domingo, 10 de marzo de 2013

FÉRETROS

Imagen cogida de la red





FÉRETROS




Siempre me ha cautivado la madera al poniente de mis zapatos.
En el callejón sin salida de la tumba, las honras fúnebres del océano.
En los labios la oscuridad de los sueños,
el ojo muerto viviendo de relojes, sin la prisa que lo delate el delirio,
sin el vaso de espasmo donde se diluye el alcohol.
Todo es perfecto cuando se trata de palpar la oscuridad:
la sed bebe las esquinas de la blasfemia, el libro del apocalipsis
en el penúltimo orgasmo del ciempiés de los espectros, bocas rezando
al miedo, rasguñando el sexo que grita en las paredes.
Hilado el quejido en vómitos de obsesivas convulsiones, el árbol
suelto de las heces, culebra de alcantarillas revividas.
(Desde los trocitos de bambú, el falo llorando como un laúd.)

(Pero aún debo saltar sobre la verja de la lluvia llorar si es posible reír si es posible  morder los imposibles si es posible sufrir en este pecado de las mensajerías instantáneas hacinarme a la enorme ventana de la conciencia morder los clavos del asedio dejar de ser el intruso entre los cadáveres repartidos en las retinas purificar claro mi agonía velar a ese otro yo desvivido entre fuga y permanencia entre zapatos avergonzados y los propios absurdos de la sombra del alfabeto ya no soporto la caries de mis propios poemas: yo que lo vivo palidezco ante el acecho —corren mis sienes como una brújula desorientada por toda la baja mar de los zócalos necesito uñas para asirme de mi propio cadáver)

Barataria, 25.II.2013


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