viernes, 29 de junio de 2012

BALCÓN ADENTRO

Imagen de André Cruchaga



BALCÓN ADENTRO




Para entrar a los balcones interiores del alma, gimen los caracoles fríos del cierzo, el agua carnívora en los ojos, los fósiles despeinados de las olas colgados de las mochetas u horcones del gran solar de las cuerdas de la guitarra: adentro, el tintero y la demencia, los objetos borrosos del pensamiento, las facultades prolijas de las escaleras en el foco subterráneo de la lengua aletargada. A lo largo de la almohada y las sábanas, hay también balcones de desvencijada desnudez, los hay como un silencio de rocas como paredes de destruida intimidad; cada palabra es un desagüe de paraguas gastados por el delirio pestilente de las horas: rostros como antes, caminos de inservibles pájaros, peñascos que doblan a su antojo el oleaje del escupitajo del viento. Balcón adentro, toda la preñez de las sombras, murmullo trastornado de realidad que enloquece el aliento: un día habremos de desabrazar todo el trasmundo de los cráteres y el miedo enfurecido a la saliva. (Después de todo, cuando el aliento se ha vuelto ígneo, sólo hay que esperar que el fuego abra las ventanas en pedazos de luz, en manos de luz, en lluvia de luz. Alrededor nuestro, el tiempo nos espera. Sí, la sangre con su materia terrestre, los eslabones transitivos del universo.) Habrá, sin duda, que sacudir de los poros las supersticiones y poner la mesa con tomates y cebolla, luego caminar sin pensar en las degolladuras. Seguramente, habremos de desembarcar en una carpintería y recobrado el ajo de la libertad tan necesaria como una caldera de trenes.

Barataria, 29.VI.2012

miércoles, 27 de junio de 2012

LABRANZA


Pervive la destreza de las manos, el azadón haciendo surcos en el arroyo,
el pecho con su condición combativa: hoy todavía hundo mi lápiz
 en la piedra del papel con esa tinta indeleble que me da la herida;...
Imagen tomada de/madrimasd.org




LABRANZA




En ventanas y puertas, entre cerraduras y rendijas, en el pararrayos del ala, la faena expande sus vértigos: detrás de la piedra tutelar, el fragor de la labranza, la vigilia perenne cosiendo el sueño en el telar desnudo de las pestañas. Aprendí el oficio de la intemperie, cada día de disecada hambre, masticando cada centavo del jornal que me fue dispuesto en el campo de batalla. Por supuesto, aprendí de la negación y del olvido: ahora conozco con cierta certidumbre la caligrafía de los poros, la alegría que enmudeció en el péndulo del camino, el ardor transeúnte de las manos convocadas. Nada he olvidado. Todo está registrado en la sombra de mí mismo, en la orfandad de las cortinas. Pervive la destreza de las manos, el azadón haciendo surcos en el arroyo, el pecho con su condición combativa: hoy todavía hundo mi lápiz en la piedra del papel con esa tinta indeleble que me da la herida; no necesito ungüento para mis manos callosas, ni de llaves sometidas a la incredulidad: en el jardín de las manos, el jardín consumado de la memoria. Aquí me edifico junto a la anarquía de la tinta, tal un santuario con diversos estandartes, tal la hoguera mercenaria del aroma, tal el sahumerio de las alegorías. Trabajo cada día sin más aspiración que desenmascarar las palabras de su pedestal de diademas; me conmueve, sin embargo, la quejumbre del diccionario, el hastío de las erratas que de pronto, combaten el fuero que poseen los curules, esa insania encubridora de la exudación. Las úlceras políticas carcomen al Estado.

Barataria, 27.VI.2012

lunes, 25 de junio de 2012

TRASIEGO DEL VIENTO


Al final siempre duele la disección de la almohada, el sentido de la lectura mientras
 se espera que alguien te tire una bocanada de dolor del tamaño de una limosna pública.
Imagen tomada de la página virtual/jerezsiempre.com




TRASIEGO DEL VIENTO




Vacío, también el mantel y los trastos sucios de la mesa: en el fregadero no hay botellas de mar, aunque el agua deshaga las migajas, lave el destino a tropezones, enmudezca de amarillos desayunos, lave los tenedores del miedo con mis escupidas. De seguro la esperanza, que no deja de ser un fetiche en medio de mis encías, estará siempre al lado de los puentes postizos del reloj; si en algo sirve el consuelo, hay que inclinar el ojo sin titubear en el próximo antro, donde no es necesario pensar, sino beber todo el sobaco de las putas, el humo pestilente, y las cervezas decoradas con un pedacito de limón por aquello de la boca abierta del sabor. En realidad, me cuesta digerir todo el humo denso que emana de las rocolas abiertas; el ruido de las monedas encorva mis bolsillos hasta el punto de olvidarme de la tranquilidad del cirujano que hace un desastre con el bisturí. Un poco similar es arañar la vida a tropezones, morder la cuerda floja de la luz eléctrica, pensar en el búho múltiple que horada las paredes del entrecejo, así, a media luz de la palidez del rostro, deshilachado sin posibilidades de un amanecer diáfano. De hecho hay montañas negras cuando trasiego el viento, como una barba violenta, sin afeitar en las últimas semanas de la ambigüedad de las tijeras. Al final siempre duele la disección de la almohada, el sentido de la lectura mientras se espera que alguien te tire una bocanada de dolor del tamaño de una limosna pública. Por suerte, aquí no llegan los periódicos, sólo la sonrisa del hambre como un cadáver a punto de ser flauta, o bestia domesticada en su propio orgullo.

Barataria, 25.VI.2012

sábado, 23 de junio de 2012

DESTINO DE LA PIEL


—Vamos, seguramente, tras ciertos jardines de azúcar; vamos recogiendo el trajinar
 de los ojos, desde los techos altos de la conciencia hasta la hoja de papel que recibe,
por cierto, los extraños fragmentos del insomnio.
Imagen tomada de la red




DESTINO DE LA PIEL




En el papel, el estrépito de la cortina de los poros con su grave tinta de sombras. ¿Hacia dónde va el pétalo caído en la piel, bajando como un gorrión amarillo del árbol de los sentidos, en los días de la semana cuando aún permanecemos agarrados de las ventanas, de las palabras bifurcadas en las ramas redondas del viento? —Vamos, seguramente, tras ciertos jardines de azúcar; vamos recogiendo el trajinar de los ojos, desde los techos altos de la conciencia hasta la hoja de papel que recibe, por cierto, los extraños fragmentos del insomnio. ¿Tenemos, ciertamente, algún destino? ¿Qué dirá el oráculo, los buscadores imposibles del nuevo psicoanálisis, el viejo Layo con un coro de caballos? —Siempre supe que los desasosiegos, me llevarían a cierta estampida, pero también a cierta náusea, a días de ansiados panes; y claro, no es para menos, qué puedo ofrecer después de mis palabras, peces en la hoguera incesante de mi chorrito, sino este andar de duras baldosas, postreras mesas de vacas flacas, domesticadas semanas en el interior del cenicero donde gasto mi pulmones. A este destino a prueba de intemperies, le sumo los alambiques desparramados del tabanco, acaso porque en el hollín y las telarañas, escribo mis propias apostillas. (Sobre el lomo de los clavos, lector empedernido de los imaginarios: en el blues de los pájaros, el azar, discípulo de mis perplejidades, espejo colgado de los aleros de la memoria.)

Barataria, 23.VI.2012

jueves, 21 de junio de 2012

ESQUINA DEL HUMO


. El bosque gris estalla en los ojos, respira sin ninguna neutralidad
en el tronco del pecho, dentro de los aleros, inmensos de los sentidos,
 cuerpo de granito que se despeña en el pálpito.
Imagen tomada de/frogx3.com




ESQUINA DEL HUMO




Es un velo de despojos que aletea en este tiempo de ardientes bocas. Huyo, aquí, de la frivolidad desvelada en racimos giratorios. ¿Espejismo? ¿Naufragio? Es la vigilia que envuelve como una playa mis sienes, las meretrices de la negrura en los aleros, flotantes cabelleras desprendidas de la carne. Estoy ciego de filos oscilantes, ciego de trasegar espejos en vómito, ciego de tanta ardorosa elocuencia y sin embargo inútil, ciego tras un albergue de rocas, ¡tanta vena rota en el cántaro trunco del destino, la sombra atroz que se enreda en el cierzo! ¡Navegamos en el sueño o la fantasía, en alguna rosa de azúcar, o en el ardiente candelabro del Erebo? Después de tantas manos agónicas quién puede decirlo, quién entonces en el cuerpo sin ropa de los días, quién la imagen en la alborada de las esquinas, la sal implacable de los peñascos. A ratos sólo el suplicio con nosotros. La piedra perenne en el labio. El bosque gris estalla en los ojos, respira sin ninguna neutralidad en el tronco del pecho, dentro de los aleros, inmensos de los sentidos, cuerpo de granito que se despeña en el pálpito. Dios conmigo, su candil de musgos, las panderetas del árbol del bostezo, allí donde también rechinan el martillo y las cucharas, el guijarro sin tregua de las monedas, la sombra del búho girando como un fantasma al son barroco de la lluvia. Vida, no me des más ojos ensombrecidos, ni la lumbre al ras del suelo de las máscaras, ni las estaciones en redondos enigmas…

Barataria, 21VI.2012

martes, 19 de junio de 2012

EL POEMA, DESPUÉS DE TODO, ES OTRA CASA


El sueño termina donde empieza la realidad, al menos eso pasa
 en mi sed: siempre las aves de rapiña, el fastidio de los moscardones.
Imagen tomada de la red




EL POEMA, DESPUÉS DE TODO, ES OTRA CASA





Después de todo, abierto el resplandor, se hace el poema: esperan la puerta y la ventana, todas las dudas del chorrito de agua de las palabras cuando caen desde las hojas del árbol, descenso a menudo clandestino como el hilo oscuro de la tinta y la sombra y el cuaderno ante el río siempre de los ojos. Nada inventamos, por cierto. Es el poema el que nos presta su alacena, la olla de presión del pálpito: en dicha casa me aferro a las palabras, del pozo de los pensamientos salta el lenguaje. El sueño termina donde empieza la realidad, al menos eso pasa en mi sed: siempre las aves de rapiña, el fastidio de los moscardones. Es necesario reinventar la casa: de pronto veo cansancio en los ataúdes, en el perro que merodea alrededor de la silla del cansancio; reptan los meses a la sombra del sin fin, bajo la mano torrencial de la albahaca, piedra junto al borde de la piedra de la luz, ruedan los sombreros de los pétalos sobre la marea redonda de la extrañeza, faros de color y viento encima del pez que bracea en el pergamino tendido en el ébano de la nostalgia. Después de todo, escribir es un acto de heroísmo: un paraguas cruza en el entrecielo de la historia: la felicidad como el aliento del poema son efímeros; cada cual tiene su propia dirección y secretos, follajes fugaces de lo indomable, rejas o flechas del desenfreno, olvidos que nadie querrá recordar en el escombro del pecho. Tiembla en los ojos la sombra de Ulyses, ¡cuidado! No hay matronas para atender este parto, ni rapsodas que celebren la victoria, sino otra historia de héroes y tumbas sobre el arquetipo de la hoguera.

Barataria, 19.VI.2012

domingo, 17 de junio de 2012

RINCÓN DE LA TERNURA

Imagen tomada del Feisbuk de la escritora Elane Tomich Tomich



RINCÓN DE LA TERNURA




En el delirio de mis ojos, el rincón de la ternura con su clandestino estado de azúcar. Entre tintero y delirio, la ilusión de Estado de la filatelia por darle rienda suelta a las oblicuidades que el pentagrama demanda con su esmalte de materia de vuelo. Celebro la causa efecto de los abrigos ¿lo recuerdan mis imaginarios universales, el desliz de las aguas sobre los afluentes? —Sin duda, al cielo no sólo le asigno pájaros, sino un puñado de magma y el gusanillo del alfabeto como incubadora de mis utensilios para que los pensamientos broten sobre el prensa papel del plástico que cubre la mesa. Por supuesto, nada refuto a la ternura ni al lagarto de la noche moviendo los sortilegios de su cola y hocico, nada al polvo póstumo acumulado en las esquinas, a la fortaleza de los sueños encalados, nada al trueno que abunda en hojitas de utopía por los senderos de los bosques. Siempre hay un agua para beber después de todo. Muslos arqueados durante la semana, tinta o bolígrafo para escribir en el ombligo la impostergable rima del verso absoluto del convencimiento: siempre resulta una complicidad la ternura y a veces hasta una transgresión en un País donde falta la respiración, en un rincón donde miedos y hoyos son del tamaño de la vergüenza. No me imagino hablar acerca de la Santísima Trinidad, ni puyar el panal sin pasamontañas; pero sí, quemar el abismo con los ojos abiertos hasta cambiar el sentido a las circunstancias. Basta la realidad para volverse uno imaginario, mis peces excavan en el grito y entran al guacal de mi ternura. —Esa que me das, después de todo, en la cama. Abajo, el altar mayor del pecho.

Barataria, 17, VI.2012

viernes, 15 de junio de 2012

ENJAMBRE DE TINTA


Después de todo, somos lo que escribimos: así lo dicta la aglomeración
 de los peldaños, y el Vía Crucis de la Esperanza. Todo es conciencia. Caminemos…
Imagen de André Cruchaga




ENJAMBRE DE TINTA



A Pere, Ana Muela, Marina, Andrei Langa y Daniel Dragomirescu




Es así de sencillo cuando las certezas deslumbran y las manos bailan en la profundidad de los rincones, sobre la hoja de papel del acantilado que galopa sobre la luz del pecho: luz negra las abejas negras cobijando la historia del aliento, o desvelando su metamorfosis de gruesa madera. Ardor de abejas en los párpados; aquí, en trocitos, la lluvia mojando la piel, muriendo, desnudando cada vez el ojo en la alforja de la sed. Por suerte, no desfallece la tinta, si el timbal en el guacal giboso de la historia: si la escalera de las sombras, no el esplendor de la gimnasia cuando busca su postrero paisaje. De todas formas, me enseña a despertar la camisa trapecista de la tinta, el taller del panal con su azúcar solidaria, el blanco de ciudad reconquistada por el alma; por cierto que en el trance, la tinta se vuelve inagotable como el asombro de todos los días frente a la convivencia del espejo, como a los meses obsesos del aforismo, imantado panal del júbilo. (Sin duda uno tiene que aprender a ser pragmático: ser vehemente ante las contradicciones; bajar a la oscuridad para espantar los malos espíritus, cortar la soga de la hipérbole y andar en las tejeduras del agua. Con carencias no se hacen volar las hélices del tiempo, mucho menos entender los mapas de la tinta, el garabateo de los capullos, el vaso de agua comprimido en los poros.) Después de todo, somos lo que escribimos: así lo dicta la aglomeración de los peldaños, y el Vía Crucis de la Esperanza. Todo es conciencia. Caminemos…

Barataria, 15, VI.2012

miércoles, 13 de junio de 2012

RUMOR DE TRENES


Quizá la misma historia transpirada desde el tacto hasta las estaciones; a la estación,
digo, donde desembocan los rieles con su sábana inalcanzable de ruidos.
Imagen de André Cruchaga




RUMOR DE TRENES





…estación en que la lluvia
deja un recuerdo de agua en los rincones…
PABLO NERUDA




Y en la respiración, la misma jaula de los vagones. Quizá la misma historia transpirada desde el tacto hasta las estaciones; a la estación, digo, donde desembocan los rieles con su sábana inalcanzable de ruidos. Pero es que la historia es la misma con sus retortijones de espasmo, de danza y charcos. Un día caminaré a través del chorrito de agua que se cuela en los durmientes, tendido con todas mis promesas en la alforja o reloj petrificado en la garganta: iré abriendo balcones y suspirando entre viento y lluvia, entre el azúcar de los sueños, esquivo a los cuchillos y al suplicio de todo ojo buscando su lágrima, el viento del cuerpo inaccesible, ensimismada la sed tras el agua espesa del pétalo. En la estación: un aviso que siempre llamó poderosamente mi tención: “Pare, mire, oiga”. De niño, por supuesto no las entendía; ahora, devoro enormes mares y trenes, me zambullo en las aguas del subconsciente, cuento bufidos y tripulaciones, desenredo la mesa de la memoria, le doy a mis zapatos avergonzados el almuerzo necesario para seguir en este estado de relativo imaginario. (Usted comprenderá mi afición por los trenes: no sólo es partida, huida o regreso, sino el necesario centelleo del sonido de la niñez, mi casa enfrente, ave fénix insoluble de la placenta que me alimentó con tantas coincidencias: salgo a caminar entre espejos, putas y pañuelos, cazador a secas y coleccionista de diapositivas amarillas, casi sepias…)

Barataria, 13.VI.2012

lunes, 11 de junio de 2012

TESTAMENTO DE LA FUGA


En los circos contemporáneos, prevalece la virtualidad de las orgias, los comensales
 del delirio, la conversación in vitro de las inteligencias privilegiadas.
Fotografía de André Cruchaga





TESTAMENTO DE LA FUGA




Sobre todo lo escrito, las cuatro paredes de las palabras, el braceo casi anónimo del mimbre: cada vez la urgencia de pernoctar en la fuga de la tinta. Los simbolismos del tiempo se disputan la hoja de papel en blanco: me abraza el arsenal de las antípodas, eructa a los suyos el espectáculo, el ser o no ser cuando defecan losa gusanos con cierta civilidad y patriotismo. La ciudadanía, dirán otros. En los circos contemporáneos, prevalece la virtualidad de las orgias, los comensales del delirio, la conversación in vitro de las inteligencias privilegiadas. Los ciudadanos comunes comemos en los mercados, bebemos agua de los diques y defecamos sobre la letra bifocal de los periódicos, hipotecamos las fotografías a la memoria de los patrimonios del sincretismo, sin duda futuro imperfecto de los días venideros. Al amanecer se me imponen las tarimas de la locura: los paraguas fugaces del calendario con los izados en la complejidad de los pañuelos; desde luego, las noticias me obligan a repensar mi propia historia que, a fin de cuentas, no es diferente a la de aquél que siempre anduvo a la deriva creyendo en la Esperanza: escribo para reencontrarme con mis propios demonios: venceré a la sombra y a esa lengua negra que se viste de gala todos los días. Nada debo llevarme sino mis propios tiliches, y el beneficio de la duda para quienes fueron impotentes de cumplir con su propia palabra. Un puchito de humanidad es suficiente para la fuga de hoy…

Barataria, 11.VI.2012

sábado, 9 de junio de 2012

NOCHE EN WEST JORDAN


De regreso a casa, las calles lisas como semen derretido sobre los imaginarios
 del líquido amniótico: nos urge una caverna para que los cuerpos se hagan brasa
 y la semilla del sueño incube las diapositivas del minuto en el tobogán de los poros.
Imagen tomada de la página virtual/laist.com





NOCHE EN WEST JORDAN




Nieve y lluvia fría debajo de la sal del aliento, pedazos de asfalto donde la luna ha enterrado su lengua de aluminio, los espejismos insólitos de las antípodas mojadas de las medias en las tiendas rechinantes de dientes. Todos caminan con su propio ritmo de tiempo congelado: el promontorio del paisaje íngrimo con los desairados espejos del subsuelo. Todo es después de todo, un juego de jardines sombríos, la nieve que nos sepulta en su vientre de humedad apocalíptica. Reímos en el trance de la boca congelada. Entramos al estertor de los trenes de fuego, a vagones de suéteres aleteantes, al calor humano abriéndose camino entre rieles hieráticos. Vemos el ritmo de las palas y los azadones, las manos entumecidas, los motores despejando los andenes, los árboles casi moribundos en su propia cripta. De regreso a casa, las calles lisas como semen derretido sobre los imaginarios del líquido amniótico: nos urge una caverna para que los cuerpos se hagan brasa y la semilla del sueño incube las diapositivas del minuto en el tobogán de los poros. La nieve nos ha llenado de simbolismos casi heréticos: tenemos una agenda en la piel que no podemos canjear, sino con la audacia repartida en el cuerpo. Caminamos despacio sobre lo ancho de las grandes baldosas. Cada vez, la nieve arde en la memoria del trópico. Arde la saliva debajo de las sábanas.

Barataria, 09.VI.2012

jueves, 7 de junio de 2012

OBEDEZCO A LOS OJOS


De pronto la respiración se me ha vuelto un collar de cuentas regresivas;
 y la oscuridad, guitarra de la noche donde el sonido abre los párpados del brasero.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





OBEDEZCO A LOS OJOS




Obedezco al ojo que me guía a través del paisaje de diversos pergaminos. En el trayecto asumo los matorrales dispersos del tiempo, esa lluvia concertada de mi propia sombra con la sombra del pájaro en medio de la luz. En la puerta del sobresalto se acumulan los dramas del presente, la ronca cadena de los días transcurridos con su sorda conciencia; del espejo a la calle, pareciera que ya no quedan utopías para ponerle ilusión a los sentidos: todo el color es una valija de dudas, no es posible deglutir la oferta y la demanda, sino el absoluto alucinado del galope. Soy fiel a mis ojos frente a la geometría de mis adversarios (antes negué su existencia; ahora son parte de mi universo.) Siempre supe, sin elección posible, que estaba al filo del cuchillo; ¿queda algo, todavía, de aquellos blues alucinados, rodeados del poema vertebrado, de la oscura sábana de los pastizales? Aún recuerdo la zambullida en el Sumpul, camino a San Marsos, en Honduras, con el ronquido arriba de los pinos, las noches embozados con nuestros propios coágulos de saliva. De pronto la respiración se me ha vuelto un collar de cuentas regresivas; y la oscuridad, guitarra de la noche donde el sonido abre los párpados del brasero. ¿En qué desvelo están mis ojos cerca del miedo que juega en la intimidad, abrazado al hambre del invierno? Sé que estás aquí cuando ya me quedan pocas palabras…

Barataria, 07.VI. 2012

martes, 5 de junio de 2012

JARDÍN DE INVENTARIOS


El jardín abre las primeras puertas de los pétalos, la fogata propia del aliento
cuando atraviesa la memoria; alrededor de los pájaros y las mariposas,
 el telar de los sentimientos todavía nómadas, patio de la siempreviva,
del helecho espumoso de balcones.
Fotografía de Donald Aguirre tomada de su feisbuk




JARDÍN DE INVENTARIOS




A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros.
Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.
JUAN RULFO [EN “DILES QUE NO ME MATEN]




Trabajo en un jardín desde hace siglos; pulo la madera de cedro y conacaste, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, y es reconfortante, el olor a tinta añeja del aserrín sobre la página de cada cuaderno o libro. Poco a poco debo ir haciendo los respectivos inventarios para llegar, sin demora, a feliz puerto. El jardín abre las primeras puertas de los pétalos, la fogata propia del aliento cuando atraviesa la memoria; alrededor de los pájaros y las mariposas, el telar de los sentimientos todavía nómadas, patio de la siempreviva, del helecho espumoso de balcones. Escribir ha sido mi vida, desde que el arco iris subió a los andamios de las sienes, desde mi humilde aserradero de cicatrices; no ha sido en vano el aullido del crepúsculo, ni el resplandor matutino de la albahaca, ni la carencia de tribuna. Trenzo mi alegría en la iguana sesteando sobre los cercos de piedra. El aserradero también es mi muelle: el astillero del fogón de las palabras, la alfombra del césped como un cocodrilo en mi melancolía, hace que la voz se llene de rostros. Al paso de los días, uno atraviesa con cierta nostalgia los jardines: allá, en la alta mar, los peces casi ciegos, golpean las mareas del alma, halan alelíes al compás del viento. Mientras, yo sigo invulnerable, inventariando el aliento.

Barataria, 05. VI.2012

domingo, 3 de junio de 2012

LETRA MUERTA


Sin duda nos llenamos de frases olorosas a axilas, cárdenas en su túnel imaginario,
entre albatros imaginarios, en la soga que descuelga lágrimas, cierta la evidencia
 de la letra muerta, pulverizado el calendario de los eclipses, reprimida la campana
 de la existencia hasta el punto de ser sólo garabato.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




LETRA MUERTA




Y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,…
RUBÉN DARÍO [EN LO FATAL]




Retorno al grifo de los epitafios, siglos hoscos de partida siempre sobre la brasa enfangada en la respiración; muerdo, por tanto, la Nada esculpida en el frío que la carpa de la tinta deforestada hasta la muerte. Contra todo, —viento y marea al unísono—, la potestad de la letra del tamaño de las plegarias, enormes querellas del cieno hasta las rodillas: morir de pronto se vuelve una opción, aunque gane la prisa y las estaciones, sin haber encendido la punta del ápice de la astilla ardida que se lleva en el pecho. Sin duda nos llenamos de frases olorosas a axilas, cárdenas en su túnel imaginario, entre albatros imaginarios, en la soga que descuelga lágrimas, cierta la evidencia de la letra muerta, pulverizado el calendario de los eclipses, reprimida la campana de la existencia hasta el punto de ser sólo garabato. Me llueven los racimos cuneiformes de la muerte, los paraguas rotos de los hongos, haber entrado la Babel a mis gemidos de buzo de mortajas; deshice los nudos de la dentadura y fue en vano, respiré rieles de salamandras, y fue en vano; caminé en fila india de frío, y fue en vano, tirité en la olla de presión de la hoguera, y fue en vano; al cabo, toda realidad resulta ser un espejismo, un tic tac de féretros, un reloj con pústulas y coágulos, un plato irreal como una hamaca colgada del vacío. ¡Y claro, rezo, ante la partida, en medio de mis propios harapos! Toda muerte anunciada, permite hacer los inventarios necesarios.

Barataria, 03.VI.2012

viernes, 1 de junio de 2012

MEMORIA DE SALMUERA


De pronto nos damos cuenta de la disecación de sal en nuestras mejillas,
el sahumerio planetario de los husos horarios, la gota zurcida del sueño
 en los enjuagues encrespados de la otredad.
Imagen tomada de/elmundo.es




MEMORIA DE SALMUERA




Empezamos por acomodar los fantasmas en el armario degollado del brasero, con ese infinito galope de espuelas que de pronto se toman lo que creíamos olvido. De pronto nos damos cuenta de la disecación de sal en nuestras mejillas, el sahumerio planetario de los husos horarios, la gota zurcida del sueño en los enjuagues encrespados de la otredad. ¿Qué otra cosa nos produce el sollozo, sino la costumbre de hacer estiajes en la cara? ¿De qué otra pócima hablamos, sino del té de Manzanilla o de canela, del ahora cuando vemos colgadas las fotografías en la pared, de aquella espera en medio de crisantemos, despiertos, genuinos los sentidos hasta el punto de no sentir el tiempo, ni despertar amenazados por la barbarie de nuestros días? Sabemos que el tiempo hace de las suyas, y que, después de todo nosotros no somos la excepción: alguien tiene que pagar el tributo de la camisa de fuerza de los desasosiegos, alguien tiene que recordar la historia de lo insostenible, lamer el fermento de su propio cuerpo, licuar los sueños de alguna leyenda o parábola, o calcinar la exactitud de los recuerdos para seguir creyendo en los días postreros. (La verdad es que, —aunque no se vea—, llevamos la cara almidonada de salmuera: nadie olvida la dulzura amarga de la risa, los colibris extraños que llegan a la comisura de los labios o la boca, ahora museo del ensueño, jardín bifurcado por el calendario. No sé si al final es bueno santificar o purificar todo el diario vivir de dos cuerpos colgados de la pancarta de la memoria. )

Barataria, 01.VI.2012