martes, 7 de julio de 2015

HÉLICES

Imagen cogida de la red



HÉLICES




Los ojos del viento muerden las banderas desveladas de los parques.
El clavel rotativo de los álabes gira en derredor de los puños de lo concéntrico.
En el espejo el tambor de la lejanía y sus trompos en las legiones del grito.
A la hora fragante y sigilosa de la lengua,
la cordillera sonámbula de la espiga, o la construcción de madera de las hélices,
o el tendido de los trenes en lo alto de los espejos, o la gran alternancia
del paroxismo, o el salto mortal de la mosca sobre la sangre oscurecida
de la sábana, o la velocidad urgente de la marea desafiante
del paraíso en el flujo espontáneo del orgasmo.
En el paladar duro de los relojes, los cielos tendidos como un pétalo furioso.
A la hora de asumir el riesgo del hambre, la geometría esdrújula
del bosque de pájaros oscuros: depilo los follajes severos junto a las aguas
piadosas de la ternura.
(La atmósfera se abre, arcángel de la entraña; se abre ahí, en la lengua
profanada, justo en la real batalla de los transeúntes, fundidas las palabras
del viaje que supone el aire resurrecto de los muelles.
Alguien desde lo recóndito cruza los remolinos de la esperma.
Persevera el mundo de las hélices en el diente del resplandor del pájaro.)
Desmenuzado el mundo de los poros, entran en apacibles claveles, los metros
de éxtasis de la herida. Los ventarrones del paraíso terrestre.
En los relojes desperezados del cuerpo, los minutos ciegos del olor del agua
termal de aquellos viajes apretados de ojos.
Giran las hélices de la lejanía sobre la tormenta de aquellas adustas intemperies
Barataria, 04.VII.2015

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