miércoles, 17 de junio de 2015

EPÍSTOLA A PERE BESSÓ

Pere Bessó




EPÍSTOLA A PERE BESSÓ



Se desmadeja el ovillo de pinzas espléndidas
de los ciervos volantes hacia el horizonte de la duda.
Pere Bessó




En la ranura del cierzo, el himen azul del infinito. Tal el corazón secreto
de los días mutilados. En la tinta temprana del árbol, acude en devoción
el pájaro para morder las secretas raíces del alfabeto.
En los exteriores del paraíso, el invierno de yerba del tiempo de Bachelard,
o Thomas de Quincy en el hormiguero kantiano del desvarío.
Siempre crecen los pájaros a manera de añoranza de las Églogas en el camino
del relámpago capturado por la ojera anterior a las ventanas y la asfixia.
Dentro del juego del paraguas desaliñado del alfabeto, caben los días imposibles 
de los barquitos de papel,
la garganta demoledora de las sombras, los corales ultramarinos de la lengua
sobre el picacho horaciano de las perdices.
Un día en la diversidad de los ombligos, el desvelo en el grito del sótano.
Sedimentado el mito del zapato inexorable del que ara, —vos poseso de cierta
arqueología: arador religioso de los destellos en pupila de fuego.
La imagen del pétalo siempre nos evoca el dardo del génesis en los ijares.
A diferencia de los vestíbulos, el poema es una criatura despejada como diría
André Gide, en la hipotenusa del aliento, o bien, en el delirio íntimo.
Dilucidada la virginidad del musgo, se puede transparentar lo inescrutable.
Eso diría el yo profundo mientras bullen las carpinterías. —El yo de Bob Dylan
O Jimi Hendrix, mientras la punta del alba pincha el muelle del pecho.
Barataria,15.VI.2015

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