lunes, 18 de mayo de 2015

LUNA CON PERROS

Imagen cogida de la red




LUNA CON PERROS




En el aullido del ijillo nos muerden los adoquines de la madrugada: nos alcanza
la lengua vencida de la luna, —vos entre las tantas ráfagas del olfato;
mientras nos ladran los pedazos de huesos, el pálpito hace pedazos las semanas
con su natural turbulencia de parpadeos.
Apenas podemos caminar, es cierto: atravesamos buitres en fila india,
y lágrimas de zambullidas distancias y zapatos de viejos relinchos y noches
de largos sueños. La luz, a penas, baña mi nostalgia, el mundo fragmentado
de memorias, el humo negro leído al desamparo de los ojos.
Nunca falta en la madrugada, la luna con perros y ciertos nombres ciegos
en la garganta, como la fiebre de noche de ciertos espejismos.
(Uno, a menudo, va con las vísceras de las palabras en la punta de la lengua;
contadas algunas excepciones, es irrevocable la noche y su resignada luna.
Hay dientes petrificados en la tormenta, perros de hirviente vaho,
rostros como la distancia sombría del horizonte.
En los diferentes lenguajes del tiempo, los ríos decrépitos de la herrumbre.)
—Allí, siempre las degolladuras, acaso, como otro ojo vaciado por la polilla.
Nadie duerme crecidas las soledades. Nadie vuelve al tren de la infancia,
ni recobra las monedas perdida en el bolsillo roto de los meses.
Alguna vez en la saliva de los perros, los anillos blancos de la luna, la escalera
hacia los inventarios de la jornada.
Quizá en esta estación de neblina, sólo el hocico de los perros callejeros,
y el sonido de los genitales sometido a los caballos de la hojarasca.
Barataria, 15.V.2015

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