sábado, 11 de julio de 2015

CONFIESO

Imagen cogida de esculpiendoeneltiempo.wordpress.com




CONFIESO




Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso.
Fernando Pessoa




Hay situaciones de las cuales no hay retorno. Sin horario, sin país, sin nada.  Cansa la soledad como un costal demasiado viejo, cansa escuchar las lecciones del aullido todos los días, aquel ángel demonio en la humedad de los candelabros. El ojo devora todos los sinsentidos, los pájaros siempre condenados al vuelo, o las mortajas entre mis manos como una noche densamente oscura. La ternura, el amor, no dejan siempre de ser un pésimo estribillo; prefiero la piedra a secas aunque rompa las semanas de mis sienes. Escribir el poema diario puede ser mi propia destrucción, en él leo los espejos y las vidas del poema. Confieso que este frío visceral que tengo puede ser mi epílogo. He esperado hasta el último instante, llover la línea seminal del pájaro, el orgasmo profundo del alma, la sombra que nunca he logrado disipar sino hasta que me ahogue en mi propio sendero. Confieso que a menudo uno parece morir, agonizar, irse de este mundo. Siempre existen pequeñas y grandes tristezas; el tiempo nos mata sin abreviaturas de ningún tipo. El tiempo y su ponzoña de lobos; los grises jardines de la lejanía. Lejos, cerca, no existe el retorno, ni la reposición de los días y las noches, ni aquella primera posible palabra enterrada en los juguetes del parpadeo. Sólo recuerdo mis ojeras amarillas y los zapatos descalzos en la boca de los imposibles; me ata la otra parte de mi condición humana: el animal que se estremece en mi locura, el aliento calcinado de mis sueños, un blues implacable como las aceras de mi país, el lenguaje muerto de las promesas que empiezan a caminar como púas, como signos desmedidos de la perversidad. Confieso que la opacidad esconde mis opacidades, mi alfabeto diestro a la piel, mi historia a la par de los adioses. Uno recibe tantos golpes que hasta los olvida: olvida la premisa de los juegos; olvida que cada quien debe hacer su carrera. No sé a qué es parecida una promesa, si a río, a tiempo, a moscas, a hollín, a nada. Pronto las palabras se cubren de ceniza, siempre de noches rancias, de gargantas disecadas y pájaros devastados de escombros; hay recuerdos que aprietan los tobillos y muerden las más íntimas cicatrices: grietas de la sombra que transitan en las calles detenidas del invierno. Nos quedamos en algún sitio del tiempo o la memoria; jamás regresamos o duplicamos los instantes del ensimismamiento, los ojos ardidos de candiles, un cuerpo encima de la sombra del pan o del aire. No sé si las noches por si solas se convierten en memoria, o sólo es confusión la desnudez recordada, el aire decadente que transita en medio de los ijares, la oscuridad que duele en el filo de la luz. Tampoco sabe uno si existe diálogo en las arqueologías, en estos ojos que ya no existen, en esta lluvia adolescente que ya no existe, en el sol cárdeno, ahora en los anaqueles del polvo. Detrás de los inventarios de la salmuera, está el puño de las últimas palabras: residuos, quizá, o simples dibujos que nos deja la muerte. Al final la vida nos lleva por árboles diferentes y no siempre existe el olvido, como tampoco dejan de existir los vacíos en la garganta, como tampoco dejan de tener sed los espejos…
Barataria, 08.VII.2015

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