jueves, 27 de agosto de 2015

ESFERA DEL RELOJ

Imagen cogida de la red




ESFERA DEL RELOJ




Cuando solo hay que morir no se necesita de atenuantes. En los minutos
circulares de los brazos de la noche, los espacios intangibles de la esperanza,
si acaso, los metros de párpados que produce el espejo.
¿Tiene sentido la cópula en el olfato cansado de las esfera ahuecada del reloj,
el alfabeto tirado por la ventana de las heridas?
Cambian de nombre los  desastres pero en esencia son lo mismo.
En los folios de la hojarasca los mismos manuales de otoño y sus vicisitudes,
la misma juerga y correrías de la historia, la nomenclatura de los dientes
y esas extrañas torturas de hombres púdicos.
Después del primer engaño, pareciera que todo es repetitivo: uno lo comprende
entre muerte y remordimiento, entre vestigios y humedecidos guijarros.
El cuerpo y los abismos como pretextos del tiempo cíclico.
Mañana o pasado la misma fábula para un nuevo aprendizaje: uno se harta
del plato de la resignación, de los charcos producidos por los espejos,
de la canícula y su imposible voz,
de las infancias inventadas en un mundo sin atajos y muchos cementerios.
¿Tiene sentido morir una vez y después tantas como sea necesario?
Trato de entender la oblicuidad de la alegría, los círculos agridulces del tiempo,
el tiempo convertido en monólogo, los eclipses muertos en un barrio
que excede nuestras posibilidades: giramos alrededor del mismo silencio
que nunca expira; los brazos nos desafían en medio de la pestilencia.
La cadaverización que vivimos, de pronto excede a lo insípido: en la disolución
del tiempo, los tropezones en ayunas…
Barataria, 20.VIII.2015

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