miércoles, 2 de septiembre de 2015

OTOÑO DEL VIGÍA

Imagen cogida de la red




OTOÑO DEL VIGÍA




Sobra la hojarasca para picotear el aliento: el calendario araña los años
derretidos, los gramos de semen en las escaleras del alba: uno debe caminar
sin caerse, sin dejar de pensar en los exorcismos de las golondrinas.
A ras de lo difuso, uno debe preservar la orfebrería de los caracoles, afilar
el ápice de ojo de los trampolines,
meterle el diente a la prolongación de las aceras.
A más otoño, los vacíos se tornan inevitables: husmea la cruz y sus estaciones
siniestras; nos atrapan las arrugas de las fechas, el polen de los bajorrelieves,
en tintineo de la carne sobre el tejado,
los poros abiertos, como astilla de ocote en la infancia devuelta.
En cada ruptura de la sed y el hambre, el cántaro de las ojeras a cuentagotas.
(Vos sabés de todos los rostros embalsamados que habitan en el pecho.
Sabés de facciones y cejas hirsutas, sabés de peces oxidados en funerales,
de esas postreras imágenes deshuesadas a instancias del vértigo,
de la piedra y el bostezo, de la fugacidad, aquí entre nosotros para siempre.
Cada día agregamos un gramo de andamio a esta condición de recuerdos.)
Hay ciertos nombres tardíos en la copa de los árboles:
en barricada cae sobre mis hombros el violín de la hoja desprendida del árbol.
Sin alas, tampoco me sirven los anteojos, tampoco el nudo de sal en mi otoño,
tampoco la alta luz del tiempo.
Hay un solo instante cierto en el silencio: la condición postrera del ijillo.
Barataria, 26.VIII.2015

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