domingo, 19 de julio de 2015

NOCHE INDÓCIL

Imagen cogida de la red




NOCHE INDÓCIL




Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Enrique Molina



Solo la noche y su intemperie la que cubrió los goznes de las sombras.
Nunca tuvieron sosiego los vivos y los muertos entre nosotros.
Tras cegar el ojo de la luz, los zapatos atrapados en el crujido de las gaviotas,
en ese espacio de hundidos caballos y andamios.
Sobre el tiempo toda la sangre de las palabras y las variaciones del asfalto;
muerdo el infierno entre las aguas amargas del tiempo: ni paciencia, ni olvido,
ni oleaje en esta memoria desplomada del tejado. En la garganta,
la incandescencia de los gritos, esa orfandad que duele en la arqueología
de los sueños cuya pocilga nos grita de hostias fúnebres, o de lluvias sin ropa
caminando entre tiliches y baratijas.
“Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido”, —me dices con un dejo
de confundido espejo. Supongo que no existen lavabos, ni vehemencia
en la bestia de las antípodas, ni cuencas feroces donde tiemblen las colillas.
(Nunca cosimos las armaduras necesarias para no sentir el terror del despojo;
siempre entre el excremento y el circo mordiendo la comisura de la boca,
siempre la carpa del vacío y sus imposibles funerarias,
siempre los pensamientos mugrientos de ausencias y coros de grafiti,
siempre la sábana del alma sucia de carroña y de trapecios;
siempre, sobre el frío, las grietas desesperadas de los cadáveres.)
¿Adónde van ahora, casa, paciencia y olvido? —La ebriedad sea con nosotros.
Barataria, 14.VII.2015

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