miércoles, 29 de mayo de 2013

COLOFÓN

Imagen cogida de la red





COLOFÓN




Pese a los ahogos, voy con la sombra de la herrumbre sobre los hombros:
aúlla el perro de la soledad,  los ahoras que se quedaron como las vacas flacas
de la parábola (a mitad del sueño los retumbos de la agonía.)
—He aprendido que aún los rastrojos no son eternos en los ojos;
desconozco los sentimientos ajenos, aunque ellos lleguen hasta el cuello:
un día, —después de superar los atavismos— sobreviviré en la alternancia
del vuelo: dormí creyendo que el horizonte no tenía hojarasca y era firme,
y así emprendí esa larga jornada de gaviotas.
Mi memoria es otra cruz semejante a los candiles oscuros de la sed:
hay días desmedidos donde se acumulan todos los dolores (dejo al tiempo
que seque esta lágrima, desnuda como el arpón que entra al pecho.)
No te fíes —me digo en medio de mis ahogos— ningún juramento se sostiene
en el aire: luego, quito el espejo huérfano colgado de la pared.

Barataria, 18.V.2013

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