miércoles, 29 de julio de 2015

DESMEMORIA DE TRANSEÚNTE

Imagen cogida de la red




DESMEMORIA DE TRANSEÚNTE




Uno muerde los caminos largos de la desmemoria. La línea zodiacal
que enhebra los zapatos, las piedras que juegan en el rincón de la conciencia,
el abismo como una tempestad en curso.
Uno olvida todos los guijarros en esa mística de desnudar la albahaca.
Asoma vacío el cántaro de medianoche y el espejo ramificado de los grillos.
Un día, entre muchos días, nos olvidamos de la lucidez y sus huéspedes o,
sencillamente, dejamos que sangre la piel hasta lo despreciable del aroma
de la muerte: vengo de platicar con mi falta de memoria, con esa otra realidad
del cieno y su brama de cataclismos.
Voy en medio de muchos brazos petrificados.
Nada recuerdo de los litorales y sus desfiladeros, del trueno y sus agujeros
de tiniebla, de los miedos que producen las puertas en su última corpulencia
de pájaros. (Ando caminos de polvo para cruzar, anónimo, los amargos infiernos 
de las flechas, los ahoras igual que la hojarasca del sollozo.
Todos los presentes de sorda hambre, los paladares hendidos de la ternura:
“Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales”. Eso pienso cuando quiero olvidarme de la bruma; en toda una noche caben los muelles
y sus jardines; caen las imágenes fijas de los ojos.)
—En mi desmemoria de transeúnte, sólo queda el tacto para reaprender la luz.
El grito no deja de ser cierto, el pie duro de las alcantarillas: vos lo sabés
cuando ves mi cara perdida con ese dolor perpetuo de páramo y laberinto…
Barataria, 24.VII.2015

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