domingo, 3 de febrero de 2013

RESUELLO DE LA SOMBRA

Imagen tomada de la red




RESUELLO DE LA SOMBRA




Veo, allí sobre el tiesto, el corazón trocado en sus nostalgias.
Las severas formas  que muerden la materia de las semanas,
la extraña lengua de las campanas en la madera:
la noche cimbra sus resuellos, el patio oscuro y desollado de la garganta,
y aquel abismo de poros inciertos.
Los abrigos se los traga la esquina del luto, y jamás cubren los poros
degollados por el frío,
jamás fue antorcha el resplandor de los golpes de la flecha,
ni el odio puede siquiera tener derecho a elegir entre persianas,
ni a esta destrucción alrededor de los calcañales del suelo, del cofre póstumo
en donde se asfixian las premoniciones.

Me duelen todas las venas desangradas del destino, cada cuerpo
en las escamas del ijar insomne mordiendo las pupilas, los dientes hundidos
en el desatino de la espina que hace del harapo de la piel, un afán de zarpazo
subterráneo. Es como si el hambre chocara contra los fierros de la agonía.
Sin duda, habré de caminar todavía masticando la carroña, la calle arrebatada
de imposibles: morder y morir en el arrebato.

Esta vastedad de desasosiegos, despoja la naranja de la luz;
arde la combustión de los zumos, la partitura de la sombra con su rebrote
de ráfaga o de relojería colgada de los pernos del aliento.
¿En qué afilados dientes, Baudelaire, mordiendo la resina del candelabro
de la pesada caballería de las estatuas?
¿Qué barro es éste
donde no he podido avizorar a Aladino envuelto en su karma?
En la hoz de la saliva, los rasguños de la verja del crepúsculo, apoteósico
pedernal sobre las sábanas inventadas del calendario, los nudos de la piedra
del tamaño incendiado del alba.
¿En qué punto cardinal está el límite de las apelaciones, los neumáticos
de la respiración, la pócima con el encaje de los élitros?

Con los años, todo se va haciendo más incierto: cada chunche exhala
ese polvillo de rancias armaduras. Los ojos también caen cuando lo hace
la noche, sí, don Miguel de Unamuno, ya soy otro que para ser
ha sabido volver a la absoluta inconciencia del quejido y el delirio.
No a la muerte, sí a la pasión por los resuellos de la penumbra:
¿A qué noche me atengo, entonces? ¿A qué tiempo de olvidos?
¿A qué luz debo cabalgar en medio de la bóveda de los pabilos? —Sin duda,
las carpinterías son vastas y allí los féretros gozan de la desnudez
del aserrín que respiran las garlopas.
Juro que algo empieza a desaparecer de mis pupilas…

Barataria, febrero de 2013


No hay comentarios: