sábado, 9 de marzo de 2013

TIEMPO

Fotografía de José María Rodríguez Madoz





TIEMPO




Entre arcanos y fugacidades no hay balanza, ni pelo que valga
para repartirlo sobre la faz de la tierra, ni andaduras en tramos largos.
Algunos relojes viajan en sombreros soterrados de hambre o azufre,
—obra, quizás, de extrañas manos que nos incendian,
desde el moho habitual de las calles.
Cruza la ebriedad del relámpago sus propias florescencias.
¿De qué  plato nos vienen las semillas desgastadas, el bagazo de quejas
de los zapatos, el chorro de sol en cuclillas?
Entre la niebla y la sartén de la claridad, la indigencia, y esos extraños
güishtes de andar buscando ventanas y semáforos, en medio de horas
resbaladizas, cuando sabemos que todo se convierte en juego de huidas.
Deberíamos orear, sin duda, el espejismo para venderlo después en el mercado 
de pulgas, en medio de tiliches, cuando el goterón del gentío muerde
cada sombra de la intemperie.
Tiempo y personas se pierden en la calle: siempre somos aprendices
de lo lúgubre, colgamos la atadura en la escritura del sonambulismo,
nos fascinamos en el encantamiento del olfato, ante las transparencia
el calendario armado de lechuzas,
el mismo juego del fulgor del panfleto, en las ojeras del cuervo.
Y cuando el hervor sube a los cuarenta grados Celsius, ay, asfixia y martirio,
buzos en el cine mudo de la palabra: llueve las siete cabritas del espinazo,
el escriba versátil de la tablilla falsa, la rotación órfica del Phasianus colchicus,
ay, el tejado de la locura en un laúd de mudanzas irreversibles.
Cuando la sombra se vuelve posesa, es necesario un lavatorio y yerbas
aromáticas, —de esta forma, remojamos el rascacielos de la altanería,
y hasta podemos respirar, como en una parodia de dioses y semidioses.
En el estanque de las carrocerías, quizás quede la gotita de sal
pegada al desatino del espejo: allí los minutos interiores…

Barataria, 24.II.2013



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