jueves, 6 de agosto de 2015

INCENDIO

Imagen cogida de la red





INCENDIO




¡Oh, Señor, haced que se marchen de aquí! Señor, haced que desplieguen sus mariposas sobre sus pañuelos en medio de la arena, que cuenten a gusto sus mariposas color tortuga, sus mariposas rojas y las blancas. ¡Pero haced que yo permanezca invisible! Yo soy verde como un tejo aquí, a la sombra del seto. Mis cabellos son hojas. Mis raíces llegan hasta el centro de la tierra. Mi cuerpo es un tallo. Aprieto el tallo y una gota lenta, espesa, se filtra por el orificio de la boca y se torna más grande. Algo rosado pasa por entre los resquicios de las hojas. El brillo de una mirada ha penetrado la grieta. Esta mirada me ciega. No soy ya sino un muchachito vestido con un traje de franela gris.
Virginia Woolf




Desde los muros de la soledad, muy cerca de la flama del aliento, el cactus del fuego entre la sal inminente de la reja. De la garganta sale el fuego de las palabras, las manos de la rosa que cava en el viejo paraíso donde golpean los cántaros crepusculares. Siempre detesto el falso estupor y la obediencia, los páramos en la cuerda floja de los alhelíes, los vuelos automáticos y hasta los subways de la conciencia. Desde la médula del canasto de verduras todo se incendia: ¿a qué jugamos después de morder la piscucha de las emociones, subir al tabanco de los pájaros, quitarle la sed a las ventanas, soñar en el arca para que nos purifique de otras ascuas redivivas? Siempre somos habitantes de otros incendios: aprendices de parajes y oscuridades; las piedras nos susurran al oído igual que tantos muertos; el hilo de la flama se enreda en el pantano del alma. Allí, inmóvil, el cuerpo con sus otros vacíos: uno, de pronto, se vuelve a ese filme negro que solo encuentra personajes en las estanterías del tizne. Algo sucede en los espacios del grito, en la realidad inerte de los sueños, único mar entre todos los absolutos; puedo palpar la desnudez de las confiterías, junto a horarios que muerden azoteas; puedo atravesar el cielo falso del próximo crepúsculo, la miseria que galopa enfrente de mis ojos, los búhos calcinados en la ferocidad de la leña, los submundos revelados tras el vómito. En la línea de tiempo del insomnio, los deseos son otros incendios tan absurdos como pretender hacer mártires de las sombras. Supongo que es humana, también, esta piel transitoria de ala o litoral o abismo. En la desnudez de los ojos, la luz como una boca ardiente; no hay nadie después del mar que queme mis cansancios sin dejar huella. Nadie que permanezca, galope pleno sobre los metales. Nadie, todavía intacta en mundo de la alegría. Uno se incendia de tantos pájaros a la orilla de la nada del horizonte; en el fondo, siempre acabo descalzo en la ausencia de mí. En los próximos días volcaré todas mis brasas al poyetón de piedra de la pureza, o, en todo caso, a la otra claridad que habita el infinito. —Te digo, mírame. Parecen ciertos los peces saltando sobre la hipotenusa retorcida de la mirada; sostén este pecho suelto en medio de la bruma, en alguna puerta trasnochada de prostíbulo. Sostenlo en el pergamino de las pupilas, aun en el ínfimo dedo de la pobreza. Todas las certezas de la ceniza llegan hasta la memoria; uno absorbe todos los desparpajos del tiempo y esas largas curvas que a menudo tienen las palabras. A veces nos resultan un absurdo los tantos mordiscos de la esperanza, ciertos mundos despedazados. Nunca se extinguen los incendios después de copular todos los días sobre los féretros; abiertas las palabras, arde el semen sobre la íntima sombra del tránsito…
Barataria, 30.VII.2015

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