sinistre a la llum de cada vianant: la intuició
s’ha fet necessària per a transpirar aquesta capella ardent
en què l’alé s’ofega davant d’un llostreig de boira,
sense més lucidesa que el vell discurs del sutze.

(Malgrat tot aquest contuberni, conspiracions i transaccions,
no podem, l’un a l’altre, trobar la nostra mateixa cambra:
no només és l’arna que fa permeable l’ala, és que la tortura
ens ve de totes bandes, arrasa amb l’ànima,
penetra irremeiablement en el cos,
té plenes facultats per a sucumbir al nostre territori;
i així, amb sobresalts, dec pensar en la mansió del teu pubis;
somriure altrament al paisatge desbocat, llançar-me,
precipitar-me en el desvaríament de l’esperma.)

No hi ha ciutat que escape a aquest flagell. —Lliurem l’ombra
del paviment i la cruïlla, mor l’oïda i l’olfacte.
El devenir ens assetja amb fam obstinada, espectres
que mosseguen esperit i raó, —la paraula té rostre de llana,
incerteses semblants a l’infinit de la nit,
a l’angúnia del desamor que habita el món. Aquesta afonia,
és part dels penya-segats que ens aventa la nit
amb els seus perfils de follia.

(Un dia potser ja no caldrà un incensari darrere de la porta,
ni haurem d’invocar ànimes pures; la set suposa sons nous
que giren en l’imaginari de la gola,
en aqueixa tendresa desconeguda del teu melic, el meu taló d’Aquil•les
al tacte, vidència d’una altra finestra en la bifurcació del camí.
L’alé és estrany quan me vens en onejades,
Quan som assotats, ja no per la violència ecumènica,
sinó pel deliri de la ciència de l’orgasme.)

Mai la democràcia no tingué un preu tan alt: paguem els centímetres
de llibertat que tenim, amb aqueix abandó quotidià del soterrani
ombrívol i l’embut de la nit en els ecos;
en cada penúria, l’ombra del fàstic, el pati romput dels sentits,
el somni a punt d’infantar nous objectes, nous exteriors
per a aquest abisme, on és costum purificar els esquelets
o convertir-los en simples estadístiques per als anuaris…

Baratària, 11.I.2012

Traducció al català Pere Bessó




TIEMPO DE AFONÍAS




Es tiempo de navegar por zonas en declive, y no, precisamente,
en la lona horizontal de la planicie, impregnada de respiraciones
condensadas. Vemos el acontecer del aire, detenido
en la transpiración de moscardones, azores a la espera
del siguiente día para embriagarse de ceniza.
A ello sumamos la lava diaria de los cadáveres, soterrados
o en la intemperie, enajenados por tanta mano de hojarasca.
El follaje es siniestro a la luz de cada transeúnte: la intuición
se ha hecho necesaria para transpirar esta capilla ardiente
en que el aliento se ahoga ante un amanecer de niebla,
sin más lucidez que el viejo discurso del hollín.

(Con todo este contubernio, conspiraciones y transacciones,
no podemos, el uno al otro, encontrar nuestra propia habitación:
no sólo es la polilla que permea el ala, es que la tortura
nos viene de todas direcciones, arrasa con el alma,
penetra irremediablemente en el cuerpo,
tiene plenas facultades para sucumbir en nuestro territorio;
y así, con sobresaltos, debo pensar en la mansión de tu pubis;
sonreírle por otro lado al paisaje desbocado, lanzarme,
precipitarme en el desvarío de la esperma.)

No hay ciudad que escape a este flagelo. —Libramos la sombra
del pavimento y la encrucijada, muere el oído y el olfato.
El devenir nos asedia con hambre obstinada, espectros
que muerden espíritu y razón, —la palabra tiene rostro de lana,
incertidumbres parecidas al infinito de la noche,
a la angustia del desamor que habita al mundo. Esta afonía,
es parte de los acantilados que nos avienta la noche
con sus perfiles de locura.

(Un día quizá ya no sea necesario un incensario detrás de la puerta,
ni haya que invocar almas puras; la sed supone sonidos nuevos
que giren en el imaginario de la garganta,
en esa ternura desconocida de tu ombligo, mi talón de Aquiles
al tacto, videncia de otra ventana en la bifurcación del camino.
El aliento es extraño cuando te me vienes en marejadas,
Cuando somos azotados, ya no por la violencia ecuménica,
sino por el delirio de la ciencia del orgasmo.)

Jamás la democracia tuvo un precio tan alto: pagamos los centímetros
de libertad que tenemos, con ese abandono cotidiano del sótano
sombrío y el embudo de la noche en los ecos;
en cada penuria, la sombra del hastío, el patio roto de los sentidos,
el sueño a punto de parir nuevos objetos, nuevos exteriores
para este abismo, donde es costumbre purificar los esqueletos
o convertirlos en simples estadísticas para los anuarios…

Barataria, 11.I.2012

jueves, 2 de febrero de 2012

VIVENCIA DE LA HUMEDAD


En el pulso el tiempo se vuelve una perversidad líquida,
estamos condenados a vivir en medio de la peste, a que nos muerda
la sal con todos sus rencores, los días con uñas en la brújula
de todos los días, morder nuestras ingles hasta el cansancio,...
Fotografía de Lázaro Aguirre




VIVENCIA DE LA HUMEDAD




A través de los siglos,
saltando por encima de todas las catástrofes…
LUIS GARCÍA MONTERO




A veces la humedad es como una astilla carnívora, de tanto asedio
se desatan las viscosidades. Crece el deterioro en la tormenta.
En cualquier lugar, la salmuera también hace lo suyo en los ojos,
en cada boca donde muerde el vaho,
en cada semilla sin que pueda saberlo, el hormigueo del sudario.
No en vano he visto a los gusanos emerger del cuerpo
y desbordarse sin dejar vestigio;
la humedad ha carcomido hasta la casa de las hormigas,
ha cercenado los ojos en feroz guerra y sin ninguna tregua.

Con el agua al cuello, cada instante lo cubro de incertidumbres,
me ahogan las redes y los estuarios,
la arenilla áspera de la muerte en los ojos, las zonas donde la materia
se empantana y es envuelta por el lodo, sordo fango sin reptarse.
Sobre los huesos calcinados oscurecen las aguas;
la humedad es hosca en la concavidad de los colmillos,
como un fuego ardiendo en la hojarasca,
como un epitafio machacado con la frialdad de una piedra,
como el tatuaje de la pesadumbre visto desde el espejo.

(Podría decir otras cosas negando esta ebriedad, negando el nosotros
sobreviviente, arrojar el nudo de la garganta a los pájaros,
aullar sobre la caligrafía manchada en las paredes,
morder el último colibrí abstracto de los senos. Pero no puedo.
Después de todo, sigo habitando el bajorrelieve de la humedad,
el círculo oscuro de las tentaciones mayores:
la sombra de la transgresión, con todo y sus cadáveres.)

No sé si aguas más profundas tengan recodos para aletear
en el invierno, para madurar en el deslumbramiento de la sal
despiadada sobre el vaso maldito de los sueños.
En el pulso el tiempo se vuelve una perversidad líquida,
estamos condenados a vivir en medio de la peste, a que nos muerda
la sal con todos sus rencores, los días con uñas en la brújula
de todos los días, morder nuestras ingles hasta el cansancio,
vivir con los párpados cerrados, —vos y yo, venerando lo imposible:
calles y tejados sin ninguna tristeza,
pero sabemos que es difícil la purificación en estas condiciones,
quitamos el azúcar de la erosión de los manteles,
toda forma viva nos es extraña, pues ya nos hemos acostumbrado
a la ferocidad perversa de la vigilia, a la lentitud del lamento
comiéndonos las uñas, a las larvas que nacen de aguas estancadas.

Nos hemos edificado en el abismo de esta materia:
sin posibilidades de hallar la lámpara de los peces, el vestigio
del pulso, la punta del ala que nos ofrezca una salida.
La eternidad nos vuelve bruma de granito…

Barataria, 25.I.2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

EL ESPEJO CON ARCOS


Todo crece hacia el escombro: la lengua, la oración, el escapulario,
el atrio mordiendo juegos inexplicables,
la plaza con el tormento de los neumáticos, —hemos dejado de ser,
para ser Nadie, fundamos mares y sueños de perenne mutilación,...




EL ESPEJO CON ARCOS




Y de pronto se pierda en la ráfaga oscura,…
DAVID ESCOBAR GALINDO




(Detesto sentir cadáveres flotando en las entrañas, y que las termitas
del tiempo desgarren el sosiego en trocitos;
debajo de los huecos desplomados del polvo, quizá valga la pena
escribirle una elegía a la hoguera hecha añicos,
destruida en su pozo de explosión.
Dentro de los goznes muerden los días el arco del espejo:
nos quiebra el asfalto del designo, nos violenta la intemperie del nicho,
la maya ciclón que nos asfixia en el hambre, —nos movemos
entre arenas movedizas, nos ha tocado vivir en medio de la súplica
y tantas oscuridades girando alrededor de la materia.

Todo crece hacia el escombro: la lengua, la oración, el escapulario,
el atrio mordiendo juegos inexplicables,
la plaza con el tormento de los neumáticos, —hemos dejado de ser,
para ser Nadie, fundamos mares y sueños de perenne mutilación,
de escombro y funeral inexplicables,
y, aunque sobrevivimos, no dejamos de ser arqueados espejos
de la mano hierática y fría de la muerte, —no dejamos de transpirar
los despropósitos del grito, el hacha deleznable de la asfixia,
las palabras áridas, incapaces del amparo.

¿De qué otra manera saltamos el arco de estos espejos moribundos,
si aquí consumamos la malignidad en la madera,
la conciencia batible de ansiedades, el tedio en los centímetros
de un reloj con polilla, escombro bocarriba del duelo consuetudinario?
¿Hay barricadas para contener la piedad, o es el simple slogan,
el que nos alimentará siempre, el que nos consuma con sus gritos
sordos, y nos pinte la pared de epitafios?
—Hemos vuelto mudo el arco iris: de pronto, el blanco y negro
nos representa como fondo del cine mudo, como una habitación
amarga de cadáveres, náufragos siempre en el plural oleaje,
deudos y deudores irremediables,
añicos de la telaraña colgada del tabanco, impotentes jardines
consumidos por la negligencia. El País es este dolor en mis ojos,
la ceniza indemne mordiendo los zapatos; el País es este espejo
con arcos donde el melodrama del invierno inunda la conciencia
hasta sajarla, hasta convertirla en tragedia purulenta.

—Vos y yo, precarias premoniciones irrumpiendo en medio
del desastre, sirviendo de señuelo para alimentar el subsuelo
de los viejos estratagemas del acuario.
Vos y yo, que sin codicia, creímos en la risa; ahora se nos dan
raciones diarias de desvelo y caramelos de sollozos y litorales
donde los espejos no son el antónimo del luto y la zozobra, sino,
un velo a la esperanza. —Vos y yo, a fin de cuentas,
sobrevivientes del subsuelo, esquinas del chillido del alba…)

Barataria, 24.I.2012