viernes, 3 de julio de 2015

ELEGÍA

Imagen cogida de la red




ELEGÍA




En el grito sordo de la madera la pared hundida de la luz, el poniente
en la mortaja de las soledades inevitables: al ras, lleva consigo las calles
totales del quejido en el viejo portón del prostíbulo.
En la trompeta oscura de la voz, la noche invisible en la avaricia de las monedas
—esa súplica húmeda en el gorgorito del surco de la garganta.
Uno lleva tantas dudas como días tiene el calendario.
(Nada es leve en la tinta, ni en la lengua de ceniza que lame con fiereza
las entrañas; en la murmuración honda de la vigilia, uno siente que todo está
de espaldas y que escasean las rendijas aun de manera transitoria.
Enmudecen las esquinas de las estrellas, digo, mientras camino entre vacíos,
mientras brotan ramas de sombras a mi alrededor.)
—No sé si pueda hablar de lo inhóspito, de todos los miedos y malezas.
No llevo encendida una vela, ni un escapulario, ni una estampa de algún santo;
miro el espesor vacío de los años, la futilidad de las urgencias,
las alacenas cuya historia ya no tiene sentido.
El tiempo que encarnamos o vivimos, suele ser disímil, áspero, fiero.
A veces uno ni siquiera llega a historia, ni a nombre. Ni a memoria. Sólo horca.
Seguro que en la desnudez, —vos, sólo ves los callejones y el filo del dolor.
(Ya no hay fiebre, aquella fiebre derramada del cuerpo en el sucesivo candil
de la esperma. Hay vejamen, roto el cordón umbilical.)
Y esa impotencia de sal y palabras del cuerpo que llega a sombra y escoria.
Barataria, 30.VI.2015

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