miércoles, 27 de febrero de 2013

LABRANZA

Imagen cogida de la red




LABRANZA




(Pasa el lápiz sobre el surco grueso de la tierra, los días incontables de la sed en los andamios de la siega del delirio: el panal esculpido en el celaje, de pronto como cuadernos en las esquinas del viento. Si hay un símil en las manos del sueño, es el aliento pleno de las horas del poema, el ático del estío que baja hasta el abecedario de las semillas. De toda la labranza, y apartada la espina, quizás quede la proeza del remanso y las huella de los trabajos nocturnos. Camino como lo hacen las aves o las aguas en su origen: vuelo o braceo o ando; el trabajo humedece las manos y hace callos en el pulso. Nunca conocí los linderos de las estatuas, mucho menos la oscuridad muda que puede cimbrarse en el poema. Ante el ronquido furioso de los trenes, le di rienda suelta al horizonte, así he sobrevivido después de todo a la tristeza.)

Al pie de las ventiscas, me he porfiado a las puertas. Todo viaje anega
los zapatos,  hace cataclismos en los goznes.
Después de todo, uno sabe que quedan estiajes en la garganta.
(Nunca la memoria de la sed fue llenada a ras del suelo); nunca en el taller
de la lluvia, cupieron todas las aldabas de la melancolía,
ni todas las muertes que crecieron en cada herida.
A riesgo de quedarme desnudo alzo el vuelo cada día: —a riesgo del fuego,
me refugio en el eco del asombro, el poema es la voz del aliento, —me digo—,
mientras la hora undécima fecunda mis entrañas.
Si algo queda en la campana de las manos, que sean los brazos maduros,
no la espina al encuentro del suspiro.
Si el surco de la tierra es un caudal, que sea el poema y la huella
de que andando, encontramos la alegría del sosiego, el pan ascendido a la boca.

Barataria, 15.II.2013


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