martes, 21 de julio de 2015

LAS EDADES DE LA HERRUMBRE

Imagen cogida de la red




LAS EDADES DE LA HERRUMBRE




El espejo me mira y se aflige Lee en mi la historia de los años
Ese alfabeto sordo que un tiempo solar tatúa en la frente del hombre mal lunado
El espejo gris
Descifra solo mis historia
En los nudosos secretos de mis venas
Mucho tendría que decir pues he leído cómo en mi carne se abren camino los advientos
Mucho esfuerzo le cuesta al espejo gris recordar toda la desdicha que ve
Le faltan las palabras para fijarla le falta la voz
Yo no soy más que un detalle de la habitación para él sólo una lágrima en su rostro
Pesada pesada lágrima largamente cayendo con rectitud lenta desde el ojo de acuerdo con la costumbre
Louis Aragon




En el calendario de piedra de los relámpagos, la edad de la herrumbre iguala mis huesos, el grito desesperado de los ángeles, los jazmines devorados por el horizonte: Vallejo perpetúa su estatua quejumbrosa, el mapa amarillo de los ecos en el paladar, los puentes colgantes de la tristeza en cada golpe que nos da el atlas de la ceniza. Otros consumaron la heráldica del moho en el infierno, quizá Rilke, Camus, quizá Góngora y Quevedo, indestructibles, quizá Virgilio y todos los espejos del musgo. Muerde el páramo las ojeras de la madera, el vestido café del tiempo averiado, los amargos sueños de ciertas enredaderas: uno nunca sabe dónde terminan los exilios, ni cuando los años cogen ese olor a rincón desahuciado, ni el frío que comparte uno junto al peñón del desvelo. (Hay días en los que indago en el ciempiés sombrío del fango. Debo estar loco al punto que arde el mecate de las palabras en el cuello. Existe alguna locura donde sólo tengan cabida los peces del cielo, los interminables espejos de cadáveres, otro tiempo más cercano a lo inexplicable.) Siempre hay un calendario de fuego entre las manos, siempre hay un cántaro de vejámenes en el moho del mundo. Siempre es extraño el despojo cuando roza las cicatrices de tantas canas guturales; cada disfraz, es la medida por ejemplo de todos los hastíos. Hacia la escalera de los párpados, indaga el delirio sus insolencias y esa cotidiana manera de pintar la mesa con palabras de agua, amarillas en el destino de las navajas. El paladar de los pañuelos nunca espera al alba, sólo deja gotear los armarios del entrecejo, la orilla que apuntala la clavícula. En definitiva, hay herrumbres que encienden noches y socavan gritos; niños atardecidos de ventanas en el pecho, miedos que podrían no terminar nunca, promesas que jamás pudiesen tocarse como la lejanía. Henchida de moscas, esta calle del calendario y sus días de quebrados goznes; en la arcada quejumbrosa de la noche, se justifican los asaltos y los falsos ídolos y el moho que se yergue como ciudad o mapa enmascarado. Uno ignora caminar sin zapatos a través de las esquinas del piano dolorido de la orina; mientras se encienden las comisuras de la boca, el espejo se llena de ojos y agujeros, de extraños taburetes cercanos a lo inaudible: siempre existe algo que nos golpea la almohada, esas manos oscuras de la noche, el cuerpo deshaciéndose en pestañeos. En qué o hacia qué sustancias, esta forma de respirar la memoria sin quebrar las espigas de lo íntimo. ¿Jugamos acaso al vacío? ¿En qué aridez última nos convertimos después de caminar junto con los adioses? Quizá escapemos de ciertos sombreros o paraguas, pero no de tantos cuchillos que traspasan ropa y cuadernos. La herrumbre es la primera fotocopia del absurdo. Son ciudades que desconocen las ventanas; son ausencias, allí, en las manos amargas de las sombras. Yo juego a ser caos entre los objetos; entre tantos objetos, los peces del suplicio; el tiempo acecha nuestras dudas y certezas…
Barataria, 17.VII.2015

No hay comentarios: