viernes, 26 de abril de 2013

ANDENES RESUCITADOS

Imagen cogida de la red





ANDENES RESUCITADOS




Renazco sobre la estructura sagrada de la brasa: mundo aquietado de las ascuas toda la siempreviva de la temperatura en el ojal crecido del día (en mi casa la niebla arreció sobre los columpios cada embarcación se tornó tránsito alucinante danza y locura la herida del sueño a veces acantilado el inconsciente de las veredas inmutable la alcoba de la vehemencia ante cada piedra la rebelión de los brazos: esperé noche y agua y viento y tiempo de principio a fin grabé mis estertores y le robé el cierzo al alba nunca dije que fuera fácil mi propia envoltura ni que el óxido dejara de hacer lo suyo entre un parpadeo y otro la hondura de la sal sin indulgencias) ¿qué andenes resucitan después de todo sin fantasmas sin infortunios con ventanas? ¿de qué apetitos habla la intemperie cuando lo efímero nos revela sus plegarias? sólo sé que caminar es un destino pese a tantas ansiedades memorables mi trabajo lo realizo junto al viento ¿quién busca la eternidad en el poema? sin duda la muerte: la percibo idéntica a los anhelos en el brocal irrevocable del calendario sí en el fragor mortecino del yute y las paredes en los sueños insostenibles de aquellas mareas miserables por suerte he sobrevivido a los gestos siniestros de la hoguera (hubo un tiempo de monotonías incesantes acechos inverosímiles hubo claro después de todo ciertas revelaciones: la paranoia en ciertos rostros los cascos del estruendo por suerte supe a tiempo que el aliento es ave Fénix y no mera alegoría) para ello el asfalto de la otra orilla me ayuda a ver la laboriosidad de las máscaras a multiplicarme sin sucumbir en el ahora del poema a menudo ciertas ceremonias son mera ficción: he caminado sobre tantos ahoras y fechas hoy me parece que todo fue sedienta ceniza piedra como tantas sombras que aspiran a ser fecundas por si acaso —ya lo he considerado— guardo mi inocencia para los nuevos inviernos que vienen: guardo la mueca de los cuervos ya no le doy crédito a las degolladuras ni a los bajos instintos de la duplicidad —en privado me aferro al blanco de mi propio pálpito la ceniza dejó de ser obligado taburete y repugnante martirio: en el resplandor uno alcanza a oír los otros aullidos el zapato mortecino de las envolturas  ¿qué urde el reino de las sombras?  (¿qué de la voz íntima en la alacena clandestina?)  asumo que cada quien tiene sus propios estiajes hay suficientes semillas para que cada quien haga su propio almácigo —entretanto —como ya lo he dicho— sigo con mi exploración acostumbrada: recuperar el misterio de la almohada y darle rienda suelta a las gaviotas y convidar a la fiesta del poema a la luz revivida…

Barataria, 20.IV.2013


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