sábado, 8 de agosto de 2015

UN POEMA, DESPUÉS DE TODO

Imagen cogida de la red




UN POEMA, DESPUÉS DE TODO




Mira lo que me pasó
cuando llegó la noche lentamente como una cucaracha
buena para muchos como remedio, cuando enciendo
en el alma el fuego de los versos
me acosté. El sueño es el jardín preparado para las dudas
no sabes lo que es verdad, lo que no lo es
te parece que es un ladrón y lo fusilas
y después te comunican que ha sido un soldado
así ocurrió conmigo exactamente…
Tristan Tzara.




Entre la maleza de lo cotidiano, esos quebrantos de los jardines de la memoria, los días de nulidades en los estanques del tiempo: uno no resbala en la ceniza sino en el calendario, en el aliento de los relojes, en la polilla que muerde sin demora las ansias. Hoy o ayer, es igual. ¿Existes?—le pregunto a la ceniza. Sí, en el absoluto de la voz que juega a los tiempos del pluscuamperfecto. Por cierto, todo tiene dientes y lunas de cansancio y manchas redondas en los trenes de la conciencia. En los ijares se va amalgamando el obrero de lunas, el hueso manando de la risa, los explosivos consuetudinarios de la ira, los andamios de la saliva dilatados en la memoria tardía de la ternura. Un poema después de todo rompe las ventanas y los manteles de la mesa; no es lejana a esta nebulosa que vivimos todos los días. (Usted, sin reparo, —si así lo desea— escríbale al amor, al ajo, a la cebolla, a los zapatos, al vinagre, a los suicidas, a la miopía, al atardecer de los ojales, a las ojeras cinematográficas del día, al alambique que bracea como un pez en ciertas profundidades, al invierno, a todo lo humano que tienen los zapatos, a la sinuosidad de los paisajes. Usted escríbale a la palidez, a las pupilas vaciadas del enjambre. Escríbale a las gigantescas heces de la avaricia.) Algo de piel y olvidos hacen las palabras; bajo el vuelo de la luz, la hondonada del cordel pulsando su ojo de hoguera. El poema no existe si no es capaz de fugarse del papel, si no es capaz de lamer lo salobre de los encajes, si deja de alumbrar la opacidad, o la mansedumbre, o la imperfección de lo amorfo. El poema, digamos, es una gran puerta por la cual caminan las sombras de la intemperie; es otro cuerpo donde algunos enhebran el desconsuelo: enloquece la memoria de moscas, de hambres y extravíos. Usted puede argumentar que es capaz de tapar todos los agujeros del mundo, devorar la esperanza de los prostíbulos, morder los relámpagos y descender al ombligo de la geometría de las ingles, ¿puede también levitar y robar el fuego? ¿quitarse la ropa mortuoria, lamer el centelleo de la respiración, dormir en los fuegos de la perversidad? Usted puede escribirle al éxtasis absoluto del espejo que lo mira,; puede, incluso, hacer que las palabras goteen, ocupar los espacios silenciosos de la vida, afirmarse en la neutralidad aunque de todas formas le llegará la muerte a pedirle cuentas. Ante la noche, cierro los ojos para encontrar la cerradura. Pienso en las manos, en los señuelos y en los pañuelos: en realidad, el poema es a condición de tantos vacíos. Nunca faltan los abismos y usted lo sabe. Uno nunca deja de cruzar las alambradas de las máscaras: unos dirán la historia y sus ojos y su lengua. En la sombra del poema, la sed, lo siempre inalcanzable, o el oscuro dolor de los crucifijos. En todo hay un país que sangra desde la médula. Esa alucinación por la desnudez de los altares, nos lleva a poner la otra lágrima. Mañana, absorbidos por calles invisibles, la siempre herida del mundo y sus monotonías, o el paraguas que excede a los oficios de la muerte, o a la disolución del tiempo: total, muchos trabajamos de supernumerarios…
Barataria, 02.VIII.2015


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