jueves, 14 de marzo de 2013

MISERIA DE LA SACIEDAD

Imagen cogida de la red





MISERIA DE LA SACIEDAD




Y uno que cree que el horizonte es lejanía. Y que las miserias
no se hacen transparentes y que el asco no es apogeo de la entraña.
El tiempo no esconde las osamentas de los cementerios,
sino que las desvela en el filo del desarraigo.
En la polilla del sueño, el sótano de los fantasmas; el castillo
de lo rancio en la alacena voraz de la atmósfera. Hay ruidos
que respiramos sin lavar los cuerpos, kilómetros de ciegos forcejeos,
desgastan la vigilia y las paredes rancias del ala o los ascensores.
De cierto, ¿cuándo descubriremos la profundidad o el afán del silencio
sobre la niebla, los días que le hemos prestado a las lágrimas?
—¿Tienen nombre los zapatos después de ser fósiles?
Ahora atesoramos el asco junto a ciertas palabras solitarias.
Pienso en las manos que renuncian a la luz. Los que renuncian
a los ojos. Los arraigados con alfileres a la noche. Los congregados
para festejar la agonía. 

Hay, de cierto, muchísimas lenguas afiladas, rocíos derramados
debajo de la cama, espejos de descalza inclemencia, cascos en el valle
de lo oscuro. ¿Quién vive, intacto en este tiempo?
¿Quién no nada en el fondo de la orfandad, en el párpado solapado
de la espuma, sin que alguien lo advierta?

—Desde la oscuridad, a la oscuridad del hollín. Desde el escombro,
al absurdo juego de las luciérnagas, al encaje de humo de las verjas.
Aquí siempre la encía en el vaivén de los dientes.
La semana en el hambre de las latas de coca-cola o la pepsi,
el arca de noé en los areópagos, como ese fuego eterno, con todos
los olvidos posibles. Nadamos en las aguas del asco, pero no dormimos
en el reino de las montañas, sino en los desperdicios del estiércol,
en esos asombros que nos proveen los museos.
Nos apropiamos de las conciencias ingenuas para repartir galletas
de neblina, sábanas con insectos, grúas de abandonada grasa.
Huele el aceite quemado sobre el pedestal de nuestros monumentos.
Huelen los desperdicios de los ajos y las cebollas,
huele la cruz a un cuerpo sobre otro y otro y otro y otro y otro.

De tanto árbol caído ya no se hace leña, sino habitaciones para lagartijas,
musgo para que trabaje el crepúsculo,
diccionarios de astillas, tragaluces de sorda claridad.
No siempre el horizonte es lejanía, ni el ojo cerrado la conciencia en reposo.
No siempre el horizonte es un espejeo de algodones,
sino el síntoma fiero de lo que se trama detrás de las paredes,
—es el dictamen de los los callejones desgastados por el tráfico.

Barataria, 29.XI.2010



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