viernes, 12 de abril de 2013

VENTANA AL CÉSPED

Imagen de André Cruchaga




VENTANA AL CÉSPED




Al entrar, el falo del invierno en la puerta, la fogata que endulza y consume.
Embebido en el espejo oscuro de la taberna, el borbollón de olas
como la noche terrestre de un burdel. (Beso el césped como lo haría
una tormenta en su móvil trapecio de orquídeas.)
Allí, la flama de la leña, los dientes hasta la saciedad del éter de los senos;
Después, los kilómetros de locura, la lima afilada en el muelle,
el litoral de las aguas en el espejo de la ficción.
¿Es el ombligo el puerto donde anclan siempre las gaviotas para luego adentrarse en la secreta alfombra de la arena? —El hambre es incesante
aún sin juntar ventana y espiga, playas y aguas, estación y ferrocarril.

(Ahora el olfato aprende el aroma del delirio. Poseso gime el áspero resuello
del reloj, la piel líquida del vuelo, el farallón devorado de las ráfagas.)

Podría seguir aquí, si fuese posible, como un ejercicio ecuestre: hacer
que germinen las semillas del zodíaco y respirar  la almohada como el perfecto
asidero del que desnudo no piensa en la caducidad del viento.
Barataria, 30.III.2013


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